Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 20 #2
27%

CAPÍTULO 20 #2

La necesidad creció, enredó osada los dedos en su cabello, sujetándolo, mientras esos labios expertos la besaban sin darle tregua, con exigencia y dedicación.

Pronto su lengua invadió su boca, buscó la suya y luego se retiró.

Samantha fue a su encuentro por puro instinto, entonces el beso se profundizó al grado de estar ella arqueada, sujetándolo con ansía, mientras el que en ese momento no podía pensarlo como el rey del infierno sino como su ardiente anhelo, la besaba como nadie jamás lo había hecho y es que tomaba todo de ella, pero le daba todo sin duda.

En medio de esa explosión, fue consciente de la excitación de aquel cuerpo masculino y al contrario de en otras ocasiones en las que la incomodaba, se encontró deseando más.

Era ridículo, quizá el alcohol, pero el deseo era feroz, el ansia dolorosa, pues sentía entre sus piernas un cosquilleo, casi como si una corriente vibrante estuviese atravesándola.

Mierda, ¿cómo podía desear de aquella manera a un hombre que debía odiar con todo su ser?

, se preguntó en medio del momento más erótico y pasional que jamás hubiese experimentado.

La lengua de Kylian la lamió separándola un poco, incorporándola, y esos ojos grises se posaron en los suyos, tan cerca que sentía su aliento cálido sobre su piel. Ambos respiraban de forma irregular.

—No importa si me odias; me deseas, y con eso será suficiente para que este matrimonio funcione —repuso el hombre, sin soltar aquel cuerpo que, de alguna manera que no entendía, encajaba con el suyo a la perfección.

No había sido su intención besarla, menos sabiéndola con copas de más, pero ni siquiera lo pensó, admitió para sí, cuestión que lo irritó, aunque sabía que toda esa tensión sexual acabaría una vez que se enterrara en su ser.

Samantha pasó saliva y buscó zafarse, pero él lo impidió rodeándola ahora con sus dos brazos, firmes.

—Tú también me deseas —gruñó removiéndose para que la soltara.

Kylian sonrió y asintió.

—Sin duda, pelirroja.

—Espero que tu control evite que no sientas más que eso por mí —le advirtió a cambio, con los brazos flexionados entre los dos, arqueando una ceja.

Kylian sonrió de forma cínica, recuperando la distancia y proyectando la frialdad del hombre acostumbrado a dominar cada aspecto de su entorno.

—Eso fue excesivamente soberbio por tu parte, pelirroja. He tratado con mujeres realmente impactantes, experimentadas, mujeres con el poder de doblegar cualquier voluntad. Así que descuida: contigo no corro ningún peligro.

Soltó la frase con sorna, usando su arrogancia habitual como un escudo. Samantha, sin embargo, no era como ninguna de las mujeres que acababa de citar, y saber que esa chiquilla indómita tenía la capacidad de alterar su pulso era una amenaza que su ego no estaba dispuesto a admitir.

Se casarían, sería para toda la vida, pero no buscaba una esposa que esperara detalles, mimos, o palabras dulces.

De ninguna manera quería una mujer que creyera que podría quererla más allá de lo práctico, de una forma posesiva, irracional, si no de esa forma en la que se puede contar el uno con el otro nada más, sin buscar ir más allá.

Así que si bien, la pasión era tangible entre ambos, con el tiempo se diluiría y ella debía estar preparada para saber que solo había compartido su cuerpo.

La soltó al notar que no decía nada. La cazadora se había resbalado de sus hombros; la tomó para ponérsela, pero ella se hizo a un lado, estudiándolo con una calma que de nuevo lo hizo tambalear.

—Por lo menos estamos de acuerdo en algo, Kylian: yo tampoco corro peligro contigo y lo único que lamento es tener que atar mi vida a alguien por el que sé que jamás sentiré algo más que este… —y los señaló a ambos con hastío—, fuego.

Aquellas palabras las merecía y eran lo que se supone que quería oír, aceptó él; aun así, lo incomodaron sin razón. Quizá su ego estaba sufriendo un revés, admitió.

—Samantha, solo quiero dejar muy claro cómo van a ser las cosas. Es fácil confundirse.

Ella rodeó su pequeño cuerpo con aquellos brazos delgados y de hombros pecosos. Su vulnerabilidad le hizo pasar saliva.

—Imagino que la tregua acabó —dijo a cambio.

—No en realidad.

—¿No? O sea que, además de hacer algo con lo que voy por completo en contra, tendré que aguantar tus insultos, humillaciones y recordatorios —señaló arrugando la frente.

Kylian se pasó la mano por el cabello, negando. Cómo era que todo se tergiversaba de esa forma con ella, que no pensaba antes de actuar.

—No pretendí insultarte y por supuesto que no deseo un matrimonio donde las discusiones pasionales sean la cuenta corriente. Es importante dejar claro lo que será esta unión.

—Será una estupidez. Eso ya lo sé.

—¿Es tan difícil para ti admitir que esto es más normal de lo que te gustaría? ¿Que por algo se usa? ¿Que funciona?

Sam se cruzó de brazos y suspiró serenándose. Nada ganaba con esos arranques, pero no pudo evitar que dolieran esas palabras, cuestión que la cabreaba aún más que la propia jodida situación. Ella no quería sentir nada por él, tampoco deseaba lo contrario, se recordó.

—No te lograré hacer cambiar de idea, ni tú a mí. Es mejor no perder el tiempo en eso —determinó arqueando una ceja—. Y te pediré que de ahora en adelante los besos sean solo para situaciones específicas; prefiero evitar toda esta mierda —concluyó para enseguida darse la vuelta.

El hombre la observó alejarse, sonriendo apenas.

Los besos eran ineludibles cuando existía esa química como la que había entre ellos; eso lo tendría que entender la pelirroja, pero su ingenuidad era mayor de lo que pensó en un inicio y, por otro lado, sabía que lo dicho había sido innecesario.

Además, en parte era una mentira, pero mientras la probaba y saboreaba de esa manera en la que lo encendía, el temor de traspasar sus propios límites apareció.

Lo cierto era que esa mujer doblegaría a cualquiera con tan solo sonreír.