Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1)
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CAPÍTULO 1
Lo vio antes de que él la viera a ella, y eso ya bastó para ponerla en desventaja. Tenía una mirada firme, una barba incipiente perfectamente contorneada, la boca delineada y una postura cargada de una seguridad innegable.
Dios.
Apartó la vista. No era que la mirara fijamente, en realidad hablaba con uno de los invitados, pero la intimidaba. Desde que lo vio minutos atrás, no había podido evitar clavar su atención en él; era imponente.
Sacudió la cabeza. Samantha no solía reaccionar así.
El sexo opuesto no acostumbraba a ser su atracción principal; en realidad casi siempre eran sus rivales o sus compañeros de juego, pero jamás le había ocurrido que alguien la desestabilizara con el simple gesto de derramar su atención sobre el lugar.
Él, en cambio, sí podía catalogarse como un hombre con todas sus letras.
¿Lo peor? Ese espécimen ni siquiera había reparado en su presencia y, aunque ella no buscaba que la notaran, hubiese querido, al menos, una mirada.
Negó con la cabeza, regañándose. Samantha, concéntrate , se dijo. Gruñó jalando el vestido, acomodándoselo, porque había algo más molesto que reclamaba su atención: el modelito que llevaba puesto. Esos mentados vestidos de cóctel eran un martirio total.
La mano de su madre sobre su hombro interrumpió la pelea con aquel pedazo de tela.
Era la comida anual de Streoss Service, la empresa de la que su padre era el accionista mayoritario y la que les había dado una vida de lujos; la misma en la que todos insistían que encajara, aunque ella no lo lograra del todo.
—Samantha, ¿no es verdad que Aspen estuvo delicioso este año? —comenzó su madre, Madelene, haciendo lo posible para que dejara de removerse bajo la prenda que había escogido para ella.
La joven contuvo un resoplido. Tenía un entrenamiento al que estaba faltando gracias a esas reuniones de «clase» para demostrar quién viajaba más o quién compraba mejor.
Sonrió asintiendo con dulzura, porque también sabía serlo, y con esa sonrisa solía conseguir en casa casi todo lo que quería sin hacer demasiado esfuerzo.
Las mujeres que estaban ahí la observaban.
Un par de chicas de su edad lo hacían con malicia maquillada: la conocían de niña y sabían que ese tipo de eventos no eran lo suyo.
Sin embargo, ya no se atrevían a encararla; Samantha Streoss tenía fama de poseer un carácter incisivo cuando la provocaban y ninguna deseaba acabar en su lista negra.
Las mayores le sonreían con agrado, admirando esa belleza clásica que había heredado de Madelene.
—Fue maravilloso, el clima justo… —respondió con voz suave, ocultando que se la pasó esquiando a máxima velocidad y compitiendo con cualquiera que se le cruzara en la montaña.
Madelene soltó el aire, satisfecha. No es que su hija la metiera en apuros constantemente, pero siendo la única mujer y la menor de seis hermanos, las repercusiones de la sobreprotección familiar siempre habían sido evidentes.
La joven le dio un trago a su copa de champaña que le sabía demasiado astringente. Después de un rato, volvió a buscar con la mirada a aquel desconocido. Estiró el cuello lo más discretamente que pudo, pero nada: había desaparecido.
Chasqueó la lengua y se dirigió a la barra. Moría por algo sencillo y sustancioso, pero ahí solo había bocadillos extravagantes y diminutos.
—Ey, es raro verte tan quieta.
Conocía esa voz de toda la vida. Era Adrien, el tercero de sus hermanos, un ingeniero de veintiocho años adicto a su trabajo con quien mejor se llevaba. Alzó una ceja y se abstuvo de hacerle un gesto inadecuado; su madre andaba cerca y no quería iniciar un drama.
—Si me pongo a bailar hip hop , creo que seré la responsable de varios ataques cardíacos aquí. Hoy no tengo ganas —bromeó con su cinismo habitual.
Adrien rio negando y le robó uno de los panecillos del plato. Ella le dio un manotazo inútil, pues el bocadillo ya estaba en la boca de su hermano.
—Te aprovechas porque no puedo armar una escena —murmuró Samantha, inspeccionando el lugar en busca de una venganza rápida. Sus ojos azules brillaron al detectar a su víctima. Alzó la mano con una cortesía tan exagerada que Adrien se puso rígido de inmediato—. ¡Chantal!
