Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) El cubil del cambiaformas
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El cubil del cambiaformas

Trece

Sade siguió a la elfa fuera de la sala donde se había celebrado el banquete, de vuelta hacia las dependencias privadas de la princesa.

Cada pocos pasos, la elfa se volvía a mirar a Sade y luego fijaba de nuevo la vista al frente.

A la segunda mirada, Sade se dio cuenta de que era Naira, la misma elfa a la que la princesa había estado a punto de condenar a entretener a los pájaros.

Cuando llegaron a las dependencias de la princesa, Sade vio un pequeño saco de seda sobre la cama. Tenía dos correas, una para cada hombro.

De pie junto a él, Naira dijo:

—Hemos preparado lo que necesitarás para el viaje.

—Gracias —respondió Sade. La elfa siguió mirándola fijamente. Sade se removió, incómoda—. Eh..., te llamas Naira, ¿verdad?

—Sí —respondió la elfa enseguida, como si llevara un rato esperando la pregunta. Y añadió sin pausa—: ¿Qué quieres de mí?

—Nada —dijo Sade, un tanto confundida por la ira que teñía el tono de la elfa—. Lo siento si te he ofendido de algún modo.

—¿Tú? ¿Lo sientes? —Naira sonrió, pero enseñando más dientes que humor—. ¿De qué tienes que disculparte? —le espetó—. Eres tú quien ha creado esta deuda entre nosotras. Lo único que quiero saber es: ¿cómo puedo librarme del geis?

¿Geis? De los geises, Sade solo sabía que los elfos los usaban para su magia.

—No quiero nada de ti —dijo Sade—. Solo no quería que, por mi culpa, te pasara algo horrible.

Naira abrió mucho los ojos.

—Lo dices de verdad, ¿no? —Parecía debatirse entre el desdén y algo más—. Un mes aquí y sigues siendo igual de necia.

Tal vez Naira tuviera razón. Era una necia por seguir siendo amable con alguien que la insultaba, pero Sade no le veía sentido a tener pendiente sobre nadie una deuda, un geis o lo que fuese, solo porque hubiera elegido el pasador de pelo equivocado.

—Si hay alguna deuda entre nosotras —dijo Sade—, la doy por saldada. Solo quería ayudar.

Naira parpadeó. Era delicada, como todos los cortesanos de rango inferior, con una pequeña boca rosada y unos grandes ojos negros, propios de algún hermoso insecto.

—Deberías desconfiar de la princesa —dijo de pronto la elfa—. Laire te odia. No sé qué ocurrió en la Corte de Arborlight, pero no es el amor, ni siquiera la bondad, lo que impide que nuestra princesa te arranque la piel de los huesos. No quiere nada bueno para ti.

Sade se quedó completamente quieta. Pensó, vagamente, que las palabras de la elfa deberían haberla conmocionado. Pero la princesa Laire siempre la había tratado como una posesión, no como una amiga, y siempre sazonaba sus amabilidades con pullas.

Y, se preguntó, ¿qué pasaba con Haytham? No parecía sentir afecto por la princesa. No parecía sentir aprecio por nadie. Incluso su danza había sido una canción de duelo y dolor.

—¿Y qué hago? —preguntó Sade—. ¿Por eso me envía con Haytham? ¿Para que me mate?

Naira se encogió de hombros.

—No lo sé. Pero dudo que se molestara tanto si fuera algo tan sencillo. No, quiere que aprendas lo que enseña el Danzante del Viento. Lo que te dijo era cierto. Hay muchas verdades, y los elfos pueden decirlas todas.

—Pero los elfos no pueden mentir.

Al brotar las palabras de sus labios, un eco de otro tiempo, un recuerdo de luz de luna. Pero, cuando quiso aferrarse a él, se le escapó entre los dedos y la dejó sin aliento.

Naira asintió.

—Esa es la diferencia entre nosotras y vosotras —dijo—.

Entre nosotras y los cambiaformas. —Hizo una pausa—.

Te diré una cosa —añadió—, y que con ello quede saldado de verdad el geis que nos une.

No puedes confiar en ninguno de nosotros.

La princesa querría verte despellejada, y el Danzante del Viento, Haytham, aunque quisiera ayudarte, no puede desafiar la voluntad de la princesa.

Como al resto de nosotras, le han cortado las alas.

Naira vaciló. Después le dio la espalda a Sade y, tras tirar del cordón de la túnica de seda, dejó que esta le resbalara hasta las caderas.

Una protuberancia retorcida, jaspeada de marrones y tostados, recorría cada omóplato, señal de que alguien le había cortado y cauterizado músculo y tejido.

—Dios mío... —susurró Sade.

—La diferencia entre nosotras y el Danzante del Viento —dijo Naira en voz baja— es que nosotras llevamos las cicatrices por fuera.

De pronto ladeó la cabeza, como si aguzara el oído. Entonces, rápidamente —tan rápido que Sade apenas la vio moverse—, se subió de nuevo la túnica sobre los hombros y la ató.

Unas diez respiraciones más tarde, entró la princesa.

—Oh, Sade —dijo, y se acercó sonriente a su lado.

La cortesana elfa retrocedió y se quedó completamente quieta mientras la princesa envolvía a Sade en un abrazo demasiado apretado.

—Será un milagro que esta noche consiga dormir sin ti en mi cama —dijo Laire con calidez—. Me he acostumbrado a tus sonidos de mortal.

Tan cerca, el placer del contacto de la princesa resultaba casi abrumador. Sade se obligó a mantener la calma.

