Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 4
5%

CAPÍTULO 4

Serpentearon por aquellas calles que conocía de toda la vida hasta ingresar a la zona de restaurantes exclusivos, deteniéndose frente a uno al que jamás había ido.

No solía frecuentar lugares de ese estilo salvo cuando sus padres la obligaban.

Le irritaba la pose social y los platillos minúsculos servidos en vajillas extravagantes.

Bajó del vehículo recibiendo la ayuda del chofer, mostrándose sonriente por cortesía, pero cautelosa. En la entrada, la recepcionista la saludó con el típico gesto estudiado.

—¿Señorita Streoss? —preguntó. Ella asintió—. Por aquí, por favor.

La guio entre las mesas del primer nivel. El lugar estaba concurrido, dominado por acabados en madera y una iluminación cálida. A su padre le habría gustado el concepto. La mujer se detuvo al pie de las escaleras que conducían a la planta alta.

—Pase. La están esperando —indicó, examinándola discretamente.

Samantha agradeció con la cabeza y subió despacio, midiendo cada paso para no perder el equilibrio con los tacones. ¿Qué diría papá si supiera dónde estoy y con quién? , se preguntó, apartando de inmediato esa idea de la mente.

A medida que ganaba altura, la música de un violín comenzó a escucharse en el ambiente.

Al llegar al piso superior descubrió que el espacio estaba completamente reservado: no había más clientes, solo un par de meseros de etiqueta y dos hombres con porte de escoltas cerca de los ventanales.

Al fondo, una cascada artificial se deslizaba entre una pared tapizada de vegetación.

Aquel despliegue de poder la puso en guardia de inmediato.

La música cesó cuando él, que hasta ese momento le daba la espalda mientras revisaba unos documentos en su teléfono, se giró. Sus miradas chocaron en el acto. Una descarga helada recorrió la columna de Samantha.

—Buenas noches, Samantha —la saludó Kylian, poniéndose de pie con parsimonia y dejando una servilleta de tela sobre la mesa.

Ella se obligó a sostenerle la mirada y avanzar sin demostrar vacilación.

—¿Era necesario cerrar todo un piso para una cena? —inquirió al llegar a la mesa, omitiendo los formulismos.

—Valoro mucho la privacidad —justificó él, rodeando la mesa para mover la silla a su lado con impecable cortesía.

A Samantha solían exasperarle las atenciones excesivas, pero la naturalidad con la que Kylian ejecutaba cada movimiento le imponía respeto.

—Veo que disfrutas ejercer el control —soltó sin filtro, mientras se sentaba.

Kylian la observó desde su altura antes de acomodar la silla.

Aquella melena rubia rojiza caía sobre su espalda de forma suave, y los ojos azul profundo lo miraban sin el parpadeo asustadizo que esperaba encontrar.

La recordaba de la recepción en la residencia Streoss, pero el vestido negro que llevaba esa noche era abismalmente diferente; marcaba su figura con sensualidad y no solo elegancia.

Lo cierto es que para Kylian el despliegue del restaurante era una simple estrategia: las mujeres de ese círculo social solían ceder con mayor facilidad cuando se las rodeaba de opulencia. Supuso que Samantha no sería la excepción.

—Te equivocas en algo, Samantha. El control no se ejerce, simplemente se tiene o no —argumentó con frialdad, ubicándose frente a ella.

—Es algo dramático para una primera conversación, ¿no lo crees? —expuso ella, colocando la servilleta con suavidad sobre su regazo mientras el mesero les servía agua.

—Solo cuando el asunto lo requiere —repuso él, inclinando apenas la cabeza.

Samantha se mantuvo erguida. No estaba acostumbrada a alternar con hombres de ese calibre corporativo; Kylian no proyectaba la actitud de los jóvenes de su entorno, todo lo contrario, se parecía más un ejecutor que no daba un solo paso sin un cálculo previo.

—¿Y se puede saber qué asunto requiere semejante escenario? —preguntó, dándole un trago a su copa de agua; sentía la boca seca y no llevaba ahí ni cinco minutos.

Kylian la examinaba sin prisa. A sus ojos, la chica era hermosa sin duda, y lo suficientemente inteligente como para sostener un diálogo ambiguo, pero seguía siendo la hija de Londo Streoss, por ende, una pieza en su tablero.

Así que conseguir que aceptara el acuerdo tan solo debía requerir la presión adecuada en el momento preciso.

—Imagino que una mujer de tu posición está acostumbrada a que los hombres busquen impresionarte —comentó él, apoyando los antebrazos sobre la mesa.

—Te equivocas. Y si me citaste aquí para intentar cortejarme, pierdes tu tiempo —respondió ella sin rodeos—. Prefiero que me digas qué buscas de mí.

Kylian dibujó una sonrisa torcida, tomando su copa de vino sin apartar los ojos de los de ella. Le agradaba que intentara marcar el ritmo, aunque ambos supieran quién tenía las cartas ganadoras.

—Admiro la franqueza. Tampoco soy un hombre de rodeos —aseguró él, irguiéndose un poco. Su presencia física parecía llenar la mesa—. Pero antes de llegar al punto central, me gusta estar seguro de que mi interlocutor comprende el terreno que pisa.

Samantha se aclaró la garganta y reajustó la postura. Sabía que no podía mostrarse vulnerable ni dejarse intimidar por la imponencia de ese hombre.

—Por mí no te limites. Que todo este espectáculo cobre sentido —desafió, manteniendo la barbilla alzada.

Kylian probó un sorbo de vino, manteniendo esa expresión indescifrable que empezaba a ponerle los nervios de punta.

—Sabes quién soy —comenzó él con voz pausada—. Y también sabes que tu padre le debe a mi firma una cantidad de dinero considerable.

La confirmación explícita de lo que había escuchado tras la puerta del despacho la puso en guardia enseguida e hizo que el estómago de Samantha se contrajera. Aun así, se obligó a no pestañear para no entregarle su turbación.

—Sé que sostienes relaciones comerciales con Streoss Service —replicó ella, midiendo las palabras para no delatar el nivel de su conocimiento—. La naturaleza de ellas mi padre no las discute conmigo.

—Relaciones comerciales es un término bastante diplomático que prefiero no usar —corrigió Kylian sin inmutarse—. Hablando en términos reales: Londo me debe una suma que compromete la estabilidad de su patrimonio. Una suma que no tiene la capacidad de liquidar en el plazo pactado.

Su piel se heló, pero se obligó a esconder su temor.

—Si citaste a la hija del hombre con el que tienes un problema financiero, asumo que no es para explicarme los balances y estrategias —encaró ella, sosteniéndole la mirada con severidad sin tener la menor idea de cómo estaba consiguiendo responder a cada palabra—.

¿Qué es lo que quieres exactamente? —preguntó de forma directa.

Kylian se reclinó contra el respaldo, contemplándola con serenidad.

—Quiero proponer un acuerdo. Uno que evitará que la firma de tu padre enfrente un escándalo público y que a mí me otorgará las garantías que requiero.

Samantha entornó los ojos sintiendo cómo la aprensión se transformaba en una alerta a inminente peligro.

—¿Y qué clase de acuerdo involucra a alguien que no forma parte los responsables de la empresa?

—Uno bastante simple —sentenció Kylian con absoluta indolencia—. Pero podemos discutir las cláusulas ahora o después de que sirvan la cena.

Samantha apretó los dedos sobre el mantel, consiente de la amenaza que flotaba en el aire.

—Sirve la cena —respondió con voz firme.