Hoja del corazón
Once
La princesa Laire llevó a Sade a los Aposentos de la Reina. La reina llevaba casi una década fuera, de vacaciones, y hasta que regresara Laire tenía sus habitaciones a entera disposición. Como siempre, la princesa entró primero y Sade la siguió.
De pie junto a una mesa cercana a la entrada, al lado de una bandeja de comida, había un hombre.
Lo primero que le llamó la atención a Sade fue lo distinto que era aquel hombre de todos los demás que había visto durante las últimas semanas.
Frente a la belleza pálida y etérea de los elfos, él era enjuto y musculoso, con el pelo castaño claro y largo, recogido detrás de la cabeza con una simple cinta.
Una barba incipiente le sombreaba la mandíbula.
A Sade le resultó sorprendentemente atractivo, aunque, por alguna razón, la idea la hizo sentirse culpable y un poco mal.
El hombre la miró fijamente. Sade hizo todo lo posible por mantener la compostura, pero el sudor le cosquilleaba en la nuca.
—Te presento a mi pajarillo. Sade —dijo la princesa Laire—, acércate para que nuestro invitado pueda saludarte.
Sade obedeció y se sintió terriblemente expuesta al avanzar hacia aquel desconocido.
Era más alto que ella, incluso más alto que la princesa, y tan ancho de hombros que la sencilla túnica azul marino le quedaba estrecha y parecía fuera de lugar en él. Cuando Sade se plantó frente a él, lo vio tirar de la cintura de la túnica con gesto irritado.
La miró de arriba abajo, evaluándola.
—Soy Haytham —dijo, y le tendió la mano.
Sade se la estrechó y se presentó. Tenía la piel cálida, más cálida que Laire. ¿Qué era él, para arder con semejante fuego por dentro?
Apenas se habían tocado, apenas había tenido Sade ocasión de reparar en el verde intenso de sus ojos, cuando la princesa Laire le agarró la muñeca con firmeza.
—Bien —dijo.
Haytham soltó la mano de Sade mientras la princesa tiraba de ella para devolverla a su lado.
—Ahora que hemos terminado con las formalidades —empezó Laire—, dejad que os explique por qué os he reunido a los dos.
Como siempre, Sade se tensó con el contacto de la princesa, atrapada entre el deseo y el miedo. Inquieta y agitada, se frotó la palma libre contra la cadera. Odiaba lo nerviosa que la ponía Laire.
La princesa Laire habló y relató al invitado la misma historia de promesas y traición que le había contado antes a Sade en sus aposentos privados. Sade escuchó con atención, aun siendo la segunda vez que la oía, con la esperanza de entender algo más de su pasado.
Aunque Laire nunca lo dijo abiertamente, por la manera en que contaba la historia estaba claro que aquel Aranion debía de ser un hombre frío, incapaz de amar. Sade se preguntó a qué juego habría jugado con ella mientras tejía sus mentiras con la princesa.
Mientras la princesa hablaba, Sade miró de reojo a Haytham. Tenía la mirada perdida en la distancia. Sade se preguntó si estaría escuchando siquiera.
—Así pues, la única solución es que mates a Aranion. Y por eso he llamado a Haytham, para que te ayude a hacerlo —concluyó la princesa Laire con un gesto satisfecho que volvía a abarcar a Haytham.
Sade no podía creer que hubiera oído bien.
—¿Matarlo? —repitió, atónita—. ¡No he matado a nadie en toda mi vida!
Laire entrecerró los ojos y su voz adoptó aquella peligrosa inexpresividad de cuando castigaba a sus cortesanos con sus propias manos.
—¿Y cómo ibas a saberlo, pajarillo? —preguntó.
No lo sabía, y lo último que quería era disgustar a Laire. Sade bajó la mirada y negó con la cabeza.
—No lo sé —susurró—. No me acuerdo.
Laire asintió.
—Bien. Ese hechizo del olvido te protege del dolor.
Le apoyó la palma en el hombro y, a través de la tela del vestido, le frotó la zona con lentos movimientos circulares. El contacto no la reconfortó, pero al menos Laire había perdido aquel aire crepitante de furia contenida.
—Haytham es un excelente danzante de espadas —continuó Laire—. Te enseñará bien, ¿verdad, Haytham?
—Así lo haré —dijo Haytham.
—Entonces dejaré a mi pajarillo en tus hábiles manos —dijo la princesa.
