Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El hombre le abrió la puerta para que pasara la pelirroja, perdiéndose en su costoso aroma. Sonrió sacudiendo la cabeza. Por mucho que ella insistiera en que aquello la indignaba, ahí estaba, despampanante, envuelta en aquel vestido azul que acariciaba con suavidad su cremosa y pecosa piel.

No consideraba que tuviese un cuerpo diseñado para provocar, aunque sería un embustero si no aceptaba que sí era atlético a pesar de lo delgada, bien proporcionado; quizá solo le hacían falta un par de curvas, pero lo cierto es que no podía quejarse: ponerle las manos encima no sería en lo absoluto una tortura.

De repente, sin previo aviso, irrumpió una imagen: ella sobre él, moviéndose a su propio ritmo, al tiempo que con su mano ahuecaba uno de sus pequeños y tiernos senos, con suavidad, mientras su melena cobriza los envolvía y podía admirar la longitud de su cuello gracias a que su angosto cuerpo se arqueaba y él…

Cerró la puerta irritado al notar que ya había ingresado al auto, con su miembro latiendo. Para que eso sucediera aún faltaba un poco, se recordó, pero ocurriría, de eso estaba seguro. La química estaba ahí, chispeante entre ambos, y eso era mucho más de lo que muchos matrimonios podían pedir.

Sí, la pelirroja disfrutaría tenerlo enterrado en su interior y él también, ¡cómo no!

Sam no se dejó amedrentar por su cercanía cuando él ocupó el asiento del conductor y encendió el motor; lo cierto es que le afectaba de una manera ridícula, así que intentó convencerse de que era debido a ese absurdo que él insistía en llevar a cabo.

—Mentir te sale natural —se atrevió a decir una vez que tomaban camino.

« Tchaikovsky » sonaba de fondo; casi rueda los ojos. Claro que debía escuchar esa música tan aburrida, que conocía gracias a la afición de su padre por ella y que detestaba porque la hacía bostezar.

Kylian sonrió con su habitual cinismo, sin inmutarse de lo que pasaba por su cabeza. Así era él, una caja con muchas cerraduras a las que prácticamente nadie tenía acceso.

—Tanto como a ti ser una flor de sociedad —replicó con ánimo relajado. Aún seguía excitado; de hecho, en cuanto entró al Maserati , su aroma a mujer lo golpeó. Algo primitivo se activó al observar su silueta femenina sentada con recato y recelo en el asiento del copiloto.

—No tienes idea… —contraatacó ella, riendo para sí.

Oficialmente era el jodido rey del infierno.

La realidad era que no entendía lo que estaba haciendo ni dónde se estaba metiendo, determinó aferrando su bolso ridículamente pequeño.

Gruñó para sí; odiaba esos bolsos, nada cabía, era un accesorio más que solo estorbaba, un accesorio estúpido, tal como lo que ella sería esa maldita noche.

—Sé que te sabrás comportar, estás educada para ello. Es la inauguración de una galería.

—¿Tú la construiste? —quiso saber. Necesitaba información y sabía, puesto que lo había investigado un poco, que tenía una empresa de construcción que incluso cotizaba en la bolsa.

—No, yo construyo o remodelo hoteles más que nada, por eso el negocio de tu padre me resulta conveniente: puedo aún continuar ganando después de terminarlos.

—Ya veo, amasar dinero es la prioridad. Anotado.

—No me disculparé por ello, y no seas hipócrita: el vestido que llevas puesto cuesta lo que un empleado de media jornada en una tienda de autoservicio gana en años.

—No soy hipócrita, yo no pedí tener lo que tengo.

—Pero no quieres perderlo, por eso estás aquí —apuntó como si fuese lo más obvio.

Sam lo miró furiosa.

—No tienes una jodida idea de lo que quiero. Nunca lo des por sentado, Kylian —advirtió.

—Tu pasión es algo infantil, pelirroja; te recomiendo que aprendas a guardarla para el dormitorio, ahí siempre será bien recibida.

