Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Compañera de espíritu
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Compañera de espíritu

Quince

La diferencia entre la corte de Edenost y el hogar de Haytham era tan abismal que Sade tenía la sensación de que alguien la hubiera arrancado de su propia vida, la hubiera sacudido y la hubiera vuelto a coser en su sitio con puntadas invisibles.

Le había gustado recoger flores y fruta, pero el ciervo la había dejado conmocionada, sobre todo cuando Haytham le troceó el corazón delante de ella y lo puso a asar en un espetón.

Por difícil que resultara a veces ser la mascota de Laire, Sade conocía su lugar en la corte de Edenost. Había servido a la princesa en todo y, a cambio, la princesa cuidaba de ella. La vestía. La hacía importante.

Sade no sabía muy bien qué función cumplía para Haytham.

Estaba claro que a veces lo irritaba, igual que era evidente que a él no le resultaba cómodo tenerla en casa.

Si lo que había dicho Naira era cierto, Haytham estaba obligado a cumplir la voluntad de la princesa.

Pero su vida allí no parecía reflejarlo.

Parecía libre como un pájaro: ni siquiera se molestaba en vestirse y, mucho menos, en preocuparse por lo que pensaran u opinaran los demás.

Y, sin embargo, a pesar de todo aquello y de la advertencia de Naira, Sade notaba que Haytham le gustaba cada vez más. Su entrenamiento era brutal a veces, pero él nunca era cruel.

Cuando terminaron de cenar, Haytham la invitó a compartir su cama.

Eso Sade lo entendía. Había hecho lo mismo para la princesa y, aunque Laire se había negado a compartirla con ningún otro elfo, no creía que le costara descubrir cómo darle placer a Haytham.

Para empezar, Sade preguntó:

—¿Quieres que te toque?

No sería una tarea desagradable, ni mucho menos.

A Haytham no le faltaba atractivo. Tenía rasgos duros —una mandíbula fuerte y unos ojos verdes penetrantes— y su cuerpo enjuto y poderoso, con ese aire de independencia salvaje, la había fascinado desde el primer momento en que lo vio.

Parte de su cabello castaño miel se le había escapado del lazo con el que lo llevaba recogido, lo que le daba un aspecto aún más indómito.

Él entrecerró los ojos al oír la pregunta. Sade pensó, con el corazón en un puño, que debía de haber cometido algún error.

Pero, antes de que pudiera rectificar o retirar la oferta, Haytham dijo, para su sorpresa:

—Deja que te bese.

Sade asintió, tratando de disimular la sorpresa. Se sentó en las mantas, a su lado.

A pesar de la pregunta, esperaba que la agarrara del pelo y la empujara hacia su miembro, que se endurecía por momentos.

Eso era lo que habría esperado en Edenost. Pero, en lugar de eso, hizo exactamente lo que había pedido.

Le rodeó la mandíbula con la mano, le acarició la mejilla con el pulgar y juntó sus labios con los de ella.

Al principio, la sorpresa le impidió relajarse bajo sus caricias. Pero él fue tan suave, tan dulce, que acabó entreabriendo los labios para dejarlo entrar.

Una oleada de dulce placer creció en su interior. Pero solo sirvió para agudizar el dolor, siempre presente, que sentía en el pecho.

Sade hizo todo lo posible por ahuyentar aquel dolor. Quería disfrutar de aquello. Disfrutar de él. Estaba descubriendo a toda prisa que Haytham no se parecía en nada a Laire, que solo la tocaba para marcar su propiedad o para satisfacer su propio placer.

Haytham le recorrió el costado de la cadera con las manos, y ella se apretó contra aquella caricia cuando él la atrajo hacia sí y profundizó el beso. Se exploraron la boca mientras Haytham le quitaba la ropa, despacio, como si desenvolviera algo hermoso.

Había algo en sus caricias que despertaba un recuerdo.

Por un instante le pareció que la tocaban dos pares de manos, y cerró los ojos.

Ladeó la cabeza para ofrecerle el cuello y, cuando los labios y la lengua de él rozaron aquella piel sensible, la caricia pareció repetirse como un eco de luz de luna, un pensamiento extraño teniendo en cuenta que estaban dentro de una cueva.

Haytham le acarició el costado y, de pronto, le abarcó las nalgas con sus manos fuertes y masculinas. Sade jadeó contra su boca y empujó las caderas contra aquel agarre posesivo.

La dureza de Haytham presionaba entre sus muslos y ella los dejó caer, abiertos.

Esperaba sentir su miembro fuerte abriéndose paso en su interior, y deseaba esa sensación.

Pero, en vez de eso, él le acarició la raja con los dedos, fuertes, encallecidos y hábiles, antes de ponerse a atormentar su cuerpo sin tregua.

Pronto se apretaba contra él, perdida en la sensación, una experiencia doblemente intensa porque, allí donde la tocaban los dedos, los labios o los dientes de Haytham, parecía haber otro par de manos acariciándola también, llevándola más y más alto, azuzando su deseo hacia cotas cada vez más dulces.

Cuando Haytham se llevó uno de sus pezones a la boca, Sade creyó que se iba a romper en mil pedazos.

