Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Esas dos semanas no habían sido para nada las mejores.

Londo, su padre, gracias al cielo, se había librado de un ataque al corazón.

Su madre lucía años mayor y el ambiente en casa era irrespirable.

Camille estaba tenso, sus demás hermanos iban y venían casi todo el día con el rostro ensombrecido y ella se sentía ahogada, aunque se negaba rotundamente a montar un drama.

Se había dedicado a estar cerca de su papá, a cuidarlo y a cumplir con sus obligaciones. Camille y su madre habían estado discutiendo sobre si él debía asumir el control total de la empresa o no. Al final, Londo se opuso con terquedad y continuaba manejando asuntos desde la casa.

Era una locura.

¿Lo peor? Sabía bien que las cosas con ese tal Craig no iban bien y que su padre, debido a su salud, no tenía la cabeza para encontrar una solución.

Nunca le habían preocupado las finanzas familiares, pero recordar lo que escuchó tras la puerta del despacho la llenaba de aprensión.

Algo grave ocurría con la empresa y, aunque ella no entendiera de números ni de juntas directivas, el riesgo de un proceso penal la aterraba.

No. Su papá era incapaz de algo semejante.

Le dio con furia al costal de boxeo el viernes por la mañana, con tanta rabia contenida que su entrenador tuvo que frenarla.

—A casa, Sam. Suficiente —ordenó con firmeza.

La joven, sabiendo que no tenía sentido discutir, aceptó resignada. El hombre colocó una mano protectora sobre su hombro.

—Está bien descargar la frustración, pero no hacerte daño para evadir lo que sientes. Te veo el lunes.

Se duchó en aquel gimnasio viejo pero impecable, un poco más tranquila. Al salir notó una llamada perdida de un número desconocido. Pensó que podía ser el padre de alguno de los niños a los que entrenaba en fútbol, pero prefirió no responder de inmediato.

Ya en su auto, el timbre sonó a través del bluetooth.

Recargó la cabeza en el respaldo, agotada.

Tenía obligaciones pendientes: revisar las redes de BranLand , la agencia con la que colaboraba como freelance, avanzar en su curso de titulación, ir al entrenamiento de los niños y verse con Troy para cenar en un restaurante vegano.

Torció el gesto. No le gustaba esa comida, pero su novio era tan insistente que terminaba cediendo.

—¿Señorita Streoss? —escuchó del otro lado a una eficiente voz femenina al contestar.

Arqueó una ceja. Qué formalidad, pensó, deteniendo la botella de agua antes de beber.

—Tengo una llamada perdida de este número —dijo intrigada.

—Deme un momento, la comunico.

Un segundo después, otra voz reemplazó a la de la secretaria. Una voz profunda, firme, que reconoció al instante. Se erizó de inmediato y el corazón le dio un vuelco violento.

—Buenos días, Samantha.

Fue la primera vez que la nombraba directamente. Sus palmas sudaron mientras clavaba la mirada en la pantalla del tablero.

—Buenos días… —murmuró, intentando sonar serena. ¿De dónde había sacado su número privado? ¿Qué demonios quería de ella?—. ¿Kylian?

—Sí. Me alegra que me recuerdes —expresó él, pausado, implacable.

Samantha se apoyó contra el asiento, perdiendo la vista en el techo del vehículo.

Una oleada de paranoia la golpeó con fuerza justo en medio de su estómago.

¿Acaso aquella tarde la había visto espiando en el pasillo antes de chocar con él?

¿Saber su teléfono era una manera de demostrarle el control que tenía sobre su familia?

—Sí, bueno. Fui algo distraída el del evento —admitió buscando tantear el terreno.

—Podríamos hablar de ello en otro momento. ¿Qué tal en una cena? —propuso Kylian desde su oficina, mientras firmaba documentos sin perder el ritmo.

En la mente de Kylian, la jugada estaba clara.

La damita está cayendo, pensó con fría suficiencia.

Se ofendería cuando conociera los términos reales de la reunión, pero al final, como cualquier heredera acostumbrada a la protección de su estatus, terminaría cediendo para mantener su estilo de vida.

La élite funcionaba bajo las mismas reglas de conveniencia desde hacía siglos; a él solo le interesaba usar esa estructura a su favor.

—¿Cenar? —repitió desconcertada. ¿Una cita? ¿Para qué?

