CAPÍTULO 37
Decidió que debía darse una ducha, una larga si era posible para poder enfrentar por lo menos ese día limpia. Pero cuando pensaba subir, su padre venía bajando, con un periódico en la mano. No había ido al golf, notó la joven, nerviosa.
El hombre sonrió al encontrar en el rellano de las escaleras a las dos mujeres más importantes de su vida.
Siempre que las observaba su pecho se hinchaba.
Amaba a sus hijos por igual, eran todos unos chicos maravillosos, no perfectos, porque tampoco nunca pretendió eso de ninguno, pero sí personas de bien, trabajadoras, con metas, sueños, determinados y listos para vivir su vida, se sentía orgulloso de cada uno.
Pero ese par de mujeres eran una debilidad, no podía evitarlo.
—¿Hay reunión de chicas hoy también? —curioseó Londo, con ligereza.
Pero algo en la expresión de Mady lo alertó, la conocía desde que ella tenía veinte años, él cinco más, nunca fue difícil descifrarla, era ingenuidad y transparencia en su estado más puro.
Eso fue de las primeras cosas que lo atrajo, además de ese cabello y mirada dual: picardía tras la dulzura.
Arrugó la frente, inspeccionó el rostro de Samantha, lucía algo pálida, a pesar de haber ido a correr y lo sudada que se le veía.
—¿Qué pasa? —preguntó directamente, acercándose. Su hija pestañeó nerviosa, eso era raro. Madelene parecía pasar por todos los sentimientos a la vez, no lograba identificar lo que su rostro de ángel quería decirle: tristeza, frustración, impotencia, dolor, miedo…
Su mujer respiró hondo, luego envolvió el brazo de su marido, tensa.
—Creo que debemos ir a la sala, ¿les parece?
—propuso serena, o intentándolo porque Londo la conocía bien y supo que algo grave estaba pasando.
Él evaluó a su pequeña, intrigado, ella asintió obediente.
Arqueó una ceja y buscó la mirada de Maddy.
La mujer palmeó su bíceps, tranquilizándolo, pero logró lo contrario.
Samantha se sentó en uno de los sofás para tres personas, con las manos entre las piernas.
—¿Qué pasa? —preguntó de nuevo Londo, sentándose junto a su mujer en el loveseat .
—Mi amor… —susurró Madelene, tranquila.
Sabía que debía estar ahí, no podría estar en ningún otro lugar, conocía a su hombre, esto lo tomaría por sorpresa y sinceramente no tenía idea de cómo reaccionaría de inicio, aunque después estaba segura de que lo respetaría, así era él.
Samantha alzó el rostro, sonrió apenas, con las mejillas enrojecidas, mordiéndose una y otra vez los labios.
—Esto se parece mucho a cuando sacaste el auto de tu madre sin permiso y lo destrozaste de un lateral. O cuando te escapaste del campamento en quinto. O cuando llenaste de perros callejeros el jardín. Así que dispara, quiero escuchar qué cosa hizo mi huracán, puedo con ello —aseguró.
—Yo, bueno, no se trata de nada malo, pa…
—Eso tampoco lo era, cielo, solo cosas que haces desde que recuerdo —replicó guiñándole un ojo, intentando aligerar la tensión que palpaba en el ambiente. Sam sonrió al fin, este le respondió el gesto—. Ahora, suéltalo.
La joven pasó saliva, respiró hondo y despacio, desenterró una de sus manos, esas que enjaulaba entre sus piernas y la alzó con el dorso viendo hacia él. Londo tardó un poco en percatarse, pero cuando lo hizo abrió sus ojos grises de forma desmesurada.
Madelene rodeó su mano con fuerza, esperando. Samantha apenas si podía sostener la respiración regular, mientras su padre mantenía una expresión congelada. Por un momento temió que algo le ocurriera, que le provocara otro problema de salud. Esperó tensa, con ácido subiendo por el esófago.
—¿Lon? —lo nombró Madelene, despacio.
