Vinculada
Cinco
Después de que Aranion se marchara a buscar comida, Sade se acurrucó en el hueco del árbol y examinó la daga que él le había dado. Era de plata mate y todavía guardaba el calor de la cintura de Aranion, donde había estado apoyada.
Por aterrador que fuera quedarse sola y a su suerte en aquella selva alienígena, Sade también agradecía tener unos minutos para sí misma. Aranion le había arrastrado los sentidos en un torbellino de deseo salpicado de puro terror, y se estaba enamorando demasiado y demasiado deprisa.
«Dios santo, Sade», pensó. «¿Un elfo renegado? ¿No te bastaba con el narcotraficante psicótico y posesivo?»
El aire era fresco bajo la bóveda del bosque, lleno del relajante susurro de las hojas y del trino de los pájaros, y Sade se quedó adormilada sin poder evitarlo.
Una ramita crujió con fuerza y Sade se despertó sobresaltada, aferrando la daga mientras asomaba la cabeza.
Era Aranion. Allí estaba, rodeado por un halo de rayos de luz que se filtraban entre las copas, con la piel desnuda reluciente por el esfuerzo.
En la mano derecha llevaba un tosco saco tejido.
Sade se quedó mirándolo. Se le secó la boca al verlo: aquel cuerpo esbelto y a la vez poderoso avanzaba hacia ella. Sus ojos, azules como una tormenta, la miraban con hambre y con culpa. Quería tocarlo. Quería que la atrapara entre sus brazos y la reclamara.
Sí, estaba metida en un buen lío.
Aranion puso la comida que había encontrado en una calabaza de madera.
Le explicó que se cocinaría sola mientras descansaban, pero Sade estaba demasiado distraída para escucharlo.
Con él tan cerca, los métodos de cocina de los elfos le daban exactamente igual.
Olía a sudor, a tierra, a flores y a algo dulce, aunque inconfundiblemente masculino.
No sabía qué tenía Aranion que la atraía con tanta fuerza. Nunca le habían gustado los hombres delgados y los prefería con algo de color. Dejando aparte que enamorarse de Aranion era una idea increíblemente estúpida, él era justo lo contrario de su «tipo» habitual.
—Deberías sentarte —lo animó Sade. Tenía que estar cansado—. ¿O es que los elfos no os cansáis?
—Nos cansamos —respondió él. Y se sentó a su lado.
¡Dios, esos ojos! Las pupilas se habían tragado por completo el azul tormentoso de los iris mientras la miraba con un deseo evidente que intentaba reprimir —sin éxito—.
«Al diablo la sensatez».
Sade le tomó la mano.
—Yo... —empezó Aranion.
Pero Sade no quería perder más tiempo hablando. Sabe Dios cuándo podría matarlos alguna criatura horrible. O, peor aún, cuándo los encontrarían los de su pueblo. Aquellos elfos parecían mucho más terroríficos que los monstruos difusos que ella había ido dibujando con las sombras que los rodeaban.
Tiró de él hacia sí y, tras un instante de vacilación, Aranion la besó con fuerza. Era el tipo de beso que más le gustaba: profundo y áspero. Sade se dejó llevar por la oleada de lujuria que le encendió el cuerpo con aquel contacto fugaz.
Aranion besaba de maravilla. Sus labios cedían justo lo necesario, y la magia que hacía con la lengua le mandaba cosquillas eléctricas por todo el cuerpo.
—Dios —susurró Sade.
—No deberíamos —dijo Aranion contra su boca—. No podemos.
—¿Por qué no? Podían morir en cualquier momento. Si toda aquella experiencia le había demostrado algo a Sade, y de forma contundente, era lo corta e impredecible que podía ser la vida.
Sade se incorporó hasta quedar de rodillas, le pasó un brazo por la espalda y le succionó la clavícula al descubierto.
Aranion cerró los ojos. Ella le raspó la piel desnuda con los dientes, marcándolo. ¿Cómo podía un cuerpo vivo estar tan perfecto?
Él la empujó de espaldas contra el hueco del árbol. La contempló desde arriba con deseo de depredador, le sujetó las dos muñecas con una mano y, manteniéndoselas por encima de la cabeza, la besó con rudeza. Jadeaba con aquel contacto y forcejeaba contra su mano mientras se ofrecía a él.
Aranion deslizó la mano libre bajo su camiseta y le rodeó la cintura.
Al bajar la vista hacia los pantalones de él, Sade vio la prueba de su excitación marcada en la tela tirante.
Así que elfos y humanos tenían esas partes en común, por lo menos.
Se le hizo la boca agua al verlo. Quería tocarlo y saborearlo. Los dos llevaban demasiada ropa.
El príncipe elfo debió de pensar lo mismo, porque le soltó las manos. Sade se quitó la camiseta por la cabeza a toda prisa y la arrojó a un lado. La mirada de Aranion se posó con curiosidad en su sujetador. ¿Quizá las elfas no los necesitaban?
Algo cohibida ante la posibilidad de que a él le desagradara la diferencia entre ella y una de las suyas, se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador.
Aranion abrió mucho los ojos al posar la mirada en sus pechos. Se pasó la lengua por el labio inferior. La contempló como si fuera un festín que saborear y se quitó la túnica y la camiseta interior, dejando al descubierto la belleza esculpida de su torso.
Luego, con un único movimiento diestro, se desabrochó los pantalones, que cayeron en una ola sedosa y liberaron su polla.
Era una polla hermosa, que se alzaba en una curva perfecta desde una mata de vello suave y blanco hacia el vientre. El glande estaba enrojecido; la base, gruesa y poderosa. Sade quería tocarla, comprobar si tenía la misma tersura de cuero fino que sus brazos.
