CAPÍTULO 15
Samantha pasó saliva y clavó los ojos en los suyos, alzando la cabeza debido a su estatura.
—Creo que es lo más triste que he escuchado jamás… —murmuró con honestidad, una que alcanzó a tambalear a Kylian, quien se recompuso enseguida.
—Quizá si crees en eso, pero no todos pensamos igual. Un matrimonio es un contrato; por lo mismo la ley lo regula, de otra forma sería algo libre de hacer. El amor, Samantha, no sirve.
La joven aspiró hondo; era un caso perdido, comprendió.
—Veamos ese maldito contrato —pidió, nerviosa por tenerlo tan cerca de nuevo; y es que su cuerpo reaccionaba sin mayor empacho, era absurdo.
—Antes hay unas cosas que deben quedar claras —comenzó, bajando el rostro.
Ella no se movió, aunque quería hacerlo; en realidad ansiaba salir corriendo y nunca más volver a verlo—.
El matrimonio no es un juego; todo lo que hago me lo tomo muy en serio y esto no será la excepción. Así que espero lo mismo de tu parte.
Samantha apretó la mandíbula, mirándolo ahora sin alzar la cara, solo con los ojos dirigidos a él.
—No estoy aquí porque lo deseo —le recordó.
—Siempre hay elección, Samantha, siempre —aseguró sereno, con las manos enterradas en los bolsillos del pantalón, porque de lo contrario ya las tendría sobre ella y eso era algo que no se permitiría por ahora.
Eso no implicaba sentimientos. Era instinto, era compatibilidad, era lujuria, y podía con ello.
—No si amas a los tuyos.
—Bueno, puedes elegir que las cosas sigan su curso… —dijo con frialdad.
—Quiero irme a casa, así que termina con esto de una jodida vez —exigió contenida.
Kylian sonrió y se frotó la barbilla, sacudiendo un poco la cabeza. Le atraía sin remedio esa chispa que veía en ella, esa vitalidad permeada de ingenuidad que da la falta de experiencia. Una vez que Samantha bajara las defensas, todo sería más sencillo y ella lo comprendería.
—Bien. Puedes hacer de tu vida lo que desees, pero nunca harás nada que ponga mi apellido o el tuyo en entredicho. ¿Está claro?
—Ilústrame —lo desafió.
Kylian se acercó un poco más y sujetó su barbilla, clavando los ojos en los suyos, observando todo su rostro pecoso con detenimiento. ¿Por qué insistía en desafiarlo?
—Serás mi esposa y, como tal, espero que te comportes. Eso es todo.
—No pienso ser un objeto.
—Nunca sugerí algo semejante. Y no hace falta que te explique a qué me refiero. Compórtate desde ya como mi próxima mujer.
La joven buscó soltarse, pero él lo impidió y en cambio consiguió sujetarla por la cintura y pegarla a su cuerpo.
Dejó salir el aire, apoyando enseguida las manos sobre su pecho, aturdida, pues notó su excitación sobre su estómago, la firmeza de su torso.
Podría darle un gancho izquierdo sin problema o un buen rodillazo en la entrepierna, pero sospechaba que eso la afectaría; por otro lado, su cuerpo no reaccionaba como debía. Mierda.
—Solo en público, no esperes más de mí —logró decir, un tanto mareada por la cantidad de cosas que estaban ocurriendo, por la falta de control que estaba experimentando, por notar en la mirada de Kylian la fiera lujuria que lo sometía.
Eso no era normal, se dijo; sin embargo, ella misma lo experimentaba y la asustó.
—No hace falta más, pelirroja; en este terreno no tendremos problemas —musitó notando su turbación y la soltó; necesitaba aire.
Esa mujer lo enardecía, comenzó a comprender durante las últimas horas, cuestión que le agradaba, sin duda, pero también le hizo ver que debía ir con pies de plomo para no cometer estupideces—. ¿Algo de beber? —preguntó de pronto.
Sus mejillas estaban sonrosadas y su expresión algo extraviada; sin zapatos, con aquel cabello desparpajado, parecía una ninfa, una muy dulce.
Joder.
—Agua —respondió la joven, girándose para darle la espalda.
Era evidente que ambos habían decidido no continuar por aquel camino. Se acercó a uno de los sofás y se sentó, aguardando. Vio a Kylian caminar rodeando un elegante comedor de parota, tan calmado que la estremecía.
Se pasó una mano por la frente. Aquello era una reverenda locura; peor, no se sentía segura en ese terreno. Ese hombre era magnético de una forma potente y la atraía de una manera absurda, que desconocía; eso la hacía sentir agobiada de por sí.
Mierda, mierda, mierda.
Sí, esa era su palabra favorita entre otras más que usaba sin tapujos, pero si hubiese galardón, esa ganaba. Así que mierda de nuevo.
—Toma —escuchó, y dio un respingo. No se había percatado de que él la estuvo observando y que su vulnerabilidad lo había desbalanceado. Agarró el vaso, nerviosa.
—¿Dónde está el dichoso contrato?
—Es un acuerdo, Samantha —la corrigió, acercándose a una mesilla que se encontraba justo en una esquina. Tomó un sobre y se lo tendió.
