CAPÍTULO 2
¡Mierda! El hombre al que había estado espiando minutos atrás la sostenía sin inmutarse. No había sido la única en mirarlo esa noche; varias mujeres más lo hicieron. Ella solo fue la más discreta.
Samantha siempre tenía algo que decir. Esa vez, no. Él sonrió de forma torcida, escrutándola bajo sus cejas castañas bien pobladas y la boca carnosa, ladeando un poco la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó al notar que no respondía, sin soltarla.
Ella, pestañeando al comprender su torpeza, asintió intentando sonreír, avergonzada.
—Sí, disculpa, no te vi —murmuró con las mejillas encendidas.
El hombre asintió, sereno, incluso accesible. Le sonrió con timidez. Qué guapo era, pensó torpemente.
—Son cosas que pasan —le restó importancia con una voz profunda y embriagadora, observándola con atención sin liberar su brazo.
A Sam le gustó el gesto. Ese sujeto transmitía una fuerza contenida, firme. Dios, en qué estaba pensando.
—Sí, supongo —concedió, sintiéndose ridículamente tonta, algo a lo que no estaba habituada.
El hombre, que había detenido la mirada en sus labios, alzó la cabeza de pronto y la soltó, tornándose serio, glacial. Samantha sintió una mano familiar sobre su hombro y giró.
—Craig, espero que lo estés pasando bien —intervino Camille, perspicaz.
El corazón de Samantha se detuvo. Él era el tal Craig. ¡Madre de Dios! Lo miró con una mezcla de recelo e intriga. El hombre alzó una ceja al notar su cambio de actitud y asintió hacia su hermano con una frialdad que le erizó la piel.
—Ya me marchaba, Camille, tengo otro compromiso. Gracias, todo estuvo a la altura.
—Lo entiendo —respondió su hermano, captando la tensión.
Sonrió con cortesía formal, consciente de que con ese hombre no podía permitirse descuido alguno—.
Lo lamento, no los presenté: ella es mi hermana, Samantha Streoss.
Samy, Kylian Craig —añadió Camille, pronunciando ese nombre que ella escucharía en el futuro mucho más de lo que jamás imaginó, dejándola helada; era el hombre del que hablaban Camille y su padre en el despacho.
Samantha le tendió la mano, tensa.
—Un gusto, Kylian, y de nuevo te ofrezco una disculpa —susurró nerviosa.
El hombre tomó su mano, cortés, notando su cambio de actitud.
En cambio, ella casi suspiró por el contacto: era una mano grande y cálida. Le dio un leve apretón y no pudo evitar buscar sus ojos. Dios, ¿qué le ocurría? Se preguntó Samantha.
—No son necesarias, señorita Streoss —replicó serio, estudiando a ambos hermanos.
Un segundo después Camille lo acompañó a la salida. Samantha, con el corazón martilleándole en el pecho, olvidó su plan inicial de escabullirse al jardín y subió los escalones de dos en dos, no sin antes quitarse los tacones sin ningún decoro.
Al llegar a su habitación, corrió a la ventana. Un Aston Martin gris se alejaba. Lo observó absorta. Ese hombre la había impresionado; poseía una mezcla extraña que mantenía su pulso acelerado, pero también amedrentado, más aún por lo que acababa de saber.
Desconcertada, se bajó la cremallera del vestido y, en ropa interior, se dejó caer sobre la cama mirando techo.
Desde hacía unos meses se había mudado de nuevo a la casa de sus padres después de haber pasado toda la universidad en un apartamento cerca del campus.
Pronto viajaría al extranjero y quería pasar tiempo con ellos antes de que su vida cambiara tanto.
Dejó salir un suspiro pesado.
Le era imposible sacar de su cabeza que su papá estaba metido en un lío enorme y ese lío tenía el rostro de Kylian Craig. Nunca había sido una chica dada a preocuparse, pero en ese momento el pecho le dolía de pura angustia. Saberse incapaz de intervenir la ahogaba.
