Compañera de espíritu #2
Sade hizo lo que le pedía. Los pasos parecían sencillos: un paso a la derecha, levantar la pierna izquierda, barrer con ella y luego girar.
¿Por qué había insistido la princesa en que Haytham la llevara a lo alto de una montaña para aprender aquello?
Lo más difícil sería luchar contra el viento para mantenerse erguida.
Después de ver a Haytham repetir la secuencia varias veces más, Sade dijo:
—Creo que lo entiendo.
Haytham le dedicó una sonrisa torcida.
—Lo dudo —dijo—. Pero lo entenderás.
Sade parpadeó, sorprendida.
—Adopta la postura —le indicó.
Sade lo hizo. Se oyó un roce a su espalda y Haytham dijo:
—Cierra los ojos.
Sade obedeció. Sintió una suave tira de cuero sobre los ojos y notó cómo él la anudaba en su nuca, con lo que la dejó completamente ciega.
—Ahora, empieza —dijo Haytham.
La oscuridad despojó a Sade de toda la confianza que tenía un momento antes. Estaba aterrorizada. ¿Cómo iba a evitar caerse por el borde? Lo único que oía era el viento.
Esforzándose por recordar dónde estaba antes de que Haytham le atara la venda, Sade dio los primeros pasos, vacilante.
—Escucha el viento —le dijo Haytham al oído, con voz grave—. Tienes que moverte con él, no luchar contra él.
Sade no sabía cuánto tiempo pasó intentando atrapar el viento.
Varias veces, Haytham le advirtió con voz neutra que estaba cerca del borde.
Y, en una ocasión, dio un paso hacia el vacío, pero sintió la mano firme de Haytham cerrarse en torno a su brazo y tirar de ella hacia atrás antes de que se precipitara al abismo.
—¡Ay, Dios! —exclamó Sade entre jadeos, con la postura ya olvidada.
De pronto, Haytham la rodeó con los dos brazos y le acarició la mejilla con mano delicada.
Sade alzó el rostro hacia donde, a ciegas, suponía que él debía estar. Aunque el dolor de la noche anterior la asustaba, aunque sabía que pretendía traicionarla, seguía queriendo besarlo.
«¡Vamos, Sade! Chica, que ya deberías saberlo. Tienes que dejar de cometer los mismos errores».
La voz que hablaba en su cabeza era la suya, pero no del todo; no era la voz de la mascota de Laire, sino la de alguien que había vivido su propia vida y se conocía un poco a sí misma.
La reacción de Sade ante aquella voz debió de notarse, porque sintió que Haytham se tensaba. La soltó y se apartó un paso, aunque ella seguía sintiéndole sujetarle una mano.
—Por aquí —dijo—. Y vuelve a intentarlo.
La voz interior se apagó y quedó olvidada, y Sade volcó de nuevo sus energías en la lucha por aprender la danza.
Los siete días siguientes transcurrieron casi igual. Desayunaban juntos, entrenaban juntos, cocinaban juntos y, por la noche, dormían acurrucados el uno en brazos del otro.
Sade apreciaba el cuerpo de Haytham. Era alto y de hombros anchos, con una musculatura esbelta que resultaba un placer recorrer con los dedos mientras él dormía.
En una ocasión, se ofreció a él. Pero, aunque era evidente que Haytham tenía interés, al menos el cuerpo —su erección, cálida y semidura, contra el muslo de Sade—, se negó.
Sade no supo si aquella negativa fue un alivio o una decepción.
Sade descubrió que amaba la danza. Cuando el viento la llenaba como era debido, el dolor del vínculo de almas se desvanecía.
La oscuridad de la venda no hacía sino concentrar su energía.
Deseaba poder pasarse el día entero bailando, pero, por mucho que se esforzara, al cabo de un rato la concentración se le escapaba y perdía los pasos. Aun así, no se rindió.
La primera semana dio paso a una segunda y luego a una tercera. Al cabo de un tiempo, Haytham le quitó la venda. Volvían a usarla cuando Sade aprendía pasos nuevos, pero los demás días ella veía la luz y el aire a su alrededor, y sentía que alimentaban sus movimientos.
—Eres extraordinaria —dijo Haytham al final de la tercera semana—. Es como si hubieras nacido con alas.
El cumplido le calentó el pecho.
—¿Cuánto tiempo puedes mantener la danza? —le preguntó Sade con curiosidad.
—¿Sin parar? Una hora, quizá dos —respondió.
Sade quedó impresionada.
—El maestro más grande que he visto podía mantener la danza dos días, pero al final el cuerpo sucumbe. Decimos que, cuando morimos, liberarnos del cuerpo nos permite bailar para siempre.
—Es hermoso —dijo Sade.
—Sí —contestó Haytham, y la miró un instante de más—. Siempre me lo ha parecido.
El segundo día de la tercera semana juntos, cuando Sade y Haytham llevaban más o menos una hora de entrenamiento, llegó otro Danzante del Viento.
Haytham le quitó la venda a Sade —era un día de pasos nuevos y la llevaba puesta— en el momento en que el pájaro se posaba en el extremo más alejado del saliente, un trazo de púrpura y negro perfilado en oro.
Sade apartó la mirada cuando el pájaro cambió de forma y dejó en su lugar a un hombre alto, de ojos dorados, cuyo cuerpo parecía tallado en ónice. Como Haytham, el otro cambiaformas no se molestó en vestirse. La única concesión que su cuerpo hacía al frío eran los pezones marrones, erectos.
Echó un vistazo a Haytham y a Sade y, con una ceja alzada, dijo:
—Confío en no estar interrumpiendo, joven halcón.
Sade miró a Haytham, que parecía hipnotizado por el hermoso cambiaformas.
—Marid —murmuró Haytham—. ¿Qué haces aquí?
—¿No eres tú quien prometió visitarme a tu regreso? —dijo Marid—. Pero, en lugar de eso, pierdes tres semanas entreteniéndote con esta mortal. No es justo, Haytham, que la hayas catado tú primero.
Su sonrisa era irónica y cómplice, y bastaba un vistazo fugaz al rostro y a la postura de Haytham para intuir que entre ellos había una historia de lo más intrigante.
«Bueno, esto sí que es interesante», pensó Sade.
Esperó, sintiendo a la vez el cosquilleo de la fascinación y el aguijonazo de la alarma, a ver qué pasaba a continuación.
Tenía la sensación de que quizá estuviera a punto de vislumbrar algo que hasta entonces se le había negado: la verdadera naturaleza y los sentimientos de Haytham.
Por la forma en que el cambiaformas miraba al recién llegado, casi parecía haberse olvidado de que ella estaba allí.
Para su sorpresa, Sade no sabía muy bien qué sentir al respecto. Pero esperó a que se rompiera la tensión que crecía a toda velocidad entre los dos hombres, para descubrir qué sucedería después.