Al límite del desastre (Hermanos Streoss 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Se conocían desde hacía años: la misma secundaria, el mismo bachillerato, la misma carrera en la misma universidad: la BU.

Los padres de Keira eran dueños de varias agencias automotrices; un par de personas inestables, al igual que su hermano mayor, João.

Todos provenían de Brasil, pero habían crecido en Boston, pues cuando su padre era joven heredó la mayor parte del patrimonio familiar.

Eso generó un conflicto de intereses entre los hermanos y el hombre decidió empezar de cero en otro país.

Como ya contaba con inversiones en Estados Unidos, la mudanza fue la decisión correcta y logró incrementar sus arcas en poco tiempo, convirtiéndose en uno de los empresarios más importantes de su sector.

—Unos diseños —mintió Samantha, bajando la mirada.

Jamás le ocultaba nada a su amiga, pero presentía que si hablaba, la situación se saldría de control y se arrepentiría. Kylian había sido jodidamente claro respecto a la confidencialidad.

Keira la evaluó en silencio, torció los labios y soltó un suspiro.

—Mentira.

Sam no alzó el rostro. Sabía que sus mejillas la delatarían con un rubor encendido; por eso evitaba mentirle a ella en especial, mientras que en casa las excusas le salían con naturalidad para poder organizar su vida sin dar explicaciones, total sabía que estaba de paso.

—Terminaré con Troy hoy —soltó, entregando una verdad a cambio. Keira rio y volvió a beber de su vaso—. ¿Qué? —la interrogó alzando la cabeza y arrugando la frente.

Su amiga se cruzó de piernas y echó la cabeza hacia atrás para que su melena rizada se meciera con la brisa. Era guapísima; cualquiera la juzgaría como una mujer vibrante y aguerrida, aunque en realidad ocultaba mucho de sí misma bajo esa fachada.

—Ya te habías tardado, S —respondió con ligereza.

La pelirroja resopló. Le resultaba irritante el poco crédito que todos a su alrededor le daban a su relación.

—Es inteligente, de convicciones… —argumentó, buscando defender a su novio.

—Y aburridísimo. Dramático —interrumpió Keira—.

No tengo nada en contra de sus múltiples posturas, pero resultan agotadoras cuando pretende convencer a todo el mundo de asumirlas, para después ceder ante cualquier capricho tuyo.

S, necesitas a alguien más feroz, alguien a quien no manejes con un dedo, que te dé pelea. Me entiendes, ¿no?

—¿Como tú y Luke? No, gracias —determinó Samantha.

Su amiga estaba atrapada en una relación donde discutir era la rutina diaria: él buscaba someterla y ella, por miedo a quedarse sola, cedía hasta que el conflicto se tornaba agresivo.

A Sam le repugnaba esa dinámica: ver a Keira llegar a su casa hecha un mar de lágrimas, tener que recogerla en algún lugar en medio de una crisis de nervios y consolarla hasta el amanecer, solo para que a la mañana siguiente volviera con él tras una llamada o un ramo de flores.

—Tú no eres tan estúpida como yo y lo sabes —admitió Keira—. Solo creo que él es un buen chico, pero demasiado blando para ti.

—¿Entonces debo estar al lado de alguien que busque imponerme su voluntad?

Jamás —replicó con firmeza—. Quiero a alguien que me escuche, que me respete y que me sepa capaz de valerme por mí misma.

Alguien que esté conmigo porque le hago sentir cosas buenas, que saque la mejor parte de mí y yo la suya. Eso es lo que quiero.

—Tampoco es que Troy logre todo eso, y lo sabes.

—Sí, lo sé.

—Escucha, S, tú buscas a alguien como Londo o como se comportan tus hermanos contigo, pero los idealizas. Las cosas no son así tras bambalinas. Dudo mucho que Camille, por ejemplo, sea un dulce de leche con la mujer que elija por esposa.