Gruñó frustrada. Necesitaba quemar ese pánico antes de que la volviera loca.
Tenía demasiado encima: la titulación, la beca de animación en Inglaterra para septiembre, que había ganado por su cuenta sin aceptar el dinero de su padre, sus entrenamientos de boxeo de los cuáles nadie de su familia estaba enterado, y el equipo infantil de fútbol.
Todo eso sin contar a Troy, su novio, un chico nada emocionante que manejaba con un dedo y que la seguía en todas sus ocurrencias.
Buscando escapar de la sofocación que sentía en esa casa, se puso unas mallas oscuras, la camiseta de su equipo, se desmaquilló a toda prisa y se sujetó el cabello en un moño alto.
Se escabulló por la puerta trasera; necesitaba que el cansancio físico le borrara lo que había escuchado en ese maldito pasillo.
Aparcó en el subterráneo de la torre ejecutiva en el centro de la ciudad. Kylian estaba molesto. Muy molesto. Streoss le estaba viendo la maldita cara y eso era algo inadmisible.
No había visto un solo balance del dinero que les había dado.
El plazo había sido corto y Streoss Service debía ser suya; la necesitaba para la expansión que tenía planeada.
Lo peor era el rastro de fraude que su propio personal había detectado en el interior, y todo apuntaba a Londo Streoss.
Le costaba creerlo, pero si el hombre terminaba en prisión, tampoco iba a impedirlo. Tenía un mes. No más.
El celular sonó cuando estaba a punto de entrar a al despacho de su penthouse . Tenía una cena de gala esa noche y apenas le quedaba tiempo para revisar asuntos pendientes. Era su padre.
—¡Es la tercera llamada! Creí que no me responderías.
—Estaba en un cóctel. ¿Cómo va todo? —preguntó con tono neutro. Con su familia intentaba ser paciente.
—Bien, bien. El sol de la isla me ha sentado de maravilla —dijo el hombre mayor.
Kylian se detuvo con la perilla de la puerta en la mano, arrugando la frente.
—¿Qué tan bien? —preguntó tenso.
Su padre rio.
—Creo que ahora sí di con la indicada.
Kylian cerró los ojos, conteniendo el exabrupto. Era la quinta mujer en un año. Desde que su madre murió, su padre acumulaba tres matrimonios costosos disueltos en tribunales.
—Dame su nombre —exigió entrando.
—¿Para que la investigues? No, hijo. Sé que es la ideal.
—Dámelo o lo conseguiré de todas maneras.
—Kylian, basta, es mi vida.
—Y tu dinero, que vas a terminar sin nada si sigues así. Su nombre.
—No —lo desafió el hombre.
Kylian gruñó. Su padre resopló al otro lado de la línea.
—Yo por lo menos me arriesgo. Tú no tienes novia, ni mujer, ni nada… Tienes casi treinta años. Quiero una nuera y quiero nietos.
—Aún no doy con la mujer indicada y no tengo tiempo para buscarla.
—Pues yo sí.
—Para con esto, de verdad. A Kasha no le hace bien verte ir de mujer en mujer.
—Tu hermana es una adulta y, a pesar de lo que sufrió, no pierde la esperanza. Deberías aprenderle algo —replicó su padre—. Te propongo un trato. Si te comprometes en serio, sientas cabeza y me das un nieto, prometo contenerme tal como deseas.
Kylian apretó el teléfono, en silencio.
Horas después, en medio de la cena de gala, Kylian entendió qué necesitaba hacer.
Recordó a la chica de ojos azules con la que había chocado en el pasillo: la forma en que Camille se tensó al verla cerca de él y la sobreprotección casi instintiva con la que la trataban.
Samantha Streoss era el tesoro de esa familia.
Un matrimonio con ella satisfaría el ultimátum de su padre y, al mismo tiempo, le daría la palanca de chantaje perfecta: Londo jamás arriesgaría la reputación de su única hija en un juicio público por fraude.
Tenía a la víctima perfecta para entrar a la empresa sin disparar suspicacias.