Le tomaba el pelo. De pronto sintió ganas de darle un buen rodillazo entre las piernas y luego con el puño romperle su estúpida nariz. De solo pensarlo, su estómago se revolvió.

—Eres un…

—Cuidado, Samantha —advirtió algo divertido, pero también tenso.

Su resistencia le causaba gracia y hasta lo entretenía puesto que no estaba acostumbrado a lidiar con eso, pero sabía que sería pasajera, por lo mismo no caería en sus provocaciones, aunque marcaría muy bien las reglas—.

Después de la inauguración, hablaremos sobre los términos de este acuerdo; todo quedará bastante claro.

Ahora, por favor, haz lo que sabes hacer, desempeña el papel para el que te han criado —ordenó deteniendo el motor.

La joven sentía la furia impregnarle las mejillas. Lo odiaba tanto que no lo creía posible. Ni siquiera se había percatado de que habían llegado a su destino y un hombre recibía el auto, mientras sus escoltas quedaban atrás, seguramente a la distancia.

Kylian le abrió la puerta y le tendió la mano; los dos se miraron con ferocidad y contención; el fuego brotaba y, muy a pesar de Sam, no solo por la rabia.

El hombre arqueó una ceja en clara advertencia al notar su vacilación. Lo cierto es que ella no quería tocarlo, pero no tuvo remedio y, al hacerlo, su tacto caliente la envolvió erizando su piel enseguida; su corazón sufrió un vuelco, observando su unión.

—No nos irá tan mal, confía en mí, pelirroja, nunca me equivoco —murmuró en su oído, logrando con eso que ella dejara de respirar mientras la piel se le erizaba; luego sintió el abrigo sobre sus hombros mientras la dirigía a la entrada del recinto.

Samantha decidió no decir nada más; las palabras no estaban jugando a su favor y solo notaba cómo se hundía en cada momento. El nudo en la garganta crecía. Saberse a expensas de él no ayudaba, y comprender que su cuerpo, de alguna manera estúpida, reaccionaba al suyo, la cabreaba como nunca nada.

Y es que ese aroma, su altura, la manera segura de moverse, eso que desprendía… Era como un depredador, como un hombre hecho para ganar, y ella… ella no sabía perder.

En cuanto entraron, las miradas curiosas aterrizaron sobre ellos. Samantha odiaba eso, odiaba ser el centro de atención, odiaba tener que actuar todo el tiempo, peor sintiendo la mano de Kylian rodeando su cintura, sin contar con ese aroma tan masculino.

¡Ah! La situación la hacía sentir tan borde.

Varias personas los saludaron, sobre todo mujeres que no se molestaban en esconder su molestia debido a la manera posesiva en la que Kylian la mantenía a su lado. Sam casi rueda los ojos más de una vez.

Lo dicho: eran patéticas, pero si era sincera, él tan solo era educado, lo que dicta la norma y nada más.

Tampoco podía culparlas; ella misma la primera vez que lo vio se encontró estirando el cuello como jirafa para encontrarlo entre los invitados de la fiesta que se celebró en su casa tiempo atrás.

Qué ingenua había sido.

Pronto un hombre tan alto como el rey del infierno, trigueño y muy atractivo, se acercó.

Iba acompañado de una despampanante morena, tan solo unos centímetros más baja que ellos, piernas largas y cuerpo escultural, con estilo en cada paso; para su sorpresa, desprendía amabilidad.

Lo cierto es que Sam se sintió una nimiedad ahí, entre gigantes gracias a esas estaturas.

—Eh, pero qué tenemos aquí —exclamó el recién llegado, alegre, y estrechó su mano, gesto que Kylian respondió con calidez, una que la tomó por sorpresa.

Hades era el rey del infierno y debía ser un témpano de hielo a toda hora , se quejó internamente, notando cómo su expresión se suavizaba logrando con ello que sus ojos lucieran… dulces.

