Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Ordenaron después de escuchar la descripción de los platillos de la casa. Demasiado elaborados para el gusto de Samantha, de modo que fue directa al grano y pidió un buen corte de carne con guarnición.

Kylian pidió algo similar, observándola sin disimulo.

No solía darle importancia a lo que pedían sus acompañantes; acostumbraban a ordenar platos exóticos o ensaladas milimétricas para guardar la línea.

Que esa joven eligiera lo más consistente de la carta le sacó una leve sonrisa interna.

Al menos la velada no sería una escenografía de modales fingidos.

Cenaron sin cruzar demasiadas palabras. Intercambiaron comentarios breves sobre el clima y las nevadas recientes de Boston. Cosas superficiales, aunque ambos coincidieron en un par de criterios en medio de una cortesía fría.

Samantha comió con apetito, sin la menor intención de ocultarlo.

Si este hombre cree que me va a quitar el hambre con sus luces de ambiente y su aire de grandeza, está muy equivocado , pensó mientras cortaba el jugoso trozo de carne.

Kylian lo notó, satisfecho. Odiaba cenar con mujeres que fingían desinterés por la comida a mitad del plato.

Al terminar, Samantha se limpió los labios con ademanes sofisticados y tomó la iniciativa. Ya había cumplido con la tregua de la cena; ahora necesitaba saber qué pretendía exactamente el hombre que tenía enfrente.

—Bien. Estoy lista para escuchar lo que tengas que decir —propuso serena, o fingiendo estarlo, cruzando los brazos sobre la mesa.

Kylian asintió despacio. Recorrió su rostro con la mirada, pausado, como si estuviera memorizando cada facción.

A Samantha se le erizó la piel, pero se obligó a no bajar la vista.

No estaba habituada a que la presencia de un desconocido le provocara esa reacción física en el estómago, pero se negó a mostrar flaqueza.

—Es sencillo, Samantha. Intentaré tener tacto.

—Por mí no te preocupes —interrumpió ella, imperturbable—. Sé escuchar y capto rápido.

—Me parece bien. Lo diré sin tapujos —respondió él, dándole un sorbo a su copa antes de dejarla con parsimonia.

La miró con una fijación tan intensa que ella sintió como si el aire del lugar se espesara de golpe—.

Como te dije, Londo me debe una fortuna.

Si no veo los resultados prometidos en el plazo pactado, lo demandaré por fraude.

Samantha se congeló en el acto. Bajo el mantel apretó las manos contra la tela de su vestido para no demostrar el temblor de sus dedos.

—¿Estás seguro de que mi padre hizo algo así? —preguntó con cautela.

—Las auditorías preliminares lo confirman y los números no mienten. No tengo la menor intención de perder millones esperando a que la junta directiva reaccione. Ahí entras tú, Samantha.

—No entiendo.

—Te casas conmigo. Como mi esposa, mi entrada al corazón de Streoss Service no levantará sospechas ante la prensa ni ante tus hermanos.

Podré auditar cada movimiento, rastrear mi dinero y tomar el control de las acciones de Londo sin destruir la empresa en los tribunales o desplomar su valor en la bolsa tras una investigación pública.

Tú salvas a tu padre de la prisión hoy mismo y yo aseguro mi inversión. Como ves, es lo que cuesta mi silencio.

La joven pestañeó, incrédula. Cada palabra resonaba en su cabeza de forma incluso dolorosa.

—¿Quieres que nos casemos para recuperar tu dinero y, a cambio, no meter a mi padre preso? ¿Es eso? —confirmó, incapaz de amortiguar el impacto. Esto es una broma absurda , rogó para sus adentros, tensa como una cuerda a punto de romperse. Dime que es una horrible broma.

Kylian comprendió que planteado en bruto sonaba despiadado, pero no mostró el menor atisbo de culpa. Hizo girar el vino en su copa con indiferencia.

—Este es el trato, Samantha: te casas conmigo en seis semanas y me das un hijo.

Un heredero directo unifica los derechos de voto de tu familia con mi capital en un fideicomiso blindado; es la única garantía de que tus hermanos no intentarán atacarme por la espalda una vez que tome el control.

Seremos un matrimonio pleno ante el mundo y en la intimidad, aunque bajo ciertas reglas que te aclararé en su debido momento.

A cambio, mantengo a tu padre fuera de la cárcel, recupero lo que me pertenece, obtengo lo que deseo y evito que tu familia termine en la ruina y en la boca de todos.

Un matrimonio por conveniencia. Te aseguro que funciona si sabes cuál es tu lugar.

Mierda , pensó ella, atónita.

