Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Árboles del Mundo
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Árboles del Mundo

Siete

Aquello no era un sueño extraño, ni siquiera una pesadilla. Sade lo sabía porque de las pesadillas uno podía despertar.

Y, a pesar de todo, el calor de las manos de Aranion envolviendo las suyas seguía resultándole irresistible.

«Qué tonta eres, Sade», pensó, y se llevó la taza de sopa a los labios, con lo que consiguió que le soltara las manos.

Sade apuró los restos de su sopa, ya tibia, mientras Aranion recogía sus escasas pertenencias.

A Sade le resultaba imposible imaginar que no volvería a ver a su hermano.

El accidente de Mamá ya había sido bastante duro, en parte porque Mamá había tardado en morir.

Incluso cuando Charles y ella decidieron juntos, tres semanas después, desconectar el respirador, Sade no había dejado de rezar por un milagro que nunca llegó.

El dolor había unido a los hermanos y, a la vez, los había separado aún más. Por eso Charles se había marchado: había dicho que necesitaba «distanciarse un poco de todo aquello». Pero eso no significaba que no fuera a notarlo cuando Sade dejara de contestar al teléfono.

Jamás habría seguido a Aranion por aquella puerta si hubiera sabido que eso significaba dejar atrás todo lo que conocía y quería. Aparte de una noche de sexo increíble, ¿qué sabía en realidad de Aranion? ¿Que era un príncipe elfo que había huido de un matrimonio forzoso con una sádica?

Y, aun así, después de tan solo aquella noche y aquel día, no podía imaginarse la vida sin él.

Sentir una conexión tan intensa con un hombre al que conocía desde hacía menos de un día era aterrador.

No quería esto, pensó; la parte sensata de ella no lo quería en absoluto.

Pero no estaba en su mano elegir lo que quería.

«Anímate, Sade», se dijo. «Encontrarás la manera de salir de esta. Siempre hay una salida».

Cuando terminó la sopa, le tendió la taza vacía a Aranion, que la arrojó al suelo de inmediato.

—Con el tiempo recuperará su forma original —dijo él distraídamente.

Sade asintió, con la mente ya puesta en asuntos más importantes.

Causar una buena impresión al rey elfo era más importante de lo que jamás habría imaginado, y ella estaba hecha un desastre.

Ojalá hubiera tenido alguna forma de lavarse y de hacerse algo en el pelo, al menos.

Pero, a falta de eso, se lo recogió en una trenza desaliñada y alisó la aureola de encrespamiento que siempre parecía brotarle de las sienes, por muy reciente que fuera su último alisado.

Decidió que ni siquiera iba a pensar en lo mal que debía de oler.

Meldigur observó con interés su rutina de belleza. Sade no sabía si eso le molestaba.

Aranion había terminado de recoger sus cosas del hueco del árbol que, por un breve tiempo, había sido su hogar. Estaba claro que había llegado la hora de marcharse.

Sade preguntó:

—¿Cuánto tardaremos en llegar andando al castillo?

—¿Castillo? —Meldigur se echó a reír—. ¡Y andando! Los mortales sois rarísimos.

Sade sintió el impulso de borrarle de un bofetón aquella diversión condescendiente de la cara, pero Aranion le puso una mano en el hombro.

—No le hagas caso —dijo Aranion—. Siempre ha tenido más sentido del humor que sentido común.

Meldigur se encogió de hombros.

—Si con eso quieres decir que no pienso pasarme los años envuelto en una nube de desesperación solemne, entonces sí, desde luego.

Sade observó a Meldigur con atención. Era algo más delgado que Aranion y también le sacaba media cabeza.

Era todo músculo fibroso sobre huesos finos, y tenía el cabello de un oro bruñido, en contraste con el plateado lunar de Aranion.

Ambos elfos eran pálidos, gráciles y poseían una belleza que reclamaba toda la atención.

Para Sade, el atractivo de Meldigur no podía compararse con el de Aranion, pero, si lo hubiera conocido a él primero, le habría parecido atractivo. Al menos, hasta que abriera la boca.

—Ignóralo —le dijo Aranion—. Lo que intentaba decir es que ni siquiera los Bane Sidhe se atarían al suelo, encerrados en un caparazón de roca muerta.

Nuestro pueblo vive entre las ramas de los Árboles del Mundo, muy por encima de la tierra.

La corte de Edenost cultiva sus árboles en las montañas de los Dientes del Infierno, donde dan la bienvenida al viento en sus hogares.

La mayoría de los elfos, Bane o Luminosos, viven sin pisar nunca el suelo.

Sade se aventuró a preguntar:

—¿Eso significa que tenemos que trepar?

—Ni mucho menos —respondió Meldigur—. Como no necesito pasar desapercibido, puedo usar sin más un hechizo de retorno.

Aranion reaccionó enseguida.

—Sade y yo tenemos que hablar con mi padre antes de que nos vea nadie más de la corte —dijo con firmeza—. Un interrogatorio sería… complicado.

Se sacó del cinturón el cuchillo de plata. Con un movimiento rápido, se cortó un mechón del pálido cabello reluciente.

—Escóndenos en algún lugar de la corte —dijo—. Entrégale esto a mi padre. Y haz que venga a vernos.