Sacudió la cabeza y decidió hacer su labor, esa que Hades buscaba en ella. Así que sonrió de forma educada, como sabía hacer, esperando ser presentada.

—Liens, creí que este tipo de eventos no eran lo suyo —respondió sonriendo, pero saludando ahora a la mujer, elocuente—. Carry, me alegra verte —dijo.

La morena le sonrió de forma femenina.

—Decidimos hacer hoy una excepción —repuso ella con elegante ligereza, para luego posar su atención en Samantha—. Te he visto en algún lado…

Samantha imaginaba que de algunas de esas cosas en las que Madelene le pedía que la acompañara, pero no estaba segura.

—Carry, Wagner, les presento a Samantha Streoss —intervino Kylian antes de que ella pudiese decir nada.

Su amigo abrió los ojos para mirarlo por un segundo, desconcertado, pero enseguida cambió el gesto y le sonrió, tomándole la mano para depositar un beso caballeroso sobre su dorso.

—Un gusto, Samantha.

Ella sonrió asintiendo.

—Igualmente —respondió cuando Carry le dio un beso en cada mejilla, como se estilaba. Ese gesto le parecía tan esnob, pero de ella no le cayó pesado, como solía.

—¿De dónde habrá sido? —insistió. Samantha frunció la boca, como pensando.

—Quizá si vamos por algo de tomar, logremos dar con ello —propuso. La mujer sonrió encantada.

—Suena perfecto, ahora venimos —avisó a los hombres, que asintieron al unísono. Aunque Sam no perdió detalle de la mirada que Kylian le lanzaba; lucía satisfecho con su papel y había una clara advertencia.

Idiota, su padre iba de por medio, no haría nada que lo pusiera en peligro.

La velada transcurrió tranquila, los sentaron en la misma mesa, así que pudieron conversar bastante.

Carry era la esposa de Wagner, el mejor amigo de Hades, por lo que fue averiguando, tenían un bebé de seis meses y lucían enamorados, notó en más de una ocasión por la manera en la que se miraban.

Por supuesto pidió conocer al primogénito y ahí se les fue más tiempo.

Kylian fue atento con ella, le ofrecía una copa, le preguntaba alguna cosa, la tomaba por la cintura con familiaridad, una a la que aún no se acostumbraba y no planeaba hacerlo, y cuando ella dijo algo gracioso que hizo reír al grupo de invitados con los que estaban hablando de pie junto a unas pinturas que se exponían, la pegó a su cuerpo y besó su cabellera, tomándola por sorpresa.

A él pareció no importarle y la mantuvo ahí, obviamente la pantomima comenzaba esa noche, pero no le agradó. Sentía su pulso desbocado, ese maldito nerviosismo generalizado y la puso peor la sensación de sus manos contra ese pecho firme, lo infantil que se sentía.

Pasó saliva, intentando disimular, pero él movía su pulgar con suavidad sobre su cintura, ahora el tema de conversación había cambiado.

La soltó un par de minutos después.

En ese tipo de eventos de sociedad, demostrar tan abiertamente las emociones era algo vulgar, lo sabía porque su padre, cada vez que subían al auto no le quitaba las manos de encima a su madre, y la atraía hacia él quejándose de esas reglas estúpidas de etiqueta que ellos seguían al pie de la letra.

Lo cierto es que, si él lo había hecho, fue con una intención muy clara, y al parecer el mensaje estaba siendo recibido puesto que algunas de las invitadas no dejaban de verla con intriga, otras con decepción que buscaban ocultar a toda costa, mientras que los hombres no se acercaban para entablar conversaciones.

Salvo los conocidos, que sabían bien quién era él, dedujo.

Nunca estuvo muy involucrada en cuestiones de sociedad, por lo que ignoraba gran parte de lo que los demás sí sabían: apellidos, fortunas, lugares de moda, ciudades a las que viajaban en temporadas específicas, etc.

La realidad era que Sam fingía poner atención, pero se había fabricado una vida aparte y en ese momento detestaba tener que ser lo que siempre repelió.