El Halcón
Diez
Como todos los cambiaformas, Haytham sentía poco aprecio por los elfos y su política, y aún menos por los mortales.
De haber podido elegir, se habría despojado de su piel humana para surcar eternamente los vientos arremolinados de las Cumbres del Infierno.
Solo habría descendido para atrapar a sus presas con las garras y saborear en el pico el crujido de los huesos y la dulce sal de la sangre.
Pero Haytham le debía sus alas a la reina de Edenost. Así que, cuando la familia real lo convocaba, el geis que los vinculaba no le dejaba más opción que obedecer.
Por lo general, le pedían cosas pequeñas.
Podían llamarlo para explorar el camino por delante en una Cacería Salvaje o, en las raras ocasiones en que su guerra fría con los Sidhe se recrudecía, para averiguar dónde ocultaban los Sidhe a sus guerreros y sus piedras de drenaje mágico. De vez en cuando, le pedían que matara.
Sin embargo, la mayor parte del tiempo lo dejaban en paz. Y Haytham se alegraba de ello.
Pero esta no era una de esas ocasiones.
Haytham se encontraba en la entrada de la sala de recepción de la reina elfa.
Llevaba ropas formales que le resultaban incómodas y le hacían picar de arriba abajo la piel, siempre demasiado ceñida.
A su alrededor, gruesas ramas densamente cubiertas de anchas hojas rojas y doradas ocultaban el canto del viento.
Ciertamente, había aberturas —algunas incluso lo bastante amplias como para saltar por ellas—, pero el lugar seguía resultando agobiante.
Haytham no entendía cómo los elfos podían soportar vivir en espacios semejantes, y todos apiñados tan cerca unos de otros.
—La princesa lo recibirá ahora en sus aposentos —dijo un elfo delgado y de cabello negro que vestía demasiadas túnicas, señalando aún otra puerta arqueada.
Al oír sus palabras, la puerta se abrió. El elfo cruzó el umbral y empezó a anunciar el nombre completo y los títulos de la princesa, un proceso tedioso que Haytham ignoró.
Cuando el elfo terminó, Haytham inclinó la cabeza con formalidad ante la princesa.
—Mi señora —dijo. Aquello era lo más cortesano que llegaban a ser sus modales.
—Llámame Laire —dijo la princesa. Esbozó una sonrisa amplia y ensayada que no revelaba nada de su carácter.
Señaló al elfo que había conducido a Haytham hasta allí.
—Déjanos.
El elfo asintió y salió de la habitación de espaldas. Cuando la puerta se cerró suavemente tras Haytham, la princesa se volvió y lo examinó.
La última vez que la había visto, estaba en esa edad difusa entre la infancia y la adultez. No era torpe —los elfos eran incapaces de serlo—, pero tampoco refinada. Ahora se había convertido en una adulta hecha y derecha, hermosa como lo es una hoja: nítida, afilada y lista para derramar sangre.
—Haytham, ¿verdad? —preguntó Laire.
—Sí.
Por supuesto que se acordaba de él, pero a Laire le gustaban sus juegos.
También lo odiaba. Lo odiaba desde que su madre la castigó por colgarlo de cadenas de hierro y obligarlo a pelear contra las aves carroñeras de la zona con el solo auxilio del pico y las garras.
—Mi madre habla muy bien de ti —dijo Laire.
—Gracias —respondió Haytham.
Se preguntó si la reina sabía que Laire estaba jugando con los juguetes de su madre. La princesa, aunque seguía siendo claramente peligrosa, no contaba con los años de experiencia de su madre en materia de traiciones. Quizá hubiera ahí una oportunidad.
—Es la primera vez que me convocas —dijo Haytham—. Siento curiosidad por saber en qué puedo ayudarte.
—Tengo una situación especial —dijo la princesa—. Requiere una mano delicada.
Haytham odiaba hablar con los elfos. Siempre tan ambiguos.
—¿Necesitas que mate a alguien sin usar magia? —preguntó.
La princesa Laire arrugó la nariz.
—¿No podemos abordar esto con algo de sutileza? —Suspiró—. Es algo más complicado que eso. Necesito que adiestres a otra persona para matar. A mi mascota. Una mortal del otro lado del Velo.
¿Cómo demonios había conseguido la princesa Laire una mortal del otro lado del Velo? Pero Haytham sabía que era mejor no hacer preguntas cuya respuesta preferiría no conocer.
Así que preguntó:
—¿Ha matado alguna vez?
La sonrisa de Laire se volvió un poco más sincera.
—Todavía no. Esta será la primera.
—Sin duda habrá aquí alguien capaz de adiestrarla. Yo nunca le he enseñado la Danza del Viento ni siquiera a otro cambiaformas, y mucho menos a una mortal sin alas.
A decir verdad, Haytham dudaba que tuviera paciencia para ninguna de las dos tareas. Era poco sociable, incluso para los de su especie.
