Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 74
94%

CAPÍTULO 74

Dar aquel paso supuso un dulce alivio que no imaginó experimentar.

Esperar las tres semanas se sintió eterno, pero a la vez le ayudó para pasar los días en acción.

Continuó con las sesiones terapéuticas. Viajó a Dubái, las cosas iban bien y ahí, aprovechó para hacer un poco de rapel, wakeboarding y se dio un día para no hacer absolutamente nada.

Costó trabajo; no había planeado eso, soltar el control era algo que no sería sencillo le había dicho su terapeuta, pero una tarea a la que debía darle permiso.

Así que se atrevió a apagar el celular y mandar al mundo por un tubo.

Comió lo que quiso, se tiró sobre la arena y gritó mientras esquiaba sobre aquella tabla experimentando la libertad que tanta falta le había hecho.

En cada segundo de aquel día, y como ya era costumbre, no paró de pensar en Sam, lo cierto es que, al caer la noche, en el balcón de su suite, anotó cada cosa que, si podía tener la oportunidad, harían juntos.

Y así comenzó toda una libreta de anotaciones diarias. Donde buscaba cosas diferentes en su día que la pelirroja le agradaría ver, experimentar, hacer.

Llegó el día marcado y puntual, marcó.

Sam, por su parte, no había podido concentrarse en nada. Sabía que no había sido buena idea espaciar tanto aquello, pero debía sentir que las reglas las ponía ahora ella. Verificar si Kylian estaba dispuesto a seguirlas.

Lo cierto es que durante ese tiempo no supo de él, tampoco preguntaba a sus padres o algo así.

Simplemente se dedicó a estudiar, aprender, tener una que otra noche difícil al recordarlo, noches que terminaban con su mano sumergida en su braga y ella jadeando, imaginando a Kylian entre sus piernas.

Era bochornoso, sí, pero no luchaba contra eso.

Daba vueltas en el pequeño piso, histérica, imaginando mil y un panoramas.

El que más le aterraba era recibir un mensaje cambiando la hora, o algo así, por lo que cuando sonó el teléfono, se detuvo en seco después de estar machacando la uña de su dedo gordo y lo observó con los ojos bien abiertos y con la sangre agolpada en la cara.

Era él. Puntual.

Se cubrió el rostro con ambas manos y empezó a dar brincos por el pequeño espacio, hasta que temió que cortara la llamada, respondió.

—Hola, pelirroja —escuchó y entonces todo se sintió de nuevo en su lugar.

Hablaron sobre lo que él había hecho, mientras ella le preguntaba sin parar, luego se adentraron en una discusión sobre la arquitectura neoclásica y sus influencias en el mundo moderno. Les daba igual a los dos, pero ayudaba discutir absurdos, reír, bromear.

Cuando el silencio llegó, Kylian volvió a preguntar.

—¿Puedo llamarte de nuevo?

—Sí, en dos semanas, el mismo día, a la misma hora.

—Bien, cuídate.

Y así comenzaron las llamadas durante varias ocasiones más, hasta que llegó diciembre. Ella volaría a Boston para pasar las fiestas con su familia.

—¿Quieres que nos veamos cuando vengas? —preguntó él, atreviéndose a dar el siguiente paso. Sam tragó duro y enseguida se puso nerviosa. Moría por tenerlo enfrente, rodearlo con sus brazos y jamás separarse de su cuerpo. Pero no deseaba ceder, tampoco estaba preparada aún.

—¿Podríamos esperar? —quiso saber. Kylian recargó la frente en su antebrazo, mientras perdía la vista en el amanecer que le regalaba su habitación, es que rugía por ella, al igual que él.

—Puedo hacer lo que quieras, pelirroja —admitió sin tapujos.

—Gracias, Kylian.

Cuando llegó a Boston, sus padres y Julien la recibieron en el aeropuerto. En casa la esperaba una cena junto con todos sus hermanos, terminó dormida mientras veía una película con Adrien después de una guerra de cojines.

Le agradaba estar ahí; el ambiente familiar y seguro.

La Navidad era de sus fechas preferidas: las luces, el árbol, todo era algo que disfrutaba bastante.

Pasó los días con Keira, comprando regalos, con su madre en centros comerciales también.