Siempre había sospechado que a Laire no le caía bien. Pero pensar que la princesa la despellejaría con la misma facilidad con la que le acariciaba el pelo la puso tensa y le revolvió un poco el estómago.

Podía intentarlo una última vez.

—¿Tal vez haya otra manera de librarme del vínculo que no sea matar al príncipe? —aventuró Sade.

La princesa se tensó antes de darle un beso en la coronilla. Igual que el placer de su contacto, aquel afecto también sonaba a falso.

—Sade, nunca te librarás de este dolor hasta que elimines su origen —dijo Laire—. Es como cualquier herida: no puedes curarte si sigues hurgando en ella.

Retrocedió un poco y la contempló como si fuera una niña tonta.

—Ahora dime que escucharás a Haytham y que harás todo lo posible. ¿Puedes hacer eso?

—Puedo—dijo Sade.

Sade nunca había deseado tanto marcharse. Una vez lejos, pensó, podría escapar para siempre de las garras de Laire. Solo tendría que zafarse de Haytham y aprender a vivir sola con el dolor lacerante del vínculo. Desde luego, hasta ahora lo había llevado bastante bien.

—Cuando regreses dentro de tres meses, los sanadores tendrán que renovar el hechizo que mantiene tu dolor a raya—dijo Laire, y Sade sintió que su última esperanza se desvanecía—. Haytham me ha dado su palabra de que te traerá de vuelta para entonces. Adiós, mi dulce mascota.

Antes de que Sade pudiera moverse, la princesa Laire apretó sus labios contra los suyos. El beso fue cálido y terriblemente placentero. Cuando se separaron, a Sade le hormigueaban los labios.

—Ahora vete—dijo la princesa. Señaló a la cortesana elfa—. Llévala al Gran Salón. Haytham la espera allí.

La elfa asintió y, sin decir una palabra más, tomó el saco de seda y se dirigió hacia la puerta.

Sade la siguió. Solo volvió la vista una vez y vio a la princesa sentada en el borde de la cama, con una expresión imposible de descifrar.

Cuando llegaron al Gran Salón, Sade vio a Naira de pie junto a Haytham, justo al borde de la sala. Él contemplaba el exterior a través de una abertura entre las ramas y las hojas. Los dedos de sus pies descalzos se aferraban al reborde.

—¿La princesa ha decidido no asistir a tu despedida?—preguntó Haytham. Seguía de espaldas a ellas.

Sade no sabía qué responder, así que se limitó a preguntar:

—¿Y ahora qué?

Se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo se marcharían de la corte elfa. Nunca había salido de allí ni había visto marcharse a nadie desde que llegó.

—Mi lady—dijo Naira. Posó suavemente su pequeña mano sobre el antebrazo de Sade. El contacto no le provocó ni placer ni miedo—. Que tengas un buen viaje.

Sade bajó la mirada y le sonrió a Naira.

—Gracias—dijo. A pesar de la indiferencia que la cortesana profesaba, la elfa le caía bien.

Debería haber intentado conocer mejor a todos los demás cortesanos.

¿Estaban todos tan horriblemente mutilados como Naira?

Si Sade no hubiera temido tanto que se rieran de ella —igual que siempre supo que la princesa se reía, por muy bien que lo disimulara—, quizá habría dedicado más tiempo a hablar con ellos.

Aunque, pensándolo bien, había tenido contados momentos lejos de la mirada de Laire.

—Cuídate tú también, Naira—añadió Sade con sinceridad. A decir verdad, no estaba segura de cuál de las dos corría más peligro: la cortesana, obligada a quedarse allí y lidiar con los humores de Laire, o Sade, a quien enviaban lejos con un desconocido peligroso para aprender a matar.

Naira le dedicó a Sade un último gesto de asentimiento y, con la gracia silenciosa y elegante de los cortesanos, salió de la sala caminando hacia atrás. Sade la observó marcharse y sintió una punzada inesperada.

A su espalda, Haytham dijo:

—No deberías confiar en ella.

Sade se volvió rápidamente.

—Ella ha dicho lo mismo de ti.

Haytham se encogió de hombros.

—No está en la naturaleza de los elfos confiar en nadie—dijo. Lo cual, advirtió Sade, no era lo mismo que decir que Naira se equivocaba.

—Ven aquí—le ordenó Haytham con brusquedad.

Sade no se movió.

—¿Por qué?

—Porque nos vamos. Date prisa. Las intrigas entre estos árboles son asfixiantes y, si tengo que quedarme aquí un minuto más, puede que rompa algo por puro despecho—añadió Haytham, mirando a Sade—. No voy a matarte, si eso es lo que te preocupa. La princesa tiene planes más ambiciosos para los dos.

Aunque la advertencia de Naira seguía fresca en su mente, Sade no vio más alternativa que irse con Haytham. Desde luego, no quería volver con la princesa. Tenía sus órdenes, y Haytham compartía su deseo de marcharse.

Así que Sade se acercó al borde y se colocó junto a Haytham, a la espera.

—Asegúrate de cerrar bien la bolsa—dijo Haytham—. No me gustaría ver tus cosas desperdigadas por los árboles.

Sade hizo lo que le decía y comprobó dos veces que la bolsa estuviera bien cerrada antes de cargársela a los hombros.

—Bien—dijo Haytham mientras se desataba el cordón de la túnica. Esta cayó al suelo con un susurro de tela—. Cuando me desprenda de mi piel humana, no podremos hablar. Limítate a subirte a mi espalda. Y procura no retorcerte demasiado. Sería una pena dejarte caer.