Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) El cubil del cambiaformas #2
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El cubil del cambiaformas #2

La comisura izquierda de sus labios se elevó al pronunciar lo último, un gesto que hizo pensar a Sade que la advertencia era, al menos en parte, una broma. Pero no podía estar segura.

Haytham siguió desnudándose. Sade preguntó:

—¿Quieres que meta tu ropa en mi bolsa?

—Que los elfos se queden con sus galas—dijo Haytham. Se había quitado los pantalones y ahora también se despojó de la ropa interior.

Sade apartó la mirada, aunque el Danzante del Viento no tenía motivo para avergonzarse.

Su cuerpo era puro músculo esculpido: hombros anchos que se afilaban hasta una cintura estrecha, con vello castaño claro cubriéndole la base del pecho definido y la entrepierna.

Llevaba un grueso collar de metal. A los lados izquierdo y derecho había dos anillas fijadas, de las que pendían largas tiras de cuero.

Se volvió, se agachó en cuclillas y su cuerpo pareció quebrarse; la piel se desgarró con un crujido repugnante de huesos y carne mientras se transformaba.

En unas pocas respiraciones, el hombre se había convertido en una gigantesca ave de presa.

Se bajó hasta el suelo, flexionó un ala hacia delante y sacudió la pata doblada.

Así que era así como debía subirse a su espalda. Antes de que el miedo y la impresión la hicieran cambiar de idea, Sade apoyó un pie en el muslo extrañamente transformado de Haytham y se impulsó hasta su espalda.

Ahora Sade entendía por qué le habían atado las cuerdas de cuero al collar. Se aferró a ellas, una con cada mano.

Acto seguido, Haytham se lanzó desde el borde al aire libre y ella se vio empujada hacia delante, contra las plumas.

A Sade le dio un vuelco el estómago. El viento gélido atrapó sus sedas élficas, las agitó y las desplegó a su alrededor en el aire como una parodia de bandera.

Sade echó un vistazo furtivo al paisaje de copas de árboles que se extendía bajo ella y después apretó los ojos mientras las alas de Haytham batían con fuerza el aire y los impulsaban cada vez más arriba.

Sade se dio cuenta de que estaba rezando.

—Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre—susurró.

Las palabras brotaron de sus labios con naturalidad, aunque no sabía de dónde procedían ni a cuál de los dioses dirigía su plegaria.

No supo cuánto tiempo permaneció aferrada a la espalda de Haytham, con los ojos cerrados y rezando, pero al final el corazón se le calmó y pudo contemplar el paisaje que se extendía debajo.

El cuerpo de Haytham, bajo ella, estaba caliente, y Sade lo agradeció, porque el viento que pasaba por encima y a su alrededor le azotaba el rostro y el cabello con un frío doloroso.

Pronto los árboles de la corte élfica no eran más que una mancha roja y dorada a sus espaldas, mientras subían cada vez más hacia una cordillera de cumbres nevadas.

¿Era allí adonde Haytham pensaba llevarla?

El lugar parecía desolado. ¿Qué comerían y cómo se mantendría caliente?

Por lo que Sade alcanzaba a ver, la princesa no había metido ninguna manta en el equipaje.

Esperaba que el gran plan de Laire y Haytham no fuera dejarla morir congelada en la cima de alguna montaña yerma.

Aunque, teniendo en cuenta que a esas alturas sus opciones eran aferrarse o saltar y caer miles de metros hasta la muerte, más valía quedarse donde estaba y esperar que todo saliera bien.

El sol había recorrido ya aproximadamente la mitad del camino hacia el horizonte cuando Haytham descendió. Sade se aferró con fuerza mientras el enorme pájaro plegaba las alas contra el cuerpo.

Aterrizaron con un ligero golpe en la cornisa de la montaña. Sade cerró los ojos, respirando agitadamente, feliz solo por estar viva.

Se bajó a toda prisa del lomo de Haytham y saltó al suelo rocoso.

Se raspó la planta del pie izquierdo contra una piedra y se le llenaron los ojos de lágrimas.

A su lado se oyó un crujido y luego un siseo, como de aire desplazado, y Sade se volvió hacia el sonido.

Vio a Haytham desnudo, a cuatro patas en el suelo, jadeando.

El trasero de Haytham era una auténtica obra de arte, pensó Sade. Se le encendieron las mejillas al pensarlo. No podía evitar sentir que estaba siendo desleal. Pero ¿a quién? ¿Quizá a la princesa?

Sade descartó aquella idea. No tenía la menor intención de ser leal a una mujer que soñaba con despellejarla.

