CAPÍTULO 14
A las diez salían de ahí. Carry y Wagner le habían caído de maravilla, para su asombro, y aunque ese tipo de cosas no eran lo suyo, él no podría recriminarle nada.
—Espero haber hecho bien mi trabajo, señor Craig —gruñó ya sin poder contenerlo, una vez que él ponía en marcha el auto.
—Es justo lo que espero de ti, pelirroja —le respondió divertido al notarla enfurruñada; y es que durante toda la noche notó que hacía su parte, no le costaba trabajo, su encanto era natural, su educación, la manera de desenvolverse; sin embargo, de alguna manera, sabía que no era algo que le agradaba y eso, sin remedio, lo intrigó.
—Vete al infierno —dijo malhumorada, ansiando quitarse ese maldito vestido, los zapatos, el peinado que hacía que le doliera la cabeza.
—Vamos a mi departamento, en realidad. Acordaremos de una vez esto, así no hay sorpresas.
Samantha recordó que había dicho algo al respecto cuando la recogió. Recargó la cabeza en el respaldo, frustrada. Él la miró de reojo, arqueando una ceja. Luego la vio alzando las manos y comenzó a deshacerse el peinado.
—¿Qué haces? —quiso saber, girando a la derecha. Esa chica no podía quedarse quieta ni un instante, se dijo.
—Quitándome este maldito disfraz, o qué crees.
—No te llevaré a tu casa despeinada —zanjó con autoridad. ¿Qué ocurría con ella? Se peguntó mientras conducía.
—Pues si sabes peinar, se resuelve —contraatacó sin detenerse hasta que de pronto su melena rojiza quedó libre y la sacudió, emitiendo un gemido que endureció casi en el acto a Kylian, que aferraba el volante. Ese aroma a lilas, natural, viajaba por todo el maldito auto, y luego ese jadeo…
—Bien, si lo que quieres es que piensen que avanzamos rápido, por mí no hay problema; en realidad queda perfecto —reflexionó irritado por la manera dolorosa en que su miembro reaccionaba a ella. Era ridículo, no le ocurría desde la secundaria.
Ella volteó a verlo, pestañeando.
—Todo tiene un uso, ¿verdad? Nada puede salirse de tu súper plan —riñó entrecomillando lo último con los dedos.
—Creo que ya me empiezas a conocer y debes saber que cada provocación que hagas tendrá una reacción en mí. Ya sabes ahora a qué atenerte.
—No todo gira en torno a ti, te lo aseguro; en mi caso, nada. Que no se te olvide nunca que me chantajeaste y que lo que haga será por esa razón, no porque quiero —declaró con orgullo, y comenzó a quitarse los zapatos.
—Si tu plan es desvestirte y comenzar desde ya con esto, me parece acertado —la provocó, perdiendo un poco la vista en ese pequeño trasero que toda la noche lo tuvo atento; y es que lo meneaba de una manera femenina, suave, casi dulce. Ya se estaba estacionando en el subterráneo.
Ella alzó el rostro, resoplando, y se quitó con las manos el cabello del rostro, molesta.
Era bellísima, sin duda, aunque no de una forma clásica: era caótica.
La dulzura de su rostro, de sus pecas, de ese cabello, la hacían ver a la par ingenua y ardiente, como si fuese una tormenta que barre con todo, aceptó mientras entraba al subterráneo del edificio.
—Contigo no tengo que actuar, así que para que sepas: odio los tacones, odio los peinados estúpidos y los vestidos ridículos; pero haré lo que exiges de mí en esta ridiculez.
Lo cierto es que en tus sueños obtendrás algo de mí de buen agrado, Kylian, ¡grábatelo muy bien!
—determinó con intensidad cuando ya él apagaba el motor.
La mirada que notó en él le erizó la piel pecosa; era penetrante, fuerte.
Kylian, molesto también, alzó una de sus manos y la tomó por la barbilla con firmeza, acercándola a su rostro.
Enseguida notó cómo la respiración de la joven se disparaba y sus preciosos ojos se agrandaban.
Pero no vio miedo, sino asombro. Entonces, enfocó su atención en sus labios llenos, delineados, que ya no llevaban pintalabios.
—No… —escuchó a lo lejos que suplicaba la joven, y sin esperar más, posó su boca sobre la suya.
A Samantha le tomó apenas un segundo comprender lo que pasaba: el anhelo enredado en su vientre, el cosquilleo en sus labios. Su aroma la envolvió y, reaccionando como nunca pensó, abrió la boca y permitió esa invasión que jamás imaginó que deseara.
Sus labios eran firmes, sabía delicioso, a vino, a menta.
La besaba con urgencia, ella a Kylian. Sus lenguas se buscaban.
Sam enredó, sin notar en qué momento, su mano en el cuello de él, acercándolo; él hizo lo mismo.
En el auto solo se escuchaban sus respiraciones, el roce de las telas contra el asiento, el chasquido de su roce.
Eran dientes, eran sabor, eran voracidad, eran deseo.
La boca de Kylian abandonó despacio la suya; enseguida la sintió sobre su cuello, probándola, dejándole pequeños lametones que erizaban su piel.
Jadeó debido al asombro de lo que la hacía sentir, echando la cabeza hacia atrás, sin pensar en nada; y es que no podía: su aliento cálido la atormentaba, al igual que su lengua experimentada recorriéndola.
Dios, ¿qué era eso?
—Mentirosa —escuchó de pronto, cuando él ya se alejaba de ella.
