CAPITULO 73
Londres estaba resultando ser gratificante, un bálsamo que curaba despacio lo que ella misma había roto, lo que permitió, lo que no enfrentó.
La pérdida de su bebé era algo que aún no procesaba del todo, se detenía constantemente en tiendas donde en los aparadores mostraban cunas, andaderas, ropita diminuta y sus ojos se anegaban.
Plantearse ser madre no había tenido espacio en su mundo lleno de prisa, de urgencia por demostrar que podía ser una mujer independiente, la necesidad de poner distancia con esa imagen que Madelene buscaba proyectar en ella. Pero de repente llegó él y la vida se ralentizó de una manera suave.
Ya no había premura, solo momentos agradables; sus ojos en el centro de su atención y no se sentía presa del deber ser que estaba segura esperaban de ella.
Lo extrañaba, esa era la verdad. Se encontraba por las noches fantaseando con la vida que pudieron haber tenido si las cosas hubiesen ido por un camino diferente, uno en el que se cruzaran de manera fortuita sin nada cargando ninguno de los dos.
Pero no fue así y pelear contra eso no tenía sentido.
Kylian no la había buscado durante todas esas semanas, no lo esperaba tampoco, pero dolía inevitablemente. Él estaba decidido a darle el divorcio, Sam aún no estaba lista para lidiar con ello y sospechaba que le llevaría mucho tiempo más.
Prefería saber que continuaban unidos y fantaseaba con la idea de que un día apareciera y le pidiera una nueva oportunidad, incluso se lo había confesado a Keira, en una de sus muchas videollamadas.
Resopló mientras se sentaba en el sofá de la pequeña estancia, en aquel cómodo pero diminuto piso que había alquilado cercano a donde se impartían las clases cada mañana.
Perdió la vista por la ventana que daba al exterior.
El cielo estaba encapotado, una llovizna caía por la ciudad. Abrazando un cojín se ovilló.
Seguía manejando varias cuentas, trabajando para BranLand , más los deberes que le dejaban en el diplomado, poco tiempo tenía para hacer un poco de ejercicio o no dormía nada.
Los fines de semana aprovechaba para ir a pueblos cercanos junto con un par de chicas que conoció y congenió desde el primer momento en el curso.
Las cosas se encontraban bien, sin duda, pero nada estaba ocurriendo como había supuesto cuando le avisaron que obtendría la beca y recibió la noticia eufórica.
Con el paso de los días, descubrió que la libertad que había estado buscando no se hallaba en la distancia, sino en sus decisiones, en su manera de hacer y ver las cosas.
En el querer agradar y complacer, pues ahora sabía que su madre la aceptaba fuese como fuese, la apoyaría y contaría siempre con su familia.
Sin embargo, estaba decidida a pasar el año y medio ahí, aprender todo lo que pudiera, disfrutar dentro de sus posibilidades, para, si regresaba, hacerlo llena de nuevas experiencias, más serena y lista para enfrentar la situación con Kylian.
Pensando en aquello notó que su celular vibraba, lo tomó y al ver quién era se quedó paralizada. Odiaba que sus palmas sudaran de aquella manera, que sus dedos cosquillearan, que la boca de su estómago se apretara y que sus labios se secaran.
Mierda, es que ¿cómo se luchaba contra eso?
La pantalla siguió emitiendo la luz de alerta. Aspiró con fuerza, creyendo de verdad que su estómago saltaría por su garganta.
—Hola… —susurró desconcertada, muy nerviosa. Seguro la llamaba para insistir sobre su firma en aquel cochino y diabólico documento. Escuchó un suspiro ronco que reconoció y recorrió todo su cuerpo, erizando sus vellos, sensibilizando ciertas zonas.
¡Jodida mierda! Se quejó internamente. Solo a ella le ocurría eso.
—Hola, pelirroja.
Dejó de respirar.
Kylian no lo había pensado mucho, en realidad nada. Raro en él, muy raro.
De nuevo no había dormido nada, menos después de lo ocurrido el día anterior. Estaba en su despacho, revisando la viabilidad de un nuevo proyecto junto con su equipo de arquitectos, cuando le avisaron que Londo Streoss estaba ahí.
Después de aquel día casi tres semanas atrás, no habían tenido contacto. Las palabras de Madelene continuaban dando vueltas en su cabeza y la sensación de tristeza no se marchaba. Se mantenía alejado de su padre y Kasha, hacía ejercicio como un imbécil y se refugiaba en el piano y su vivero.
