Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 12
14%

CAPÍTULO 12

Samantha permitió que su madre la aconsejara. Si lo que él deseaba era el prototipo de flor de sociedad, Madelene era la indicada. En otro momento ni por error se le hubiera ocurrido, pero de acuerdo a lo que estaba pasando le pareció buena idea irlos involucrando.

Claro que cuando se lo pidió, se arrepintió de no haberlo hecho con anterioridad. Su mamá había sacado todos aquellos vestidos que a lo largo del tiempo le había comprado mientras le hacía preguntas acerca de Kylian. Lucía feliz.

Mentirle era espantoso, pero una parte de ella sabía que debía ir soltando información que ayudara para los planes que Hades tenía. Odiaba la sola idea de estarle allanando el camino, pero no tenía opciones, eso lo tenía bien claro.

—Es guapísimo, Samy, no puedo creer que estén saliendo —expresó su mamá mientras le probaba por encima un vestido color azul oscuro que resaltaba su cabellera, esa que compartían en color.

Samantha sonrió avergonzada, o fingiendo.

—Cuando vino a la fiesta hablamos un poco y bueno, se ha dado.

—Tu padre me contó lo de Troy, lamento que las cosas salieran de control, cielo, pero creo que un chico así tú le das muchas vueltas —aseguró torciendo los labios, analizando si ese vestido era el ideal; ya le había sobrepuesto dos más.

—No me gustó herirlo —murmuró sincerándose. Madelene sonrió con ternura tomándola por los hombros para posar en ella sus ojos color índigo; otro rasgo que compartían.

—Fuiste honesta. Herir a veces es inevitable, Samy. Muchas veces las personas hacemos cosas sin medir las consecuencias o conocerlas y bueno, no podías seguir con él sabiendo que no sentías lo mismo. Eso sí que hubiese sido incorrecto.

—Lo hubieras visto hoy en la universidad.

—Tiene veintidós años, si prefería que continuaran a pesar de saber que no sientes lo mismo, pues de menudo problema saliste, mi cielo.

—Mejor dejemos eso —pidió su hija, agobiada.

Madelene sonrió de manera serena, estando de acuerdo.

—Sí, tienes razón. Anda ponte este. Creo que es el ideal. Te recogeré el cabello de una forma sencilla y quedarás preciosa. Kylian no podrá cerrar la boca —bromeó con picardía, ignorando la realidad. Sam le dio un abrazo apretado que necesitaba después de dejarle un beso en la mejilla.

—Gracias, ma —susurró.

La mujer, que no estaba acostumbrada a que su hija mostrara su afecto de aquella manera, normalmente evitaba su ayuda, era imposible que se estuviera quieta o compartiera cuestiones sociales con ella, sonrió evaluándola y la respondió el gesto.

—¿Qué ocurre? —preguntó; algo no marchaba del todo bien.

Sam abrió de par en par los ojos, ¿cómo sabía? Pasó saliva fingiendo una sonrisa desenfadada, intentando ser la de siempre.

—Nada, solo… quizá estoy sentimental.

—¿Te gusta mucho?

Sam pestañeó y enseguida asintió.

—Sí… —aceptó sintiendo un vuelco molesto en el estómago. En una hora estaría ahí, ella había dejado plantado al equipo de fut para el entrenamiento, ya no tenía novio y les mentía a sus padres.

Sí, le gustaba demasiado, pero como para descuartizarlo o convertirse en una asesina serial.

—Tiene mucho porte, además de ser un hombre asediado —apuntó Madelene, sentándose con decoro sobre la cama, observando cómo se desnudaba su huracán, como solía nombrarla.

Sam no pareció reaccionar a aquello, así que aguardó cruzando las piernas, contemplándola.

Siempre le pasaba que no daba crédito en la forma vertiginosa en la que cada uno de sus hijos creció, pero ella era la última y eso le generaba una sensación hueca en el estómago, como de pérdida, antelación, nostalgia y aprensión.

—¿Qué tal? —la sacó de sus pensamientos Samantha, resoplando, haciéndose con ese ademán un mechón hacia atrás. Era indómita.

