Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

—No te atreverías a hacer eso. Dudo que seas tan insensible —desafió ella, buscando aire en el espacio reducido del vehículo.

—Soy bastante más insensible de lo que imaginas y, como dijiste en la mesa, no nos conocemos; no me pongas a prueba.

—No tiene sentido. Podrías tener a la mujer que quisieras. Te aseguro que mis hermanos pueden…

—Silencio —exigió él mientras serpenteaban por las calles de la ciudad.

—Escucha, no sé qué pretendes con esto, pero yo no soy la indicada, te lo aseguro. Además, date cuenta, es ridículo. ¿Quién se casa por estas razones?

—Más personas de las que imaginas. Y sé que lo sabes. Así que no finjas que este tipo de tratos no ocurren: alianzas, estrategias, linaje, apellidos. Es lo de siempre en esta sociedad en la que crecimos —escupió con desdén, con un cierto asco impreso en su tono.

—Pero no debemos hacer lo mismo.

—Detén el auto aquí y danos un minuto —ordenó al chofer.

El hombre hizo lo que le pidió y se detuvo al lado de un parque en el que al fondo se distinguía una enorme fuente encendida.

Era una estúpida , se repitió. Ni siquiera sabía a dónde la llevaba. Se tragó la angustia, las ganas de llorar porque no era de las que hacían eso; en cambio, lo miró atenta, expectante. El conductor se bajó y cerró tras él.

Kylian, con una calma que la congelaba, se giró hacia ella.

—Yo no tengo por qué discutir mis razones contigo. No busco un matrimonio basado en el amor, sino en el respeto y la conveniencia, donde las dos partes ganen.

—¿Ganen? ¡Aquí nadie gana! —gruñó un tanto histérica. Ese hombre era un maldito necio.

—Te equivocas, yo gano porque obtengo lo que necesito, tú ganas porque salvas a tu familia. Nuestros apellidos se fusionan, y eso hará feliz a tu madre, te lo garantizo. Es como debe ser.

—No soy un objeto canjeable —replicó incrédula. No podía estarle pasando todo eso, simplemente no, se repetía envuelta en la angustia. Necesitaba convencerlo de lo contrario.

Kylian sonrió con cinismo, perdiendo la mirada en el exterior.

—No vuelvas a dejarme en ridículo como hace un rato, Samantha —amenazó sin verla, pero con una clara advertencia que le recorrió la piel—. Tienes setenta y dos horas, no más.

—No puedo hacerlo —susurró vencida, buscando apelar a su raciocinio.

En respuesta, Kylian se encogió de hombros, con el codo recargado en la ventana y la mano en la boca, atento a la noche.

—Ese es tu problema, así como vivir las consecuencias.

—Recapacita —suplicó—. Nos haremos daño, no veo ni un gramo de compatibilidad entre nosotros.

—Hay química, eso es suficiente —determinó como si nada, mirándola por un segundo.

Samantha perdió la vista en el exterior también, aceptando, al fin, que de verdad eso estaba ocurriendo.

Él la observó de hito en hito, expectante. La noche no estaba saliendo en lo absoluto como pensó y eso lo enfurecía, pero le intrigaba también.

—No me agradas, no me agradarás jamás.

—Me da igual.

—No sabes lo que haces. No es correcto.

—¿Quién dice eso, tú? —la desafió sereno.

Ella lo miró durante un segundo, uno que no le permitió desviar la vista; sus ojos enormes lo evaluaban, se adentraban.

—Llévame a casa, necesito pensar —pidió al fin.

Kylian asintió, educado y le dio un golpe a la ventana, su empleado subió en silencio.

—Ponte tu abrigo y los zapatos, la noche está fría —solo dijo, cuando el auto arrancó. Esa sería la primera de muchas ocasiones en las que Sam no haría lo que él le decía.

Llegaron a su casa media hora después. Cuando iba a bajar para abrirle la puerta, ella ya lo hacía.

—No te molestes, ya bastante hiciste para una noche. El lunes te daré mi respuesta —dijo tensa, bajo su escrutinio.

—Confidencialidad —le recordó impasible, aunque si era sincero, un poco desconcertado.

De verdad no esperaba que la noche se diera de esa manera; aun así, no se arrepentía en lo absoluto. Quizá no sería tan aburrido después de todo tener al lado a una florecilla de la sociedad, aunque eso ya se vería, porque igual era pura pantomima, como ya le había tocado presenciar.

—Confidencialidad, matrimonio, un hijo… Cómo olvidar esas palabras salidas de una tétrica novela de época, Señor del Infierno —soltó con mordacidad, cerrando la puerta enseguida.

Kylian la observó entrar digna a su casa, sin abrigo y descalza, por supuesto.

En cuanto le dijera que sí, porque lo haría, dejaría claras varias cositas, porque no estaría permitiendo que las situaciones se salieran de control cada vez que se le ocurriera.

Por ahora necesitaba ir a sacar esa extraña adrenalina en aquellos muros de su casa que tanto lo calmaban.

Quería su costal de boxeo. No, no lo quería, ¡le urgía! Gracias al cielo todos estaban dormidos, o en sus habitaciones, porque en ese momento no podría haber fingido calma. Quería destrozar algo, gritar, patear… lo que fuera.

Se arrancó el vestido, rabiosa; luego lo pisoteó presa de un arranque y se quitó el maquillaje.

