CAPÍTULO 22
Saludó a sus amigos buscando relajarse, después de todo estaba en su territorio, ¿no es cierto? Se intentó convencer. Cuando hablaba con una de las chicas advirtió una mano enredándose en su cintura y lo peor fue saber de inmediato a quién pertenecía.
Volteó deprisa. Kylian llevaba dos envases en la misma mano, le ofrecía la suya. La tomó desconcertada mientras veía cómo él le daba un trago sin quitarle los ojos de encima.
—Gracias —gruñó, a lo que Kylian respondió con un guiño.
—Cuando quieras, pelirroja.
Sus amigas lo observaban babeando. Los chicos, intimidados.
Carajo.
—Quizá no sea el tipo de lugares que frecuentas —se atrevió a decir, totalmente girada a él, frustrada. Kylian se encogió de hombros y le dio otro trago a su cerveza, peinando el lugar.
—También tuve tu edad, no me son tan ajenos —respondió con simplicidad. Samantha bebió también, observándolo. No lograba decidir qué tenía pero algo en él lograba hacerla sentir rabiosa y atraída de la misma maldita manera. Eso la cabreaba porque era ridículo negarlo.
—No te imagino haciendo esas cosas —replicó irritada. Kylian soltó una carcajada ronca y Sam reparó en cómo unas chicas, a un lado, se derretían. Casi rueda los ojos. Mierda.
El hombre asintió aspirando con fuerza. Samantha era tan transparente que la verdad lo divertía. Dejó sobre la mesa el envase, le quitó el suyo, la hizo a un lado, acercándola a donde varios bailaban, ese espacio donde la música era más fuerte.
—¿Qué haces? —quiso saber, tensa, pero él no le respondió, en cambio, se detuvo y la rodeó por la cintura pegándola a su cuerpo, para empezar a moverse de una forma que sintió como la sangre se le agolpaba en la cabeza.
No sabía dónde poner los brazos, volteó a ver a sus amigos, no perdían detalle. Lo encaró de nuevo.
—Te darás cuenta de que cada acción tiene una reacción. Baila, pelirroja —ordenó dejándola aturdida.
De repente hizo girar con una facilidad que la atontó y sin pensarlo se fue dejando llevar, solo porque era consciente de que si lo rechazaba haría un numerito que podría salir de contexto y porque, aunque había buscado joderlo, las cosas se le habían volteado y no era mala perdedora, aunque siempre le gustaba ganar.
La cadencia de sus movimientos, la manera que tenía de tocarla, de manejar su cuerpo la embrujó sin remedio. Aunado a su forma de mirarla, de sonreír sin un atisbo de burla, la suavidad de su tacto sobre su cuerpo, tanto que se encontró sonriendo más de una vez.
Todo aquello la estaba haciendo tambalear de una forma que se supone no debía permitir, a la que debía resistirse con todas sus fuerzas.
Cuando la música se hizo más movida, entonces la soltó y sus amigas aparecieron, gritando y brincando. Sam lo miró desconcertada. Este le guiñó un ojo y se alejó. Se puso de puntillas para buscarlo por instinto, atolondrada.
¿Qué carajos estaba pasando con ella? Se regañó.
Keira y las demás no dejaban de bailar, de contonearse, de preguntarle cosas sobre él. Pero ella no atinaba a responder, intentaba moverse, pero no lo veía y se sentía una estúpida.
De pronto percibió una mirada, volteó y lo encontró con la cerveza en una mano.
Lautaro algo le decía, a su lado, Kylian solo asentía, atento a ella.
Pasó saliva, porque no debía verse tan relajado, no debía estar ahí, observándola de esa forma, diluyéndose en aquel sitio como si le diera igual y lo dominara sin problema.
—Vaya, parece que la señorita nos mantendrá ocupados —dijo Lautaro, su jefe de escoltas, a su lado.
Un hombre en el que confiaba su vida, de la manera más literal, pues de no haber sido por él, tres años atrás, el intento de secuestro que sufrió no hubiese quedado en eso.
Ese hombre había evitado aquello, y en medio de la trifulca, él mismo había salido herido con un navajazo, aunque nada grave, apenas un rasguño.
Lo había contratado desde hacía ocho años, por petición de su padre, un tanto paranoico lo pensó en aquel momento.
Era un exmarine, que debido a una lesión en su hombro tuvo que salir.
Fue un acierto, congenió con él desde el inicio, luego ocurrió aquello y nunca más dudó.
Lautaro comandaba la seguridad de toda la empresa, pero lideraba la suya personalmente.
Lo cierto es que, desde aquel evento, nada relevante había ocurrido y cuando adivinaba un poco de acción, lo hacía notar. Y en ese momento, Samantha era el motivo de su diversión, cosa que no podría contradecir, aunque no lo alegraba del todo pues no se suponía fuese de esa manera.
Kylian asintió sonriendo apenas, sin perderla de vista.
No era lo que había planeado, ni la imaginó así en un principio: dócil, suave, con una inteligencia fría. Pero esa pelirroja, bastante temperamental, con presencia de tornado, determinada y retadora, era todo menos glacial.