El hombre cerró los ojos y luego agachó la cabeza, negando lento una y otra vez. Sam notó cómo apretaba su puño libre y la mano de su madre. No quería ni moverse. No se atrevía.
De alguna manera Sam sentía que le estaba fallando, pero se obligaba a recordar la razón por la que estaba en primer lugar sentada frente a él.
Iba su vida de por medio, jamás jugaría con eso.
Lo amaba, los amaba profundamente, les debía todo, no solo su existencia y por Dios que no les fallaría jamás.
—¿Papá? —se atrevió a nombrarlo. Londo se pasó una mano por los ojos, limpiándose las lágrimas que amenazaban por salir. No temía a llorar, porque mostrar lo que se siente es más valiente que enjaularlo, pero no era el momento. Alzó el rostro y la observó con detenimiento.
El día en que nació, su llanto, ese cabello rojizo. Las noches inquietas, sus primeras risas, sus primeros pasos, cuando se trepaba con maestría sobre su cuerpo para que la cargara. Las rabietas, las persecuciones, los problemas, los cuentos, las tardes de verano…
Sus primeras salidas, las horas enteras discutiendo del por qué no podían cuidar a más de veinte perros callejeros en el jardín, movilizar a toda la familia para que ayudaran a colocarlos en lugares seguros.
Cuando supo que aplicaría para ir a Londres y entender que jamás la vería de nuevo en Boston porque esa joven tenía alas enormes.
Los novios poca cosa con los que solía enredarse.
Las risas con Keira en casa, cuando bajaba deslizándose por el barandal y Madelene quería morir porque jamás lograría doblegarla, educarla.
Las cenas familiares donde solía terminar comida por doquier pues uno de los seis comenzaba la batalla y ella, como no, lo seguía. En una ocasión tuvo que bajarla de la mesa pues la criatura de quince años se había subido y atacaba a Adrien sin parar porque le había dicho tramposa.
Esos y muchos recuerdos más se mezclaron perdido en sus ojos índigo, esos que amó desde el primer momento y ese hijo de puta, llegaba de repente, a querer llevárselos lejos cuando aún no la veía preparada para ello, cuando siempre pensó que su vida sería libertad, explorar.
No entendía, o sí. Lo entendía tan bien que no tenía argumentos, solo sabía que su pecho ardía, quemaba y no era el corazón, era el alma.
Se levantó despacio, invirtiendo sus labios bajo las miradas atentas de las dos.
—Necesito un momento —murmuró con la voz ronca, entonces salió de la estancia dejándolas solas.
Madelene observó los ojos anegados de su hija, sentía el mismo dolor que su marido. No sabía qué hacer, así que solo atinó a acercarse a ella y rodearla. Sam se dejó envolver por sus brazos.
Imaginó que el día que su pequeña llegara con un anillo en la mano sentiría una felicidad indescriptible, satisfacción, orgullo, lo cierto es que no era así, solo sentía vacío, miedo y nostalgia. No se suponía que crecieran tan rápido.
—Regresará en unos minutos, mi amor, todo está bien —susurró buscando su rostro pecoso. El labio de Sam temblaba.
—No quiero fallarles, ma —musitó agobiada.
La mujer sonrió sujetándose su rostro.
—¿Por qué piensas que puedes estarnos fallando, mi huracán? —quiso saber, de pronto intrigada. Sam sorbió la nariz, negando sin soltarse.
—Porque sé que es de improviso, que parece algo intempestivo, pero no es así. De verdad no es así. Sabemos lo que hacemos, necesito que confíen en mí.
—¿Por qué aceptaste, cielo? —preguntó directamente, de forma perspicaz.
Su hija respiró hondo.
—Necesito estar con Kylian. Para mí es muy importante.
—Se conocen muy poco.
—Pero sé lo que hago. Él también.
Madelene sonrió despacio.
—Claro que sabe, si tonto no es. Pero es un hombre que ya ha vivido, tú aún no.
