CAPÍTULO 36
Sam llegó a casa envuelta en una bruma lúgubre, su mano pesaba como si cargara con una roca, una que tenía como finalidad hundirla en el fondo de un océano de apariencias, aquel que durante unos días olvidó.
Cuando Kylian deslizó aquel objeto en su dedo, pasó saliva e intentó sonreír, pues él lo hacía también, atento a su reacción.
—Gracias, es muy hermoso —respondió con voz monocorde, sonriendo apenas, luego tomó su copa y le dio un trago como si nada hubiese pasado, como si esa sortija no estuviera rompiendo algo en su interior.
Kylian se sentó a su lado y sujetó su mano, relajado.
—¿Te parece que mañana se los informemos? —preguntó interesado.
—Tú decide lo que creas conveniente.
El hombre bebió de su copa, atento a sus reacciones. La pelirroja parecía indiferente ante lo que ocurría, como si fuese un mero trámite y quizá estaba bien que lo enfrentara de ese modo; entre ellos dos no había más de lo que estaba ocurriendo, mejor era no confundirse.
Sin embargo, era verdad que no pensaba dárselo de esa manera, de hecho la noche anterior estuvo ideando formas originales y agradables para entregarle la sortija, cosas como las que ella sabía disfrutar.
Pero por la mañana habló con Mathia Beaufort, ya comenzaba a presionar, Kasha aún no lograba dar con nada a pesar de estar en Dubái y Londo había mandado una carta de prórroga que era inadmisible, pero legal.
No había aceptado reunirse con él, prefería mantener todo por el lado legal y formal, lo cierto es que ya no podría postergarlo.
Todo eso obró en su contra, porque en ese momento dejó de lado los planes absurdos que creaba su cabeza y se obligó a no desviar las cosas; Samantha Streoss era la esposa perfecta para que su padre cumpliera su parte, para que Londo le permitiera entrar de lleno a Streoss Services y para apuntalar su imagen confiable.
Si ella lo había olvidado gracias a esas noches de sexo lánguido o voraz, a los juegos, las risas o la libertad que parecía experimentar, no era algo de lo que él podría hacerse responsable. Las reglas estuvieron claras desde el inicio.
Lo cierto es que su indiferencia por el tema lo irritó, también la poca importancia que le dio a la sortija, que apenas si vio, era como si le hubiese puesto en el dedo una baratija cualquiera y esa joya valía lo que una villa.
—Bien, debido a la salud de Londo, será mejor que lo vea en tu mano, primero. Debe notarse el impulso, te invité a cenar, te lo di. Queremos una vida juntos pues somos absolutamente compatibles. Entonces lo buscaré para invitarlos a cenar, así daremos la noticia.
—¿Cuándo?
—Mañana —dijo sonriendo, condescendiente, un tanto incómodo era la verdad debido al desinterés que manifestaba Samantha.
No lucía enojada, ni fría, sino aburrida de esa charla, como si le diera lo mismo. Se cabreó mientras ella meneaba su copa, distraída, con su barbilla recargada en la palma de su mano, sin verlo.
—No, la boda, ¿qué fecha les dirás? —preguntó absorta en el líquido oscuro. Kylian apretó los labios.
—Tres semanas —soltó esperando algo; cualquier reacción. Ella asintió alzando un poco las cobrizas cejas.
—Seguro pensará que nos comimos el pastel antes de tiempo —determinó un tanto burlona, pero sus ojos índigo continuaron extraviados en el movimiento del líquido, como si eso fuese más interesante que la charla sobre su futuro.
—Probablemente. Pero eso, cualquiera que sepa contar, podrá saberlo en nueve meses.
—Sí, claro.
—Quiero suavizar las cosas, pelirroja.
—¿Por papá? —quiso saber posando sus ojos lánguidos en él. Kylian asintió. Ella se encogió de hombros.
—No le gustará, sea como sea. Así que ni hablar. Es la única opción para que no lo demandes por fraude.
—Sí, ese es el trato —corroboró aunque no le agradó que lo trajera a colación como si fuese cualquier cosa, eran millones, muchos millones.
—He cumplido bien mi parte, ¿no? Quejas no puedes tener. Así que dejo esto en tus manos, como todo —dijo relajada, poniéndose de pie. Luego bostezó de forma femenina, como un gatito estirándose—. ¿Podría irme a casa? Estoy molida, Kylian —pidió sonriendo apenas, al final.
El hombre se puso de pie, sintiendo ácidos subir por su esófago, peor, un hueco en la boca del estómago.
No tenía idea de cómo debía salir esa noche, pero no así, estaba seguro.
Le había preparado la cena que deseó, tuvieron sexo increíble en la ducha, porque aunque Samantha no era experimentada, sí que era una amante pasional, que lograba con esa mezcla de ingenuidad, reacciones desbordadas y picardía, encenderlo como a un maldito incendio forestal.
—¿Qué pasa? —preguntó serio.
No quería mostrar su desconcierto al respecto.
Esas tres semanas para él también habían sido intensas, reveladoras en muchos sentidos, tantos que el hecho de haberla elegido lo hizo sentir victorioso, ganador.
No estaba acostumbrado a equivocarse en los negocios, ni en nada en realidad y confirmar que con ella había acertado, le agradaba bastante.
