Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Cuervos enjoyados
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Cuervos enjoyados

Nueve

El viento soplaba desde las cumbres de los Dientes del Infierno y ascendía entre las hojas rojas y doradas de las copas de los árboles que albergaban la corte élfica de Edenost.

Para lady Sade, conocida por casi todos como la mascota de Laire o, a veces, Pajarillo, el viento parecía un llanto sin fin.

Se despertaba con los sollozos del viento, comía y cumplía sus deberes como doncella de la princesa Lairelithoniel entre el susurro de su lamento y, de noche, cuando se acurrucaba sobre un suntuoso montón de cojines a los pies de la cama de la princesa, el viento le poblaba los sueños.

Aunque el viento la asustaba, también le resultaba reconfortante. Era lo único constante de su vida allí. Y, aunque no entendía por qué lloraba el viento, se compadecía de su dolor, pues ella también llevaba en el corazón una herida parecida y sin nombre.

La princesa Lairelithoniel —o Laire, como la llamaban casi todos— había ordenado que vistieran a Sade de forma apropiada para el festín de media mañana.

Sade estaba de pie en el centro de la cámara de vestir de la princesa, mientras las cortesanas de menor rango se afanaban a su alrededor como una bandada de cuervos, ordenándole moverse hacia un lado y hacia otro mientras la cubrían de seda y joyas.

Habría preferido comer de su bandeja en las habitaciones de la princesa en lugar de quedar expuesta en el Gran Salón, a los pies de Laire.

Aunque le habían dicho que su puesto como doncella de Laire era un honor, siempre había crueldad en las sonrisas de la princesa y un filo en sus cumplidos que la hacía sentirse insignificante.

Ojalá pudiera recordar su vida anterior a la corte, anterior a Edenost. Pero las pocas veces que se había atrevido a preguntar, Laire había despachado sus inquietudes con un gesto de la mano, mientras los demás elfos la observaban con miedo o lástima y no decían nada.

—¡Oh, Pajarillo, esto te quedará precioso en el pelo! —Melda, a quien solo distinguía de las demás el mechón blanco que recorría su larga y gruesa trenza, sostenía un peine enjoyado ante los ojos de Sade.

—Gracias —dijo Sade. Agradecía aquella amabilidad. Ninguna de las otras intentaba siquiera explicarle qué estaba haciendo y, a diferencia de los de la princesa, los ojos de Melda no brillaban de diversión cada vez que Sade se sentía confundida o fuera de lugar.

Melda asintió. Pasó el peine de púas anchas por los rizos húmedos de Sade.

Sade sabía que no se parecía a los demás elfos.

Eran altos, de piel tan pálida como la luz de la luna sobre el agua, con ojos negros en los que no se distinguía la pupila del iris y orejas que se estrechaban hasta terminar en punta.

Sade, en cambio, era morena, de cara redonda, orejas redondas y una espesa mata de rizos castaños y salvajes.

Justo cuando Melda colocaba el último peine en el cabello de Sade y otra elfa le ataba el vestido, entró la princesa.

—¡Oh! —Laire se llevó una mano a la garganta en un gesto de deleite—. ¡Sí, está casi perfecto!

Las cortesanas retrocedieron cuando se acercó la princesa Laire. Ya no parloteaban entre ellas como antes, sino que se apretujaban en un silencio expectante.

Laire le tomó el rostro entre las palmas. Como siempre, el contacto de la princesa recorrió el cuerpo de Sade con una oleada de placer y le hizo palpitar las entrañas de deseo.

—Tu rostro es perfecto —dijo Laire—, y me encanta cómo el dorado da algo de vida a tu piel. Es preciosa y suave. —Le pasó el pulgar por la mejilla—. Si supiera cómo, mandaría hacer mis almohadas con esta misma textura.

Temblando, Sade se obligó a sonreír.

Por agradable que fuera el contacto de la princesa, Sade odiaba que Laire se le acercara tanto. El placer marcaba un contrapunto afilado al dolor incesante que le atenazaba el pecho, y le costaba respirar.

—Pero… —Laire apretó los dedos y entornó los ojos al fijarse en los labios de Sade—. ¿Qué color es este? ¿Cobre bruñido? ¡Mi mascota necesita algo más vivo, necia!

