Compañero de carne #2
Si la deseaba tanto, pensó, probablemente se debía a que solo había llevado amantes a su guarida.
Compartir aquel espacio resultaba demasiado íntimo para charlas banales.
Y si iban a compartir su hogar, su cama y la danza del viento, lo mejor sería acostarse con ella y acabar de una vez.
Siempre que ella estuviera interesada, claro.
Tomada la decisión, Haytham terminó su sopa y su mitad de la carne. Cuando Sade acabó la suya y ambos bebieron del agua fresca del arroyo que ella había traído, Haytham limpió los platos con un trozo de piel desechada mojado en agua y los dejó en la repisa para que se secaran.
Incluso ahora, le costaba saber si Sade quería sexo. Con alguien de su especie, ya habrían volado juntos, y que el otro cambiaformas lo siguiera hasta su guarida habría sido señal suficiente.
Haytham suponía que la princesa se había satisfecho con Sade durante la estancia de la mortal en palacio. Por tanto, no debería resultar problemático proponerle un acuerdo similar. Pero los elfos eran tan indirectos, y Haytham no sabía nada de cómo iniciaban los mortales el acto amoroso.
Lo mejor, decidió, sería desnudarse e invitarla a meterse bajo su manta. El sexo llegaría luego, con naturalidad. O no. Pero, en cualquier caso, las cosas quedarían claras.
—¿Tienes algo para dormir? —preguntó Haytham.
—Siempre he dormido desnuda —respondió Sade, bajando la mirada.
¿Estaba interesada o avergonzada? Posiblemente ambas cosas.
Haytham se quitó la túnica, pero dejó puestos los pantalones. Levantó la manta y dijo:
—Vamos. Aquí fuera te quedarás helada cuando se apague el fuego.
—¿Quieres que te toque? —preguntó Sade.
Aquello lo hizo vacilar. Sí. Sí quería. Pero no le gustó cómo lo había preguntado, como si tocarlo fuera un deber y no un placer para ambos.
Hacía falta un cambio de estrategia, decidió.
—Déjame besarte —pidió Haytham.
Ella asintió y se sentó en el lecho, a su lado.
Él le sostuvo con suavidad la mandíbula en la palma y dejó que el pulgar le recorriera la mejilla suave antes de unir sus labios.
Al principio, Sade se mostró rígida, aunque entreabrió los labios para dejar paso a su lengua. Haytham cerró los ojos y se permitió explorarle la boca. Advirtió el instante en que la respiración de ella se aceleró de deseo.
Al fin y al cabo, el sexo no era más que otra faceta de la danza. Primero, su cuerpo tenía que escuchar. Y después, una vez que hubiera hecho suyos los deseos de su compañera, podría usar ese conocimiento para llevarla a las cumbres más altas del éxtasis.
Haytham le recorrió el costado de la cadera con los dedos de la mano libre, deleitándose en el tacto de la seda élfica y en la forma del cuerpo que había debajo. Ella se arrimó a la caricia, y Haytham la atrajo hacia sí y profundizó el beso.
Permanecieron así, explorándose la boca mientras Haytham la despojaba de sus ropas élficas. Su cuerpo era todo curvas exuberantes y delicadas, lleno y tentadoramente opulento bajo sus manos, y su excitación creció y creció mientras se tendían juntos.
Sade ladeó la cabeza hacia la derecha y, aceptando la invitación, él le llenó el cuello de besos.
Era hermosa, aureolada por la luz del fuego.
Le acarició el costado, le cubrió el trasero con la mano y ella se acercó más a él.
La suave piel interior de la manta le rozó la polla y avivó su excitación.
Atrajo a Sade hacia sí y apretó sus cuerpos. La polla le rozó el espacio entre los muslos. Estaba suave y caliente. Por suerte, los elfos no le habían quitado el vello de ahí abajo. Metió la mano entre ambos y palpó la humedad entre sus labios secretos.
Sade estaba húmeda, lista para él. Pero Haytham había aprendido hacía ya mucho tiempo que, en esa clase de caza, era mejor rondar a la presa que lanzarse de golpe sobre ella.
Así que recorrió el cuerpo de Sade y fue tomando nota de dónde se estremecía y de cuándo se tensaba, hasta que al poco ella alzaba las caderas hacia él.