—Sí, hoy. Un auto pasaría por ti alrededor de las ocho —informó.

Samantha apretó los labios. Aún no le daba un sí y él ya daba por sentado el acuerdo.

—Tengo un compromiso —desafió molesta por su imposición.

—Estoy seguro de que se puede posponer.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—Porque sería la manera correcta de resarcir tu tropiezo de aquella tarde —argumentó él con simpleza.

Samantha bajó la ventanilla del auto. El aire frío de abril en Boston le enfrió las mejillas.

Su mente ya trabajaba a mil por hora. ¿Por qué la buscaba a ella y no a Camille?

¿Acaso pretendía sacarle información sobre su padre utilizando su posición e intentaría seducirla?

¿O era solo un tipo arrogante acostumbrado a tener a cualquier mujer a sus pies?

La duda la carcomía. Sabía que ir era un riesgo, pero quedarse con la incógnita era peor.

—¿Cómo conseguiste mi teléfono? —inquirió.

—¿Aceptas?

—No respondiste a mi pregunta.

—A las ocho, Samantha. ¿Qué dices?

—Bien. Dime dónde y yo llegaré por mi cuenta.

—El auto estará afuera de tu casa esperándote —sentenció él, ignorando su objeción—. Nos vemos en la noche —dijo concluyendo la llamada. La joven bufó extraviada. ¿Qué estaba ocurriendo?

Frente a su amplio guardarropa, Samantha descartó cualquier prenda informal. No sabía qué pretendía Kylian Craig al citarla, pero no pensaba aparecer vulnerable ni parecer la niña rica e indefensa que él probablemente imaginaba. Necesitaba proyectar seguridad y temple.

Seleccionó un vestido strapless negro, de corte recto y tejido con encaje. Se duchó, secó su cabello lacio dejándolo caer con firmeza sobre la espalda, delineó sus ojos con trazo fino y pintó sus labios con un tono sobrio.

Poco antes de las ocho, bajó las escaleras.

Su padre, que leía en la sala con una manta sobre las piernas, entornó los ojos. No recordaba haberla visto así… nunca. No iba como a las fiestas, tampoco como cuando salía con su insulso novio o sus amigotes.

—¿A dónde va mi huracán? ¿Eh? —curioseó, dejando el libro de lado.

Sam se detuvo en seco. No sabía que estaba ahí.

Le sonrió fingiendo un desenfado que le costó sostener y se acercó como siempre.

Lo quería tanto que el pecho aún le dolía por el susto de hacía casi dos semanas.

Verlo tan frágil la hizo tragar saliva; si su padre sospechaba siquiera que el hombre con el que estaba teniendo problemas tan serios en los negocios la había buscado, la presión se le iría al cielo. Se sentó a su lado.

—Me invitaron a salir… —dijo mostrando su dentadura, forzando la frescura.

—Ese novio tuyo logró que sacaras ese vestido. No creo —refunfuñó escrutándola.

Su hija rodó los ojos. Ya sabía que a su padre Troy no le caía bien, pero les agradaba que fuese tan…

manejable, quizá esa era la palabra. Se regañó enseguida: «¡Eh, es tu novio!

». Y estaba por salir a cenar con un desconocido imponente que la ponía nerviosa por razones que no lograba aun descifrar.

Perdida en sus cavilaciones no escuchó el timbre y por supuesto no notó cómo la estudiaba Londo con agudizada curiosidad.

—Creo que ya llegaron por usted, señorita Streoss —musitó su papá, intrigado. Era raro verla así: distraída, ausente.

Samantha pestañeó, le sonrió como solo ella sabía y le dio un beso en la mejilla, sintiendo la fragilidad de su piel.

—Ser chismoso es feo, pa, o eso dice mamá. Es solo una salida —susurró y se alejó de prisa, escuchando a sus espaldas la risa ligera de su padre.

Un chofer la aguardaba y, con ademanes impecables, le abrió la puerta del Rolls-Royce gris.

Se subió nerviosa, con mil preguntas agolpándose en su cabeza.

Adentro la envolvió el aroma masculino, a cuero.

Estaba acostumbrada a los lujos, pero eso iba más allá.

Ese hombre emanaba un poder que la intimidaba.

Respiró hondo. Hizo nota mental de decirle a Keira que su consejo de la respiración era una mierda; en ella definitivamente no estaba funcionando.