—Sí, pero la situación es complicada. Y he hecho un juramento ante el Justicius de que ni yo ni ningún miembro de mi corte le hará daño. No puede aprender lo que debe sin algo de sufrimiento.
Laire dio un paso hacia él y extendió la mano.
—¿Me permites?
Sin esperar permiso, Laire le recorrió la mandíbula con la uña.
Haytham quiso agarrarle el dedo y rompérselo. Pero el geis que lo unía a la familia real le impedía hacerle daño, así que permaneció rígido, soportando su contacto.
—Eres muy guapo —dijo Laire—. Como bien debes de saber.
Haytham se encogió de hombros. Nunca le había costado encontrar amantes cuando los vientos los unían.
—No seas modesto —dijo Laire—. No te sienta bien.
—Le dio un golpecito en la barbilla con el índice.
Después, al parecer cansada ya de entretenerse con él, al menos por ahora, continuó—: Seré clara.
Quiero que adiestres a mi mascota en las artes de matar a un elfo, deprisa y sin vacilar.
Es más, quiero que captes su interés. Distráela. Sedúcela —aclaró—. Y disfruta de ella.
Revolcarse sin más con una mortal le interesaba a Haytham tan poco como los elfos y sus juegos interminables.
—Seguramente —volvió a intentarlo— algunos de los tuyos están bien versados en las artes de matar y de seducir, ¿no?
—Por supuesto que los hay —dijo la princesa, con cara de ofensa por el hecho de que hubiera tenido que preguntarlo—.
Pero la situación es delicada. Debido a mi juramento ante el Justicius, necesitamos a alguien ajeno a nuestra corte.
Y será mejor que sea alguien capaz de mentir; esa es una ventaja que nos llevas.
—Le lanzó una mirada ligeramente impaciente—.
Estoy segura de que tú no tendrás ningún problema con lo segundo —dijo. Haytham no reaccionó.
—En cualquier caso —continuó—, ¿qué te importa a ti el estado del corazón de una mortal?
Entrénala para matar, gánate su aprecio, haz con ella lo que te plazca y, lo más importante de todo, asegúrate de que mate a Aranion, el príncipe Sidhe.
Cuando haya hecho el trabajo, podrás volver a casa.
Y… —le dedicó una de sus exquisitas y aterradoras sonrisas y añadió— esto saldará la deuda entre nosotros.
—¿Saldada?
De pronto, a Haytham le costó respirar. Si hablaba en serio, sería libre. ¡Libre!
—Exactamente eso —respondió la princesa.
Sonaba a buen trato. A trato limpio.
Demasiado bueno y demasiado limpio tratándose de elfos; Haytham lo sabía, y ese hecho debería haberlo preocupado, incluso aterrorizado. Ningún trato con elfos venía nunca sin ataduras. Eso lo sabía bien.
Preguntó, vacilante:
—¿Y qué supondrá esto para mí, después? ¿Enviarán una cacería?
—Los Elfos Luminosos son blandos —le aseguró Laire—. No han convocado una cacería en casi mil años. Y, aunque reunieran el valor, esto es un asunto entre elfos. A la Corte Sidhe no le interesan los Cambiaformas. Tienes mi palabra.
«Sí», pensó. Debería haber estado aterrorizado. Pero, en realidad, ¿qué tenía que perder?
El geis que lo unía a la reina lo obligaba a plegarse a la voluntad de su familia.
A juzgar por la oferta, lo más probable era que la princesa no comprendiera todo el alcance del geis que lo ataba a la familia real.
Y Haytham no tenía intención ni obligación de informárselo.
La promesa de libertad era un regalo, un regalo de valor incalculable.
Podía entrenar a aquella mortal, follársela incluso, y después volver a surcar los fríos vientos de las montañas que eran su hogar. Libre.
—De acuerdo —dijo Haytham, y tendió la mano.
La princesa aceptó el acuerdo. Los dedos pequeños y huesudos de ella se cerraron en torno a su antebrazo mientras la mano, mucho mayor, de él envolvía la de la princesa, delicada como una ramita. Un cosquilleo pasó entre ambos y selló el geis.
Una vez cerrado el trato, Laire hizo un gesto hacia la puerta y entró un elfo con una bandeja de comida y una delicada copa de vino de bayas élficas.
—Repón fuerzas —dijo la princesa—. Volveré enseguida con tu pupila.
A Haytham se le hizo la boca agua al ver los trozos de carne aromática y especiada, cortados en bocados, que había en la bandeja. Con todas sus necedades, los elfos sí sabían satisfacer el estómago de un invitado.
Haytham casi se había saciado cuando la princesa regresó. La mortal la seguía un paso por detrás.
La mortal, se percató Haytham, era hermosa.
Tenía la piel de un moreno intenso, color miel, y los ojos grandes, enmarcados por espesas pestañas.
Parecía una muñeca, vestida con capas de seda roja y dorada que sin duda realzaban su tez y su figura bien proporcionada.
Aunque Haytham creía preferir lo indómito de sus suaves rizos castaños.
Mantenían la forma y le rodeaban la cabeza como una aureola, un estallido de castaño.