No lograba mantener los ojos abiertos, en parte porque, al hacerlo, las manos fantasmales se desvanecían.

Por maravillosas que fueran las caricias de Haytham, aquellas manos espectrales la llevaban más alto todavía, al tiempo que la colmaban de un anhelo indecible.

Haytham le frotaba el vientre con la palma mientras unos labios fantasmales le sembraban besos por el muslo.

Sade abrió las piernas, deseosa de más de aquella caricia.

Pero, en lugar de las manos espectrales, Haytham volvió a introducirle los dedos en el coño.

Era agradable. Se movía con destreza y le arrancaba placer.

Pero no bastaba y, a medida que el placer de su cuerpo crecía, las manos fantasmales parecieron borrarse.

Sade gimió y Haytham lo tomó como una señal para ir más rápido y más profundo.

Quería esas caricias, pero quería algo más, algo que no sabía cómo expresar.

Y, a pesar del placer que las manos expertas de Haytham le arrancaban al cuerpo, el dolor del pecho iba en aumento, como si un puño furioso le estrujara el corazón.

Sade jadeaba; el orgasmo que subía luchaba contra el dolor que también crecía, mientras Haytham hundía la polla dentro de ella.

Sade se corrió en una agonía de liberación que le llenó los ojos de lágrimas. Se agarró el pecho y rompió a llorar.

—¿Sade? —La voz de Haytham sonaba muy lejana.

Él le tocó la mejilla y, de pronto, pudo respirar de nuevo.

—Sade. ¿Estás bien?

Sade se acurrucó de costado y hundió un lado de la cara en las mantas. La culpa que había en su voz era más de lo que podía soportar.

—Lo siento —sollozó—. Lo siento muchísimo.

Notó que él le pasaba un brazo por encima con cuidado, como si temiera que ella se apartara de un respingo. Se giró hacia él y hundió la cara en su pecho.

—Es culpa mía —dijo él, acariciándole el pelo—. Dime qué he hecho.

—No, no has sido tú —contestó Sade, esforzándose por poner palabras a lo que sentía—. El vínculo de almas… duele muchísimo. Y no sé qué hacer.

Probablemente no tenía sentido preguntárselo a Haytham.

Si Naira, la elfa de la princesa, tenía razón, Haytham no tenía voluntad propia, o al menos no tenía libertad al margen de Laire.

Pero era el único, en su memoria extraña, breve y borrosa, que había sido amable con ella sin condiciones; al menos, hasta entonces. ¿En quién más podía confiar?

Sade dijo en voz baja, como si confesara un secreto:

—Laire dice que, para que el dolor desaparezca, tengo que matar al príncipe.

—Sí.

—¿No hay otra manera?

Haytham se puso tenso. Tardó unos segundos de más en responder.

—Lo siento, Sade —dijo al fin—. Es la única que conozco.

Sade se dejó llevar por el sueño entre sus brazos. El dolor del vínculo de almas le palpitaba muy adentro mientras el viento gemía en la boca de la cueva.

Sabía que no podía confiar en Haytham, no del todo. Pero podía aprender de él. Y, cuando llegara el momento, esperaba tener la fuerza necesaria para tomar la decisión correcta.

La semana siguiente fue la más difícil que Sade recordaba de su vida, aunque, hay que admitirlo, sus recuerdos no llegaban muy atrás.

Haytham la despertaba antes del amanecer.

Después de una comida de carne de ciervo ahumada y de lo que quedaba de la sopa de la noche anterior, la invitó a subirse a su espalda y la llevó hasta una estrecha cornisa asomada a un precipicio vertical.

El viento soplaba con fuerza en el borde del acantilado y el cabello de Sade, tan cuidadosamente arreglado en la corte de Laire, se le convirtió en una maraña de rizos castaños en torno a la cabeza.

La transformación de Haytham parecía algo íntimo, así que, después de descolgarse la bolsa en la que había cargado con las provisiones que necesitarían durante el día, incluida la ropa de él, y de dejarla lo más lejos posible del borde, Sade le dio la espalda y se quedó contemplando el mundo.

A lo lejos, los árboles amarillos y rojos de la corte de Edenost ondulaban como una llama.

Sade estaba demasiado lejos para distinguir las construcciones que se escondían entre las hojas.

Su mirada se deslizó desde aquella imagen conocida, por encima de las copas de los árboles, hasta donde el rojo y el amarillo se transformaban poco a poco en un verde intenso.

Había algo reconfortante en aquel color y, mientras lo contemplaba, Sade se olvidó del frío del viento.

—¿Estás lista? —preguntó Haytham. Su voz sobresaltó a Sade, que se volvió hacia él y asintió.

Haytham no perdió el tiempo.

—Fíjate en mi postura —dijo. Separó los pies algo más que el ancho de los hombros y flexionó las rodillas hasta formar un ángulo de cuarenta y cinco grados con el suelo.

—Esta es tu posición neutra —dijo—, hasta que el viento te indique lo contrario. Después tendrás que ejecutar los tres pasos. Quédate ahí y observa.