Ella lo agarró después de dejar el vaso sobre la superficie de una mesa impoluta y comenzó a leerlo mientras él caminaba hacia los ventanales; escuchó cómo quitaba el cerrojo y supo que ya no estaba en la estancia. Dejó salir el aire; prefería leerlo con calma.
Cada enunciado la hacía apretar más los dientes.
En resumen: casarse en un plazo no mayor a un mes y medio.
¿Cómo mierdas harían eso sin despertar sospechas?
No se tomarían precauciones para el acto marital hasta después de un embarazo, donde se pactaría expresamente cuándo se buscaría el siguiente hijo.
¡Quería una jodida máquina de bebés! Gruñó. Pero en realidad lo que la alteró muchísimo fue pensarse desnuda frente a él.
Dios…
No era tímida, pero él, por un lado, la hacía sentir así; por otro, no era una mujer de mundo en muchos sentidos, en ese menos.
Su primera vez había sido nada memorable; por lo mismo, hasta ese momento no era algo en lo que solía pensar salvo con él.
Tonteaba, claro que sí, pero no llegaba nunca a ese momento, lo evadía si era sincera.
Con Troy, su último novio, en realidad parecía ser ella la que lo empujaba a toquetearse, así que no, no era su fuerte.
Mierda.
Sintió las mejillas calientes.
Otro apartado decía que debía acompañarlo a eventos sociales. Ser anfitriona. Comportarse de acuerdo con su papel. Una cantidad bastante obscena que le sería depositada cada mes, además de tarjetas de crédito, escolta, camioneta del año y varias estupideces más.
Debía acompañarlo a los viajes que requiriera. Involucrarse en las obras benéficas de la empresa de su próximo marido: CGArchitect.
La luna de miel sería un mes en Grecia. ¡Un mes! ¡Doble mierda!
No, mejor triple. Carajo.
El acuerdo era absolutamente confidencial.
Rodó los ojos.
Si se buscaba el divorcio, él se quedaría con la custodia de los hijos que engendraran; además, no recibiría una compensación, así como no interferiría en los asuntos comerciales de su empresa; pagaría una indemnización correspondiente a lo que se le dio a lo largo del matrimonio.
Se levantó indignada. No le dejaba salidas.
Salió furiosa. Él estaba de pie frente a un barandal, con la atención puesta en esa impresionante vista, sereno.
El sitio era precioso: el jardín, las flores blancas de varios tipos.
Eso la desconcertó durante un segundo, porque lo imaginó en medio de un glorioso pantano con neblina, apestoso y lúgubre, no aquello; pero no se detuvo.
Kylian la observó de reojo. Sam gruñó. Hades parecía esperar justo esa reacción.
Le tendió los papeles, colérica.
—Estás de broma, ¿verdad? Cómo diablos piensas que eso es un acuerdo; es una jodida prisión.
No puedo ni siquiera pensar en compartir una casa contigo, menos mi cama; pero además, la vida; y ni de broma te entregaría a mis hijos.
Date cuenta del ser despreciable que eres, los venderías al mejor postor.
En serio, tienes problemas —rugió moviendo sin cesar los papeles porque no los tomaba.
—Eres muy caprichosa, Samantha.
—¿Yo? ¡Ja! ¿Es lo único que dirás? —preguntó asombrada, deteniéndose para verlo a los ojos, pero él no mostraba ni una emoción; era como ver a un ser vacío, inanimado, solo que la miraba con la misma fijeza que ella.
—Haces una tormenta en un vaso de agua.
—No puedo firmar eso.
—Tú eliges, ¿lo recuerdas?
—Es humillante —logró decir porque un nudo en la garganta comenzaba a ganar terreno y no podía permitirse eso.
—Es un acuerdo. Son solo precauciones.
La joven respiró hondo, ahogando las ganas de llorar hasta quedar seca.
No quería, se rehusaba, pero Londo no pagaría por ello, eso era un hecho.
Lo amaba demasiado como para ponerlo en peligro si ella podía evitarlo.
Su vida entera se iría al garete, pero prefería eso a saberlo en prisión o… algo peor.
—Si mi padre resulta no ser culpable, esto se anulará —declaró con firmeza.
Kylian sonrió con cinismo y le dio un sorbo a su agua, perdiendo su atención en las luces de la ciudad.
—Ese dinero era su responsabilidad —replicó con suavidad, una que le erizó la piel. ¿Qué tenía ese tipo que la encendía de todas las formas posibles? Debería darle un empujón y quedaría hecho cachitos en el suelo, pensó durante un segundo; luego sacudió la cabeza.
Céntrate, Samantha. Terminarías en prisión.
—Pero él no lo tomó, estoy segura de eso —dijo con vehemencia, buscando por todos los medios abrirle la posibilidad de ello. Era un maldito cabeza hueca.
—Si no es el directo responsable, nada cambia.
—Entonces habré hecho esto por nada. No podría quedarme ni un minuto contigo de ser así. Entiende.
Kylian comenzó a perder la paciencia; se giró y la tomó por la muñeca de la mano que sostenía los documentos.
—No hay negociaciones, pelirroja; ahora mismo Londo no está en prisión y enfrentando una acusación por fraude debido a que estoy deteniendo el proceso, que por cierto podría costar más de lo que me debe. Así que decide.
—Te desprecio —rugió con pasión. Él bajó el rostro examinándola.