—Camille es difícil y arrogante, pero es un buen hombre. A veces demasiado, por eso se protege tanto.

—Es una patada en el trasero, pero entiendes mi punto, ¿no?

—Sí. Tampoco busco a un hombre pusilánime; no soy una domadora. Solo a alguien… —Sam hizo una pausa, frustrada—. Alguien decidido, con posturas claras, pero que respete las de los demás. Alguien que sepa lo que quiere y vaya por ello sin dudar…

Muchas de esas palabras la remitían directamente a la imagen de Kylian. Maldita sea.

Por la tarde, durante el entrenamiento de los niños, estuvo ausente. Mientras los observaba correr por la cancha, contempló por enésima vez la posibilidad de buscar a Camille para preguntarle directamente sobre Kylian Craig, pero sabía que eso desataría una tormenta prematura.

Hizo sonar el silbato, sudorosa e irritada.

El plazo de las setenta y dos horas estaba por vencer y no encontraba una vía de escape.

La sola idea de ver a su padre en prisión o atravesando un juicio penal con su salud cardíaca tan delicada la hacía temblar.

No le preocupaba la pérdida del estatus ni el destino de sus hermanos; ellos eran adultos que trabajaban y tenían sus vidas resueltas, al igual que ella estaba a punto de graduarse.

Era la supervivencia de sus padres lo que la mantenía contra las cuerdas.

Durante el fin de semana había investigado sobre Kylian en internet.

Descubrió a un hombre sumamente reservado, arquitecto de renombre internacional, propietario de cadenas de hoteles de gran turismo diseñados por él mismo y de complejos comerciales de lujo.

Su despacho era una referencia global en la construcción y el diseño.

Por esa razón había invertido en la división hotelera de Streoss Service.

La reputación y la confiabilidad eran el activo más valioso de la empresa de su padre; si Craig presentaba una demanda por fraude, la marca se hundiría en cuestión de horas.

Llegó a casa agotada y con el estómago revuelto por la ansiedad. Todo estaba en silencio. Había quedado de verse con Troy esa noche para cenar y hablar de la ruptura; no podía posponerlo más.

Le urgía una ducha, pero al notar el Jaguar de Camille estacionado afuera, caminó hacia el despacho. Siempre que su hermano estaba ahí, ella pasaba a saludarlo, bromeaban y terminaban cenando juntos. Camille era un hermano muy protector y tan serio que sacarle una sonrisa era un triunfo.

Le dio igual andar en ropa deportiva y despeinada; a sus hermanos no les importaba verla con tierra en las mallas tras los entrenamientos, a diferencia de su madre. Sin embargo, al aproximarse a la puerta entreabierta del estudio, el nombre de Kylian resonó en el aire.

Samantha se congeló, apretando los puños.

—Papá, debemos investigar, por favor. Es un fraude y lo sabes —decía Camille con la voz baja, tensa.

—Nadie de mi mesa ejecutiva daría un paso así sin medir las consecuencias, Camille —respondió Londo, apretando los puños sobre el escritorio con un temblor imperceptible—.

No voy a desatar una cacería entre mis hombres de confianza.

¿Sabes el caos que generará eso? ¿La suspicacia?

Streoss Service se sostiene de la reputación; si el mercado olfatea que investigamos a nuestra propia gente, nos estaremos poniendo la soga al cuello antes de abrir la bolsa. No.

—Kylian no te va a esperar —insistió su hermano, dando un paso al frente, implacable—.

Ya debería estar viendo el retorno de su inversión.

La única manera de frenar una demanda por desfalco es encontrar al culpable, y tengo los medios para hacerlo de forma discreta.

Pero es cuestión de días para que te exija los balances finales. Ya sobrepasaste el plazo.

—He intentado hablar con él, pero no toma la llamada —admitió Londo, apretando los dientes—.

Sé perfectamente cómo piensa Craig, Camille.