Tenía los pezones duros, dos puntas pequeñas y oscuras, y suspiró con sus caricias.
Se metió uno de los pezones en la boca y lo torturó con la lengua. Haytham no tenía ninguna duda de que le estaba dando placer y, con cada caricia, la deseaba más y más.
Y, sin embargo, aunque su cuerpo respondía, una parte secreta y silenciosa de su corazón permanecía al margen. Sade había cerrado los ojos, con los labios entreabiertos, y respiraba entre los dientes.
Le deslizó la palma por el vientre y bajó hasta que los dedos se abrieron paso entre el suave vello del coño. Le separó los labios y hundió tres dedos dentro. Tanteó en busca de su centro de placer.
Estaba mojada para él, y las puntas de los dedos de ella le rozaron la coronilla cuando encontró su punto más sensible.
Sade gimió. Haytham tomó aquel pequeño sonido como una victoria y volvió a hundir los dedos, más fuerte y más rápido. Él la deseaba y ella lo deseaba a él. Pero, por mucho que intentara deshacerla, por mucho que supiera leerla, había un rincón al que no lograba llegar.
Ahora gimoteaba, pequeños sonidos en el fondo de la garganta, con el pecho agitado, y Haytham supo que estaba a punto de llegar al clímax. Retiró los dedos, le puso una mano en los muslos, se los abrió y hundió la polla en su interior.
El calor de su cuerpo resultaba embriagador.
El viento del vuelo y el sudor del esfuerzo habían borrado todos los olores de la corte élfica y solo quedaba su almizcle mortal.
La cabalgó, entrando y saliendo, con cuidado de buscar su fuente de placer hasta que ella se movía al ritmo de sus embestidas.
Sade apretó los ojos con fuerza y giró la cabeza hacia un lado.
Haytham se perdió en su calor. El orgasmo de ella llegó primero, palpitando alrededor de su polla, y él llegó justo después, mientras la dulzura de la liberación lo recorría entera al lograr una última embestida y derramarse dentro de ella.
El orgasmo fue tan intenso que a Haytham se le nubló la vista de blanco.
Dejó caer las palmas sobre las sábanas, a ambos lados de los hermosos pechos de Sade, y respiró.
Cuando abrió los ojos, Haytham comprendió, horrorizado de repente, que Sade se apretaba el pecho con las manos. Las lágrimas le resbalaban por la cara.
—¿Sade? —Haytham le tocó la cara y atrapó una lágrima con el dedo índice—. ¿Estás bien?
Sade se dio la vuelta y se acurrucó de lado, hundiendo el rostro en la ropa de cama.
A Haytham lo abrumaron la culpa y la sensación de fracaso. ¿Cómo había podido leerla tan mal? Nunca había dado un paso tan en falso en aquel baile, ni siquiera cuando era un joven torpe.
Haytham se acurrucó detrás de ella sin tocarla. Sade sollozaba, y él extendió con cuidado un brazo sobre su cuerpo.
Ella se volvió y apretó el rostro contra su pecho.
—Lo siento —sollozó.
—Ha sido culpa mía —dijo Haytham, que se sentía impotente. Sade le había dado todas las señales de que lo deseaba, y ahora lloraba—. ¿Cómo te he hecho daño?
—No has sido tú —dijo Sade—. Es que... El vínculo de almas... duele muchísimo. Y no sé qué hacer. —Hubo un momento de silencio angustioso—. Laire dice que, para que el dolor pare, tengo que matar al príncipe —añadió en voz baja.
Haytham cerró los ojos.
—Sí.
—¿No hay otra manera?
Haytham tenía la boca seca mientras estrechaba a Sade contra él. Guardó silencio un rato. Pronto la respiración de ella se fue acompasando y comenzó a relajarse poco a poco entre sus brazos.
Fuera lo que fuese lo que había ocurrido entre las cortes, y como fuese que aquella mortal se había visto envuelta en algo tan trágico, dudaba que el príncipe elfo fuera el responsable, o al menos que lo fuera tanto como afirmaba la princesa Laire.
Los elfos no podían mentir, pero sabían retorcer la verdad en su propio beneficio.
Pero Haytham tenía sus propias verdades y debía defenderlas. Su libertad le importaba más que el corazón de una mortal.
—Lo siento, Sade —dijo Haytham en el silencio—. Es la única manera que conozco.