Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Sus propias reglas
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Sus propias reglas

Dieciocho

Dos semanas antes del final previsto del entrenamiento de Sade, la princesa les ordenó regresar a Edenost.

—Creía que teníamos más tiempo—dijo Sade cuando terminó la comunicación.

Se había acostumbrado a sentarse detrás del colgante espejado que Haytham usaba para comunicarse con Laire: escuchaba la mitad de la conversación que le correspondía a él y luego la comentaba con él.

Haytham era consciente de que la princesa no aprobaría aquella costumbre, pero le daba igual.

—No lo tenemos—dijo Haytham, mientras una pesadumbre lo invadía—. La Corte de Arborlight va a celebrar su festival antes de lo previsto.

Sade lo miró, confundida.

—El festival anual de los muertos—aclaró él—. Y esa es nuestra oportunidad para entrar en su corte. No sé por qué lo han adelantado este año, pero no tenemos elección.

—¿Y si no estoy preparada?

—Lo estás—respondió él.

No era mentira. Sade había hecho suya la danza como si hubiera nacido para ella. A veces, Haytham sospechaba que llevaba el viento dentro incluso cuando no practicaban.

Aquella noche hicieron el amor con desesperado abandono.

Sade se sentó encima de él y se ensartó en su miembro, con la cabeza echada hacia atrás, mientras el sudor de su cuerpo esculpido por la danza relucía a la luz del fuego y él se perdía en su calor húmedo.

Quería tocarla con las manos y la boca, hacer que su cuerpo cantara como la primera noche que habían pasado juntos, pero en aquella danza ella prefería llevar la iniciativa y no lo admitía de otro modo.

El orgasmo lo recorrió, y Sade cayó sobre su pecho, con el rostro oculto entre los brazos.

Haytham le acarició el hombro, deleitándose con la suavidad de su piel. Se quedaron tumbados juntos, sudorosos y pegajosos.

Casi se había quedado dormido cuando oyó a Sade susurrar contra su pecho:

—No me lleves de vuelta con ella.

Haytham se obligó a relajarse y mantuvo la respiración acompasada. Era mejor fingir que no la había oído, pensó, y poco después se quedó dormido de verdad.

A la mañana siguiente desayunaron sin prisa. Cuando terminaron de enjuagar los cuencos, Haytham dijo:

—Deberías hacer el equipaje. La princesa esperará que lleguemos antes del anochecer.

Sade asintió.

La pesadumbre volvió a él mientras adecentaban la guarida y recogían sus cosas.

Tenía un regalo para Sade: un pájaro diminuto, con las alas extendidas.

Lo había tallado durante los breves momentos que pasaban separados.

La talla aún era tosca y, al sacarla del hueco secreto que había detrás de la estantería, se planteó no dársela siquiera.

Parecía una broma cruel regalarle un símbolo de libertad cuando ambos bailaban atados a los hilos de la voluntad de la princesa.

«Díselo», insistió una parte de Haytham. «Llévala al pie de la montaña y dile que corra».

Pero era una idea insensata. Haytham no podía romper el geis que lo unía a la princesa Laire.

Incluso sin la promesa de su libertad, le debía las alas a la familia real.

Además, Sade apenas sobreviviría un día sola.

Haytham se consoló con aquella verdad. Sí, entendía la danza y había aprendido a cuidar de sí misma, pero nada de eso la salvaría de la persecución implacable de una Cacería Salvaje.

No, a Sade le iba mejor —o, al menos, tenía muchas más probabilidades de seguir con vida— si cumplía la voluntad de la princesa.

Sade estaba en la entrada de la cueva, contemplando la llanura rocosa. Haytham se acercó por detrás y le besó el hombro.

—No quiero volver—dijo Sade.

Él tampoco, pero no tenía sentido darle vueltas a algo que no podían cambiar.

—Tengo un regalo para ti—dijo Haytham.

Sade se animó un poco. Se volvió hacia él y le dedicó una leve sonrisa.

—¿De verdad?

Haytham le tendió la figurilla.

—Está sin terminar.

Sade la tomó entre el pulgar y el índice y la alzó hacia la luz.

—Es un halcón—dijo—. Como tú.