La princesa le soltó la mandíbula y la dejó sin aliento, con el cuerpo hecho una confusa mezcla de alarma, decepción y alivio.

La princesa dobló el dedo para llamar al grupo de cortesanas. Una de ellas dio un paso al frente como si lo hiciera contra su voluntad. Llevaba en la mano la barra del color cobre en cuestión.

—Mis disculpas, mi princesa —dijo la elfa. Era pequeña y pálida. Una cascada de cabello negro como la tinta le cubrió el rostro por completo cuando se arrojó de rodillas ante Laire.

—¿Pretendías avergonzarme, Naira? —Laire apartó la mano del rostro de Sade y la posó sobre la cabeza de la elfa postrada—. ¿Era ese tu plan? ¿Dejarme en ridículo?

—¡No, princesa! ¡Lo juro por todos los Dioses! ¡No!

Laire deslizó los dedos por el cabello negro y espeso de Naira, y Naira hizo una mueca de dolor.

—¿Entonces no eres más que una necia ciega? —dijo Laire—. ¿Sin el menor sentido de la belleza?

—¡Sí! —gritó Naira—. ¡Sí, sí! ¡Por favor…!

—Bueno —dijo Laire, interrumpiéndola con tanta calma como si Naira no importara lo más mínimo—, entonces habrá que encontrarte otra utilidad. Quizá lo mejor sería que pasaras un tiempo entreteniendo a los pájaros.

Un jadeo ahogado recorrió el grupo de cortesanas. Naira rompió a llorar sin disimulo.

En el poco tiempo que llevaba allí, en la corte de Edenost, Sade había visto cómo ofrecían a otro para «entretener a los pájaros».

Al elfo culpable lo habían encadenado, desnudo y con hierros, sobre un pasadizo concurrido, a la vista de las cortesanas que pasaban por debajo.

Había colgado allí días enteros mientras los pájaros se alimentaban de su carne viva.

Sade nunca supo cuál había sido la ofensa de aquel hombre y no volvió a verlo, pero sospechaba que alguien lo había puesto a trabajar en las cocinas, como a los demás siervos sin rostro que correteaban entre los fogones con informes sacos marrones, siempre ocultando el rostro y las extremidades.

Salvo Melda, Sade no sentía especial simpatía por aquellos elfos que, en teoría, estaban a su servicio, pero ninguno merecía algo así.

—Lleváosla —dijo Laire, y señaló a dos de las otras cortesanas.

—¡Esperad! —gritó Sade.

La princesa la miró con aire de sorpresa, como si fuera un mueble que de algún modo hubiera aprendido a hablar.

—¿Sí, mi mascota? —dijo.

Ahora Sade también temblaba. La princesa tenía tanto poder sobre ella como sobre cualquiera en la corte. Pero, hasta el momento, Laire la había tratado con relativa amabilidad.

—Fui yo —dijo Sade—. Yo pedí el cobre. Me pareció bonito.

—¿Tú? —La boca de Laire se torció en una mueca furiosa.

La expresión le cruzó las facciones apenas un segundo. Enseguida volvió a sonreír.

—¡Qué lista eres, mascota! ¿Elegiste tú el color?

Sade asintió. No era una mentira demasiado buena. Pero, por otro lado, a los elfos se les daba fatal detectar las mentiras.

—Por favor, no le hagas daño.

Eso sí podía suplicarlo con toda sinceridad.

Laire suspiró profundamente. —Claro, mi mascota —dijo, y le dio unas palmaditas distraídas en la mejilla. Cada roce fugaz hacía que el placer recorriera a la fuerza el cuerpo de Sade—. No la castigaría por algo que, claramente, no fue culpa suya.

Laire miró a Naira, que aún lloraba entre los brazos de las otras elfas.

—Soltadla —dijo—. Y vosotras, marchaos. Volved a vuestras obligaciones.

Las cortesanas huyeron entre un revoloteo de cabellos y sedas, y dejaron a Sade y a Laire a solas.

—Tienes buen corazón —dijo Laire, y arrugó la nariz al decirlo—. Pero quizá sea porque cargas con tanto dolor.

