EPÍLOGO
Junio llegó con cierta humedad típica de Londres, ese tipo de humedad que anunciaba lloviznas, suaves a diferencia de Boston que ya debía estar en pleno verano y con calor.
Sam cursaba las últimas semanas del diplomado, casi un año completo de estudio.
No había sido fácil, pero había aprendido muchísimo así que no se quejaba en lo absoluto.
Esa tarde cerró la laptop con un golpe seco y se dejó caer sobre el sofá del apartamento que, desde marzo, compartía con Kylian. Tres meses viviendo juntos y todavía la sorprendía el torbellino que estaba resultando.
—Terminé —anunció sin abrir los ojos—. Entregué el trabajo final y no pienso revisar el correo hasta mañana —declaró harta.
Kylian levantó la vista de los planos extendidos sobre la mesa del diminuto comedor.
Trabajaba en un proyecto que nada tenía que ver con negocios, en realidad era algo íntimo, artesanal, que quería crear sin afán, y en el que pasaba horas inmerso.
Por lo que ahora ese espacio era algo así como su oficina, cuestión a la que se habían adecuado.
El apartamento era muy pequeño, contaba con tan solo una habitación, un baño, la angosta estancia y cocina.
Apretado para dos personas, pero una noche, después de que Kylian la hubiese tomado en la barra de la cocina, habían decidido que ese lugar era suficiente durante el tiempo que permanecerían ahí.
Su esposa estaba por terminar el diplomado y en menos de un mes regresarían a Boston.
Ya tenía incluso un par de ofertas interesantes de trabajo aguardando allá.
Sin duda Sam era una ilustradora maravillosa, pero sobre todo manejaba el diseño de manera formidable por lo que BranLand , con quien aún trabajaba de manera remota, no la dejaría ir y eso la tenía en las nubes; todo indicaba un contrato mucho más interesante que el que hasta ese momento habían sostenido.
Sí, su pelirroja era una mujer brillante y estaba orgulloso de ella.
—Entonces hoy toca cenar afuera para festejar —dijo su esposo, doblando el plano con cuidado—. Y no aceptaré un no.
Durante ese tiempo ahí había elegido una vida hogareña, salían sí, pero a explorar, nada formal; solo ellos dos contra el mundo, comiéndoselo en realidad y vaya que lo habían disfrutado.
—No iba a decir que no —refutó acercándose a él.
Kylian arqueó una ceja, conocía esa mirada.
Su mujer, de un movimiento, se trepó en su cuerpo con su característica facilidad, enseguida la sujetó por el trasero, sonriendo—.
Aunque antes podrías ayudarme con la tensión que acumulé —murmuró sobre su boca, provocativa.
El hombre hizo a un lado su cabello y luego acarició su mejilla, su erección comenzaba a pujar dentro del pantalón, cosa ya habitual si estaba ella cerca.
—¿Es mucha? —preguntó siguiéndole el juego.
Ella asintió soltando un suspiro dramático.
—No te imaginas, necesito ayuda urgente.
—¿Urgente? —repitió acercando la boca a la cuna de su cuello, dejando un lametón cargado de deseo. Sam jadeó en respuesta.
—Muy urgente —corroboró con los ojos cerrados, pasando saliva porque él ya mordisqueaba su cuello.
—Lo atenderemos de inmediato, preciosa.
Llevándola a cuestas y en medio de besos, llegaron a la habitación.
La bajó sobre la cama, al tiempo que le quitaba la blusa, claro que no llevaba sostén, cuando estaba en casa nunca lo hacía, y tampoco pantaloncillos, solo una camiseta de él que ahora era suya y bragas, así que la tuvo prácticamente desnuda enseguida.
La contempló durante un segundo, disfrutando la vista de sus pechos al descubierto, los pezones rosados erguidos por la anticipación. Era tan jodidamente perfecta.
Esas dos semanas claro que había acumulado tensión, durmió poco, fue y vino corrección tras corrección. Horas sentada frente al ordenador, así que sí, su pelirroja no exageraba, la tensión era genuina.
Pero también el crudo deseo, ese bestial y casi animal que compartían, porque desde que habían vuelto a verse, estar encajado en su cuerpo era algo que ocurría a veces hasta tres ocasiones al día.
Sí, se habían convertido en un par de pervertidos que solo querían estar tocándose, probándose, provocándose y haciéndose uno.
—Vamos a sacarte todo ese estrés del cuerpo —declaró con la voz áspera.
Se hincó frente a ella, haciéndose espacio entre sus piernas níveas. Ella se relamió los labios; era aventurera y osada, exigente y cada vez más experimentada, por lo que el juego previo podía ser a veces tan demoledor como el sexo en sí.
La realidad es que la amaba y deseaba con la misma intensidad y esos meses ahí lo había convertido en un ser primitivo que tan solo giraba alrededor de su jodido aroma. ¿Lo mejor? Le importaba un cuerno. Nunca había sido más feliz en su maldita existencia.
Con movimientos certeros apoyó las palmas sobre sus hombros y hundió los pulgares con fuerza en los músculos contracturados.
Sam soltó un jadeo entrecortado al sentir la presión deliciosa y aflojó los brazos al instante.
Kylian sonrió complacido, pero no pensaba darle tregua, claro que no.