Haytham no lo había visto de esa manera. Solo había querido darle un pedazo de la libertad que ambos anhelaban.

—Es una hembra—dijo Haytham.

Era lo más cerca que podía llegar a confesar el lugar que Sade ocupaba en su corazón. Una muestra de su admiración.

Y, aun así, iba a traicionarla.

—Podríamos huir juntos—dijo Sade.

Era una idea tentadora. Tentadora e insensata.

—No estarías a salvo, ni siquiera conmigo—dijo Haytham.

Tenía la dolorosa sensación de estar intentando convencerse a sí mismo tanto como a ella—.

La princesa tiene bastante de tu olor para que sus lobos te sigan el rastro sin problemas por el bosque y, aunque Laire dice que tiene prohibido hacerte daño, no creo que eso se aplique a sus criaturas.

—¿Se aplica a ti?

Él la miró.

—Ya te he hecho daño, ¿verdad?, durante tu entrenamiento. Muchas veces.

Sade no tuvo respuesta para eso.

Haytham se quitó la ropa. Disfrutó del frío del viento sobre la piel. Cuando regresara a casa —si regresaba a casa— sería un hombre libre. Pero se preguntó si sería capaz de recuperar la pureza de aquel momento.

Caminó desnudo hacia el sol, cayó de rodillas y cambió de forma. La transformación fue una agonía bienvenida, que le arrebató el aliento y la vista mientras el cuerpo se le retorcía hasta adoptar la forma de ave.

Sade se subió a su lomo y ató las correas de montar, tal como había aprendido a hacer sola durante aquellos dos últimos meses. Cuando sintió el peso asentado sobre el lomo, Haytham saltó del borde del acantilado al aire libre.

Volar solía hacer que Haytham se sintiera libre. Pero aquel día, con cada aleteo en dirección a la corte de Edenost, el geis se tensaba en torno a él como una soga alrededor del cuello.

Sade era un peso bienvenido. Si ambos hubieran sido libres, podría haberse imaginado enamorado de ella.

Pero no eran libres. Ella estaba atada por un vínculo de almas y, además, por los juegos de Laire. Y Haytham se había resignado hacía mucho a la correa de la familia real.

Para cuando Haytham descendía sobre los árboles apiñados de la Corte de Edenost, el peso de su promesa a la princesa se le antojaba ya insoportable.

Haytham descendió en picado entre los árboles y aterrizó en el suelo del Gran Salón, donde tanto tiempo atrás había ejecutado su danza para la princesa. ¿De verdad solo habían pasado diez semanas?

Laire los esperaba, resplandeciente de plata, con el cabello derramado sobre la espalda y los hombros como una ola de tinta.

Se había pintado los labios de rojo, y contrastaban violentamente con el negro infinito de sus ojos.

Sade se apoyó en las plumas del lomo de Haytham mientras la princesa los recibía con una sonrisa ancha, inquietante, de las que rara vez esbozaba.

—¡Mi mascota! —exclamó Laire, haciendo un gesto para que Sade bajara—. ¡El viento te ha dejado la piel y el cabello hechos un desastre!

Sade había vacilado un instante antes de bajar del lomo de Haytham. Sus pies tocaron el suelo con tanta ligereza que Haytham supo que algún soplo de viento le había guiado los pasos.

La princesa cruzó el salón hacia Sade con un elegante frufrú de seda.

—Haytham me dice que estás preparada —dijo. Le sostuvo la mandíbula entre las palmas y le dio un beso lento en los labios. Sade cerró los ojos y su cuerpo se tensó apenas, antes de relajarse y atraer a la princesa para profundizar el beso.

Era la danza otra vez, se dio cuenta Haytham, ejecutada con la misma sutileza con que la habría ejecutado él.

Haytham sabía que pronto tendría que volver a su piel humana, pero se contuvo. Como pájaro podía observarlas sin llamar la atención de la princesa.

¿Cuándo había llegado Sade a dominar la danza tan a fondo?

Besaba a Laire con tal destreza, deslizándole los dedos por el costado de un modo que estremecía de deseo a la elfa, que a Haytham le resultaba evidente que Sade no sentía el menor interés por ella.

