Al filo de las espinas (Reclamada por el elfo nº 1) Capturado
24%

Capturado

Seis

Aranion se despertó con el inconfundible sonido de unas palmadas lentas, una parodia burlona de ovación.

—Mis felicitaciones, Aran —dijo una voz familiar—. Te has entretenido de lo lindo mientras el reino entero peina los bosques exteriores en busca de tu miserable pellejo.

Aranion reconoció la voz de su hermano de vínculo, Meldigur. El elfo de mirada aguda era uno de los poquísimos capaces de acercarse tanto sin activar sus defensas, al menos en circunstancias normales. Y Aranion tuvo que admitir que, en ese instante, sus defensas no estaban en su mejor forma.

La verdad era que había sido un golpe de suerte que fuera Meldigur quien los encontrara. Cualquier otro elfo ya lo habría atado con magia mientras dormía y lo habría arrastrado de vuelta ante su padre sin decir una palabra.

Sade se removió al oír la voz de Meldigur.

—¿Aranion?

—No exactamente —respondió Meldigur.

El cuerpo de Sade se tensó y abrió los ojos. Se acurrucó sobre sí misma en un intento inútil de cubrirse.

—¿Y tú quién eres? ¿Te importaría darnos un minuto para vestirnos? —exigió.

Meldigur estalló en carcajadas.

—¡Vaya, vaya! Tiene carácter. ¿De dónde has sacado a una mortal?

—¿Y a ti qué te importa? —preguntó Aranion.

—Me salvó la vida —dijo Sade al mismo tiempo.

Antes de que Aranion pudiera hablar, ella se apresuró a seguir:

—Mi ex me perseguía. Los dos acabamos cruzando vuestra puerta por accidente. Y cuando Aranion lo vio, lo detuvo antes de que pudiera hacerme daño.

Aranion se quedó atónito. Sade contaba una versión muy depurada de la verdad: no mencionaba que él también había cruzado a su mundo y pasaba por alto que había matado al mortal.

Su relato era casi una mentira. Pero era una versión que lo protegería del castigo por aquello que él mismo le había descrito como un crimen entre los suyos: cruzar el Velo.

Meldigur se volvió hacia Aranion.

—¿Así fue como ocurrió? —preguntó.

—Sí —dijo Sade.

Meldigur no aparteó los ojos de Aranion y lo escrutó largo rato. Al final asintió.

—Bueno, es una preciosidad. Dime que la vas a compartir —añadió.

—¡No! —Aranion le puso la mano en la cadera y la apretó contra él—. Sade es mía.

Meldigur suspiró.

—Siempre has sido muy celoso de tus posesiones.

—¿Quién demonios eres tú? —exigió Sade, que se incorporó a medias y se cruzó los brazos sobre los pechos—. No soy la posesión de nadie.

—Repite eso cuando se te pase el geis que Aran te ha puesto.

Sade alzó la vista hacia Aranion. A él se le encogió el corazón al ver la traición en aquellos suaves ojos castaños.

—Creía que habías dicho que solo servía para que pudiéramos hablar.

—Es solo para que podamos hablar —dijo Aranion—. Entiendes a Meldigur, ¿verdad?

Sade entrecerró los ojos. Se inclinó hacia él y susurró:

—Pero anoche, ¿qué me hiciste?

—Ni más ni menos que lo que tú me hiciste a mí —respondió Aranion. Tendría que contárselo ya, aunque habría preferido hacerlo a solas.

—Nos hemos vinculado —dijo a regañadientes—. Bueno, en realidad ya existía un vínculo entre nosotros, y anoche lo consumamos.

—¡¿Qué?! —Sade abrió los ojos como platos—. ¿Qué significa eso? ¿Qué clase de vínculo?

—Nuestras almas se llamaron a través de los mundos —dijo Aranion—. Y ahora se han unido.

Sade lo miró, parpadeando.

—Entonces, ¿es como si fuéramos almas gemelas?

Las palabras eran correctas, pero el sentido que el geis daba a aquel término no encajaba del todo. Lo que ellos compartían era más profundo que unos simples esponsales o un matrimonio. Aranion empezó a explicárselo:

—No estoy…

—Qué encantadores sois los dos —lo interrumpió Meldigur—. Y qué tierno todo esto. Pero, Aran, ¿tienes idea de lo que va a hacerte tu padre cuando descubra que has formado un vínculo de almas con una mortal? ¿Y tres días antes de tu boda?

—¿Boda? —Sade se incorporó de golpe; la mano de Aranion resbaló de su cadera y se rompió el contacto físico entre ambos—. ¿Estás prometido?

—¡No es decisión mía! —intentó explicar Aranion—. Tienes que entender…

—No tengo que entender nada. Pásame la camisa —ordenó Sade, y señaló el montón de ropa desparramado junto a la pared interior del árbol hueco en el que se habían refugiado. Le lanzó una mirada furiosa a Meldigur—. Y no voy a ponerme a resolver esto en pelotas delante de tu amigo.

—Por mí no hay problema —dijo Meldigur.

—Date la vuelta —dijo Aranion con veneno en la voz; su furia no iba dirigida a su amigo, sino a la situación en la que estaban todos atrapados—. Lo digo en serio, Mel.

—Si intentas escapar —dijo Meldigur—, tendré que hacerte daño. Ya me estoy tomando libertades solo por hablar contigo.

—Lo sé —dijo Aranion.

A pesar de todos sus jueguecitos, Meldigur corría un riesgo real al no llevárselo de inmediato. Ni siquiera debía de haber avisado a nadie más, pues ninguno de los otros exploradores había llegado aún a ayudarlo a capturar al príncipe descarriado.