Samantha arqueó una ceja.
—¿De qué?
—Apenas si viste la sortija.
—Ah —exclamó ella alzando su mano para observarla durante algunos segundos. Pero sus ojos habían perdido la chispa, era como si se hubiese apagado y no, no le agradaba—. Es… —pero no terminó buscando en los ojos de Kylian las palabras adecuadas, o las que él quería escuchar.
—La mandé a hacer para ti —explicó sereno, evaluándola. Ella asintió ladeando la cabeza, observando de nuevo la joya.
—Vaya, para el acuerdo que firmamos, es ideal.
Kylian apretó los dientes.
—¿Qué planeas? ¿Qué te ocurre? —soltó un tanto exasperado.
Ella arrugó la frente, luego negó sonriente de forma jovial.
—¿Planear? Yo no tengo permiso para planear, ¿o sí? ¿Podemos irnos? De verdad estoy frita, el entrenamiento, las cuentas que llevo, los trámites de la titulación.
El hombre la estudió durante un par de segundos y terminó asintiendo.
—Vamos.
—Lautaro podría llevarme, no te molestes —susurró conciliadora, amigable, no pasional, ni arrebatada sino la imagen perfecta de los buenos modales, cortesía y consideración.
El hombre, irritado sin comprender del todo la razón, la tomó del brazo cuando pasaba frente a él. Sam giró, pestañeando. Enseguida Kylian la pegó a su cuerpo.
—Tú eres mi mujer, te llevo yo —gruñó sin entender de dónde coño habían salido esas palabras cargadas de primitiva territorialidad.
Ella se soltó despacio, aprovechando su desconcierto.
—No, soy tu prometida desde hace un momento, y tu esposa dentro de unas semanas. Tu mujer, no. Tener sexo no me convierte en tu mujer —determinó risueña, hablándole como a un niño mimado, caprichoso.
—¿Estás siendo sarcástica? —replicó, la boca tensa, rodeando su delicada muñeca. La joven lo observó un tanto confusa.
—No, por qué haría eso —indagó serena.
—Eres mi mujer —repitió decidido, sin comprender la razón de su arrebato estúpido que quedaba fuera de lugar, pero no podía verla de otra manera salvo suya y definitivamente no quería que ella se pensara distinta.
Estaba en su cama, lo estaría de forma definitiva, ese anillo la unía a él, el matrimonio legalizaría eso.
Era su mujer y no había más.
—No, yo solo podría haber sido la mujer de alguien que fuese mi hombre, tú serás mi prometido y esposo, jamás mi hombre, Kylian. Eso los dos lo sabemos. ¿Podemos irnos? —insistió fingiendo aguantar un bostezo.
Él observó, furioso, intentando controlarse porque se dio cuenta de cómo estaba actuando, de que algo ajeno a su razón a su control, a lo que debía ser estaba tomando el mando y eso no se lo podía permitir, desde hacía años que eso no era aceptable en su vida.
Durante el trayecto Samantha se perdió en su celular, reía incluso y no entendía un carajo de nada.
Cuando llegaron a su casa, ella le sonrió amigable, luego le dio un beso fugaz en los labios y salió como siempre, apretó el volante respirando hondo.
Las cosas iban por el camino marcado, entonces ¿por qué se sentía tan cabreado?
En cuanto estuvo sola, en su habitación se sentó en el colchón, sobre sus almohadas, pegando la espalda a la cabecera de su cama, envolvió las piernas y apretó los dientes sintiendo cómo sus ojos se anegaban.
¿Qué pasaba con ella? Se sentía desilusionada por una parte, traicionada por otra.
Pero es que no tenía razón, ella había sido estúpida en pensar…
en pensar, ¿pensar qué? ¿Qué Kylian estaba siendo sincero en cada cosa que hacía?
¿Qué se dejaba llevar liberándose, siendo él?
¿Qué algo estaba surgiendo entre los dos, algo limpio, agradable, pasional y potente? ¿Qué él… él la estaba viendo de verdad?
Una lágrima solitaria abandonó sus ojos, se la limpió despacio.
Ella era parte de un trato, solo un acuerdo, material canjeable para un fin y propósito. Solo eso implicaba para Kylian, nada más y mientras no lo olvidara todo sería más sencillo, menos enrevesado.
Apoyó la frente en sus rodillas, respirando hondo.
No quería sentir eso, no quería sentir cosquillas en las manos cuando estaba cerca, no quería sentir ese calambre en el estómago cuando pensaba en él, no quería sentir que un volcán explotaba en sus entrañas cuando lo tenía desnudo, embistiéndola de esas formas que desconocía y que le resultaban agónicamente placenteras, delirantes.
No quería pensar en él a cada instante, en su manera de reír; mostraba sus dientes blancos y unas arruguitas dulces aparecían en las comisuras de sus ojos suavizando sus rasgos masculinos. No quería perderse en su conversación, en su energía desbordada, en sus juegos…
Mierda, no quería enamorarse, pero quizá ya lo había hecho.
Se duchó deprimida, cabizbaja. Necesitaba que ese maldito aroma abandonara su cuerpo, así no podría dormir. No lo consiguió del todo porque aún seguía ahí, dentro de sus jodidos y traicioneros pulmones.