Apartó la mano del hombro de Sade. Como siempre, Sade lo sintió a la vez como un alivio y como una pérdida.
—Devuélvemela dentro de tres lunas. Debería bastar para tenerla lista.
—Tendré que llevarla a las cumbres —dijo Haytham—, para entrenarla. Además, tu pájaro necesitará ropa práctica. Y un cuchillo decente.
La princesa apretó los labios y tomó aire brevemente por la nariz. Se quitó del cuello un collar de delicadas cuentas y lo apretó en el puño, con los ojos cerrados y la mano resplandeciente. Cuando la abrió, en la palma descansaba un delicado espejo con el borde de perlas.
—Espero informes diarios. Usa esto. —Le tendió el espejo a Haytham, que lo cogió.
Sade seguía aturdida por la sorpresa. Apenas acababa de encontrar su lugar en la corte de Laire ¡y ahora la princesa quería mandarla a no sé qué montaña con un desconocido a aprender a matar!
Entre otras muchas cosas, Sade no se creía capaz de matar a nadie, ni siquiera en defensa propia, y mucho menos de dar caza a un desconocido y asesinarlo a sangre fría.
—Princesa —empezó con voz temblorosa—, no creo que…
—No te apures, pajarillo —dijo Laire, y volvió a darle unas palmaditas en el hombro—. Serás lo bastante fuerte. Eres más fuerte de lo que crees.
Bajó la vista hacia el rostro de Sade y le sonrió.
—Y cuando hayas terminado, podrás volver a casa, conmigo.
Dicho esto, la princesa le tomó la mano. La oleada de placer la distrajo. Como siempre, golpeaba contra su voluntad y la hacía sentirse como un insecto ahogándose en miel. Sade deseó tener fuerzas para zafarse de la mano de la princesa.
—Sade, Haytham —dijo Laire con la voz de quien está acostumbrada a ser obedecida—, quedaos al festín. Después podréis coger de nuestras reservas todo lo que necesitéis. Y haré que una de las damas elija ropa adecuada para mi mascota.
—Sería mejor que empezáramos de inmediato —dijo Haytham.
—Tonterías. Si mi mascota y yo vamos a estar separadas tanto tiempo, lo menos que puedo hacer es ofreceros a los dos una despedida agradable.
—Mi señora —dijo Haytham, que a todas luces se plegaba a los deseos de Laire.
Su expresión era serena y respetuosa, pero la tensión de los hombros delataba su incomodidad. Sade le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
Él le sostuvo la mirada un instante. Luego desvió la vista.
El gesto despertó en Sade una sensación de afinidad. Igual que ella, él era un forastero en la corte. Quizá lograra encontrar algún punto en común con él cuando estuvieran a solas. Tendrían que encontrarlo, supuso, si iba a enseñarle.
A decir verdad, a Sade le parecía igual de probable que demostrara ser un caso perdido y que Haytham la devolviera a la princesa con sus disculpas. En secreto, era lo que ella esperaba. Fuera lo que fuese lo que aquel Aranion le hubiera hecho, no quería matarlo.
Pero no podía negar el horrible dolor que le revolvía el pecho.
La mayor parte del tiempo lograba ignorarlo.
Sin embargo, cuando reinaba el silencio y no tenía nada que hacer, el dolor se volvía tan intenso que lo único que podía hacer era jadear e intentar por todos los medios respirar a través de él sin romper a llorar.
Cuando llegaron al salón del banquete, el baile ya había comenzado. Una suave música de arpa llenaba la sala abierta. Habían apartado las ramas de los árboles para el festín, y la luz del sol entraba por los huecos e iluminaba las sedas de vivos colores y las joyas de los bailarines elfos.
A la izquierda de la pista de baile se alzaba un estrado con una mesa para la familia real.
Solo la familia real se sentaba en sillas.
El resto de los cortesanos comía de pie o cogía su plato y se sentaba en uno de los cojines repartidos por el suelo.
Los Altos Señores y Damas daban de comer con sus propias manos a los cortesanos a quienes honraban.
Sade sabía que, como siempre, comería a los pies de la princesa. Le resultaba incómodo —como si de verdad fuera una mascota, una especie de perrito faldero—, pero los demás cortesanos hacían lo mismo con aquellos a quienes servían, y le aseguraban que Laire le concedía un honor altísimo.
Uno de los cortesanos retiró la silla de la princesa y Laire se sentó con un revuelo de seda líquida que se derramó hasta sus pies.