Para su asombro estar con ella era sencillo, se sentía a gusto siendo como era, dando su opinión y siendo escuchada.

Muchas cosas habían cambiado durante esos meses, la que más, ella misma.

Con su padre se enfrascaba en eternas jugadas de backgammon , paseos por el jardín nevado, charlas agradables que no buscaban salvo hacerla sentir en casa.

Tres días después de llegar, Kylian marcó, como habían acordado. La sorprendió que en esta ocasión fuese con cámara encendida. Abochornada se la pensó durante un segundo, pero finalmente aceptó.

Verlo fue… devastador. Tenía el cabello sin peinar, solo sus rizos más largos caían por su frente, alrededor de su masculino rostro que lucía tremendamente más atractivo. Llevaba un suéter de punto oscuro y estaba en lo que parecía ser el exterior.

—Ey, ¿cómo encontraste todo? —le preguntó él con ligereza, una que venía empleando desde hacía semanas, una que le recordaba al hombre con el que estuvo en Grecia.

Las mejillas de Sam, enrojecidas, delataban su aturdimiento, aunado a su mutismo. Kylian sonrió de esa manera sexy que la ponía a hervir por dentro.

—Es… Bueno, ¿con cámara? —murmuró aturdida. El hombre se encogió de hombros, mientras el cabello se le mecía gracias al viento gélido.

—Vine al Common, me gusta cuando comienzan a caer las primeras nevadas. Mira —dijo mostrándole el paisaje. Sonrió de forma boba.

—Es hermoso —susurró. El rostro de Kylian apareció de nuevo y esa mirada gris la atrapó.

—Lo es, pelirroja —replicó con voz ronca. Sam acomodó un mechón de cabello tras su oreja, se sentía una colegiala.

—¿Ya sabes qué harás en Nochebuena? —curioseó, pues la última vez le comentó que no tenía idea. Kylian iba caminando, tranquilo, frunció el ceño.

—No, Warren hará una recepción, pero no lo sé.

—¿Tu… tu padre? —preguntó atenta a él, babeando en realidad. Kylian torció los labios. Poco hablaba de si mismo, menos de Kasha.

—En casa, quizá pase un rato con ellos. Tengo ganas de esquiar —admitió con frescura.

Sam sonrió alegre, su tono era vivaz, como el de un niño travieso.

—Pues ve a esquiar —lo instó.

—Sí, ¿verdad? —avaló divertido por su voz juguetona, desafiante—. ¿Dónde me recomiendas?

—No sé, quizá en Canadá. ¿Banff?

—¿Te gusta?

—Sí.

—Bien, quizá vaya entonces —acordó con gesto pueril, uno que la tenía atolondrada.

Hablaron un poco más sobre el clima, el vuelo, los regalos que ella había comprado, la cena que darían en casa y luego colgaron.

No supo de él hasta esa noche donde todos estaba reunidos y llamaron a la puerta. Camille fue quien abrió, ese día no había empleados en casa, esa era la tradición, solo ellos. Un minuto después regresó a la sala, arqueando una ceja.

—Es para ti, Sam —refunfuñó un tanto cabreado.

Su hermano mayor no se había metido en nada referente a Craig debido a la promesa que le hizo y a que supo que estaba actuando de la manera esperada, aunque eso no significaba que no lo tuviera bajo la mira.

Sin embargo, no le parecía para nada gracioso aquel atrevimiento, se suponía que no se lo toparía más después de haber entregado el dichoso hotel.

La joven tembló temerosa.

No se sentía preparada y aunque ansiaba verlo, los ácidos del estómago le hicieron saber que no era algo que podría aún manejar. Al aparecer en el recibidor, la cantidad de flores como las que le mandó aquella vez, la hizo cubrirse el rostro enrojecido.

Uno de los escoltas de Kylian bajaba más arreglos, eran mínimo una treintena, mientras Lautaro le sonreía tendiéndole un sobre.

—Feliz Nochebuena, señora —dijo despidiéndose con un gesto educado y saliendo de ahí un minuto después dejándola en medio de un jardín de flores pálidas.

—Dios mío —escuchó a sus espaldas la voz de su madre.