Lo cierto es que, en medio de aquellos confusos días, y después de hablar con Warren, su mejor amigo en medio de una noche bastante oscura en un pub al que fue prácticamente arrastrado por él, había decidido buscar ayuda psicológica.
Warren lo llevó junto con Lautaro cargando hasta su penthouse , absolutamente ebrio, para al día siguiente tan solo saber de su amigo debido al bonito mensaje donde le mandaba los datos de un terapeuta que le ayudaría a atravesar esa enorme crisis que lo estaba hundiendo.
¿Y para qué negarlo? Estaba hundido.
De inicio gruñó al leerlo, pero el suéter de Samantha junto a su almohada, lo empujó a hacer una cita. Ya llevaba dos sesiones.
Así que cuando Londo apareció en la empresa, no lo agarró por completo fuera de campo. Sabía que quizá de un puñetazo no se salvara, de palabras hirientes y lo lógico, el término de su relación laboral. No objetaría, estaba dispuesto a hacerle frente a todo.
Pidió a sus empleados que los dejaran solos y lo hicieron pasar. Ambos se miraron desde sus respectivos lugares, serios. Kylian sin saber cómo actuar. Así que con gesto cortés le indicó asiento en uno de los sofás. El hombre aceptó sin decir nada, lo siguió y se acomodó frente a él.
—No creí verte pronto, Londo —murmuró sincerándose.
Maxime, junto con otro de sus directivos, manejaban todo lo respectivo al hotel de Dubái que, gracias al cielo, estaban por terminar de entregar.
Su suegro sonrió de forma torcida, recargando la espalda en el asiento, examinándolo.
No parecía enojado, en realidad solo reflexivo.
¿Para qué mentir? Su actitud tan segura y templada, lo acojonó. Londo Streoss era el único hombre que había logrado ese efecto en él. Pero enfrentar era su penitencia y ahora entendía que era, también, su liberación.
—Tenemos negocios juntos, Craig, ¿o no lo recuerdas?
Kylian sonrió de manera torcida y asintió calmado, o intentándolo.
—Que, como sabes, ahora mismo marchan bien.
—Gracias a ti —replicó desde su posición.
—Bueno, es lo esperado después de todo.
Londo se irguió, achicó los ojos y entrelazó sus dedos. No habló durante casi un minuto entero y cuando lo hizo, lo dejó noqueado.
—Quiero que seas mi socio —soltó dejándolo helado.
Arrugó la frente y antes de que pudiera emitir algún ruido o palabra, Streoss lo detuvo con un ademán, poniéndose de pie un segundo después.
Lo observó desde su asiento, sin entender un carajo.
El hombre caminaba por el lugar, frotándose de manera pensativa la barba—.
Eres un hombre hábil —comenzó mientras contemplaba una de las fotografías ahí colgadas, dándole la espalda—.
Capaz. A veces sin escrúpulos —añadió mirándolo de reojo, pero sin detener su escrutinio—.
Alguien que no se detiene, que no sabe lidiar con la deshonestidad.
Un tipo que se forjó a sí mismo y que, a excepción de las áreas sentimentales, sabe cómo conseguir lo que quiere —concluyó dándose la vuelta.
Kylian lo miraba atónito, sin entender una mierda, aunque de nuevo sus jodidas palabras calaban. ¿Qué coños tenía esa familia que siempre lo dejaban tambaleando?
—Creí que vendrías a terminar de golpearme —admitió perplejo. Londo sonrió acercándose. Tomando asiento de nuevo, pausado.
—No me eres agradable ahora mismo, Craig, eso seguro. Pero tampoco soy idiota. Tú ibas tras mi empresa, hazte cargo de ella —propuso sin más.
El más joven se frotó el rostro, sin dar crédito.
—¿Después de lo que hice? ¿De lo de mi hermana? —replicó incrédulo. Casi estaba seguro de que le estaba tomando el pelo, no había de otra. Pero Londo lucía malditamente decidido.
—Precisamente por eso. Mis hijos no desean este negocio y no me interesa ser el patriarca que espera que sigan sus pasos, cada uno se está labrando su vida.
Para Camille es una carga, que acepta, pero no que desea.
En cambio tú lo ansías, y yo necesito descansar o terminará explotándome el corazón y eso no lo pienso permitir, todavía quiero conocer a mis nietos y ver asentados a mis hijos.
—Es… es absurdo, Londo. No deberías confiar en mí. No he hecho nada para que eso ocurra.
