CAPÍTULO 21
El dolor de cabeza la hizo gemir; se dio la vuelta en la cama, gruñendo, y entonces lo ocurrido la noche anterior apareció en su memoria casi con letreros luminosos. Se llevó la mano a la boca. Mierda.
Agobiada, se incorporó llenando su cabeza de cada detalle. Furiosa, le dio un golpe al colchón, luego se llevó las manos al cabello y hundió el rostro entre sus rodillas flexionadas.
Había sido una estúpida. Mira que decirle que lo había visto desde aquella fiesta. Mierda. Luego ese beso. Mierda al cuadrado. Se irguió respirando rápido, se llevó los dedos a los labios, trémula. Con poco esfuerzo podía sentir su lengua recorrerla, perderse en su aroma, en su respiración.
Dios. Negó cubriéndose el rostro, avergonzada.
Debía repelerlo, no caer a sus pies como una estúpida, no bajo las condiciones en las que se encontraban.
Recordó también cómo le había estado enseñando algunas palabras sencillas en japonés; sonrió sonrojada.
La charla fue agradable, nada forzada en realidad.
Hizo a un lado las cobijas; debía ir a entrenar, luego a la universidad. Era viernes y entonces recordó que le había dicho que se haría cargo de la cita de ese día. Se dio un golpe en la frente, furiosa.
—Si serás tonta… Mierda ya no te alcanza, Samantha —se reprendió resoplando, sentada en la orilla del colchón.
¿Qué podía idear? Lo menos que quería era verlo después del día anterior.
Miró sus piernas desnudas, con pecas desperdigadas; claro que no era impresionante ni impactante, menos sin delinear sus cejas o poner color en sus pestañas, pero jamás eso le había importado; se consideraba una mujer segura y ese hombre estaba logrando que dudara de sí misma.
—Vete a la mierda, Hades —gruñó, recordando el plan que tenía Keira para ese viernes.
Sonrió para sí; no dejaría de hacer sus cosas por él, se recordó.
A las siete ya estaba vestida con un vaquero suelto, roído de algunos lugares, la melena con ondas y un top negro sin tirantes.
Se sombreó los ojos, se aplicó labial y sonrió a su reflejo con malicia.
Estaba segura de que al rey del infierno no le agradaría para nada su plan; y no es que fuera algo excéntrico, sino común, quizá demasiado: un bar, un par de centenares de universitarios, música a todo volumen, tragos…
justo lo que hacía cada vez que podía, pero que de alguna manera sabía que al estirado de Kylian eso no le agradaría en lo absoluto.
Bajó con su prisa y desgarbo habitual. Él ya estaba ahí, notó deteniéndose en los últimos peldaños de las escaleras; parecía que acababa de llegar.
Sus padres acudieron a una cena; tampoco había podido hablar con ellos desde el día anterior, sus horarios estaban saturados en general, pero el ama de llaves, Laura, lo había recibido y le ofrecía algo de tomar; ella les diría que había salido con Kylian.
—Buenas noches, Samantha —dijo con aquella voz que odiaba por cómo le erizaba la piel.
Iba vestido con vaqueros negros que cubrían sus largas piernas, camiseta del mismo color y un saco informal que llegaba a sus muslos. Sexy, muy sexy. Pasó saliva, acercándose, pues esa mirada color plomo no la soltaba.
Ella solo atinó a asentir.
—¿Nos vamos? —preguntó deteniéndose frente a él, con las palmas sudorosas.
No habían mantenido comunicación salvo para acordar la hora, así que ahí estaba.
Lo cierto es que a Kylian le daba igual a dónde fueran; ese día había sido complicado en el trabajo; uno de los proyectos había sido modificado fuera de tiempo, en una obra hubo un accidente que pudo haber costado la vida de uno de sus trabajadores y la compra de un hotel en Grecia se estaba complicando.
Ella lucía sensual, sin embargo; provocativa, pero no de una manera vulgar, en realidad apetecible.
Después del estrés que sostuvo durante horas, debía aceptar que verla revitalizaba sus sentidos, más con aquella manera atropellada de ser; y, luego de la noche anterior en la que no volvió a escuchar su voz, tenerla enfrente era un bálsamo que no pensaba admitir.
—Adelante —concedió.
Ella pasó frente a él con indiferencia; una vez fuera, le quitó la alarma a su auto. Kylian arqueó una ceja.
—Nos vamos en el mío, solo indica dónde.
Samantha respiró hondo y decidió encararlo.
—Es mi cita, yo manejo —decretó arqueando las cejas.
—No iremos en tu auto —sentenció imperturbable.
Ella sonrió con malicia y le tendió la mano, abriendo la palma. Kylian entendió de inmediato lo que pretendía; rio negando. Esa chica era divertida.
—No, de ninguna manera.
—Entonces me voy en el mío, sígueme —propuso con simpleza, dándose la vuelta.
