EPÍLOGO #2
Pero no. Llevaba tres meses despertando en ese apartamento diminuto, a su lado, construyendo cada día algo nuevo, diferente a lo que ese maldito acuerdo había estipulado.
Ahora eran sus reglas, sus decisiones. Habían podido incluso llorar juntos a ese bebé que nunca pudieron conocer, cuando ella le mostró que aún guardaba la primera ecografía, la misma que ahora estaba dentro de un portarretrato en el buró de Kylian.
La realidad es que en ese momento podía asegurar, al fin, que conocía a Kylian Craig entero, con sus miedos, su pasado, su manía de controlarlo todo y, aun así, lo elegía cada día sin temor, sin dudas, solo porque lo quería, porque así lo sentía.
Él buscó su palma y la besó.
—¿Un cúmulo de orgasmos? —bromeó siendo molesto como a veces lo era. Sam lo quiso empujar, pero él lo impidió y la colocó sobre su cuerpo. Pronto quedaron envueltos en la cortina de su cabello—. Eres mi vida, Samantha, eres mi libertad —aceptó con sinceridad.
Por supuesto no salieron de ese apartamento esa noche, y algunas más. Así eran sus días.
La sesión de terapia del martes, una semana antes de que se marcharan a Grecia, fue distinta. La tuvo por videollamada, como todas desde que se mudó a aquel país, y en esta ocasión habló de Káran.
—Le devolví una llamada sin que me costara pensarlo —le contó a su terapeuta—. Antes tenía que prepararme mentalmente. Esta vez simplemente lo hice —admitió sin creerlo aún.
—¿Qué cambió?
Meditó antes de responder, y es que en realidad la pregunta era: ¿qué no había cambiado?
Se sentía otro hombre en cualquier sentido.
Perdió la mirada en el pequeño apartamento, ese que siempre que tenía sesión prescindía de la presencia de Sam, pues prefería darle su espacio si es que le tocaba estar en casa a la hora de sus citas, que eran dos veces por semana.
El sitio estaba lleno de ellos, fotos colgadas por ahí, sin orden, muebles desgastados que venían con el alquiler, flores, algunas plantas en el alféizar, un perchero en la entrada con sus abrigos, una cocina que era utilizada a diario, sofás con cobijas con las que se cubrían cuando veían el televisor.
Un hogar, comprendió. Su primer hogar en años. Al lado de ella.
Soltó un suspiro y regresó a la pantalla.
—Que ahora confío en cómo maneja las cosas cuando yo no estoy.
No solo con la empresa. Con Kasha también —aceptó con simpleza y es que su hermana, si bien aún no la podía tener cerca, iba mejorando sin duda, cuestión que lo alegraba porque la quería, le importaba y siempre sería así, sucediera lo que sucediera.
—¿Y con lo demás?
Ladeó la boca, reflexivo, y es que todavía no daba pasos tan grandes. O eso pensaba, porque había avanzado muchísimo en realidad.
—Seguimos sin hablar de ciertas cosas. Pero ya no siento que tenga que vigilarlo todo el tiempo por si vuelve a fallar.
Sabía que aún no era un perdón completo, como esperaba que algún día ocurriera. Era algo más importante para sí, tenía la certeza de que no tenía que sostener solo esa relación para que funcionara y eso lo hacía sentir ligero de muchas maneras.
El terapeuta asintió al otro lado de la pantalla y anotó un par de líneas en su cuaderno.
—Eso que describes es la diferencia entre vigilar y habitar tu vida, Kylian. Otro gran paso —comentó—. El hecho de que no sientas la necesidad de cargarlo todo solo dice mucho del lugar en el que estás ahora. Ahora dime, cómo llevas lo del viaje, el plazo está por cumplirse.
Kylian se dejó caer en el respaldo de la silla.
—Sí, pasó rápido en realidad. Llegamos a Boston en tres semanas.
—Boston —repitió el terapeuta con atención—. El lugar donde empezó todo el conflicto. ¿Te genera ansiedad volver?
Él inclinó la cabeza, buscando la respuesta en su pecho. Luego miró la chaqueta de Sam colgada junto a la suya en la entrada, la taza de café a medio terminar sobre la barra.
—Antes me habría preparado para lo peor, habría querido controlar hasta el mínimo detalle —admitió con voz baja, serio—.
Al inicio no mentiré, pensaba que regresar a Boston significaba volver a lo que fui, a caer en los mismos errores.
Pero ahora sé que no es así. El departamento, la empresa, la gente...
nada de eso me define ya. Vuelvo con ella y formaremos un mundo nuevo, vuelvo sintiéndome entero.
—Entonces el regreso no es un retroceso.
—No, creo que es tan solo el siguiente paso para mí, para ella, para nosotros juntos.
El terapeuta le dio el cierre a la cita unos minutos después. Él bajó la pantalla de la laptop , la dejó a un lado, sonriendo, y se quedó sentado paladeando el silencio de la estancia.
Unos quince minutos después la puerta del apartamento se abrió.
Sam entró con una bolsa de estraza; había pasado por víveres para la cena.
Llevaba el cabello recogido sin ganas, vaqueros y una camiseta ligera.
Le sonrió al verlo, dejó las cosas sobre la barra y caminó hasta él, se inclinó por detrás de la silla para rodearle el cuello con los brazos, pegando la barbilla a su hombro y aspiró su aroma.
Los días que tenía sesiones prefería dejarlo a solas, a veces al regresar estaba pensativo, otras tranquilo, hoy estaba sonriente.
—¿Fue bien? —preguntó con dulzura, dejando un beso en su cabeza.
Kylian le sujetó los antebrazos con firmeza y tiró de ella por encima del respaldo hasta acomodarla en su regazo. Sam soltó una risa corta antes de quedar a horcajadas sobre él, mirándolo de frente.
Cómo le gustaba, más ahora que se mostraba. No siempre era sencillo, tenían carácter explosivo, efervescente, estaban llenos de energía y ocurrencias, pero la mayoría del tiempo estaban tan sincronizados que no se daban tiempo salvo de disfrutar el tenerse el uno al otro.
—Sí, muy bien —confirmó él introduciendo una mano por debajo de la camiseta para tocar su espalda desnuda—. Hablamos de Boston.
Ella entornó los ojos, evaluando su gesto con esa atención que la caracterizaba, nunca se le iba una y eso le gustaba porque de ella no podía esconderse, aunque quisiera.
—¿Y?
—Tres semanas más, pelirroja —dijo él, pegando la frente a la suya—. Aún no lo creo. Tan solo nos resta una semana aquí, dos semanas en Grecia como quedamos y después... después el regreso. Suena a un nuevo paso para nosotros.
Sam le apretó la nuca con fuerza, enterrando los dedos en su pelo.
—También lo veo así, pero ¿sabes también qué creo? —preguntó atenta a sus ojos.
—Qué —quiso saber acariciando su piel.
—Que Boston no tiene oportunidad contra nosotros —declaró con firmeza, una que a él le fascinaba—. Ya no, porque ni tú ni yo somos los mismos y eso lo convierte en un lugar completamente nuevo para los dos.
Kylian sonrió porque carajo, esa mujer siempre decía lo que necesitaba escuchar, tenía esta sabiduría cruda que no se conseguía con los estudios, ni con la edad, sino con sentir, con vivir de verdad cada momento.
No se resistió y la besó con hambre, tomándola por la cadera para pegarla del todo a su cuerpo.
Era verdad, el regreso a Boston se sentía como la toma de lo que les pertenecía, y él iría por todo.