—¿Princesa?

—No creas que no me he dado cuenta, Pajarillo, de cómo lloras sobre las almohadas cuando crees que estoy dormida. Cuando llegaste a nosotros desde los Sidhe, sufrías una profunda herida del alma. Te pusimos en manos de nuestros mejores sanadores, pero lo más que pudieron hacer fue hacerte olvidar.

La mirada de Laire se perdió en la distancia, y Sade escuchó sin apenas respirar mientras la princesa hablaba.

—Ese quebrantador de juramentos con el que me habían prometido en matrimonio, el príncipe Aranion, es el origen de tu desesperación —murmuró Laire.

—¿Aranion?

Pronunciar aquel nombre despertó en Sade una extraña calidez. Y, al mismo tiempo, aquel punto de su pecho —la herida del alma, como la había llamado Laire— le dolió con intensidad.

—Sí. La Corte de Arborlight y Edenost llevan milenios en guerra. Pero, con nuestro matrimonio, Aranion y yo teníamos el poder de traer la paz a nuestros pueblos. Estuvo a mi lado ante los Dioses y ante nuestros padres y prometió que nos desposaríamos.

Laire sonaba más afligida que furiosa.

—Pero —continuó—, en lugar de eso traicionó nuestro juramento.

Su traición me hizo daño, pero la herida que te causó a ti fue mucho más profunda.

No puedo asegurarlo —porque no lo presencié—, pero supongo que a ti te hizo promesas parecidas.

Y eres mortal, así que tiendes a dejarte llevar por fantasías absurdas.

La voz de Laire era casi tierna.

—No es ninguna vergüenza que le creyeras. La vergüenza es de Aranion. Pero, a pesar de nuestras magias más poderosas, el vínculo que compartís sigue sangrando. Y acabará contigo.

¿Acabaría con ella? Sade no se imaginaba permitiendo que las promesas de un desconocido la hirieran de aquel modo.

Pero la herida estaba ahí. Se cernía en el hueco entre los pulmones; a veces le dolía, a veces ardía y otras, en plena noche, la llenaba de una tristeza y un anhelo tan intensos que sentía ganas de arrojarse por el borde de la estancia de la princesa y dejar que el viento la estrellara contra el suelo.

—Yo… —intentó decir, pero se le trabaron las palabras.

Laire le tomó ambas manos a Sade y bajó la mirada hacia la mortal, con los ojos negros relucientes.

—No te culpo —dijo Laire—. A los Sidhe les divierte tentar a los mortales.

No podías saber que había hecho promesas en otra parte cuando te dijo que te amaba.

Pero ahora —su voz se volvió intensa— he encontrado un modo de que las dos tengamos nuestra venganza.

Un modo de que acabes con tu dolor para siempre.

Pero tendrás que ser muy valiente. ¿Harás esto por mí, Pajarillo? ¿Lo harás por ti?

Sade estaba abrumada. En aquellos pocos minutos había descubierto más sobre sí misma y sobre su pasado que en todo el tiempo transcurrido desde que despertara en la cama de la princesa.

Y la princesa Laire, cuando mostraba su propio dolor, resultaba menos aterradora.

Quizá, después de todo, no fuera tan cruel como parecía.

Jamás había levantado la mano contra Sade con ira.

Nunca le había hecho daño, ni un solo tirón de pelo cuando, bien entrada la noche, se lo peinaba, se lo untaba de aceite y se lo recogía antes de mandarla a dormir al pie de su enorme cama.

Laire le apretó las manos con más fuerza. No tanto como para hacerle daño, a menos que Sade se resistiera, pero, al fin y al cabo, en aquellas últimas semanas Sade había aprendido a no oponerse a la voluntad de la princesa. Lo que provocaba dolor era la resistencia.

Sade tomó aire. Asintió.

—Lo intentaré —dijo.

—No se puede pedir más —respondió Laire con una sonrisa. Una sonrisa sincera, que le hizo brillar los ojos con una especie de alegría maníaca.

—Ahora —añadió—, ven conmigo al salón de mi padre. No podemos hacer esperar a nuestro invitado.