Kylian la sujetó por el brazo, molestándose.
—No me desafíes, iremos en mi auto y conduzco yo —determinó sin un gramo de gracia.
La joven entornó los ojos, sacudiéndose de su agarre.
—Así que, además de chantajista, eres macho. ¿Por qué no me asombra? ¿O acaso eres de los típicos hombres ridículos que cuidan a sus autos como si fuesen sus bebés? ¿O quizá todo junto? —lo provocó cruzándose de brazos.
Kylian no caería en sus tonterías, aunque de alguna manera lo había logrado porque estaba cabreado, muy cabreado.
—Sube.
—No. Puedes chantajearme, puedes decidir el maldito rumbo de mi vida usando a mi familia, pero de ninguna maldita manera harás que suba si no es en el asiento del piloto —aseguró acercándose.
No se doblegaría, y él notó con orgullo ese carácter que probablemente no los llevaría a ningún lado, pero que lo alteraba; y eso no era sencillo de conseguir.
La tenía en sus manos, Samantha lo sabía, pero por ello le había dejado claro que ella estaba decidiendo; siempre había opciones, ella había elegido.
Aun así, notaba la cuerda tensa. Kylian era un experto en las negociaciones; ceder en el punto exacto para no quebrar al oponente era a veces una victoria en sí misma, aunque no lo pareciera.
Esa joven no estaba faltando a ninguna parte del trato, no podía exigir que todo fuese solo de una manera, la suya, porque entonces la quebraría, y tampoco buscaba eso.
Lo cierto es que no siempre ganaría; eso lo averiguaría con el pasar del tiempo; por ahora podía ir ayudándola a que se hiciera la idea de que las cosas sucederían de una u otra manera.
Sacó la llave del bolsillo y se la dio. La sonrisa incrédula y triunfante logró que la molestia inicial se diluyera un poco. Era caprichosa hasta cierto punto, pero también determinada; eso le agradó.
—Si me dices que lo quieres de vuelta sin ningún rasguño, le romperé la tapicería —dijo caminando rumbo al lado del conductor.
Kylian la interceptó cuando iba a abrir la puerta, serio.
—No te confundas, Samantha. No soy un chico al que manejas con un dedo simplemente porque estás acostumbrada a que las cosas sean como deseas, porque crees merecerlo. Si estiras la cuerda, te atienes a las consecuencias.
La joven respiró alterada por su cercanía, por la forma en la que le hablaba. No lucía molesto, lucía peligroso. Pasó saliva.
—Es solo un coche, Kylian, y yo solo una chica a la que decidiste joderle la vida —murmuró abriendo de golpe la puerta.
El hombre apretó los dientes y evitó que entrara durante un segundo, sosteniéndole la mirada con una firmeza helada.
—Si sentirte la víctima te ayuda, adelante. Pero no lo eres; cuando uno elige, no lo es —cortó haciéndose a un lado y caminando hacia el otro lado, mientras le hacía señas al que, en ese momento, asumió Samantha era su escolta principal.
Cuando encendió el motor, sonrió como una niña. El Maserati rugía.
—Mierda —susurró para sí, fascinada.
—Colócate el cinturón y pon en el GPS a dónde nos dirigimos; los escoltas deben saber —indicó mirando al frente, rogando en silencio que de verdad esa mujer supiera conducir con decencia, porque si bien no era de los que les ponían nombres a sus autos, ciertamente no los quería con ningún rasguño.
La joven obedeció. Él no se molestó en ver a dónde iban; hacía mucho tiempo que no se sentía así: alterado, cabreado y excitado al mismo jodido tiempo, así que decidió dejarla estar.
Tenerla cerca hacía unos segundos solo había logrado despertar renovadas ganas de besarla como el día anterior; y no era que lo fuese a evitar, pero no se suponía que las ganas pasaran por alto sus reacciones infantiles, esas que no toleraba en nadie.
Durante el camino no hablaron, tampoco encendieron la música; Samantha se sentía nerviosa una vez conseguido lo que deseaba.
No quería estamparse por ahí y darle el gusto a Hades, así que, aunque pretendió estar relajada, mantuvo sus sentidos bien despiertos.
Lo cierto es que Kylian iba a su lado sin mirar al frente; veía a veces algo en su celular, otras, la ventana lateral con el codo en el marco de la puerta y sus dedos sobre sus labios.
No sabía si prefería eso o que estuviera examinando cada uno de sus movimientos como solían hacer sus hermanos, pero aquello era extraño y… agradable. Cuando llegaron al lugar, Kylian al fin mostró una reacción y volteó a verla, esperando una respuesta a su pregunta muda.
—Un bar… ¿Acaso nunca has ido a uno? —le preguntó apagando el motor.
