Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Los días pasaron, la intensidad de sus encuentros aumentó, pronto se encontraron escalando en los muros de su apartamento, bailando en algún bar no muy concurrido, haciendo un picnic en medio del invernadero que una noche le mostró cuando, presa de un impulso, decidió abrirse a ella y hacerle el amor.

Reían todo el tiempo, caminaban por la playa mientras ella se colgaba de su cuello, se perseguían, competían, y hablaban sin cesar.

Keira estaba asombrada de cómo las cosas entre ellos dos avanzaban.

Ambos se habían aventado a aquello de cabeza, era evidente.

La visitaba en los entrenamientos de fútbol y al acabar ella lo desafiaba con el balón en aquel parque donde terminaban llenos de barro, rodando por el césped como dos niños.

—¿Qué harás hoy? —preguntó su mejor amiga cuando al fin pudo tener un tiempo libre.

Esas tres semanas había visto cómo salía disparada cuando él la buscaba, o cómo algún auto lujoso llegaba por ella, no importaba dónde estuviera ni si iba presentable, Samantha simplemente se iba.

—No sé, tengo que generar gráficos para unas cuentas —respondió risueña, mientras bebía del frappé, inquieta, como si escuchara una tonada inexistente.

—Bueno, en un segundo puede cambiar eso, lo sabemos.

—¿De qué hablas? —preguntó la pelirroja, relajada.

La notaba tranquila en realidad, como si estuviera encontrando la manera de encausar toda su energía, pero no imaginaba a ese hombre haciendo todo lo que ella le contaba. ¿Terminar sucio después de jugar fútbol? No, eso no sonaba para nada a Kylian Craig, pero le creía.

Por otro lado, Sam había acudido ya a un par de eventos de los típicos que solía quejarse. La había visto buscar qué ponerse como nunca antes, permitir a Madelene peinarla y mostrarse entusiasmada por ir. Eso sin contar que él parecía no querer tener distancia entre ambos.

—Pues de que Craig poco le falta para encadenarte a él —murmuró con ligereza. La sonrisa de Sam se perdió.

—No piensa encadenarme —refutó desconcertada porque no se había permitido pensar en nada, solo dejarse llevar por cada momento intenso que estaba pasando a su lado y eso no era lo planeado.

—Es un decir, aunque no lo dudaría… Ya sabes, formalizar pronto —expresó alegre, sagaz. Sam retomó su frappé, perdiéndose en los clientes del lugar.

El anillo, recordó. Ya estaban sobre el plazo que estipuló aquella noche, semanas atrás, que parecían años en realidad.

Observó su mano. ¿Y si no se lo daba? ¿Querría decir algo? Se preguntó nerviosa ansiando que no ocurriera.

—No sé…

—Estás muerta por él, S, ni lo intentes esconder, es evidente y él, pues está igual.

—Ya, sí, me gusta, lo pasamos bien.

—No, soy tu mejor amiga desde siempre. A mí no me mientas. Es más que eso, mucho más.

La pelirroja se mordió el labio porque hubiese querido decir que no de forma sincera, pero… pero lo que Kylian le había mostrado a lo largo de esos días, no podía compararlo con nada.

Se sentía alegre, llena de ideas, libre para decir, hacer.

Lo que propusiera él lo aceptaba sin chistar, pero cuando Kylian elegía algo, era infinitamente más divertido.

Navegar un yate, mostrarle cómo pilotear un helicóptero teniéndola a su lado en el suyo, aventarse de parapente y no podía entender cómo en tan pocos días había hecho tanto, sentido tanto y cambiado tanto.

No sentía presión en nada, todo lo que hacía era porque quería, incluso esos cócteles donde se encontraron bailando casi toda la noche, riendo y disfrutando de una velada, para terminar en uno de los baños, encerrados, tomándose sin piedad tal como juró jamás hacer.

No, no entendía cómo era que las cosas entre ambos habían tomado ese rumbo, pero no se había detenido a pensar en nada salvo en lo que ocurriría al día siguiente.

El seminario de titulación recién había acabado esa mañana, solo quedaba tomar protesta y entonces, sería libre.

—Sí, o no. Dios, Keira, mejor cambiemos de tema —pidió.

—¿Qué harás con Londres? —preguntó entonces la morena. Samantha sintió como si golpearan su estómago de repente.

No había cambiado sus planes al respecto, porque simplemente no quería pensar que su realidad sería otra, pero en ese momento la sola idea de irse generó un nudo en su estómago.

—¿De qué?

—Te vas en tres meses, antes no hablabas de otra cosa…

—Bueno, es que todavía falta, ahora mismo quiero concentrarme en terminar esto.

—O en Kylian, en realidad —la corrigió. Entonces su celular sonó, Samantha enseguida lo tomó, por su sonrisa supo quién era—. Anda. Ve a tontear —la instó riendo. Ella le mostró el dedo medio y respondió.

—Ey, extraño, ¿qué haces? —respondió meneando su bebida con las mejillas encendidas.

Keira la observó sonriendo. La verdad es que le alegraba verla así, aunque pensaba que todo iba muy rápido y Craig no era ningún chico, eso secretamente la alertaba porque no la buscaba para una aventura y a su edad, eso era algo prematuro.

—¿Francesa o italiana? —preguntó él, de repente.