Tardó algunos segundos en comprender lo que decía, pero cuando lo hizo, la rabia consumió la pasión que nunca había sentido por nadie, una que la había nublado por completo, que la había hecho reaccionar como una verdadera idiota.
Entonces notó que la respiración de Kylian era tan irregular como la de ella, su cabello lucía despeinado, sus ojos cargados de lujuria. Sonrió recobrando un poco el control y rodó los ojos.
—Hombres —se burló escondiendo lo humillada que se sentía, pretendiendo bajarse del auto. Pero la mano de él la detuvo sujetando su muñeca.
—¿Hombres? —rugió aún excitado; en realidad no recordaba haberse sentido así jamás.
Ella lo miró y se zafó de su agarre; lucía más tranquila y, aunque sus labios hinchados tenían la huella aún de ese beso voraz, sus ojos eran otra cosa, casi parecían divertidos.
—Si no respondo, mi padre la paga. No soy de piedra y, aunque te desprecie, reacciono, tal como tú.
¿O qué, creías que era una mojigata? No te equivoques, tu chantaje no incluye una puritana; pero si es lo que quieres, ya sabes, solo dilo, estoy para servirte —atacó colérica, sin arrepentirse de lo dicho, aunque sabía que podría jugar en su contra.
Kylian tardó un segundo en comprender. Esa chica era aguda, sabía usar las palabras a su favor y era notoria su mente inquieta; sin embargo, esas características no lo molestaron en lo absoluto, al contrario: no quería una mujer sumisa, sin opinión propia.
Luego soltó una carcajada, reacción que vio cómo la enfurecía.
—Esto será divertido, definitivamente, pelirroja —dijo, para luego acercarla más, de modo que su pecho quedara sobre el suyo, jadeante—.
Y me alegra que no seas de piedra —susurró pasando el dedo pulgar por sus labios—.
Por mucho que te engañes, acabarás comprendiendo que esto funcionará.
Serás mi mujer y ya notaste que no habrá problemas en ese sentido, sino todo lo contrario —terminó liberándola.
Samantha se alejó y salió a toda prisa del vehículo, azotando la puerta. Sabía que eso a los hombres los ponía mal, pero él solo sacudió la cabeza, riendo.
—Aunque a veces pareces una mocosa a la que hay que enseñar lo más básico —completó adelantándose.
Lo siguió descalza, irritada, frustrada. Cómo lo odiaba.
En cuanto las puertas del elevador se abrieron en el último piso, Samantha contuvo la respiración. Era el penthouse de aquel elegante edificio, pero lo que la asombró fue la vista: tenía unos ventanales enormes que bordeaban todo el lugar.
Kylian salió y dejó algunas cosas sobre una mesilla, la cartera, quizá. Justo enfrente había una mesa redonda con un arreglo floral en tonos oscuros que llamó su atención, pero pasó de ello y anduvo hasta los ventanales, perdiendo de vista los detalles.
—Mientras no tengamos hijos, aquí viviremos. Me agrada este sitio —lo escuchó decir tras ella. Cerró los ojos y volteó; él estaba recargado con los brazos cruzados sobre su pecho, en la cola de un piano negro, bellísimo.
Respiró hondo. Kylian no llevaba el saco, notó, y el lugar estaba cálido.
—Un adorno muy lujoso —señaló el Steinway, la marca del piano; lo conocía gracias a su madre que, aunque no era afecta a tocarlo, sabía hacerlo, por lo que tenía uno en un costado de la sala, tal como él.
—No es un adorno —contestó gélido.
—Pensé que eso era lo que te gustaba: los adornos.
—A veces, nada más —respondió sonriendo con frialdad. Sam rodó los ojos. El lugar era impoluto y elegante, de una sobriedad calculada, notó—. ¿Revisamos el acuerdo? ¿O prefieres continuar contemplando tu próximo hogar, pelirroja?
Ella volteó y entornó los ojos.
—Espero que sepas que eres exasperante, además de patético.
Kylian alzó las cejas y recargó su peso en el otro pie.
—Vamos, sorpréndeme —la provocó.
—Chantajear para conseguir una esposa… ¿Eso no te parece lo suficientemente patético? —preguntó alzando una ceja, con las manos en las caderas.
Kylian la observó de arriba a abajo, tomándose su tiempo. Lucía preciosa, esa era la verdad: sus delicados pies descalzos, esa melena impresionante suelta, sus ojos chispeando por el coraje e indignación.
Sacudió la cabeza despacio. No tenía idea de si ella era la ideal y eso lo desbalanceó.
No quería problemas cada dos por tres, prefería que cada uno se ocupase de sus funciones y que cuando coincidieran fuese en paz, pero tal parecía que con Samantha no sería así si no ponía las reglas claras; y eso lo alteraba, aunque la atraía también, cuestión que salía por completo de la ecuación.
Aunque, si era justo, no podía pretender que fuese una muñeca manejable, pero sabía bien que un ser tan pasional también podría acarrear problemas.
Respiró hondo y se acercó; ella no se movió. Se llevó una mano a la barbilla, mientras caminaba a su alrededor, pensativo.
—Cualquier otra mujer esperaría que me enamorase, que esa fuera la razón de un matrimonio.
Yo no cometo ese error; y plantear una unión donde sea clara la función de cada una de las partes y no se espere nada más, me parece mucho más honesto.
Porque el amor debilita, nubla el juicio, pelirroja, y yo no deseo pasar por eso —terminó diciendo aquello, de pie frente a ella.