El hombre observó el sitio. Ambiente universitario, gritos, jóvenes entrando y saliendo, riendo, besándose, tambaleándose. Era temprano, pero sabía bien que a esa edad no se perdía el tiempo. Cuando estudió en Harvard pasó por aquello, más siendo parte de la fraternidad.
Cerró los ojos. No era que le desagradaran esa clase de cosas, pero ya las repelía. El ruido no era lo suyo, los tumultos tampoco, y no tenía esa jodida edad.
Se bajó y entonces sus escoltas se hicieron cargo. Claro que ya había varios jóvenes contemplando el maldito carro, así como también a la pelirroja que entregaba las llaves con una cándida sonrisa a Lautaro, su jefe de escoltas.
Respiró hondo comprendiendo que aquello era una treta de Samantha para sacarlo de quicio.
Sacudió la cabeza cuando se acercaba. Con esa mujer no todo sería sencillo y, aunque no quería por ningún motivo complicarse la vida, pues por eso buscaba un acuerdo práctico, averiguar sus intenciones lo intrigaba.
—¿Listo? —lo desafió.
Kylian asintió calmado, puesto que ella parecía esperar lo contrario; y pronto aprendería que con él las cosas no iban por ese lado. El impulso era algo que no aceptaba en su vida. Si quería jugar, bien. Pronto se daría cuenta de lo absurdo que era aquello.
—Es tu cita —dijo con voz profunda.
Samantha no entendía esa falta de reacción, pero asintió confundida y avanzaron, mientras él le colocaba una mano en la parte baja de su espalda, poniéndola realmente nerviosa.
Entraron sin problemas, anduvo entre las mesas del oscuro lugar; el ruido, los olores, todo se entremezclaba, y enseguida se arrepintió de aquello. No tenía idea de en qué carajo estaba pensando cuando ideó aquello, pero ya no podía arrepentirse.
Keira la vio a lo lejos; Sam sonrió alzando la mano, enseguida la joven se acercó sonriente, comportándose como si no la hubiese visto en meses y no apenas hacía unas horas.
—Aaaah, qué bueno que viniste, S —exclamó con fuerza para que la música no ahogara su voz.
Samantha asintió, tensa. Todos sus amigos estaban por la mesa; a su paso había saludado a varios, pero a Kylian parecía darle lo mismo, simplemente se limitaba a ir a su lado, sin soltarla.
Entonces los ojos de su amiga se posaron en él, y Sam notó el sonrojo de Keira.
No podía culparla, pero tampoco le agradaba.
—Kylian, Keira, mi mejor amiga —los presentó.
El aludido hizo un gesto cargado de tranquilidad.
En serio parecía imperturbable, y eso la tenía peor.
Deseaba, de alguna manera, regresar el tiempo a la noche anterior y que las cosas hubiesen salido diferentes.
Luego se regañó. Lo que debería desear era jamás haberse cruzado en su camino.
Sí, eso debía desear con todas sus fuerzas.
—Un gusto, Keira —habló él, colocando una mano sobre el hombro desnudo de Sam.
Esta pasó saliva, pues su amiga sonreía encantada y claro que no había perdido de vista ese pequeño detalle que estaba logrando hacerla sentir un calor ridículo por todo el cuerpo.
—Igual, Kylian. Sam me ha hablado de ti —dijo; este le dio un apretón leve que casi logra hacerla trastabillar—. Vengan, acá están todos —los invitó.
—¿Qué quieres tomar? —le preguntó de repente Kylian, acercándose mucho a su oreja.
Samantha dejó de respirar, mirándolo de reojo, con la boca seca.
—Una… una cerveza —respondió alterada.
Él ya la veía y un par de centímetros los separaban; entonces la tomó de la barbilla, rozó sus labios con cuidado y le sonrió vencedor.
—Ahora te alcanzo —convino alejándose.
Sus piernas temblaban, pero se sentía furiosa porque no se suponía que él sacara provecho de aquello, y era justo lo que, maldita fuera, estaba haciendo.
—¡No jodas! —escuchó a su lado; por supuesto que Keira continuaba ahí y no había perdido detalle de aquello. Su mejor amiga se cubría la boca, dando brinquitos.
—Para —le advirtió.
Ella negó, logrando con ello que su melena rizada brincoteara alrededor de su rostro.
—¡Claro que no! Es que noooo, qué beso. Dios mío, S, qué manera de moverse, de verte. Oh, carajo. Kylian Craig te desea, y vaya que sí —aseguró entusiasmada—. Pero creo que está fuera de lugar; los chicos aquí parecen unos bebés a su lado.
Samantha lo buscó con la mirada; estaba en la barra, hablando con el bartender . Un par de chicas que estaban a su lado le sonreían, gesto que respondió sin un gramo de pedantería. Enseguida se volteó, furiosa y frustrada.
—Vamos a la mesa —ordenó alejándose.
No, no había sido una buena idea en lo absoluto.