Para su sorpresa, Sade encontró un cojín rojo sobre un banco bajo, dispuesto para ella a la izquierda de la princesa.
Se sentó en él con cuidado. Era lo bastante alto para ver por encima de la mesa, al menos lo suficiente para contemplar a los bailarines, y Sade disfrutó de aquel placer poco habitual.
La princesa le acarició el pelo distraídamente mientras se volvía para ordenar a uno de los cortesanos que les trajera carne, vino y un segundo banco para su invitado.
Una expresión que a Sade le pareció de asco cruzó el rostro de Haytham.
—El suelo me basta, mi señora —dijo.
Se sentó con las piernas cruzadas cerca del borde de la mesa: lo bastante cerca para dejar claro que estaba con la princesa, pero no tanto como para que ella pudiera tocarlo con facilidad.
—¿Podría tomar un poco de agua, mi señora? —preguntó Haytham.
Sus palabras habían sido de lo más corteses. Aun así, a Sade le quedó claro que Laire estaba enfadada.
—Se lo pediré a uno de los cortesanos —dijo con la boca tensa.
Haytham se limitó a asentir.
Cuando llegó la comida, la princesa le dio a Sade pequeños bocados con sus propios dedos. Aunque estaba acostumbrada, se le encendió el rostro de vergüenza al notar que Haytham las observaba a las dos con una expresión indescifrable.
—Te echaré de menos, mascota mía —dijo la princesa, y le tendió una copa de cristal con vino.
La copa parecía fina como una burbuja de jabón, y Sade bebió un sorbo, aterrada ante la idea de que se rompiera. El vino era espumoso y dulce, con un leve toque ácido. Se le subió directamente a la cabeza y se relajó al contacto de la princesa como rara vez hacía cuando Laire estaba despierta.
La princesa sonrió y, tras dejar la copa sobre la mesa, besó a Sade con suavidad en los labios.
Los tenía cálidos, y el placer fue demasiado para Sade. Entreabrió la boca, el centro de su cuerpo palpitó y una necesidad salvaje de fricción la arrolló: deseó que la princesa, o cualquiera, la buscara a través de la seda y le frotara la húmeda hendidura.
La princesa fue la primera en apartarse.
—Querida mascota —dijo—. Tenemos un invitado.
Sade miró a Haytham de reojo, con el rostro encendido. El vínculo de almas le escocía, pero el placer del contacto de la princesa había ahogado el dolor, al menos por un breve instante.
La princesa siguió la mirada de Sade como por casualidad. Algo cambió en su expresión.
Se puso en pie y golpeó con la uña larga el costado de la copa de vino. La sala entera enmudeció. Incluso la nota interrumpida del arpista se apagó en una disonancia.
La princesa dijo:
—Esta es la última comida que compartiremos con mi Pajarillo. La he puesto al cuidado de nuestro invitado. Es un Danzante del Viento consumado. Haytham, ¿serías tan amable de ofrecernos un baile?
Haytham levantó la cabeza de golpe, con los ojos entornados.
—¿Mi señora?
—Es tu libre elección.
Haytham miró a la princesa y luego a Sade, y por último paseó la mirada por toda la corte.
—No bailamos para entretener a nadie —dijo. El cuerpo de Laire se tensó y una expresión de furia le cruzó el rostro.
Haytham continuó:
—Pero, como demostración, necesitaré un cuchillo.
—Por supuesto —dijo la princesa, y su rostro recobró al instante la placidez. Sacó de debajo de la mesa una hoja de plata.
—Es una hoja del corazón —dijo—. Úsala bien.
Sade miró el cuchillo. El filo era recto por arriba, pero se curvaba por el lado opuesto y se estrechaba hasta formar una punta afilada.
Nunca lo había visto antes. Desde luego, no era de la princesa, pues Laire llevaba su hoja del corazón prendida en la presilla del costado izquierdo de la cintura.
Haytham cogió la hoja. La sostuvo abiertamente en una mano y bajó del estrado hacia el suelo despejado. Los elfos se apartaron a su paso y retrocedieron hasta las ramas que hacían de paredes de la sala.
—¿De quién es el cuchillo? —susurró Sade, preguntándose de dónde había sacado el valor para preguntarlo.
La princesa se volvió hacia Sade y presionó los labios contra la sien de la mortal. Después acercó la boca a su oído y susurró:
—Mascota mía, es tuyo.