Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Capturado #2
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Capturado #2

Aranion no pudo evitar sentir cierto resentimiento.

Al fin y al cabo, él había cruzado la frontera entre mundos, había derrotado a su atacante y la había traído hasta allí; y juntos habían formado un vínculo de almas.

Aquello era mucho más raro y valioso que una simple transmutación, por magistral que fuera su ejecución.

—¡Aran parece que se ha tragado un cactus! —exclamó Meldigur entre risas—. No te preocupes, Aran. Seguro que sigues siendo el primero en su corazón.

Mientras hablaba, transmutó los demás objetos con mucha menos maestría. Le dio a Sade la segunda cuchara y se quedó con el tercer juego.

—Listo —dijo, y le tendió a Aranion el vaso y la cuchara que había traído en un principio—. Ahora, ¿por qué no nos lo cuentas todo sobre ese vínculo de almas? ¿Y el resto de la historia?

Aranion abrió la olla élfica y repartió la sopa en tres partes, una en cada vaso. Cuando terminó, aún quedaba la mitad. La olla estaba encantada para mantener la comida fresca y caliente durante días y, cuando empezaron a comer, de los vasos se elevaron delicadas volutas de vapor.

Sade se llevó con cautela la primera cucharada a la boca. Luego sonrió, encantada.

—¡Está buenísima!

—Sí —dijo Meldigur—. Aran siempre ha cocinado bastante bien. Pero ahora, hermano de vínculo, hay cosas que tienes que contarnos…

Aran asintió.

Se adentraba en terreno peligroso. No podía mentir. Pero tampoco podía arriesgarse a revelar que había cruzado al mundo mortal, aunque fuera brevemente, y menos aun habiendo quitado una vida allí.

Así que rebuscó en sus recuerdos y empezó por el principio: la ceremonia de unión en la que había conocido a la princesa Lairelithoniel.

—Lo admito —les dijo—, la espié un momento antes de la ceremonia. Estaba hablando con alguien, pero entre ellos había un geis de silencio y no pude oír lo que decían.

»Mientras hablaban, llamó hacia sí a uno de los pájaros de las copas más altas. Le susurró algo antes de arrancarle las plumas primarias, una a una, y arrojarlo por el borde. La pobre criatura agitó las alas desesperadamente, pero, sin las plumas de vuelo, cayó en picado.

Y cómo había soltado risitas la princesa, tapándose los dientes con la mano, el rostro afilado de deleite. Aranion se estremeció al recordarlo.

—Juro por todos los Dioses que sentí el terror y el dolor de aquel pájaro hasta el instante mismo de su muerte.

Sea cual sea la máscara que se hayan puesto los Bane Sidhe para sostener esta farsa de paz entre nosotros, es mentira.

Sus costumbres no son más que engaño y traición.

No podemos permitir que esa corrupción entre en nuestro hogar.

El rostro de Meldigur había perdido toda alegría. Asintió con gravedad.

—¿Y fue entonces cuando huiste?

—No —respondió Aranion—. Fue entonces cuando hablé con mi padre. No habría traicionado su juramento sin hablar antes con él. —Suspiró—. Pero desde que murió Herion y su sucesor empezó a interpretar las señales de los Dioses, las cosas han cambiado.

Meldigur alzó bruscamente las cejas.

—¿Estás diciendo que Talathion manipula las señales?

Aranion se encogió de hombros.

—Es joven. Demasiado joven para ese puesto.

Eso es lo que digo, y no soy el único. Pero, como sabes, mi padre cree que, si sigue exactamente el camino de los Dioses, logrará traer de vuelta a mi madre de su sueño eterno.

Y Talathion también lo sabe. —Sacudió la cabeza—.

No es una buena situación, se mire como se mire.

—Entonces, ¿pretendes saber más que los Dioses?

—Sé reconocer el mal cuando lo veo —afirmó Aranion con decisión—.

Si me quedara y participara en esta farsa de matrimonio, les daría a los Bane Sidhe vía libre, como familia, para entrometerse en nuestros salones.

Entonces, inevitablemente, sus costumbres corromperían las nuestras.

No necesitarían conquistarnos. Podrían devorarnos desde dentro.

Nos volveríamos exactamente como los Bane Sidhe: una hermosa cáscara con el núcleo podrido.

Sade había estado escuchando con atención, mirando a uno y a otro. Entonces preguntó:

—¿Te están obligando a contraer un matrimonio concertado? —Parecía haberse tranquilizado—. Eso no está nada bien.

Aranion se encogió de hombros.

—Así es como se hacen las cosas —dijo—. Nosotros no nos casamos por amor, aunque el amor puede surgir.

Y tanto el marido como la esposa pueden buscar placer donde les plazca, pues cualquier hijo nacido de esas uniones se recibe con alegría y respeto.

A decir verdad, nos resulta tan difícil tener hijos que cualquier criatura es bienvenida.

Pero... —Hizo una pausa—. Un vínculo de almas es diferente.

—Más te vale —dijo Sade—. Si estás conmigo, estás conmigo y solo conmigo.

Meldigur tosió.

—Bueno, vosotros los mortales no vivís tanto como nosotros.

Aranion ya no estaba tan seguro de que fuera eso, sino más bien de que el tiempo corría más deprisa allí que a este lado del Velo. ¿Qué habría ocurrido con su esperanza de vida si hubiera cruzado y se hubiera quedado? ¿Habría vivido apenas setenta u ochenta años?

—Entonces, ¿es como salir con un vampiro? —preguntó Sade—. ¿Como en esa serie? ¿Tú seguirás joven y guapo mientras yo envejezco y me muero?

—No, si te quedas aquí —se apresuró a asegurarle Aranion.

Eso al menos lo había aprendido en sus lecciones de infancia sobre los mortales—.

Pero —añadió—, cuando vuelvas, todo el tiempo transcurrido en tu mundo se asentará pronto en tu carne y en tu espíritu.

Por eso es tan peligroso que los mortales crucen por más de un breve tiempo.