¿Quizá lo veía con más claridad en su forma de pájaro?

Los movimientos de Sade nacían solo de la danza.

Haytham sabía que Sade estaba aprendiendo, sabía que tenía talento. Él la había entrenado. ¿Así se había entregado también a él? ¿Perfectamente atenta y, al mismo tiempo, ausente?

¿Había habido alguna vez algo real entre ellos?

Laire rompió el beso. Bajó la mirada hacia Sade, un poco sin aliento, con los ojos vidriosos y la ropa revuelta.

—Mi mascota —susurró.

Sade inclinó la cabeza.

—Mi princesa.

—Eres perfecta. —La princesa se quedó mirándola un instante más. Después se volvió hacia Haytham e hizo un breve gesto de impaciencia—. Deja de mirar, Haytham. Te necesito un rato en tu cuerpo humano.

Haytham asintió —un gesto extraño en un pájaro, pero ella lo entendería— y cambió de forma.

A diferencia de Sade, que siempre le concedía intimidad para el cambio, aunque solo fuera apartando la mirada, la princesa observaba con los labios entreabiertos, como si su dolor le procurara un placer excitante.

Probablemente así era. Ya de niño, Haytham sabía que Laire era de las que arrancan las plumas a los pájaros vivos.

Cuando Haytham recuperó su forma humana, Laire le hizo una seña para que se colocara junto a Sade.

—Es bueno que estés preparada —dijo la princesa—. No podemos permitirnos esperar otro año. Mi madre va a regresar y, cuando lo haga, debemos poner fin a esto.

De lo contrario, la Reina le haría pagar el fracaso con el pellejo.

Haytham tenía aún menos interés en las disputas familiares que en el gran juego de la política élfica, pero sabía que la reina no vería con buenos ojos perder el control de su mascota Danzante del Viento para satisfacer los afanes de venganza de su hija.

Si su ausencia de la corte la eximía también del dictamen del Justicius, la Reina mataría a Sade solo para asegurarse de que el acuerdo nunca llegara a cumplirse.

O eso, o atraparía a la mortal en un mundo de sueños placenteros hasta que su cuerpo muriera de inanición.

—Entiendo —dijo Haytham—. ¿Sabes cuándo regresará Su Majestad a la corte?

—Pronto. —Con los elfos, eso podía significar cualquier cosa—.

El festival de verano de la Corte de Arborlight comienza esta noche.

Por alguna razón, sus sacerdotes han alterado el calendario; este año se celebra antes, pero no sabemos por qué.

Los Elfos Luminosos bailarán tres días para honrar a sus muertos.

Por supuesto, os proporcionaremos disfraces y máscaras adecuados.

—Necesitaremos una forma de atravesar sus protecciones —dijo Haytham, adelantándose ya a los acontecimientos, calculando qué les haría falta para la infiltración... y el asesinato—. Y la Corte de Arborlight solo la he visto desde el aire. Cualquier mapa o guía que tengáis nos sería de ayuda.

—Por supuesto —dijo Laire—. Pasamos allí muchas lunas en previsión de mi boda.

—Torció el gesto al pronunciar aquellas palabras—.

Lo fastidioso —continuó— es que los Elfos Luminosos dejan a sus cortesanos de menor rango revolotear libremente de un sitio a otro, y los que no tienen alas se sirven de la magia para lo mismo, así que necesitaréis un encantamiento para viajar de una morada a la siguiente.

El que os daremos imita su magia, pero si alguien lo examina de cerca, se dará cuenta de que venís de nuestra corte.

Laire se volvió hacia la mortal.

—Sade, aquí es donde tu vínculo de almas será de alguna utilidad. Deberías poder sentir cuándo el príncipe está cerca. ¡Pero no caigas en la tentación del vínculo! Ese hombre te atrapó y te traicionó. Solo matándolo serás libre.

Sade asintió. En su expresión solo se leía una serena aceptación.

Aquello también era producto de la danza. Haytham la admiró por ello.

A la vez, la maestría de Sade lo aterraba. Ahora jugaba su propio juego. Y Haytham no tenía ni idea de qué pretendía hacer.