Si voy a buscarlo con las manos vacías o admitiendo que nos robaron, no me va a dar veinticuatro horas: va a ejecutar las garantías enseguida.

Necesito tiempo para armar una contrapropuesta de liquidez antes de sentarme con él.

—¡No hay tiempo, papá! —reclamó su hijo—. Las auditorías preliminares seguro que ya están sobre su mesa y no vas a ganar un solo minuto con diplomacia. Se llevaron el dinero y, si no encontramos quién y cómo lo hizo, tú serás el único que saldrá a dar la cara ante un juez.

—¡Si desato una cacería interna sin tener esa contrapropuesta, le entrego en bandeja de plata la prueba de que el dinero desapareció bajo mi firma! —sentenció su padre, con la voz ahogado.

—Lo siento, pero no estás midiendo la velocidad con la que se mueve —contradijo Camille, bajando el tono, clavándole la mirada.

Samantha jamás visto a su padre y hermano enfrentarse de esa manera, eso la alteró aún más, si es que era posible—.

Te lo ruego, déjame a mí rastrear los accesos.

Tengo las herramientas para revisar los movimientos sin levantar sospechas en la junta.

Kylian no ha estado ocupado ni de viaje; simplemente se niega a responderte porque ya te tiene acorralado.

Un silencio pesado y asfixiante se instaló en el estudio.

Tras el marco de la puerta, Samantha tenía el pulso acelerado hasta el grado de retumbarle en los oídos.

Se llevó una mano al pecho, un sudor frío le recorría la nuca y el aire le faltaba.

Quiso dar un paso hacia adentro, intervenir, pero se quedó paralizada.

—¿De verdad crees que ya lo sepa? —murmuró Londo perdiendo por completo la postura erguida y segura. Camille soltó el aire que contenía y se dejó caer en una de las sillas.

—Claro, papá, Kylian no se anda por las ramas. Dime, ¿tú qué harías en su lugar?

—Carajo… —Londo soltó un golpe contra la mesa y se llevó la mano al rostro—. Hijo, me tendieron una trampa. Me robaron en la cara usando mi propio nombre, y que sea alguien de adentro me deja con las manos atadas. Si esto se sabe, lo perdemos todo.

—Lo sé.

—Si me diera un poco más de tiempo… Si pudiera conseguir un respaldo de capital…

Camille recargó los codos en las rodillas, mirándolo preocupado.

—Sabes que si le pides tiempo te va a destruir. En el acuerdo que firmaron no hay espacio para retrasos. Tú ya incumpliste tu parte y Craig no va a arriesgar su propio patrimonio por tenerte piedad. Lo sabes.

Samantha vio por la rendija el suspiro pesado y roto que expulsaba su padre. Cerró los ojos con fuerza mientras una punzada de pánico le atenazaba el estómago.

—Papá, siempre te he admirado en los negocios.

Te respeto como a nadie —concluyó Camille con severidad teñida de amargura, poniéndose de pie y colocó ambas manos sobre el escritorio, decidido—, pero voy a averiguar la verdad por mi cuenta.

Tengo la forma de rastrear la brecha digital sin encender las alarmas de los ejecutivos.

No voy a permitir que te hundas ni que pises prisión por la traición de otro.

—Si él descubre que estamos buscando a ciegas, nos va a demandar mañana mismo —susurró Londo.

—Ya veremos.

Samantha no esperó un segundo más. Se giró sobre sus talones y corrió en silencio hacia la salida, con los músculos tensos y el corazón desbocado.

Al cruzar el umbral hacia el jardín, sacó el teléfono con los dedos temblorosos.

La ilusión de que sus hermanos o su padre podían resolverlo se había evaporado de golpe.

Estaban acorralados, y la única moneda de cambio que le quedaba a la familia para ganar tiempo era ella.

Presionó el botón de llamada. Al segundo timbre, la voz glacial de Kylian respondió del otro lado.