Al ver quién se acercaba, Adrien estuvo a punto de cubrirse el rostro.
—Hola… Hace tiempo que no te veía, Adrien —saludó una joven de su edad, acercándose con una devoción evidente hacia su hermano.
—Es justo lo que me decía —mintió Samantha con elegancia, dándole un golpecito en el brazo a Adrien—. Los dejo solos, seguro tienen mucho de qué hablar. Adrien decía algo sobre invitarte a bailar, ¿verdad, hermano? Yo iré por más comida. Qué gusto verte, Chantal.
Se alejó a paso tranquilo, dejando a Adrien atrapado en la conversación mientras caminaba ondeando su cabello rubio rojizo hasta la cintura mientras robaba las miradas de algunos hombres presentes.
Adrien sonrió resignado, eso siempre ocurría, y nadie se acercaría estando él y sus hermanos allí, eso lo sabía bien, ella también así que lo usaba a su favor.
Después de su pequeña venganza, cansada de las sonrisas fingidas y del murmullo de los invitados, Samantha decidió escabullirse hacia la casa principal. Entró por uno de los laterales del jardín, sintiéndose triunfante por haber evitado la vigilancia de su familia.
Buscaba el pasillo que conducía al despacho de su padre, un lugar tranquilo donde esperar a que la fiesta terminara. Sin embargo, al acercarse a la puerta de roble que permanecía entreabierta, el sonido de unas voces tensas la hizo detenerse en seco.
Su padre y Camille, su hermano mayor, discutían en voz baja pero acalorada.
—Papá, no me interesa la forma. —La voz de Camille no subió, pero llenó el despacho igual—. Le debes dinero a un hombre que no perdona errores y le montas una fiesta como si aquí no pasara nada.
—Es cuestión de estrategia. Si muestro debilidad, Craig va a creer que escondo algo.
—¿Y no es así?
—En los negocios la pantalla lo es todo. Si le muestro debilidad, Kylian pensará que estoy jugando sucio.
—Papá, si esto escala, vas a tener que ceder parte de tus acciones o perderás el control. Y eso sin contar con que presente cargos por fraude.
—¡Basta! No va a suceder. Kylian sabe que la empresa lo resolverá, que estamos en ello. No debe enterarse de lo que en realidad ocurre aquí adentro; nosotros debemos descubrirlo primero.
—Llevamos semanas buscando y el responsable no ha dejado una sola huella. Estamos en un callejón sin salida —insistió Camille, golpeando suavemente la mesa del despacho.
Samantha, conteniendo el aliento tras el marco de la puerta, sintió que la sangre se le helaba.
—Daremos con él —sentenció Londo—. Craig no debe sospechar nada semejante.
—Te lo advertí, ya no es como hace unos años. Arriesgaste demasiado. Debimos cerciorarnos antes de mover ese capital.
—No se te olvide, Camille, esta sigue siendo mi compañía. Ya veré la manera. Siempre lo he hecho. Levanté esto de las cenizas que dejó tu abuelo —dijo su padre con esa pasión rígida que lo caracterizaba.
—En algo te equivocas, papá. Kylian no va a esperar a que encuentres la manera. Va a actuar.
—Es un hombre de negocios, educado y respetable.
—Lo sé, pero si tiene la posición que tiene no es por ser noble… Es implacable.
—Pues entonces se parecen —replicó Londo con voz más calmada—. Es el aniversario de la compañía, hijo. No quiero seguir con esto hoy.
Samantha escuchó el movimiento de las sillas y el paso pesado de su padre alejándose hacia la puerta posterior del despacho. Sus palmas sudaban. ¿Fraude? ¿Prisión? ¿Alguien estaba destruyendo la empresa de su padre desde adentro?
Un nudo opresivo se le instaló en el pecho. Invadida por el pánico de ser descubierta, dio la media vuelta a toda prisa para regresar al corredor.
Apenas giró la esquina del pasillo, chocó de lleno contra un torso firme y amplio que olía a colonia cara y a aftershave . Samantha jadeó al perder el equilibrio, a punto de caer, pero unos dedos de acero la sujetaron con firmeza por los brazos, sosteniéndola en el aire sin esfuerzo.
Abrió los ojos de par en par.
Frente a ella, a escasos centímetros de su rostro y mirándola desde su imponente altura con una frialdad indescifrable, estaba el hombre de la barba perfilada que había capturado su atención en el jardín.