—Danos al menos la oportunidad de vestirnos —dijo Aranion—. Sé que nuestro pueblo no es muy pudoroso, pero a los mortales les incomoda.

Meldigur vaciló.

—Lo haré solo por esta vez —dijo—, pero si huyes, no te lo pondré tan fácil cuando vuelva a capturarte.

—No huiré.

Meldigur asintió y se volvió de espaldas.

Aranion deseó haber tenido tiempo de explicarlo todo a fondo y en el orden debido.

Ya era bastante grave haber conmocionado a Sade al informarla de su vínculo de almas, y encima justo después del compromiso.

Un compromiso que, ahora, sin duda no podría desembocar en matrimonio…

no con el alma de Aranion unida a otra persona.

Que Meldigur los hubiera encontrado y haber arrastrado a Sade a aquel lío era terrible, pero el vínculo que habían formado también podía ser su vía de escape.

Si Aranion tenía un vínculo con otra persona, aunque fuera una mortal, la princesa Lairelithoniel tendría motivos de sobra para rechazarlo.

¿Cómo iba a querer un marido cuyas lealtades pertenecían a otra?

Sin duda, bastaría con explicarlo y conseguir que todos lo entendieran. Pero antes tenía que lograr que Sade lo comprendiera.

Aranion se inclinó y recogió la ropa mortal de Sade.

Los recuerdos de la noche anterior parecían adherirse a aquellas texturas ajenas, y Aranion notó que su cuerpo despertaba de forma vergonzosa mientras le entregaba sus cosas.

Apartó la mirada y trató de distraerse buscando los pantalones.

Sade tenía razón: no convenía tener aquella clase de conversación con su hermano de vínculo estando desnudos.

Cuando estuvieron vestidos, Aranion le dijo a Meldigur:

—Ya puedes darte la vuelta. —Se le ocurrió una idea y añadió—: Tenemos sopa. Todavía estará caliente. A menos que pienses llevarnos de vuelta ahora mismo, antes de escuchar toda la historia.

Meldigur negó con la cabeza.

—Una hora o dos no cambiarán nada, siempre que me des tu palabra de que volverás conmigo. Necesito tu palabra de que no volverás a huir hasta que hablemos con tu padre.

Aranion tomó aire despacio mientras lo sopesaba.

En cuanto diera su palabra, le resultaría físicamente imposible incumplirla.

Pero ¿qué alternativa tenía? Meldigur los había encontrado y, con Sade a su cargo, difícilmente podría escapar de su hermano de vínculo.

La primera vez solo lo había conseguido porque lo emborrachó con vino de flor de luna y esperó a que se quedara dormido. Mel no volvería a cometer ese error.

—Tienes mi palabra —dijo Aranion.

El geis de su promesa se asentó sobre él, y Aranion supo que había perdido la oportunidad de volver a huir.

Al menos hasta llegar a la corte de su padre. Hasta hablar con él.

Un hombre con el que había mantenido cinco conversaciones completas en los últimos diez años. Tres de ellas giraron en torno a la boda, y en ellas nadie prestó la menor atención a sus inquietudes.

—Bien —dijo Meldigur. Aranion no opinaba lo mismo, pero dejó pasar el comentario.

—Ahora —continuó Meldigur—, supongo que no te llevaste un juego completo de utensilios para acompañar la olla que robaste, ¿verdad?

Aranion negó con la cabeza. Tenía su cuchillo personal, un vaso y una sola cuchara; pensaba darle los dos últimos a Sade cuando compartieran la comida.

—Solo esto —dijo, y sacó el vaso y la cuchara de la mochila.

—Bueno, seguro que podemos apañarnos —dijo Meldigur.

Por su tono y su expresión, estaba claro que pretendía presumir. El mayor talento de Meldigur era la transmutación: convertir un objeto en una copia perfecta de otro, al menos durante un breve tiempo.

Y vaya si presumió. Primero tomó la cuchara y el vaso y los dejó en el suelo. Luego encontró rápidamente dos palos y dos piedras de tamaño parecido al de los vasos y las cucharas.

Empezó por el vaso: lo sostuvo entre las palmas e hizo que sus manos resplandecieran, un efecto del todo innecesario para una transmutación tan sencilla. Después tomó las piedras, una tras otra, y las transformó.

Ver una transmutación siempre resultaba un tanto extraño. El objeto parecía centellear y volverse líquido mientras adoptaba su nueva forma. Luego volvía a solidificarse y adquiría exactamente el aspecto del original, aunque el tamaño podía variar según el tamaño y la masa del objeto transformado.

Sade ahogó una exclamación ante la primera transformación, que Meldigur completó con un complejo aleteo de los dedos, como si el movimiento hubiera apagado la luz.

—Deja de hacer el tonto —dijo Aranion, al que no le hacía ninguna gracia el interés embobado de Sade.

Meldigur lo ignoró, por supuesto. Le tendió a Sade el vaso con una inclinación de cabeza.

—Mi señora —dijo—. Me dirigiría a ti por tu nombre, pero me temo que Aran me estrangularía aquí mismo, y entonces ¿en qué quedaríamos?

Sade cogió el vaso. Lo alzó hacia la luz y le dio vueltas entre las manos.

—¡Es increíble! —dijo—. ¡Antes era una piedra y ahora…!

Se le había acelerado la respiración. Miró a Aranion y luego volvió a fijarse en el vaso.

—Esto es magia de verdad, ¿no?