Llorosa abrió el sobre blanco. Sus dedos temblaban y las lágrimas que se acumulaban en sus ojos no le permitían leer bien, pestañeó para que el líquido descendiera por su mejilla y entonces pudo enfocar.

Pelirroja:

Si la fecha de caducidad para las oportunidades está en tus manos, debes saber entonces que por ti lucharé hasta que logre revertir los errores. Uno a uno. Siempre te he soñado en medio de mis flores y aunque no pueda verte, quería que supieras que las cuidé para ti todo este tiempo.

Feliz Navidad, preciosa, disfruta como solo tú puedes hacerlo.

Kylian.

Hipeó enamorada, sonriendo. Su madre se acercó y la abrazó con fuerza.

—No sé si estoy lista —sollozó sobre su hombro mientras Madelene besaba su melena.

—Y está bien, respeta tu tiempo.

—Lo quiero —murmuró lo que la mujer ya sabía. Esta cerró los ojos asintiendo.

—Sh, mi huracán, deja que fluya.

—Le dije que no viniera —musitó separándose. Su mamá le limpió las mejillas como cuando era una cría revoltosa, serena.

—¿Querías que lo hiciera? —preguntó sin comprender.

—No, hará todo como yo diga —comprendió al fin con la voz quebrada y la nariz roja. Madelene sonrió.

—¿Y eso es malo? —indagó.

Sam negó sorbiendo el llanto. Sus hermanos y su padre la observaban a la distancia.

—Es bueno, pero no sé si estoy haciendo lo correcto —confesó bajito. Madelene tomó su barbilla y la miró con fijeza.

—Ser fiel a lo que sientes y quieres, es lo correcto, Samy. Solo eso, cariño —explicó con seguridad. La joven sonrió entre lágrimas y la abrazó.

—Te quiero, ma.

La mujer la rodeó de forma protectora, tranquila de verla así porque de alguna manera sentía que lo peor había pasado.

—Lo sé, mi vida.

Esa noche comenzaron los mensajes, ella fue quien tomó la iniciativa al mandarle una foto de las flores acumuladas en el recibidor y darle las gracias.

Después los textos ya no cesaron. Kylian estaba en Banff, le mandaba imágenes del lugar nevado, de la chimenea en aquella villa que alquiló, de todo lo que ella le pidiera.

Había ido solo y estaba haciendo tantas cosas que se encontró, de repente, ansiando hacerlas con él, compartir ese desborde de energía que corría por su cuerpo al lado de la única persona que le seguía el paso.

Las vacaciones terminaron y la comunicación entre ellos se tornó cotidiana. Mensajes, llamadas, audios. Incluso se encontraron a distancia en juegos como Roblox, Minecraft, FC Mobile, Stumble Guys, Call of Duty. Era muy divertido para los dos.

A mediados de febrero para Kylian las cosas marchaban mejor que bien.

Cada vez le permitía aflorar más a su otra manera de ser, se daba espacios para experimentar, fluir y reía.

En la empresa era notorio su cambio, en los pasillos eso se comentaba todo el tiempo.

Sin embargo, a su familia la había estado evitando.

En las sesiones con el terapeuta había emergido mucha desilusión, abandono, soledad.

Sensaciones que lo convirtieron en el hombre que ahora era y no despreciaba ya tampoco, entendía que en ese momento fue necesario ser de aquella manera, de otra forma no habría podido enfrentar lo que se vino encima, junto con ello emergió el dolor de comprender lo que Káran había permitido.

Buscaba empatizar con su padre, justificarlo, pero fingir que nada había ocurrido ya no le era posible. Las verdades estaban frente a él, no existía retorno solo que aún no reunía las ganas de buscarlo si es que lo llegaba a hacer.

Londo no había insistido respecto a la sociedad, simplemente le hablaba para consultarle tal o cual cosa de la empresa y en la última reunión antes de la entrega del hotel en Dubái, le había dicho que la propuesta seguía en pie, pero que no lo presionaría.

El padre de Samantha era un tipo que admiraba, esa era la verdad: audaz en los negocios y eje de su familia.

No debía compararlo con el suyo, eso lo sabía, pero cada día le costaba más trabajo, así como no mandar todo al diablo y buscar a esa mujer de la que estaba absolutamente enamorado, que había cambiado su vida.