—Bienvenida a mi hogar —dijo Haytham. Se incorporó y estiró con calma su cuerpo largo, musculoso y cubierto de pelo. Sade tuvo que apartar la mirada.

—Hay una cueva por aquí —dijo—, al abrigo del viento. Podemos encender un fuego y buscaré algo de carne para la cena.

—Gracias —respondió Sade.

Al mirar a su alrededor, vio que la montaña no era tan desolada como había creído al principio. Más allá de la cornisa crecía una hierba espesa, parecida a la maleza, en franjas sobre el suelo. Estaba salpicada de diminutas flores amarillas y blancas.

Haytham siguió su mirada.

—Las flores se pueden comer —dijo—, y acompañarán bien la comida.

Te buscaré una cesta. Intenta recoger todas las que puedas mientras estoy cazando.

Además —señaló—, en aquella dirección hay frutos silvestres y setas.

Los frutos se pueden comer sin problema, pero algunas setas son venenosas y no sabes distinguirlas. Así que no las toques.

Sade asintió.

Sin molestarse en vestirse, Haytham la condujo hasta su cueva, y ella lo siguió. Allí el aire era frío y limpio. El viento le hacía cosquillas en la cara y en los brazos desnudos, y hacía bailar el bajo de la túnica élfica alrededor de sus tobillos.

La boca de la cueva era grande y dejaba pasar los cálidos rayos del sol de la tarde. Sin embargo, algo en la forma de la cueva impedía que el viento se adentrara mucho más allá del umbral, aunque su voz era un ruido de fondo incesante.

Dentro, Haytham tenía un hueco ennegrecido por el fuego, con el suelo sembrado de restos de palos carbonizados.

En la pared, a su izquierda, había tres clavos de los que colgaban ollas metálicas.

A la derecha del hogar había un montón de cojines desparejados y una manta que parecía cosida con docenas de pieles diminutas.

En la pared, sobre el lecho, colgaba un estante tosco.

Encima descansaban figuritas talladas, en su mayoría de animales: criaturas parecidas a zorros, pájaros inmovilizados en distintas posturas de movimiento y algo que parecía una serpiente.

La serpiente estaba sin terminar. A su lado había un trozo afilado de metal.

—¿Las has hecho tú? —preguntó Sade.

Haytham se encogió de hombros.

—Es una afición —dijo.

Sade se acercó a los animales tallados. Cada uno cabía sin esfuerzo en la palma de su mano y, aun así, qué expresivos eran. A un zorro lo había captado en plena acometida; otro yacía perezoso de costado, con los ojos entrecerrados, como si finguiera no vigilar a su compañero más joven.

—Son una maravilla —dijo Sade.

Haytham se encogió de hombros, pero Sade vio que se le sonrojaban las mejillas. Aquello la hizo sonreír. Tenía gracia que le diera vergüenza ensañar sus tallas y, en cambio, no le importara pasearse en cueros mientras ella le recorría con los ojos cada parte del cuerpo.

Él fue hasta el hogar y, de debajo de las ollas colgadas, sacó una cesta grande, tejida a mano, tan ancha como tres de sus manos puestas en fila, de la punta de los dedos a la muñeca. Haytham la sostuvo por una de sus dos asas y Sade la cogió.

Regresaron a la boca de la cueva. Al salir al sol, Sade descubrió que allí el viento parecía más ligero, más juguetón, aunque no lograba entender por qué. También su ánimo pareció aligerarse.

De pronto, sin previo aviso, un dolor agudo le quemó a través del vínculo de alma. Sade ahogó un grito y se llevó la mano al pecho, intentando calmar el dolor.

Haytham le lanzó una mirada, y otra a la mano con la que se frotaba el pecho.

—Es tu vínculo de alma, ¿verdad? —dijo.

Sade asintió.

—Bueno —dijo con brusquedad—, cuanto antes acabemos con eso, mejor.

Sade volvió a asentir y apartó la mirada. No se le ocurrió nada que decir.

Haytham rompió el silencio incómodo.

—Llévate las cabezas y los tallos de las flores, pero deja las raíces para que vuelvan a crecer —dijo—. Intenta llenar la cesta lo más posible antes de que vuelva. Las usaremos esta noche y por la mañana, así que cuantas más tengamos, mejor.

Sade volvió a asentir, y Haytham se dejó caer de rodillas en el suelo y se transformó.

Sade se volvió hacia un macizo de flores que crecían vistosas allí cerca y fue a recoger la cena.