El Príncipe de la Luz de Luna #3
Aquel era, pues, el hombre que la había traicionado. El hombre que la había convertido en cautiva. Y, sin embargo, la alegría desnuda y el anhelo de su rostro parecían reales.
—Sade… —El príncipe se puso en pie. Se le veía inseguro sobre las piernas y, aun así, lo iluminaba un resplandor que venía de dentro—. Sade, ¿cómo escapaste? Caminé semanas enteras para encontrarte, pero nunca pensé que volvería a verte.
Sade buscó su ira para echarle el lazo a las emociones que la desbordaban.
—Tú me hiciste esto, ¿verdad? —exigió ella—. ¡Traicionaste tu palabra a Laire, rompiste tus promesas conmigo y me maldijiste con este vínculo de almas! ¡Fuiste tú!
El príncipe parecía conmocionado y confuso.
—Yo jamás te habría enviado lejos. Nunca con ellos. Nunca.
Sade parpadeó. Los elfos solo podían decir la verdad, pero demasiadas cosas podían volverse verdad, y ninguna lo era lo bastante. El cuchillo estaba caliente y vivo en su mano. Con el viento cantando dentro de ella, sería fácil matar a aquel hombre hermoso.
A sus espaldas, de vuelta en la plataforma, percibió vagamente que Haytham y Meldigur luchaban. Por el rabillo del ojo vio el destello de sus hojas bajo la luz feérica mientras se lanzaban tajos el uno contra el otro.
—Pero has vuelto —dijo el príncipe, a su lado—. Los Dioses deben de haber decidido que ya me han castigado bastante. Por favor, Sade, ¡déjame verte la cara!
Alargó la mano hacia la máscara.
Sade hizo restallar la hoja ante sí y le abrió un tajo en la palma. De la herida brotó una línea roja. El placer cantó por el brazo que sostenía la hoja del corazón.
—¡Sade! —gritó Aranion—. ¿Qué estás haciendo?
Sade cayó en el primer paso de la danza del viento. Sostuvo ante sí la hoja del corazón manchada de sangre.
Si al menos pudiera escapar. No quería matar a aquel hombre: ahora lo sabía, de golpe y con claridad.
Pero la hoja quería sangre. Y la danza ya estaba dentro de ella, mezclándose con el encantamiento que la princesa hubiera puesto en aquella arma.
—¡No te acerques! —gritó Sade—. ¡Te mataré!
Las imágenes se le atropellaron en la mente. Carruajes sin caballos. Su hermano, Charles. Un claro del bosque, los dedos de Aranion rozándole la espalda, lo acertado de aquel contacto, el calor de su unión y los momentos de ternura que vinieron después.
¡Aranion le había salvado la vida!
Los recuerdos eran fragmentos de cristal que caían hacia dentro. Desgarraron el hechizo del olvido, y Sade gritó, sangrando, de recuerdo y de dolor.
Aun así, su cuerpo seguía bailando. El viento y la hoja lo movían, incluso contra su voluntad.
Y Aranion, el muy necio, corría hacia ella como si se pudiera negociar con la tormenta.
Sade ya lloraba. La visión se le nublaba tras los diminutos orificios de la máscara y no podía respirar. Pero el viento estaba dentro de ella, así que, cuando Aranion se acercó lo bastante para tocarla, ella se apartó de su alcance.
—No quiero hacerte daño —dijo Sade. Y, por ser verdad, aquello significaba algo. Hacerle daño a él era hacérselo a sí misma, y el dolor del vínculo —el dolor que Sade había sentido todo aquel tiempo— había sido el dolor de su separación.
Laire lo sabía y se lo había guardado para sí. Pero había sido Laire quien se llevó a Sade. Laire, la que le arrancó los recuerdos y la adiestró para servir a todos los caprichos de la princesa.
A Sade se le subió la bilis a la garganta.
Desesperada, intentó abrir la mano y soltar el cuchillo, pero ya formaba parte de ella. Vio, con una sensación de inevitabilidad, que la empuñadura se había fusionado con la carne de la palma. Ahora era el cuchillo el que la usaba a ella como su arma.
Y, si Aranion seguía avanzando hacia ella, el cuchillo usaría a Sade como instrumento para arrebatarle la vida a su alma gemela.
La danza recorría a Sade, cada vez más rápida. Los guardias venían hacia ella. Bien, ¡por fin! Tal vez pudieran detenerla, porque ella, desde luego, no podía.
Pero Aranion —el necio enamorado— gritó:
—¡Atrás! ¡No la toquéis!
Los guardias se detuvieron y luego, con cautela, ocuparon sus puestos en un semicírculo poco cerrado alrededor de la pareja.
—No puedo detenerlo —le dijo Sade—. ¡Tienes que huir!
A Sade solo le quedaban tres pasos para que el cuchillo terminara su trabajo, y Aranion no hacía nada por defenderse. Nada por escapar. Seguía de pie ante ella, frente al hueco entre las ramas, y abrió los brazos.
—No volveré a vivir separado de ti —dijo.
Lo odiaba. Lo amaba.
Aquellos eran los últimos pasos de la danza. Sade atrajo el viento hacia sí para el golpe final.
«Eres su mayor debilidad», susurró el viento.
Esa fue su respuesta.
En el silencio que siguió a la declaración del viento, Sade echó a correr.
Pasó corriendo junto al príncipe. Y, aunque el cuchillo le retorció el brazo hacia él y la hizo girar hacia atrás, el impulso bastó para llevar a Sade más allá del borde.
El cuchillo, todavía ávido de su objetivo, se le arrancó de la mano y se llevó consigo una tira de carne, pero, sin un cuerpo que alimentara su voluntad, cayó también.
Mientras caía, Sade cerró los ojos y abrió los brazos al viento.
Era, al fin, libre.