Laire dijo:
—Esta es mi pajarilla. Sade —le dijo a la mortal—, acércate, por favor, para que nuestro invitado pueda saludarte.
La mortal, Sade, obedeció y fue a plantarse con torpeza ante Haytham.
—Encantada de conocerte —dijo con dulzura.
Pajarilla, ¿eh? Haytham se preguntó si la mortal alcanzaba a ver los barrotes de su jaula. A él le habían hecho falta demasiados años para reconocer los de la suya.
—Soy Haytham —dijo, y le tendió la mano.
Sade apoyó con suavidad la palma contra la de él. Sus ojos oscuros eran pozos profundos de incertidumbre mientras lo miraba.
—Bien —dijo Laire, y agarró a Sade por el antebrazo. Haytham le soltó la mano y la princesa elfa atrajo a Sade a su lado—. Ahora que hemos cumplido con las formalidades, dejadme explicaros por qué os he reunido.
Sade asintió, visiblemente tensa. Tomó aire con poca profundidad y se secó la palma libre en la cadera cubierta de seda.
Al menos la mortal tenía el buen juicio de estar asustada.
Haytham se descubrió deseando que fuera un poco más estúpida, menos consciente de su situación.
Al fin y al cabo, así funcionaba el mundo: el fuerte domina al débil.
Pero eso no significaba que disfrutara viendo sufrir a los débiles.
Era una de las muchas cosas que separaban a los Cambiaformas de los elfos.
Haytham la observó mientras la princesa hilaba un relato asombroso de matrimonio, traición y un vínculo de almas roto.
Dada la incapacidad de los elfos para mentir, cada palabra por separado era sin duda cierta, aunque la historia que tejían con ellas resultara, en última instancia, falsa: engañosa, como quizá dirían los elfos.
—…y, por tanto, la única solución es que mates a Aranion. Por eso he llamado a Haytham, para que te ayude —continuó la princesa Laire, y volvió a señalarlo con un gesto, como si Sade y él no acabaran de presentarse.
—¿Matarlo? —Sade estaba visiblemente conmocionada—. ¡Nunca he matado a nadie en la vida!
Laire entrecerró los ojos.
—¿Y cómo sabes eso, pajarilla?
—Yo… —La expresión de Sade se desmoronó. Negó con la cabeza.
—No lo sé —reconoció—. No me acuerdo. —Sonaba perdida.
Laire asintió.
—Bien. Ese hechizo de olvido te protege del dolor. —Le apoyó la palma en el hombro y empezó a frotárselo en círculos lentos que, supuso Haytham, pretendían ser un consuelo.
Sade cerró los ojos, temblorosa.
Algunas de las implicaciones de lo que Laire acababa de decir le llegaron de golpe. Ahí estaba la trampa, comprendió. Si había entendido bien el plan de la princesa, Laire pretendía que Sade matara a su compañero de vínculo.
Aquello era una abominación ante los cielos. En eso estaban de acuerdo elfos y Cambiaformas.
Y Haytham ya se había comprometido, por vínculo y aliento, a enseñar a aquella mortal a hacerlo.
De lo contrario, perdería la libertad y las alas.
—Haytham es un Danzante del Viento —estaba diciendo Laire—.
La Danza del Viento es una técnica que solo conocen los Cambiaformas que habitan las Cumbres del Infierno, pero cualquiera puede aprenderla…
con el instructor adecuado. —Laire alzó la mirada hacia Haytham, con los ojos brillantes—. Te enseñará bien, ¿verdad, Haytham?
Haytham se tragó los escrúpulos.
—Lo haré —dijo.
Era lo que había aceptado: el precio de su libertad.
—Entonces dejaré a mi pajarillo en tus manos expertas —dijo la princesa—. Devuélvemela dentro de tres lunas. Con eso debería bastar para tenerla lista.
—Tendré que llevarla a las cumbres —dijo Haytham—. Para su entrenamiento.
«Y para conservar mi cordura también», pensó. Cuanto antes salieran los dos de allí, mejor. Jamás lograría no perder la cabeza en aquel hormiguero élfico ni una luna entera, mucho menos tres.
—Y tu pájaro necesitará ropa práctica —añadió—. Y un cuchillo decente.
A la princesa se le tensaron los labios e inspiró con brusquedad por la nariz.
Vaciló un instante y luego se quitó del cuello un collar de cuentas delicadas. Lo apretó en el puño y cerró los ojos. Durante unos segundos, la mano le resplandeció de magia.
Cuando la abrió, en la palma descansaba un delicado espejo orlado de perlas. Se lo tendió a Haytham.
—Espero informes diarios —dijo—. Usa esto.
Haytham cogió el espejo con cierto desagrado. El perfume de la princesa, un aroma a miel y flores demasiado intenso, seguía impregnado en el cristal. Aquel dulzor empalagoso y artificial le daba ganas de vomitar.
«Sí», se dijo. Odiaba a los elfos. Los odiaba con todas sus fuerzas.