Su rostro pecoso, con cejas y pestañas tan claras, quedó ante ella.

Aventó la toallita que le había quitado todas esas estupideces que se había puesto en la cara por idiota.

Se lavó los dientes y se metió a la ducha, ansiosa por sacar todo lo que bullía por su cuerpo.

Se sentó en el piso y dejó que el agua intentara tranquilizarla.

Su corazón latía con prisa, la tensión en sus hombros se acumulaba, la quijada estaba apretada. Cómo era que había terminado en una situación semejante, tan absurda. Recargó la cabeza en el mosaico permitiendo que el agua le diera de lleno en la cara.

Debía tranquilizarse, así no conseguiría nada. Pero no podía; solo lograba evocar su gesto altanero, lleno de prepotencia y pedantería, el de alguien que está absolutamente acostumbrado a salirse con la suya. Pedazo de cabrón , se dijo rabiosa.

No, no podía casarse con él, era un punto más que ridículo. Sin embargo, las últimas semanas pasaron frente a sí; la voz de su padre hacía unas horas cuando se fue rumbo a aquella pesadilla por su propio pie.

No, él les había dado todo, absolutamente todo, no tenía nada que recriminarle; al contrario, lo amaba tanto que solo pensarlo ya no en la cárcel, sino atravesando por un momento donde podría perderlo todo, la doblegaba.

Quizá esa era la vida real de la que su madre tanto hablaba, esa que le decía a su papá que la había escondido.

Se sentía atada de manos, de pies…

Camille, ¿qué podría hacer? De todas maneras, las cosas se pondrían mal y el corazón de Londo no lo aguantaría. Y entonces, cómo viviría pensando que pudo haberlo salvado y no lo hizo por buscar tener una vida como la que siempre soñó, tan lejos de todo aquello que la hastiaba.

Ya, sin remedio, las lágrimas llegaron; colocó la frente sobre la palma de su mano, con sus rodillas flexionadas, su codo recargado en una de ellas, negando.

No tenía salida, aceptó, negando una y otra vez. Y, Dios, la idea de un hijo con ese hombre le causaba repulsión, por el hecho en sí, por lo que implicaba también. No podría tolerar siquiera que la tocara.

Su beca… Sollozó descansando la cabeza sobre sus rodillas, llorando de verdad. Ese tipo, estaba segura, se apoderaría de su vida, estaría atada a sus expectativas y deseos. Los entrenamientos con los niños, el boxeo…

Apagó la ducha y salió escurriendo. Se miró en el espejo durante un largo minuto.

—Si piensas que esto no será un acto del que te arrepentirás, Kylian, te demostraré lo equivocado que estás, por lo menos conmigo —determinó dándose la vuelta, decidida.

El fin de semana lo pasó evadiendo aquella situación. No quería ni pensarlo: tuvo partido, desayuno en el club con sus padres, del que no pudo huir, salió con sus compañeros de la universidad y repelió a Troy sin remedio. La realidad era que no lograba hacer a un lado aquella estupidez.

Sentada en la cafetería de la universidad el lunes, intentaba concentrarse en las cuentas que manejaba. Le agradaba ese trabajo, no le costaba esfuerzo, pero en ese momento se sentía bloqueada; en realidad enojada, muy enojada.

Pasó ese par de noches en vela, prácticamente, ideando mil y una maneras de asesinar a ese desgraciado. Lo cierto es que el hecho de saberse atrapada la enfurecía, pero la impotencia era aún más. ¿Cómo sacaría a su padre de aquel embrollo sin que ese témpano de hielo no lo hundiera antes?

Cubrió el iPad enfurruñada. No se veía casada, vaya, ni siquiera se lo había planteado, menos teniendo niños, como aquel aberrante humano había exigido.

Y no era que no le gustaran, todo lo contrario, le encantaban, pero en las condiciones equivocadas sabía que podrían sufrir demasiado y eso era algo que no pensaba permitir.

—Ey, ¿en qué andas? —escuchó a Keira, su mejor amiga.

Una chica dinámica y ocurrente que arrastraba una vida familiar algo complicada; precisamente esa era la razón por la que un segundo atrás estaba segura de que no podría tener hijos con ese gran hijo de perra.

Bufó alzando el rostro. Su amiga llevaba, como siempre, un frappé de moka en la mano; morena, de rizos que dejaba indomables por todo el rostro, con aquellos ojos súper oscuros y expresivos la observó risueña. Ella era así, sencilla, a pesar del desastre que era su familia.

—Tengo que terminar esto, espera —pidió abriendo de nuevo su iPad, después de darle un beso en la mejilla y robarle de su bebida.

La joven aguardó perdida en su alrededor, en las copas de los árboles meciéndose, en las voces de los demás estudiantes de aquel campus donde pasaba el día entero gracias a las clases extra que tomaba.

—Listo —anunció bostezando la pelirroja.

Keira enarcó una ceja.

—¿Tú con sueño? ¿Pues qué hiciste? Estuviste muy pensativa el sábado en el bar —curioseó sorbiendo un segundo después de su bebida.

Sam la observó silenciosa; no tenía idea de si decirle ayudaría o enterraría a su familia. En las últimas horas, un temor que nunca había experimentado creció. Ese temor tenía nombre y una mirada que no perdonaba.

Resopló rehuyendo de su escrutinio. Cómo conseguiría mentir a tal grado que incluso ella le creyera. Cómo.