Así que, aprovechando que tenía los ojos cerrados y la barbilla alzada, él bajó la boca hasta uno de sus pechos sin soltar el firme agarre, y atrapó un pezón entre los dientes, mordiéndolo con la fuerza exacta para arrancarle un grito que mutó en un gemido hondo.
—Hades —gruñó su mujer, llamándolo de aquella manera que a veces empleaba, que secretamente le fascinaba porque aunque ella le había confesado que así lo nombraba al inicio por lo que representaba, ahora lo hacía porque la incendiaba.
Satisfecho por su reacción, hizo lo mismo con el otro, la masajeaba y torturaba, mientras Samantha se dejaba hacer.
Cuando fue suficiente, y ansió más, su lengua bajó despacio por el esternón, marcando un rastro húmedo sobre la piel caliente hasta llegar al elástico de las bragas.
Su mujer contuvo el aire, sonrió buscando su mirada.
Esos ojos azules lo atraparon, sus pupilas estaban dilatadas, sus mejillas sonrosadas, su cabello rojizo los envolvía.
—Está funcionando —murmuró ella, sugerente.
No le quitó la prenda aún, en cambio abandonó sus hombros y pasó la mano por debajo de la tela que cubría su feminidad hasta dar con su hermoso centro ardiente.
Dios. Estaba empapada.
Sam dio un respingo.
—Estás hecha un nudo por la tensión, preciosa —susurró metiéndole dos dedos de golpe en la carne apretada.
Sam arqueó la cadera hacia arriba, buscando más contacto con desesperación, al tiempo que alzaba su barbilla y soltaba un quejido profundo.
—Te lo dije —masculló con voz ronca, clavándole las uñas en la nuca.
Kylian sonrió fascinado y de un jalón le quitó la prenda, dejando sus pliegues al descubierto. Entonces, sin perder el tiempo y ansioso por perderse en su sabor una vez más, acomodó sus piernas sobre sus hombros abriéndola por completo, y se enterró de lleno con la boca en su centro.
—Mierda —escuchó cuando su mujer caía de espaldas en el colchón.
Deleitado, paseó la lengua de abajo hacia arriba, lamiendo la humedad acumulada antes de succionarle el botón que la catapultaba con voracidad.
Sam retorció las sábanas entre los puños, gritando, jadeando, notando, en medio de ese devastador deseo, cómo el choque de esa boca devorándola le aflojaba cada músculo tenso.
No había llenado sus pulmones de aire, cuando él le hundió de nuevo los dedos, ahora más profundo, bombeando dentro de ella con un ritmo duro, implacable, marcando el compás con la lengua, tal como le gustaba.
A veces eran tiernos, dulces, pero la mayoría de sus encuentros eran feroces, voraces. La mano de ella bajó a su cabello, empujándolo contra su pelvis para exigirle más. Entonces su mundo estalló, se arqueó con brutalidad y dejó salir un grito demoledor, cargado de satisfacción.
—Kylian... mierda —lo nombró entre espasmos que no parecían querer terminar.
El hombre se alzó sobre ella y la miró con los ojos encendidos, mientras Sam buscaba respirar con normalidad, todavía con su interior sensible.
Él no perdió el tiempo, se bajó el bóxer, liberó su miembro erecto, rasgó un envoltorio y luego frotó la cabeza contra la entrada de Sam, empapándose de la humedad que él mismo había provocado.
—Pediste ayuda urgente. Ahora debes aguantar el tratamiento —dijo con voz oscura.
Alineó la punta y se hundió de un solo empujón brutal, metiéndose hasta el tope. El impacto le sacó a Sam un chillido agudo. Sus paredes sensibles aún lo aprisionaron de forma rabiosa.
Kylian no esperó; empezó a embestir ese menudo cuerpo con fuerza, usando su propio peso para ir y venir de forma certera, sujetando su cadera con firmeza, deleitado por el abandono de Samantha, borrando cualquier resto de cansancio a fuerza de sus embestidas pesadas y profundas.
Sí, eso era lo único que quería en su cabeza, en su piel.
Minutos más tarde, aún estaban sobre la cama, uno al lado del otro. Entonces él buscó su mirada, ella volteó y sonrió aún enrojecida.
—Ahora no sé si podré siquiera ponerme en pie —admitió dándole un golpe en el pecho con el dorso de la mano.
—Te relajé, eso era lo que querías —se defendió entrelazando sus dedos.
—De más, ahora no quiero moverme.
—Entonces te traeré de cenar a la cama… —se ofreció saciado, jugueteando con sus dedos.
—A este paso nunca podremos celebrar —se quejó.
—Podemos, pero a nuestra manera —susurró girándose, ella lo hizo también y se besaron con suavidad. Sam sujetó su rostro con la mano libre, perdiéndose en esos ojos grises, enamorado como nunca pensó.
—Me gusta lo que somos juntos —admitió serena.
Y era cierto, joder. Al inicio no podía negar que ni se atrevía a decirlo en voz alta, tenía miedo a que esto resultara un espejismo, y es que la confianza era un proceso que llevaba tiempo.
Por aquellos días, aunque se sentía exultante, también esperaba, sin remedio, que el hombre que conoció al principio reapareciera.