Se levantó sonriendo complacida.

—Sí, ese es —aceptó alegre, aunque un tanto nerviosa.

Kylian tenía negocios con Londo, negocios que no estaban marchando bien y era consciente de ello, además, era mayor que ella, quizá nueve años, siete… pero que se percibían más.

Había hablado con él en algunas ocasiones, cuando estaban en el inicio de las negociaciones, le parecía inteligente y decidido, pero frío, incluso podría decir que ajeno a las emociones.

En aquel momento no le tomó importancia puesto que no era de su incumbencia cómo viviera su vida, pero en ese instante no dejaba de dar vuelta en su cabeza.

Cuando su marido le comentó lo que ocurría, Madelene solo lo miró, entonces él supo que pensaba lo mismo.

El hombre tomó sus manos entre las suyas y sacudió la cabeza.

—Debemos estar atentos, Mady.

—Es que es mucho mayor, Lon. Además, tiene negocios contigo y la situación en la empresa es delicada. No me gusta nada cómo se están cruzando las cosas —advirtió ella, con la intuición femenina encendida.

—A mí tampoco —admitió él, con una gravedad helada—. Pero si presionamos a Samantha ahora, lo único que lograríamos sería acorralarla y empujarla hacia él. Sabes cómo es nuestra hija: si le prohíbes el fuego, se mete de cabeza.

La mujer suspiró con esa forma tan femenina, tan dulce, esa que él amaba tanto.

—Me preocupa, Londo. Conozco esa mirada en los hombres como Craig; no dan pasos en falso.

—No los dan —coincidió él, con la mandíbula tensa—. Kylian es un tipo pragmático y exitoso; ella, una chica con ansias de probar su fuerza. Si Craig cree que esto será un juego sencillo, va a descubrir de qué está hecha una Streoss.

Madelene lo observó con agudeza.

—Nuestra hija no se lo pondrá fácil.

—Por supuesto que no.

—Pero si a pesar de eso él no se retira…

—Entonces sabremos a qué se está enfrentando realmente.

—Es muy joven, Lon.

—Lo es, pero tiene nuestro carácter. Le dimos las armas para defenderse; nos toca vigilar desde cerca sin perder el control.

—¿Crees que sea algo pasajero?

—No lo sé. Pero no voy a permitir que nadie juegue con ella, Mady. Conozco a Craig en el terreno corporativo y sé de lo que es capaz, por eso mismo no voy a perder la cabeza antes de tiempo.

—La ves pequeña, ¿verdad? —murmuró ella, con los ojos empañados de inquietud.

—La veo cómo te veía a ti cuando te casaste conmigo con un año más.

—Eran otros tiempos —refutó con las mejillas encendidas, recordando la necesidad enloquecida que tenían los dos por comenzar la vida juntos; era incontenible y no quería menos para ninguno de sus hijos.

—La fuerza es la misma, Mady —le hizo ver Londo con ternura, acunando su barbilla de porcelana para acercarla a su rostro—. Tranquila. Yo me encargo de velar por esta casa.

—Me alegra que terminara con ese niño —murmuró ella, suavizándose apenas ante el tacto de su marido.

—Avergonzó a nuestro huracán —susurró él con un chispazo de diversión contenida.

—Eres malo, Londo Streoss —lo acusó casi rozando su boca.

—Soy sincero, Mady. El hombre que pretenda quedarse con nuestra Sam va a tener que demostrar que está a su altura.

—¿Y si es Kylian? —preguntó perdida en sus ojos grises, esos que amaba desde hacía tantos años.

—Tendrá que vérselas conmigo —sentenció él, para enseguida besarla.

El timbre sonó a la hora acordada. Samantha pasó saliva observándose en el espejo de su habitación. No era ella; la imagen que reflejaba el cristal era la mujer que su madre se había esforzado toda su vida en que fuera, la mujer que Kylian exigía que se convirtiera.

Se tragó el nudo de la garganta, apretó su pequeño bolso y alzó la barbilla, enderezándose. Bien, eso aparentaría, pero si el rey del infierno pensaba que la doblegaría, entonces se daría cuenta de que había cometido el peor negocio de su vida.

