Diecisiete
Caza
—Vuelve a tu posición —dijo Haytham.
Pero su mirada seguía clavada en el punto del saliente desde el que Marid se había lanzado al vacío, y en la mota dorada que se veía a lo lejos, allí donde la forma de pájaro del otro Cambiaformas se perdía en el horizonte.
La visita de Marid había sido desconcertante, pero Sade se alegraba de ella. A lo largo de la última semana de entrenamiento había buscado alguna rendija por la que asomarse a la mente de Haytham. ¿Qué quería? ¿Por qué hacía todo aquello por ella?
Si no le hubiera dado tanto miedo el dolor —no el que pudieran causarle el cuerpo o los actos de Haytham, sino el de su vínculo espiritual, que no dejaba de atormentarla—, tal vez se habría esforzado más en seducirlo y después habría intentado sonsacarle algo en el arrebato del orgasmo.
Pero Haytham había rechazado sus tímidos avances, y el dolor del vínculo le quitaba las ganas de insistir.
¿Tal vez prefería a los hombres? Era una posibilidad obvia, porque estaba claro que él y Marid tenían un pasado. Pero desde luego no lo había parecido cuando le hundía la polla en el cuerpo aquella primera noche, en su guarida.
Quizá a Haytham le gustaran los dos. A Laire, desde luego, le gustaban.
Sade volvió a su posición y dejó que los ojos se le cerraran solos mientras seguía los pasos de la danza. La danza era un consuelo, un bálsamo para la herida palpitante de su vínculo espiritual, incluso en medio de todas aquellas incertidumbres.
El viento la inundó y se llevó el dolor consigo.
Los pensamientos revoloteaban a su alrededor como hojas zarandeadas por una ráfaga.
Laire sí tenía atado a Haytham —quizá del mismo modo que la había atado a ella, con regalos, placeres y promesas hechas de verdad que, no se sabía cómo, terminaban siendo mentira—.
Cuando Marid acusó a Haytham de no conocer el amor, el dolor oculto en su expresión resultó evidente para Sade.
Al servicio de Laire, Sade había aprendido a ocultar algunas de sus emociones verdaderas.
Haytham debía de haber aprendido la misma lección.
Aquello alivió un poco la desconfianza que sentía hacia él. ¿Tal vez, si descubría qué le había prometido Laire a Haytham, los dos pudieran aliarse para escapar de la prisión que compartían?
Y con ese pensamiento, o ese instinto, o algo susurrado por el viento, Sade decidió volver a seducir a Haytham.
Apenas había tenido tiempo de asimilar su decisión cuando percibió que se movía hacia ella: demasiado deprisa. En su mente vio la pierna de él barriéndole los pies. ¡Haytham la estaba atacando!
«Ahora», susurró el viento.
Antes de que el corazón alcanzara a registrar la sorpresa, ya se había lanzado, ya estaba en movimiento. Pasaron tan cerca el uno del otro que la tela de los pantalones de Haytham le rozó la mano.
—Bien —dijo Haytham con tono satisfecho—. Ya puedes abrir los ojos.
Sade abrió los ojos. Estaba a apenas quince centímetros del borde del acantilado. Haytham estaba a un metro, enmarcado por la luz del sol.
«Ahora», volvió a susurrarle el viento.
Sí, ahora le tocaba actuar a ella. Atacar.
Caminó despacio hasta Haytham y le rodeó la cintura con los brazos. Él no se resistió, aunque Sade notó su sorpresa.
Era mucho más alto que ella y sus labios apenas le llegaban a la clavícula, así que lo besó allí, jugando con la piel entre los dientes y la lengua.
—No tienes por qué…
—Quiero hacerlo —dijo Sade.
Le besó el pecho. Esta vez se entretuvo en un pezón: se lo rodeó con la lengua y luego lo succionó con la fuerza suficiente para arrancarle un jadeo.
Notó que Haytham se endurecía contra su vientre. La polla le presionaba la carne blanda, y Sade se dio cuenta de que ella también lo deseaba.
El vínculo espiritual le dolió cuando apretó las firmes nalgas de Haytham. Él la agarró de la mandíbula y le echó la cara hacia arriba con brusquedad para besarla.
Su boca era buena, muy buena…, pero al mismo tiempo había algo que no encajaba. Los labios eran demasiado carnosos; la lengua, demasiado suave.
¿Por qué no podía disfrutarlo sin más? ¡Maldito vínculo espiritual!
Tenía que disfrutarlo y conseguir que Haytham disfrutara de ella.
Al fin y al cabo, allí no estaba en juego solo su propio placer.