Meldigur le advirtió:

—Has dado tu palabra de que no huirás.

—Y no lo haré —le aseguró Aranion—. Pero esto requiere la mayor delicadeza. Por favor… como mi hermano de vínculo, ¿harás esto por mí?

Meldigur suspiró.

—Os llevaré a los dos a mi casa —dijo—. Ya la he registrado a fondo, así que allí estaréis a salvo. Y haré todo lo posible por convencer a tu padre. Pero, como sabes igual que yo, el Rey Anciano sigue sus propias reglas. Bailamos al son de los pasos que él elige.

Aranion asintió y le entregó el cabello a Meldigur, quien, con un leve movimiento de los dedos, lo hizo desaparecer.

Unas horas antes, Sade se habría maravillado con aquel truco. Pero ahora estaba demasiado cansada, demasiado confundida y demasiado asustada para que le importara. Así que la magia era real. ¡Lo que se sorprendería Charles!

Sade negó con la cabeza. No, era mejor no pensar en Charles.

—¿Estás lista? —preguntó Aranion mientras le posaba con suavidad una mano en el hombro.

—Todo lo lista que voy a estar —respondió Sade—. Acabemos con esto.

Meldigur asintió. Caminó hasta un espacio despejado entre dos árboles. Con el brazo bien estirado, trazó un gran círculo en el aire con el dedo.

Una línea de luz líquida siguió su movimiento.

Y, cuando hubo completado el círculo, el centro se desvaneció.

Era como mirar a través de una ventana transparente a otro lugar.

Aunque, a diferencia de la puerta que había traído a Sade hasta allí, el portal de Meldigur no titilaba ni se movía en absoluto.

Al otro lado de la ventana se abría una especie de sala común: un suelo de mosaico de madera, con almohadones de colores repartidos por todas partes.

Al fondo, un hueco entre ramas de flores vivísimas dejaba ver una vista aparentemente infinita de copas de árboles.

El sol brillaba con fuerza y sus rayos atravesaban el portal y golpeaban el musgo con un fulgor deslumbrante.

Era precioso.

Meldigur esbozó una sonrisa irónica y los invitó con la mano a cruzar el portal con un ademán exageradamente teatral.

Aranion cruzó primero. Sade lo siguió.

La habitación olía a flores y el aire estaba lleno de trinos.

Sade se quedó pegada a Aranion y, de pronto, le buscó la mano cuando aquello que había tomado por flores empezó a brincar de rama en rama, desplegando las alas y parloteando entre sí.

Meldigur entró detrás de ellos y el portal se cerró.

Sade contempló asombrada la casa del elfo. Nunca había visto nada parecido. Para empezar, ¡era tan abierta! Suponía que, a semejante altura, los mosquitos no serían un problema (¡si acaso lo eran para los elfos!). Pero aquella habitación ni siquiera tenía ventanas. ¿Y si llovía?

Los pájaros parecían campar a sus anchas por la estancia, aunque, al menos, se mantenían en las ramas que hacían de límite de la habitación. Sade bajó la vista al suelo. No parecía que hicieran sus necesidades dentro, lo que suponía un alivio inmenso.

Por supuesto, la única explicación posible era la magia. Lo que significaba que todo aquello le quedaba muy grande.

Meldigur volvió a mover la mano. Sobre una mesa baja y redonda, en el centro de la sala, apareció una bandeja de fruta cortada, junto a un cuenco de frutos secos y un frasco con alguna clase de bebida.

Aunque acababan de comer, Sade se sorprendió al sentir de nuevo un hambre voraz. Miró el plato de comida con anhelo.

—Come —dijo Meldigur—. Puede que hayamos salvado la distancia en un parpadeo, pero el cuerpo nota el esfuerzo. Sobre todo el de los mortales.

Sin esperar más permiso y agradecida por el ofrecimiento, Sade se acercó a la mesa, se dejó caer con cierta torpeza sobre un cojín y comió.

Algunas frutas se parecían vagamente a otras que conocía.

Había algo blando y de color naranja pálido, como el melón cantalupo, y otra cosa verde, con la textura y el peso de una sandía.

Para deleite de Sade, los frutos secos sabían a almendras con coco.

Se echó un puñado a la boca y los masticó con alegría.

No se había dado cuenta de que el hambre la estaba haciendo sentirse mal hasta que empezó a comer y las náuseas desaparecieron. Aunque Aranion y Meldigur se lo tomaban con toda naturalidad, ellos también comieron con ganas, y eso hizo que Sade se sintiera mejor. Al menos no era la única.

Sade se descubrió deseando que los elfos tuvieran platos más contundentes para las comidas principales. Si aquello era lo que solían comer, entendía por qué Aranion y Meldigur estaban tan delgados.

Cuando Sade terminó y se lamía el zumo de la fruta de los dedos, Meldigur le dijo a ella y a Aranion:

—Poneos cómodos. Arriba tengo una zona de baño donde podréis asearos los dos —añadió— y atender vuestras necesidades íntimas.

Por desgracia, Sade, tendré que arreglar algunas prendas viejas mías para que te queden bien, hasta que Aranion resuelva las cosas con su padre.

Pero aún así serán mejores que esos harapos que te quedan tan mal.