Capturado #3
—Yo... —Los ojos de Sade se abrieron de par en par. Se le quebró la voz—. ¿Me estás diciendo que, incluso cuando la puerta vuelva a abrirse, puede que siga atrapada aquí?
—¿Atrapada? —repitió Aranion con desconcierto.
La idea de que Sade se sintiera atrapada con él le dolió de un modo inesperado. Aunque, por supuesto, eso era precisamente lo que había ocurrido. Por eso había intentado resistirse al vínculo; por eso había intentado enviarla de vuelta por la puerta antes de que se cerrara.
—Nunca pretendí retenerte aquí contra tu voluntad —dijo.
—Pero ahora tenemos esto del vínculo de almas, ¿no? —dijo ella con urgencia—. ¿Y el tiempo pasa más deprisa en mi mundo que aquí? Eso es lo que has dicho.
—Sí —explicó él—, pero no es tan sencillo. No sé a qué velocidad pasa el tiempo allí. Puede que tengas unos cuantos años, incluso una década, antes de que los mortales de tu generación pasen a sus siguientes vidas.
—¿Quieres decir antes de que mueran? ¿Y ni siquiera estás seguro de cuánto tiempo tengo? —Le temblaban las manos mientras agarraba la taza—. Eso no me basta —dijo—. Tengo que volver, de alguna manera.
Miró a Aranion.
—No intento dejarte, pero... —Tenía los ojos brillantes y bajó la cabeza—. Dios... la policía... la sangre. Charles. ¡Va a pensar que estoy muerta! ¡Van a pensar que Michael me llevó a algún sitio y me mató! No puedo dejar las cosas así. No puedo.
—Yo... —Aranion apenas podía respirar ni pensar entre las oleadas de dolor, culpa y miedo que Sade proyectaba a través del vínculo que los unía.
Aranion jamás había considerado aquella complicación.
Estaba preparado para abandonar todo lo que había conocido; ya se había hecho a la idea.
Pero, cuando Sade decidió cruzar con él a través de la puerta, lo había hecho sin comprender las consecuencias.
Por supuesto, debía de tener familia y amigos entre su propia gente.
Y ahora, minuto a minuto, se alejaban cada vez más de ella.
—¿Cuánto falta para que haya estado aquí demasiado tiempo?
—preguntó—. Esa puerta se abre cuando hay luna llena.
Nana me lo contó. —Se incorporó de repente, como si se le hubiera ocurrido algo—.
¡Oh, Dios! Seguro que eso fue lo que le pasó.
Nana estuvo aquí, ¿verdad? ¡Cruzó sin darse cuenta y se quedó demasiado tiempo!
—No lo sé —dijo Aranion.
Sade seguía agarrando la taza con las dos manos. Él alargó las suyas y se las envolvió.
—Ya han llegado mortales a nuestro mundo otras veces —le dijo—. Si caen en manos de los Bane Sidhe, pueden sucederles cosas terribles. Si te soy sincero, a los Sidhe también nos gusta jugar con ellos, pero no tenemos la crueldad por placer supremo.
—No puedo dejar así a mi hermano, pensando que estoy muerta o algo peor. No puedo —dijo Sade. Le sostuvo la mirada con los ojos llenos de determinación—. Llévame de vuelta al lugar por donde cruzamos. Nana dijo que el portal aparece con cada luna llena. Esperaré a que llegue.
Pensar que iba a marcharse era una agonía. Aranion hizo un esfuerzo enorme por ordenar las ideas y mantener la voz serena mientras intentaba explicárselo:
—Los portales salvajes no funcionan así. Podría reaparecer en otro lugar, quizá al otro lado del bosque. O incluso en las tierras de los Bane Sidhe.
—¿Eso es todo, entonces? ¿No hay opciones? Tiene que haber algo que podamos hacer.
Sade volvió a temblar.
Las emociones de Sade consumían la mente de Aranion y al elfo le resultaba casi imposible pensar.
Quería estrecharla entre sus brazos y aliviarle el dolor.
Pero soportar la angustia y la ansiedad de ella, sumadas a las propias, no le dejaba hacer nada más que sostenerle las manos entre las suyas, y dudaba que eso sirviera de mucho.
Igual que el miedo y el dolor de Sade agravaban los de él, sus propias emociones debían de estar amplificando las de ella y devolviéndoselas en un bucle.
Por suerte, Meldigur aún conservaba la cabeza fría.
—Lo mejor para los dos es regresar a la Corte Sidhe.
Ambos se volvieron para mirarlo.
—En el templo hay un portal cautivo —continuó—. Podéis hablar con los sacerdotes: ellos entienden los portales mejor que ninguno de nosotros. Y… —intercambió una mirada significativa con Aranion—, puesto que de todos modos tenemos que ir allí, en realidad es la única solución.
Sade miró a Meldigur y luego a Aranion.
—¿Es así?
Aranion asintió.
—Los sacerdotes son los únicos que comprenden de verdad cómo funcionan los portales, cómo mantenerlos cautivos y cómo dirigirlos según la voluntad de los Dioses.
Pero tendrían que hablar con ellos cuanto antes. Por cada amanecer aquí, quién sabía cuántos días pasaban en el mundo mortal.
El miedo de Sade se iba apaciguando, aunque solo fuera un poco. Aranion notó que él también se tranquilizaba.
A cada instante, el vínculo de almas los acercaba más y más.
No soportaba la idea de dejar marchar a Sade. Pero tampoco podía librarse de la pena y la culpa que ella sentía por abandonar a los suyos.
Los Dioses tenían un sentido del humor cruel, de eso no cabía duda. ¿Por qué, si no, habrían unido las almas de dos personas tan poco hechas la una para la otra?