El sexo no rompería el poder que Laire ejercía sobre el Cambiaformas, pero si lograba que la deseara, que ella le importara, quizá eso hiciera dudar a Haytham antes de su inevitable traición.
Mientras él le sembraba el cuello de besos, Sade cerró los ojos y dejó que el viento la llenara. La canción del viento silenció el dolor desgarrado de su vínculo espiritual y, a través de ella, pudo ver con claridad los deseos de Haytham.
Le desató los pantalones y los dejó caer.
Luego se arrodilló y se metió la polla en la boca.
Aún no estaba del todo dura: era un peso cálido y firme sobre su lengua.
Se la empujó garganta abajo todo lo que pudo, saboreando la sal de su sudor, con la nariz rozándole el suave vello del pubis.
Cuando el glande le tocó la garganta, empezó a subir y bajar, con cuidado de mantener los labios por encima de los dientes.
Haytham le hundió la mano en el pelo y enredó los dedos en los mechones.
Los tirones de dolor relajaron a Sade. Si Haytham era demasiado bueno con ella, el vínculo espiritual se le inflamaría, y no podía permitirse esa distracción.
Quería poseer a Haytham, igual que la princesa había querido poseerla a ella.
Haytham gimió. Sade apartó la boca de la polla el tiempo justo para humedecerse los dedos: los hundió en su coño mojado y los empapó en sus propios jugos.
Ahora el viento la guiaba, la empujaba hacia cosas que jamás se habría planteado en su vida de mascota de Laire.
—Sade —dijo Haytham. Intentó sujetarla por los brazos, pero Sade lo empujó contra la pared de roca y volvió a metérsela en la boca.
Con los dedos que acababa de humedecer, le masajeó la zona que había detrás del escroto y el ano. Haytham embistió dentro de su boca.
El vínculo espiritual le ardía ya mientras Sade se humedecía cada vez más, con los labios del coño resbaladizos por sus propios jugos.
Quería las manos de Haytham sobre ella, y quería también los dedos fantasmales de su amante espectral dentro de sí, pero, más que nada, quería a Haytham jadeando y temblando contra aquella pared; y cuando se hubiera derramado en ella, entonces, por primera vez en su brevísima memoria, habría reclamado algo para sí misma.
Haytham estaba a punto. La polla se le había engrosado, y el glande se puso duro y caliente mientras los testículos se le retraían y se corría a chorros calientes contra el fondo de su garganta.
En aquel instante, la agonía del vínculo espiritual al arder ahogó la canción del viento. Sade se apartó, se apretó el pecho e intentó recuperar el viento.
No lloraría. Había elegido aquello, había elegido a Haytham, al menos en ese momento.
Haytham la rodeó con los brazos y la estrechó contra sí.
—Estoy bien —dijo Sade antes de que Haytham pudiera preguntárselo y arruinar el momento. Cerró los ojos y aspiró el olor de su sudor. El dolor estaba remitiendo, y respiró hondo, disfrutando de cómo el aire fresco le llenaba los pulmones.
—Más que bien. Ha estado bien.
Más que los placeres de la carne, lo que la había embriagado era el poder.
Haytham le recorrió el vientre con los dedos y siguió bajando, hasta entre las piernas. El índice le trazó lentos círculos sobre el clítoris.
—Ahora no —dijo Sade, y le apartó la mano—. Solo abrázame un rato.
Haytham le posó los labios en la sien. Seguía teniendo los labios demasiado carnosos. Pero Sade se deleitó en el contacto, en la mezcla de dolor que siguió al placer de su beso.
En su mente, Sade oyó un sollozo desesperado. Tal vez aquel terrible vínculo de almas estuviera haciendo sufrir también al lejano príncipe elfo.
Quería disfrutar de su dolor, como había disfrutado doblegando a Haytham a su voluntad. Pero aquel sonido de duelo era demasiado desvalido, demasiado solitario, como para que Sade sacara de él algún triunfo.
Mejor fingir que no lo había oído.
Dos semanas después de haberse convertido otra vez en amantes, Sade aprendió a matar. Ella y Haytham se arrodillaron en una loma cubierta de hierba que dominaba un valle donde una manada de ciervos mascaba hierba plácidamente.
Era una demostración que ya había presenciado dos veces. Con el viento —guiado por él, con el olor oculto—, Haytham se acercaría a la manada, elegiría uno de los ciervos y le cortaría la yugular de un tajo rápido. En menos de un minuto, el ciervo estaría muerto.
Esta vez, sin embargo, en lugar de coger su propio cuchillo, Haytham le tendió a Sade la hoja del corazón que la princesa le había entregado en el banquete. Ahora le parecía que había pasado una eternidad.
