Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) La seducción de la memoria
74%

La seducción de la memoria

Dieciséis

Sade nunca mencionó lo ocurrido la primera noche que pasaron juntos, y Haytham tampoco. En cambio, se centró en enseñarle la danza. Empezó con los mismos ejercicios que él había aprendido de niño, pensados para que Sade aprendiera a escuchar y comprender el viento.

Durante la semana siguiente la llevó a una cresta expuesta y le hizo ejecutar los movimientos iniciales de la danza.

El propósito del ejercicio era que aprendiera a servirse de los pasos y de las palabras del viento para entender lo que ocurría a su alrededor.

Por eso, el primer día le vendó los ojos.

Sade estuvo a punto de caer por el acantilado tres veces.

Si hubiera sido una Danzante del Viento de verdad, habría sido cosa de ella cambiar de forma y volver volando hasta él.

Pero como no lo era, y a los dos les convenía que sobreviviera al entrenamiento, Haytham se limitó a avisarla cuando se acercaba demasiado al borde.

Por la noche preparaban juntos la comida, hablaban del entrenamiento y luego dormían acurrucados bajo las mantas de Haytham, muy juntos y castos como dos hermanos de camada.

Para Haytham era una tortura tener a Sade tan cerca —después de haberla tocado y saboreado una vez— y no poder hacer nada al respecto. Pero había decidido que más valía la frustración que terminar una velada por lo demás perfectamente agradable con una mujer sollozando entre sus brazos.

Después de unos días, Sade aprendió a encender el fuego del hogar y adquirió algunas nociones básicas de cocina.

A Haytham le sorprendió lo bien que se le daba lo segundo.

Mientras no se fijara en sus propias manos, picaba y troceaba los ingredientes con la soltura de la práctica, y de vez en cuando olía la sopa con una expresión de leve descontento, como si le faltara algún condimento esencial.

Sade tardó una semana en dominar los primeros pasos de la danza, pero después avanzó a una velocidad asombrosa. Haytham empezaba a albergar cierto optimismo sobre las aptitudes de Sade cuando, de forma inesperada, al comienzo de la tercera semana que llevaban juntos, apareció Marid.

Como siempre, al ver a Marid le costó respirar.

Había amado al otro cambiaformas cuando aún era un polluelo.

Antes de que las alas de Haytham quedaran ligadas a la corte de Edenost, había soñado con que llegaran a ser compañeros o, como a Haytham le gustaban tanto los hombres como las mujeres, con encontrar a una mujer y formar una tríada.

Ahora Marid era una hermosa trampa. Y, aunque habían compartido la danza tanto en el aire como en el lecho del otro, de ahí no podía salir nada más. A Marid siempre le había interesado demasiado lo que la corte de Edenost había hecho para apoderarse de las alas de Haytham.

Marid cambió de forma: su plumaje ribeteado de oro se plegó hasta convertirse en piel humana. A diferencia de Haytham —para quien el cambio era siempre una agonía, por la manera en que la corte de Edenost había retorcido su magia natural—, Marid mudaba de forma con una gracia fluida.

Se irguió ante los dos en carne humana. Un asomo de humor le curvó los labios carnosos.

—Confío en no interrumpir nada, joven halcón —preguntó.

—Marid… —susurró Haytham—. ¿Qué haces aquí?

Marid alzó las cejas.

—¿No fuiste tú quien prometió visitarme a tu regreso? —dijo—. Pero, en vez de eso, te entretienes con esta mortal.

Marid recorrió a Sade de arriba abajo con la mirada, un gesto que despertó en Haytham una confusa maraña de sentimientos.

—Qué injusto, Haytham —dijo—, que hayas sido tú el primero en probarla.

Haytham no recordaba haber hecho semejante promesa. Pero no vio sentido a discutirlo con Marid.

—Solo le estoy enseñando, nada más —dijo.

—¿La Danza del Viento? Vaya —dijo Marid—. Seguro que los ancianos no verán con buenos ojos que enseñes semejantes cosas a una mortal.

—No es asunto de ellos, ni tuyo —replicó Haytham, aunque se le encogió el estómago al decirlo.

En teoría, sí podían repudiarlo por enseñar las tradiciones de su pueblo a alguien de fuera, aunque el geis que lo ataba a la corte de Edenost lo había mantenido al margen de la mayoría de esas tradiciones de todos modos.

—¡Ah, Haytham! —dijo Marid con una leve sonrisa—. No te pongas gruñón.