Dudó entre levantarse para cruzarle la cara con una buena bofetada o salir huyendo. Él hablaba de un matrimonio y de un hijo como si estuviera negociando la compra de una casa.

Aturdida, se obligó a concentrarse en el sonido distante de la fuente para no perder el control. Lo único que la mantenía pegada a esa silla era el terror real de ver a su padre en una celda, más aún, en el estado de salud en el que se encontraba.

—Puedes pensártelo, pero no demasiado —añadió él—. Quiero una respuesta en setenta y dos horas y entonces coordinamos los detalles.

—No bromeas, ¿verdad? —inquirió ella, fijando la vista en sus facciones implacables. Se sentía atrapada en un juego demasiado grande y oscuro. Si hablo con Camille, si le pido tiempo a mis hermanos...

—No soy bromista ni simpático. Soy un hombre de negocios y esto es lo que hay —sentenció él, inmutable.

Samantha pestañeó, buscando aire, de repente el vestido se sentía demasiado ajustado.

—Tiene que haber otras opciones. Entiendo que no quieras perder tu inversión, pero lo que propones es absurdo. No estamos en el siglo XIX. Ni siquiera nos conocemos. Escucha, hablaré con Camille, estoy segura de que él...

Kylian se puso de pie de golpe, dejando la servilleta sobre la mesa con un gesto cargado de fría autoridad.

Sam se sobresaltó sin remedio.

—No hay más opciones. Y cualquier persona que se entere de esto provocará que mis abogados inicien el proceso contra tu padre esta misma noche.

De verdad, no querrás pasar por eso estando acostumbrada a tanto lujo y consideración.

Las pruebas del fraude están listas y todo lo inculpa.

Ya conoces las condiciones: confidencialidad, matrimonio convincente y un heredero.

Si rompes una sola de estas reglas, se acaba el trato.

Te busco el lunes a esta hora para conocer tu respuesta.

Hizo una seña a sus escoltas y caminó hacia las escaleras sin mirar atrás.

Joder. Ese hijo de puta era un bloque de hielo. Un tipo sin entrañas. Samantha se quedó sola en la mesa, sintiendo que el piso se desvanecía bajo los pies.

—No puedes hacer esto —dijo irguiéndose, con la voz temblorosa pero firme.

Kylian se detuvo un segundo y la miró desde el inicio de la escalera con absoluta indiferencia.

—Te aseguro que puedo. Y no estoy jugando, Samantha.

Nunca juego —sentenció para luego desaparecer de su vista.

Samantha se quedó sola, con los ojos bien abiertos y el aliento cortado.

Temblando tomó de un trago la copa de vino que él había dejado a medio llenar.

Necesitaba quemar el pánico que le subía por la garganta.

Esto no está pasando. Es una pesadilla. Es lo más ridículo que he escuchado en mi vida.

Sujetó su bolso, tomó su abrigo y bajó las escaleras casi tropezando. A mitad del tramo se quitó los tacones con rabia, incapaz de soportar un segundo más la postura elegante.

Al cruzar la puerta de salida a la calle, el aire frío de la noche le dio de lleno en el rostro.

A pocos metros, Kylian estaba por abordar su vehículo mientras el chofer le sostenía la puerta.

Al verla salir descalza, con los zapatos en la mano y la respiración agitada, Kylian se detuvo y arqueó una ceja.

Samantha caminó hacia él hecha una furia, deteniéndose a un metro de distancia.

—Eres un chantajista miserable —soltó en voz baja pero filosa, consciente de que los empleados del lugar observaban—. Crees que porque tienes poder puedes comprar a las personas y meterlas en un contrato como si fueran de tu propiedad.

Kylian mantuvo la puerta del auto abierta, mirándola con una severidad helada que la hizo dar un paso atrás por instinto.

—Sube —ordenó en tono seco.

—No me voy a subir a ningún lado contigo.

—Si no te subes ahora mismo, Samantha, haré la llamada a mis abogados desde aquí y mañana a primera hora la orden de aprehensión contra tu padre será de dominio público. Súbete.

La joven se le cortó la respiración. La violencia de su voz no dejaba margen a una pataleta. Apretó los tacones contra su costado, tragándose la rabia y el orgullo, y abordó el vehículo.

Cuando él ingresó por el otro lado y cerró la puerta, el silencio dentro del coche se volvió denso, sofocante.

Samantha se pegó al cristal de la ventanilla, con el estómago revuelto.

Estaba acorralada y aterrorizada, pero mientras miraba el perfil impasible de Kylian a su lado, su voz interna resopló con amargura: Tienes setenta y dos horas, Samantha.

Setenta y dos horas para ver cómo carajos le salvas la vida a tu padre sin venderle tu alma a este monstruo.