—Usa esta —dijo.
—¿Yo? —Sade tenía la boca seca. Todavía no se imaginaba capaz de quitar una vida—. Yo...
—Así son las cosas —dijo Haytham—. Unos mueren para que otros podamos vivir. Puedes hacerlo. La primera vez siempre es la más difícil.
Eso sí se lo creía.
Haytham continuó:
—Como esto es un valle, aquí te costará más oír el viento, aunque no tanto como entre los árboles de la Corte de Arborlight.
Están mucho más lejos de las montañas que Edenost. Así que esta es una prueba excelente para tus habilidades.
A medida que avancemos en tu entrenamiento, aprenderás a manipular cuanto te rodea con la brisa más leve.
Sade cogió el cuchillo despacio.
Llevaba unos pantalones viejos de Haytham, cortados y sujetos a la cintura con una cuerda, y una sencilla túnica negra. Iba descalza. Sostuvo el cuchillo con la mano derecha y notó que los dedos se le cerraban con destreza en torno a él.
El clamor del viento no era tan intenso allí como en el saliente, ni siquiera como en la cueva de Haytham, pero en aquellas semanas su canto se había convertido en parte de ella. Cuando Sade cerró los ojos, pudo sentir la manada. Había catorce cervatillos, diecisiete ciervas y ocho machos.
Dejó que el viento guiara sus pasos y bajó por la colina. El viento le ocultaba el olor y amortiguaba sus pisadas. Aun así, uno de los machos alzó la cabeza cuando ella se acercó y olfateó el aire con desconfianza.
«Pronto», susurró el viento.
A Sade le sudaba la palma en la empuñadura del cuchillo. Agradeció poder mantener los ojos cerrados y dejar que el viento la llevara hacia delante.
Era como avanzar en un sueño. Mataría al macho porque era la conclusión natural de haber tomado el cuchillo y, cumplida la tarea, comería su carne y se vestiría con su piel.
Más adelante se libraría del dolor del vínculo de almas al que el príncipe elfo la había arrastrado con engaños y, cumplida la tarea, sería libre.
La libertad, comprendió Sade mientras deslizaba el cuchillo por la garganta del animal, era lo único que de verdad quería.
El ciervo bramó mientras la sangre se derramaba sobre la hierba.
Parte de aquella sangre salpicó a Sade y le trazó una línea ardiente desde el omóplato izquierdo y a lo largo de la espalda.
Evitó por poco que la arrollaran cuando, alrededor del ciervo moribundo, los demás animales echaron a correr en estampida, presos del pánico.
El canto del viento se le escapaba, ahogado por los alaridos de terror y de muerte.
Sade abrió los ojos.
El ciervo avanzó unos pasos tambaleándose antes de desplomarse de costado.
Sade se arrodilló junto al animal y descubrió que estaba llorando mientras apretaba el cuchillo ensangrentado.
Con la mano libre le tocó el pelaje. Aún estaba caliente, y las patas se le agitaban como si todavía intentara correr.
«Es una reacción post mortem». La voz de un niño resonó en su mente. «A veces, durante el rigor, un cuerpo hasta emite sonidos. Lo vi en el Discovery Channel».
La voz le resultaba familiar, y las palabras también. Pero cuando Sade intentó atrapar su significado, se le contrajo el estómago y no consiguió nada. Se dejó caer sobre las manos junto al ciervo y vomitó.
Oyó un movimiento a su espalda y, después, la voz de Haytham.
—Ha sido una muerte limpia.
No hizo ningún intento de usar el viento para ocultar sus movimientos, y Sade se lo agradeció, aun mientras luchaba por dominar las náuseas. Tendría que limpiar el cuchillo. Pasó cada lado de la hoja por la hierba para quitarle la sangre.
—¿Estás bien? —preguntó Haytham.
—No.
—Lo estarás. Quédate aquí sentada. Yo daré las gracias a los vientos.
Haytham se quedó de pie ante el cadáver y entonó una serie de notas graves y sin melodía. Cuando la última nota se apagó, siguió allí, inmóvil, con la cabeza inclinada sobre el ciervo.
En cuanto consiguió dominar el estómago, Sade se incorporó y se puso en pie a su lado.
Haytham le rodeó la cintura con un brazo. El horror de haber matado amortiguaba el dolor del vínculo de almas.
Sade respiró el aire impregnado de sangre. Por difícil que fuera quitar la vida a un inocente, lo había logrado. Y seguía en pie.
¿Sería igual cuando matara al príncipe?