La realidad era que, ni siendo consciente de eso, daría marcha atrás. Los negocios, cuando más difíciles se ponían, sabía que la victoria se sentía más potente, más merecida. Ella no sería la diferencia, por muy dulce e indómita que fuera.
Samantha bailaba para sí misma, minutos después en los que, sabiéndolo lejos, pudo relajarse, eso fue evidente, meneándose al ritmo de la música, con los ojos cerrados, contoneándose de una manera sugestiva y decididamente sensual, sin caer en lo vulgar.
Se llevó la cerveza a los labios, mirándola con descaro.
La pelirroja se pasaba los brazos por la cabeza revolviendo su cabellera, moviendo las caderas de forma suave.
Sus amigas a su lado hacían lo mismo, pero solo podía verla a ella.
De vez en cuando abría los ojos, sonreía lánguida a una de ellas y era evidente de que se había olvidado en algún punto de su presencia.
De pronto unas manos fuertes, grandes sujetaron su cadera sin darle oportunidad de escape.
Volteó asustada, era él, que la contemplaba de forma dormilona pero a la vez desafiante, incitándola a no parar.
Ante el desafío continuó moviéndose despacio, sintiendo su cuerpo muy cerca del suyo, su pecho amplio en su espalda, perdiendo de vista a sus amigas, pasando por alto las miradas de estas entre sí.
Pronto las manos de Kylian viajaron a su vientre, su respiración se disparó.
Lo sentía moverse al grado de percibir su virilidad en la parte alta de su cadera.
Se mordió el labio experimentando un calor desconocido, poder, por saberlo excitado, sin ni siquiera reparar en lo que estaba haciendo, u ocurriendo en pleno bar.
Sentía su boca arriba de su oreja, era consciente tan solo de su respiración. Aquellas manos renunciaron a esa parte de su cuerpo para ir lentamente subiendo por sus brazos, erizándolos, era apenas un roce que la electrizó hasta el punto de jadear.
Kylian apretó los dientes. Su abandono fue algo que no previó, pero que de alguna manera lo agradecía porque no pensaba alejarse de ese cuerpo menudo que lo estaba incendiando.
Tomó uno de sus brazos y lo alzó para hacerla girar, entonces la joven terminó adherida a su pecho. Samantha abrió sus ojos azules, nerviosa. Kylian solo la observaba atento e hizo que sus brazos envolvieran su cuello mientras sujetaba su cintura con firmeza.
Respirar comenzó a ser complicado, jamás se había sentido así, pero no se creía capaz de romper el momento más erótico que había vivido hasta ese día. Esas manos diestras, suaves, la hicieron girar y aterrizó con delicadeza de nuevo sobre él.
Kylian sabía bailar y no de cualquier manera, confirmó aturdida, de una forma sensual y provocativa; sentía que su cuerpo se adaptaba al suyo con aquellos movimientos bien ejecutados.
Notaba una presión en el vientre, la boca seca, sus pechos sensibles, las terminaciones nerviosas disparadas. Se sabía en sus manos por completo y era ridículo que ni siquiera sintiera la necesidad de alejarlo, sino de tenerlo más cerca, mucho más cerca.
Entonces él bajó la cabeza y en medio de aquellos movimientos que la estaban enardeciendo sin remedio fue consciente de esos labios firmes sobre los suyos.
No pudo volver a pensar; sujetó su antebrazo mientras él sujetaba con gentileza su cuello, y lo recibió abriendo la boca. Se fundieron en medio de la pista.
Cuando la canción terminó, Kylian aflojó el agarre, se lamió los labios y le sonrió triunfante. Samantha sabía que sus mejillas estaban encendidas, que jamás había pensado que las cosas salieran de esa manera y sacudió la cabeza, agobiada.
—Quiero… quiero irme de aquí —anunció sin soltar sus ojos, apenas con voz.
Kylian asintió igual, serio, comprendiendo lo que estaba pasando.
El deseo y la química sexual era brutal, y esa mujer tendría que aceptarlo.
Enredó sus dedos en los suyos, hizo señas a su escolta y salieron sin despedirse, cubriéndola con su cuerpo mientras cruzaban aquel lugar abarrotado.
El corazón de Sam martilleaba de una forma absurda, su cuerpo parecía derretirse sin que pudiera evitarlo y algo en su pecho se contrajo. Lo miró de reojo, asustada por la fuerza, por la necesidad que experimentaba de sentir por más tiempo sus manos tocándola, sus labios besándola.
No, no podía sentir nada, no debía, pero parecía no poder controlarlo y eso la aterraba. Él le abrió la puerta del auto, esta vez del copiloto, con ademanes elegantes, cuidadosos. No chistó, no podría y bajó la mirada hasta sus manos. No, no quería estar sintiendo nada, no por él.
—Quiero ir a casa —murmuró en su lugar. Kylian la estudió, de repente su vulnerabilidad lo desbalanceó. No midió aquello, tampoco lo planeó, solo sucedió, pero era evidente que ninguno de los dos pudo resistirse y entre más lo negara y luchara contra ello, más complicaría las cosas para los dos.
—Bien, pelirroja —concedió encendiendo el motor, sintiéndose excitado, acalorado y confundido por primera vez en su vida.