—Te equivocas, confío en ti. Como empresario lo hago —aclaró mirándolo con fijeza. Kylian se dejó caer sobre el sofá, perdiendo la vista en el techo.
—No te entiendo —admitió al fin, bajando la cabeza para toparse con aquellos ojos grises, como los suyos. Los Streoss eran una familia peligrosa, alguien debía advertirle a cualquier incauto que se acercara a ellos, jamás actuaban como se esperaba.
El hombre sonrió asintiendo.
—No es tan difícil. Eres un hombre de negocios, uno implacable. Tú quieres mi empresa, yo quiero que al ser socio, la manejes. Y no te la estoy dando, pero te conviene, me conviene.
—Yo… yo le pedí el divorcio a Samantha —expuso buscando que entrara en razón. Londo lo escrutó sin mostrar sorpresa, obviamente su mujer se lo había comentado.
—Que me gustes para socio no quiere decir que me gustes para yerno. Si te lo da, la apoyo. Si no, también. Confío en ella —dijo, mientras Kylian sacudía la cabeza, poniéndose de pie, respirando hondo, recargando la cadera en su escritorio, aferrando el vidrio grueso con ambas manos.
Un silencio pesado inundó el espacio.
—No puedo, Londo. No voy a aceptarlo —dijo finalmente.
El hombre se puso de pie y se acercó despacio, colocó una mano sobre su hombro dejándolo atónito y le dio un apretón, serio.
—Fuiste un imbécil con mi pequeña, pasarán años para que te perdone, pero sé perfectamente qué vio en ti. Piénsalo, Craig —pidió soltándolo.
—No hay nada que pensar.
—Yo creo lo contrario, tómate tu tiempo —añadió para un segundo después marcharse, así, tan sereno, como si no hubiese soltado esa bomba.
Así que esa noche no pudo dormir, otra vez, tan solo estuvo pensando más en ella de lo que ya de por sí hacía.
Qué enloquecedor, y presa de un impulso al que no estaba habituado, se encontró llamándole.
No tenía idea de qué le diría, pero si no la escuchaba sabía que al que le explotaría el pecho sería a él, estaba seguro.
—¿Qué… qué sucede? —preguntó la que aún era su esposa, con tono cauto. Lo cierto es que oírla acarició sus sentidos. Estaba seguro de que como mínimo, lo habría bloqueado. Pero no.
Se sentó sobre la alfombra, tan solo con los pantaloncillos de dormir y aquella prenda suya en la mano, misma que ya no tenía su aroma.
—¿Qué tal el curso? —se encontró preguntando como un colegial cualquiera que le marcaba a la chica que le gustaba, aunque en su caso era mucho más profundo que eso.
La joven guardó silencio durante unos diez segundos, él sabía que sopesaba responderle, aguardó tenso.
Sí, era un idiota, pero uno que necesitaba como un adicto su remedio, en su caso: su voz.
—Bien, apenas entramos y ya tengo muchos deberes encima. Los profesores son referentes en la ilustración…
—Vaya, me alegra saberlo. ¿Qué tal el clima?
—Ya sabes, frío.
—Acá aún está agradable —respondió y sin percatarse se encontraron charlando de forma superficial sobre trivialidades, como las diferentes clases que ella estaba tomando, el par de pueblillos que conoció y las chicas que la acompañaron.
Él sobre el vivero, una nueva clase de flor que recientemente adquirió y que le estaba costando trabajo, sobre alguna noticia del país.
Finalmente se quedaron en silencio durante varios segundos, tan solo escuchando su respiración.
Kylian cerró los ojos recargando la nuca en el colchón de su cama.
—¿Puedo marcarte de nuevo? —quiso saber, temeroso porque no tenía idea de a dónde llevaría aquello, comprendiendo que estaba siendo de nuevo egoísta; era bien consciente de que sin saber de ella los días se estaban convirtiendo en enormes torturas, pero decidiendo que, si por algún motivo la pelirroja no lo rechazaba entonces, quizá, podría corregir el camino y hacerlo de la manera que debió ser desde el inicio.
Esperó apretando la prenda contra su frente, con Samantha jamás sentía prisa, solo libertad, una libertad que extrañaba tanto como a ella, pero también sabía que sus respuestas solían ser atípicas.
—En tres semanas, a la misma hora, el mismo día —respondió finalmente, tomando el control de la situación. Sonrió por primera vez en un mes. Sí, nunca sabía lo que diría y eso era una de las tantas cosas por las que la amaba.