Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 36 #2
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CAPÍTULO 36 #2

Se recostó abrazando la almohada, perdió su atención en el anillo que había dejado sobre el buró.

Era una pieza asombrosa, seguro diría Madelene, pero ella no estaba familiarizada con esas cosas; las piedras preciosas, los metales.

Bien podría ser acero y vidrio y no se daría cuenta.

Lo cierto es que lo odiaba, lo odiaba profundamente pero le daría utilidad, ese sería su recordatorio de lo que no ocurriría jamás, de lo que no se debía permitir, de lo que Kylian era en realidad.

Porque ahora sabía que cada cosa que hacía tenía un fin, un motivo, y no era un hombre genuino, real.

Por la mañana despertó temprano, no había dormido bien, se sentía inquieta, molesta, enojada y triste. Se mudó y salió a correr, necesitaba distraerse. Puso música a tope, dio con el sendero que daba a la playa y corrió durante un rato.

Llegó sudorosa a casa, agotada. Madelene la observó pero se abstuvo de decir nada, lucía despeinada, húmeda, desgarbada y agitada.

—Hola, mi amor, ¿cómo te fue ayer? —preguntó con dulzura.

Sam se hizo a un lado unos mechones de la cara que se habían adherido a su sien, entonces la mujer sintió cómo si un centenar de toros la embistieran.

Se llevó la mano al pecho, notando cómo sus latidos aumentaban de una manera insana, su piel se erizó y comprendió, justo en ese momento, que no se había equivocado.

Sam notó su palidez, el desconcierto. Entonces siguió su mirada y apretó los ojos: el anillo.

Sí, se lo había puesto por la mañana antes de salir, rabiosa.

Era el grillete que Hades le había dado para presumir su pertenencia: ella, así que no debía olvidarlo.

Su vida le pertenecía a ese hombre y no se permitiría pensarlo de otra manera, menos porque jamás podría perdonarse si algo le pasaba a Londo.

—Dios mío —susurró Madelene, con una blanca mano cubriendo su boca.

Sam pasó saliva, bajando la suya despacio, pero su madre fue rápida, lo contrario a lo que solía y la tomó por la muñeca con firmeza, acercando la sortija a sus ojos.

Luego la miró con esos ojos del mismo color que poseían—. ¿Es… es?

Sam juntó todo el valor que le requería y asintió despacio, atenta a sus reacciones.

—Sí —solo dijo.

Su madre observó el anillo durante un largo minuto, luego sus ojos y de nuevo la joya.

—¿Cuándo?

—Ayer… Hablará hoy con ustedes —explicó nerviosa, conciliadora.

Madelene alzó la mirada, notando la preocupación de su hija, el desconcierto. Sacudió la cabeza negando, y sin pensarlo la atrajo a sus brazos a pesar de que estaba recién ejercitada. La apretó con fuerza, rodeando su nuca.

—Mi amor… Dios… —susurró con la voz ahogada.

Sam no pudo evitar soltar un sollozo cuando la arropó con su cuerpo, con su aroma familiar.

No sabía si debía fingir alegría, excitación, pero no podía llegar a tanto, además, notaba lo que la noticia estaba generando en su madre, esa que juró que tenía como meta que ella sentara cabeza con un hombre como él.

Madelene besó su cabeza.

—Lo siento —murmuró la joven, sin saber por qué decía eso, supuso que por el impacto de la sorpresa.

Su madre sintió su pecho crujir, pero sabía que no podría detenerla, a ese huracán que crio, nada podría conseguirlo, y si había aceptado no habría marcha atrás. Pero se conocían desde hacía tan poco, un mes, quizá algo más.

La separó de su cuerpo, lagrimosa, sujetando sus hombros, sonriendo.

—Mi amor… ¿estás segura? —quiso saber, atenta a sus ojos.

Su hija, que nunca se mostraba vulnerable, menos lloraba, asintió decidida aunque con un par de lágrimas resbalando por sus mejillas.

Sabía bien que no eran de tristeza, ella misma lo vivió de esa manera, era temor de sus reacciones, de lo que vendría, no de lo que sentía, de la decisión que acababa de tomar.

—Sí, necesito estar con él.

La mujer sacudió un poco la cabeza, ahogando el llanto que amenazaba con emerger.

Era su pequeña, su única hija, no se suponía que debía pasar aquello.

Era consciente de que cualquier otra madre de esa sociedad en la que se conducía sentiría que había logrado el mayor éxito, pero ella no, ella sentía que le había fallado porque, finalmente la había llevado justo a aquel sitio en el que Sam de alguna manera no volaría con la libertad que ansiaba.

Sonrió trémula.

—No llores, mi amor… —pidió limpiando sus mejillas con gesto maternal. Sam sonrió apenas.

—Papá no estará de acuerdo, pero necesito hacerlo, mamá —replicó despacio.

—Sabes que se conocen de poco tiempo, que el matrimonio es algo serio, que eres tan joven, Samantha…

—Sé lo que hago, te lo prometo, confía en mí…

Madelene sonrió con ternura ante la intensidad de sus formas, lucía incluso ansiosa. Acarició su rostro pecoso.

—Confío en ti, mi amor. Solo temo que dejes lo que quieres ser por esto.

—No lo dejaré.

—¿Inglaterra? —cuestionó seria. Sam pasó saliva.

—Aquí también hay esa especialidad, y hay modalidad online —argumentó con un nudo enorme en la garganta porque sí, esa había sido su meta tanto tiempo, lo consiguió y ahora se esfumaba sin darle tiempo a procesarlo.

La mujer ladeó la cabeza, respirando despacio, sin perder detalle de sus lindas facciones.

—Ya… lo has pensado todo…

—No —admitió ella, bajando la cabeza—. Papá no está bien del corazón, no le agradará.

Madelene alzó su barbilla, serena, o fingiendo en realidad que lo estaba.

—Londo te ama, huracán, sabía que no te podría mantener en estas paredes por mucho tiempo. Si es tu decisión, si de verdad estás convencida, lo entenderá.

—Pero no sé si lo acepte.

—Eso solo lo sabrás si se lo dices. Debe saberlo por ti, cariño.

Sam aspiró con fuerza, sabía que no había retorno, una vez que se lo dijera no habría retorno.