—Casarme no significa una cárcel, ¿o sí? —replicó estudiando las facciones de su madre. Madelene negó enseguida. Esa hija suya era astuta, no debía olvidarlo.
—No, pero la vida cambia, hay obligaciones.
—Sí, pero somos jóvenes, queremos hacerlo juntos. ¿Qué tiene de malo?
—Nada, tesoro, nada, pero… ¿lo quieres? —indagó clavada en sus ojos.
Samantha temió por un momento, pero luego acudió a ella las carreras a caballo, la manera en la que le enseñaba a escalar ese muro, las risas, el picnic en el invernadero donde cultiva flores hermosas, o cuando nadaron desnudos en la piscina de su penthouse y no la hizo suya hasta que compitieron, jugaron y rieron como dos niños sin ropa.
O la ocasión en que tocó el piano mientras ella lo observaba sentada en un escalón, absorta y él la miraba con intensidad.
Quizá todo eso era parte del plan, de romper el hielo, pero necesitaba aferrarse a que un poco de todo aquello era real y esa parte, aunque fuese ínfima, la impregnó envolviéndola y asintió despacio.
—Sí, mamá, lo quiero —admitió sin mentir.
Madelene sacudió la cabeza, con los ojos anegados.
—Entonces no hay mucho que pueda decir, tu padre lo entenderá. Solo es que… duele. Eres la menor, no se supone que fueses la primera en formar una familia.
—¿Está enojado? —quiso saber insegura.
—No, mi amor —susurró acariciando su rostro—. Está asustado.
Londo paseó por el jardín durante unos minutos, pensativo.
No podía creer que estuviera pasando eso.
No con Samantha, no con Kylian, en medio de todo lo que estaba ocurriendo en los negocios.
Se sentía absurdo, pero no era mentira, lo había visto; la forma en la que la miraba era real, intensa, desde que lo vio por primera vez lo supo, no era idiota y no había errado.
Carajo. Fue un imbécil, la realidad es que pensó que estaría listo para ello, pero en definitiva no lo estaba para que fuese tan pronto, no tan abrupto.
No dudaba de su hija, pero él… Joder, no tenía idea.
Lo cierto es que la manera en la que habían transcurrido esas semanas ya lo había alertado, incluso había intentado tranquilizar a su mujer.
Ahora no existía quien lo tranquilizara a él.
Porque nadie prepara a un padre para dejar ir a su hija menor cuando apenas está comenzando a vivir, nadie.
Tomó aire varias veces, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y cuando volteó listo para entrar, se encontró con Samantha observándolo.
La joven lagrimeaba, el hombre la contempló un largo minuto.
Cómo amaba a su familia, a ella, luego abrió los brazos y esta corrió hasta ahí sin dudarlo.
Londo la rodeó con fuerza aferrándose a su menudo cuerpo, cuando impactó en su pecho. Si supieran esos chicos que eran sus rocas. La joven sollozó escondida en sus brazos.
No, así no debía ser.
Si bien no entendía nada, o lo que entendía no le agradaba, era su padre y eso no cambiaría hiciera lo que hiciera, eligiera lo que eligiera.
Se alejó un poco buscando su rostro. Limpió con sus pulgares sus mejillas pecosas y le sonrió.
—¿Mi huracán encontró quien logre sosegarla? —preguntó con voz ronca. Sam negó, clavada en sus ojos, lista para eso, para todo.
—Solo encontré un tornado, pa —aseguró y sin saber por qué, eso lo tranquilizó. Entonces sonrió sacudiendo la cabeza y la abrazó de nuevo.
—Lo voy a matar, cariño.
—Lo sé —respondió ella absorbiendo ese aroma con el que creció.
El hombre alzó el rostro y encontró los ojos de su mujer, estaba recargada en el ventanal, con los brazos cruzados, observándolos. Él le guiñó un ojo entristecido, ella se encogió de hombros nada más, con la nariz enrojecida. Su hija se iba a casar.