Se acercó a él. Haytham se puso de pie, deleitándose en el rastro del aroma de Marid que traía el viento y en la zancada larga y atlética del otro.

Marid evitó a Sade por completo. Rodeó a Haytham para situarse a su otro lado y le echó un brazo por encima de los hombros. Le sacaba una buena media cabeza, así que tuvo que inclinarse un poco para susurrarle:

—Sabes que no haré nada que te haga daño. —Rio por lo bajo—. Mucho.

—No me interesa.

—Estás frustrado. Puedo olerlo en ti. Si la mortal no quiere jugar, déjala un rato; parece lo bastante mayor para cuidarse sola. Tú y yo todavía podemos divertirnos.

El cosquilleo del aliento de Marid en la oreja era enloquecedor. Haytham tuvo que cerrar los ojos un instante. Llevaba demasiado tiempo así, con Sade caliente en su cama cada noche y sin ningún alivio.

Mucho mejor, le susurraba el cuerpo, pasar un rato con alguien dispuesto, alguien a quien deseara y que lo deseara a él. Alguien que no estuviera unido en alma a otra persona. Con Marid podía compartir placer y descargar su frustración sin culpa.

Por las Cumbres, cómo lo deseaba. Pero la princesa le había pedido que se ganara la confianza de Sade y, aun con el deseo encima, Haytham era capaz de razonar que abandonarla para un encuentro furtivo con un antiguo amante no era, probablemente, la mejor manera de lograrlo.

—No puedo, Marid —dijo Haytham.

Se acercó a Sade y le pasó el brazo por los hombros.

—He hecho promesas.

—¿A esta mortal? ¿O a esos lamecortezas de Edenost? —Marid negó con la cabeza, desdeñoso—. Tienen que ser ellos. ¿Qué te han hecho?

Haytham necesitaba poner fin a aquella conversación cuanto antes.

—Es un geis —dijo—. He dado mi palabra de entrenar a Sade.

—¿Y qué ganarás con eso? ¿Otra década lamiéndoles los pies? Es repugnante cómo te arrastras ante ellos.

Marid se irguió en toda su estatura y lo miró por encima de la nariz, como si estuviera en forma de pájaro, listo para hundirle el pico en el corazón.

—¡Un Danzante del Viento no tiene más amo que sí mismo! —dijo—. Eras joven cuando la corte de Edenost te arrastró a sus juegos. ¿Recuerdas siquiera lo que significa ser un Danzante del Viento?

¿Por qué tenía Marid que sacar aquello a colación allí, en ese momento?

¿Por qué tenía que dejar el corazón de Haytham desnudo ante el viento, el sol y la mujer que había jurado destruir para recuperar su vida?

Marid se erguía alto y majestuoso, y Haytham se sintió marchitarse bajo la furia del otro cambiaformas.

¿Acaso el precio de la libertad de Haytham sería su propia alma?

Haytham agachó la cabeza.

—Lo recuerdo —dijo en voz baja.

—Entonces, ¿qué te prometió la corte de Edenost? Porque no puede ser por ella. —Marid señaló a Sade con un desdeñoso movimiento de cabeza—. Su magia te ha dejado demasiado mermado para reconocer el amor, y mucho menos para sentirlo.

—¡Eso no es verdad! —replicó Haytham, enfadado.

—Entonces, ¿qué te prometieron? —El tono de Marid era exigente, pero su mirada decía otra cosa—. Puedo ayudarte, Haytham. Te ayudaré. Pero tienes que decirme qué necesitas.

Haytham deseaba con todas sus fuerzas aceptar la ayuda de Marid. Quería, aunque no fuera más que eso, poder desahogar su dolor con alguien.

Pero sabía de sobra que no debía meter a otro de los suyos en las maquinaciones de los elfos de Edenost. Y mucho menos a alguien que le importaba.

Se armó de valor para mentir.

—No necesito nada.

Marid negó con la cabeza. La decepción de su rostro golpeó a Haytham como un puñetazo.

—Me das lástima, Haytham —dijo.

Alzó de nuevo la vista y le sostuvo la mirada.

—Buena suerte con tus juegos élficos. Pero no puedo prometerte que siga aquí cuando hayan terminado su trabajo contigo.

Dicho esto, Marid les dio la espalda a Haytham y a Sade y se lanzó desde el saliente; las plumas ya le brotaban por la piel mientras mudaba de forma en pleno vuelo.

Pronto, las alas de Marid cortaban el cielo con un batir constante, hasta que no fue más que un destello lejano a la luz del sol.