Bajó y escuchó a su padre, esa voz inconfundible con la que creció. Su corazón se oprimió. ¿Cómo se atrevía siquiera a hablarle? Lo odiaba y la fuerza del sentimiento la tomó por sorpresa, pero también le hizo comprender que podría con ello. Por Londo, por su familia podría con lo que fuera.

En el recibidor estaban su mamá, su padre y él.

Las voces y sonrisas cesaron al percatarse de su presencia, pero ella no pudo evitar respirar con rapidez al observarlo.

Era tan alto, con esa figura atlética similar a la de sus hermanos, su cabello prolijo enmarcando el rostro de un playboy.

Tan atractivo que la enfurecía. Desprendía algo entre peligro y frialdad que resultaba magnético, eso sin duda.

Por si fuera poco, poseía esa jodida mirada incisiva y férrea que buscaba medirla, pero ella no le daría el gusto.

Lo cierto es que había una hombría en él con la que no estaba habituada a tratar fuera de su familia, una potencia física que la puso en alerta.

—Buenas noches, Samantha —habló él, experimentando un desconcierto al que no estaba habituado y es que la pelirroja lucía contenida, seria, pero definitivamente hermosa, tanto que sabía que sería objeto de envidia.

Enseguida experimentó una extraña opresión porque claro que conocía la rabia que resguardaba tras esos impresionantes ojos azules que lo observaban sin pestañear, sin embargo, había algo dulce en ella, también fiero, notó y eso era una dualidad extraña, que la hacía más atractiva aún.

—Hija, luces preciosa —habló Madelene, acercándose. Sam reaccionó al sentir su tacto familiar sobre el brazo.

—Buenas noches, Kylian —le sonrió con fingida coquetería, una máscara que él detectó enseguida. Fue un cambio sutil, pero claro que casi lo hace sonreír.

Londo, por su lado, entornó los ojos. Se había percatado de la actuación de su hija, pero al ver a Kylian dar un paso al frente y recortar la distancia, la tensión en el aire se volvió sofocante.

No, no era la actitud de un conocido común: había un deseo contenido en Craig, uno que buscaba ocultar, y en Sam un nerviosismo atípico.

El hombre entendió en ese instante que la situación era más compleja y peligrosa de lo que imaginaba. La certeza no le agradó en absoluto: su hija estaba desafiando su advertencia directa y jugando cerca de un fuego que podía destruirla.

Samantha dio un paso hacia Kylian y sintió esa mano grande rodear con firmeza su cintura.

Pasó saliva al percibir la calidez que desprendía, la sensación de poder que pretendía imponerle.

Lo miró desde su posición, alzando solo los ojos sin amedrentarse, el resultado fue que su corazón se detuvo durante un segundo.

—¿Nos vamos? —preguntó con esa voz profundamente masculina.

—Cuando quieras —asintió ella, enganchada aún a sus ojos, firme.

Sam se recordó que estaba actuando, así que debía sostener la mentira. Cuando tuvo motivo para hacerlo, enfocó su atención en sus padres.

—Nos vemos más tarde. Gracias, mamá —susurró con cariño, besando la mejilla de Madelene antes de girarse hacia su padre.

Londo no sonrió. Le sostuvo la mirada con una gravedad que entendió sin problemas, era un aviso silencioso que le recordaba la orden de la noche anterior, pero se obligó a soportar el gesto sin pestañear. Le besó la mejilla sintiendo que el corazón se le salía del pecho.

Sí, lo estaba desobedeciendo abiertamente, pero era el único precio para garantizar que siguiera a salvo.

Kylian, con la mano firme en la cintura de la pelirroja, captó la corriente helada que circuló entre padre e hija.

Observó esa devoción fraternal hacia quienes le dieron la vida, esa misma que estaba usando a su favor.

De repente, una pequeña sensación molesta lo atravesó, pero la desechó casi de inmediato.

No estaba haciendo nada que otros no hubieran hecho en su círculo, se recordó.