Sade se pasó la lengua por el labio inferior y él volvió a besarla.
Ahora, piel contra piel, empujó las caderas: la vara aterciopelada de su polla le rozó el coño y lo hizo palpitar.
—Fóllame —pidió—. Por favor.
—Todavía no —dijo Aranion. Su tono era peligroso y seductor a la vez.
En lugar de eso, se llevó a la boca uno de sus pezones. Lo provocó con los dientes y luego lo succionó, de golpe y con fuerza. Ella jadeó y gimoteó desde el fondo de la garganta mientras la lengua de él trazaba un delicioso círculo alrededor del duro botón.
Tenía el pecho convertido en un incendio de placer y cerró los ojos, incapaz de soportarlo.
¿Qué tenía aquel elfo para conocerle el cuerpo tan a fondo?
¿Cómo podía arrancarle placer con tanta facilidad a cada roce?
Él pasó al otro pecho y lo pellizcó y lo succionó hasta que ella no pudo pensar.
No podía pensar con claridad mientras él le mordía y succionaba el otro pecho, y se perdió en el placer: lo único que sabía era que quería más y más deprisa.
Sade abrió los ojos. Él le sonreía desde arriba como el gato que se ha bebido todo el cuenco de nata.
Por mucho que disfrutara de las sensaciones que él le arrancaba al cuerpo, de pronto quiso hacer lo mismo por él. Hacerle gritar su nombre, y el de la deidad en la que creyera.
Alzó la mano para recorrerle el pecho con los dedos.
—Déjame tocarte —dijo.
Antes de que Aranion pudiera distraerla otra vez, Sade le agarró el miembro con firmeza con la mano libre.
Los dos estaban empapados en sudor, lo cual venía bien: hacía que la zona resbalara lo suficiente.
Pasó la mano, húmeda de sudor, por aquella carne dura.
Él jadeó, el miembro le palpitó y una gota de líquido preseminal brotó de la punta.
Quería probarlo, así que se movió para bajar la boca hasta su miembro. Primero solo le pasó la lengua por la punta. Él gimió y empujó un poco las caderas contra su mano.
Complacida, le agarró las firmes nalgas y relajó la mandíbula para que el miembro le llenara la boca.
El glande le presionó el fondo de la lengua.
Él tensó caderas y nalgas, luchando por contenerse, y ella deseó con todas sus fuerzas quebrarle ese control, que le follara la boca hasta hacerla atragantarse con su deseo.
—Mmmm… —murmuró Sade contra su miembro.
El cuerpo entero de Aranion se puso rígido y ella se dio cuenta, vagamente, de que se clavaba los dedos en el muslo con fuerza suficiente para hacerse sangre.
—¡Para! —jadeó Aranion. La agarró del pelo y la apartó.
Sin soltarle el pelo, respiró hondo un par de veces; le temblaban las piernas y el miembro se estremecía en el aire.
Luego aflojó la mano y volvió a besarla, en los labios y la mandíbula, antes de soltarle el pelo del todo.
Después le mordisqueó con suavidad los pechos y los pezones, le hizo cosquillas en las dulces curvas y hondonadas de su cuerpo y acabó respirando justo por encima de su sexo.
Sade separó bien las piernas mientras él jugueteaba con los labios de su coño. Estaba mojada para él. Mojada y resbaladiza.
Él le hundió la lengua dentro y la lamió en círculos provocadores hasta rozarle el clítoris. Sade jadeó y se frotó contra su cara mientras él la lamía y la succionaba y la subía cada vez más alto. Estaba mojada, tan mojada, y lo deseaba más de lo que había deseado a nadie en su vida.
Fue demasiado. El orgasmo arrasó a Sade en una oleada de placer tan intensa que resultó casi dolorosa.
De pronto él ya estaba dentro, embistiendo hasta el fondo, llenándola, saciándola; las acometidas frenéticas intensificaban la sensación y ella no podía hacer otra cosa que recibirlo cada vez más adentro, con las paredes del coño contrayéndose y relajándose a su alrededor como una promesa.
Los dos soltaban sonidos animales, sin sentido.
Él ya no se contenía. La follaba como para reclamarla, y ella lo recibía, tomaba cada parte de él y la hacía suya.
Se desplomaron juntos.
La invadió una sensación extraña, como una descarga leve y continua justo debajo de la piel.
Aranion rodó para tumbarse a su lado, pero ella no soportaba tenerlo tan lejos, así que se acurrucó contra su pecho, sin importarle la humedad pegajosa que se iba enfriando, la de siempre después de un buen polvo. No: de un polvo estupendo. Increíble.
A decir verdad, no tenía palabras para describir la experiencia.
Aranion le acarició el nacimiento del pelo con las yemas de los dedos. Fue un gesto dulce. Pero algo en él entristeció a Sade. No. No era tristeza: era arrepentimiento.
Una parte de ella —la misma que le había permitido ver el portal del corro de setas que conectaba el mundo de Aranion con el suyo— reconoció que aquella emoción no era suya, sino de él.
Sade volvió la cabeza y lo besó. Quería decirle que no tenía nada de lo que arrepentirse. Pero ¿cómo iba a confesarle que sentía sus emociones? ¿No era eso una invasión de su intimidad de la peor especie?
Ahora no, decidió, y dejó que se le cerraran los párpados. Estaba demasiado cansada para una conversación tan seria. Y, a pesar de los peligros que los rodeaban, entre los brazos de Aranion se sentía a salvo.