—Mmm, carne y pasta —dijo ella. Kylian rio.

—¿Las dos?

—¿Por qué limitarse si podemos tener lo mejor de ambos mundos? —bromeó.

— OK , te la doy por buena.

—Gracias. Pero para qué quieres saber.

—Cocinaré, intentaré no quedar mal.

—Puedo ayudar, las pizzas no deben ser difíciles.

—Deseo que el apartamento no esté en el radar de los bomberos —bromeó Kylian dando vueltas por el jardín de la empresa, sonriendo sin percatarse.

—Ja, ja, ja.

—Paso por ti a las seis, ¿sí? —preguntó perdiendo la vista en el cerezo que, por alguna razón, le recordaba a ella, a su suavidad, a su sutil aroma, pero también a su fuerza, a la vitalidad que corría embravecida por su ser.

—Sí, pero tengo entrenamiento.

—Te mudas aquí, quizá un baño… —propuso con voz ronca.

Samantha le dio la espalda a Keira, sonrojada. Las veces que se habían entregado en la ducha habían sido brutales y delirantes.

—¿Sola?

—¡Qué ocurrencia! No quiero que resbales, debo estar al pendiente de tu seguridad. Me ducharé también.

—No soy torpe —rezongó divertida, acostumbrada ya al juego de palabras.

—Eres una bomba de tiempo, todo puede ocurrir.

—Te gusta cuando exploto.

—Me encanta, pelirroja, no lo dudes ni un segundo.

Colgó envuelta en la ensoñación y segundos después, fue consciente de la mirada juguetona de su amiga.

—¿Qué? —preguntó riendo.

—Nada, S, nada.

Kylian apareció en el parque a las seis, tal como quedó. Iba de traje, derrochando masculinidad cuando se acercaba. Su boca se secó, algunas mamás fingieron no tener prisa solo para admirarlo, no le importó, esa era la verdad, en cambio pateó un balón sonriendo con picardía.

Él lo detuvo con habilidad, lo alzó con la punta del pie y lo tomó entre sus dedos. Cuando la tuvo enfrente se la entregó, relajado. Samantha lo mantenía atento a cada movimiento, a sus ideas, pensamiento, pero también a sus reacciones.

—Ey, extraña —ronroneó acercándola a su cuerpo por la cintura. Secretamente le encantaba verla sudorosa, después de haber pasado una hora entrenando a esos niños que obedecían a cada orden suya.

La joven sujetó las solapas de su traje y se meneó sonriendo, alzando el rostro consciente del fuerte brazo que la sujetaba.

—¿La pizza está lista? —preguntó relajada.

—Y el baño, anda —murmuró dejando un roce en sus labios carnosos, juguetón.

Llegaron y olía delicioso.

—¿Estás seguro de que no podemos comer primero? —preguntó yendo rumbo a la cocina, pero él la detuvo por la cintura, pegando su espalda angosta a su pecho.

—Estoy seguro de que debemos sentarnos limpios a cenar.

—¿Solo por eso? —preguntó sujetando sus manos que estaban en torno a su vientre.

—No, también estoy seguro de que el día ha sido largo y una bomba de tiempo bien encausada puede relajarnos —gruñó contra su oreja.

—Oh, qué seguridad, Craig —lo desafió con picardía.

—Es simple matemática, pelirroja —debatió haciéndola girar y cargándola sobre su hombro. La joven soltó una carcajada que reverberó en el pecho de Kylian, envolviéndolo de una cálida sensación.

—Para mí esto es solo fuerza —dijo entre risas.

—Ya veremos qué opinas en unos minutos, preciosa —replicó él con frescura, pagado de sí, ansioso de sus respuestas arrolladoras y sin pretensiones, sino sinceras, genuinas.

Bajaron más tarde, con el cabello húmedo, calentaron la comida en medio de juegos donde él le daba a probar, o ella robaba de un plato.

Cuando al fin se sentaron frente a la mesa, Sam estaba famélica.

Degustó todo sin remilgos, tal como había descubierto que a él le gustaba.

Cocinar para alguien que disfrutaba de lo que se le servía, era un aliciente.

—¿Encontraste la variante de los tulipanes que buscabas? —preguntó ella, mientras se servía otra rebanada de pizza en su plato.

Pronto él se encontró hablando sobre ese tema que le apasionaba, mismo que Sam parecía interesarle y que no compartía con nadie.

Al terminar se sentía agotada, pero alegre, no tenía idea de qué harían a continuación: una película, verlo tocar piano y simplemente salir a la terraza a hablar, como ya había ocurrido.

Él se levantó relajado.

—Ahora vengo, pelirroja —avisó dejando un beso suave sobre sus labios.

Ella aguardó dándole un trago a su vino, quitándole un poco de queso a los restos de la pizza.

Le había quedado buenísima, esa era la verdad.

Entonces percibió a alguien a su lado, volteó enseguida y se topó con Kylian, inclinado, extendiendo un brazo sobre la mesa y en su mano, vio una cajita negra de terciopelo, que en su interior resguardaba un anillo impactante—.

Espero que te guste, Samantha —murmuró cerca de su oreja.

Pero ella no se movió, solo observó el objeto notando cómo un frío bravío recorría su piel, cómo el tiempo y las sensaciones se detenían y detonaban frente a sus ojos.