Árboles del Mundo #2
¿Harapos que le quedaban mal? Sade intentó que no se le notara el fastidio.
No se había vestido precisamente para ir a una fiesta cuando cruzó al otro lado, pero sus pantalones de yoga y su camiseta no eran harapos, y le quedaban perfectamente.
Aun así, era mejor mantener la boca cerrada; no quería dar la impresión de que despreciaba la hospitalidad de Meldigur.
Él parecía estar haciendo todo lo posible por ayudarlos, y por eso Sade tenía que estarle agradecida.
Así que solo dijo:
—Gracias.
Aranion dijo:
—Es mediodía, y mi padre estará reunido con su consejo al menos unas horas. Sería un buen punto de partida.
—Ah, sí —dijo Meldigur—. El consejo. Jamás he tenido la desgracia de conocer a un grupo más aburrido.
Aranion frunció el ceño.
—Tú no montes una escena.
—¿Yo? —Meldigur sonrió de oreja a oreja.
Aquella sonrisa no le gustó nada a Sade, pero, antes de que pudiera protestar, Meldigur repitió:
—Poneos cómodos. Tendréis al menos un par de horas. Os dejaré ropa preparada a los dos en la cama de arriba.
Cumplió su promesa y luego se dispuso a marcharse. Antes de irse, volvió a advertirles que no salieran ni llamaran la atención.
—Y no hagáis nada que yo no haría —añadió con un guiño y un gesto de la mano.
Entonces se dejó caer por el borde de la habitación.
Sade corrió hasta el lugar por el que había saltado.
Por supuesto, sabía que no sería tan estúpido como para matarse por accidente saltando de su propia casa.
Aun así, se quedó mirando, inquieta, aquella panorámica sobrecogedora, medio temiendo descubrir alguna señal de que hubiera caído a través de la fronda de árboles que se extendía abajo.
—No le pasa nada —dijo Aranion, que se acercó por detrás. Al cabo de un momento, le apoyó las manos, grandes y cálidas, en las caderas—. A Mel le encanta presumir —añadió en voz baja, junto a su oído—. Hacía décadas que no tenía un público que se dejara impresionar tan rápido.
¿Décadas? Sade se quedó pensando en eso. ¿Cuántos años tendría Aranion? No se comportaba como alguien mayor, ni lo parecía. Pero, claro, ¿cómo iba a saber ella el aspecto que tenía un elfo anciano?
Sade dudaba que estuviera huyendo de su familia y de un matrimonio concertado si ya fuera un anciano para los criterios de su pueblo.
De todos modos, le costaba centrar el pensamiento en esos asuntos.
Ahora que volvían a estar solos, no podía ignorar la intensa atracción que despertaba en ella la presencia de Aranion.
El roce de aquellas manos en sus caderas le recordó las horas que habían pasado juntos la noche anterior, en el hueco del árbol.
Él la había llevado a cotas de placer que superaban sus sueños.
Y, además, el modo en que se había adueñado de su cuerpo le hacía desear que volviera a tomarla y a usar cada parte de ella.
Aquello creó una expectación entre los dos.
—Necesito asearme —dijo Sade.
—Sí —respondió Aranion—. Yo también.
La apartó del borde y la estrechó entre sus brazos.
Sade se volvió un instante, con la intención de separarse. Pero entonces sus ojos se encontraron con la mirada azul tormenta de Aranion, y lo único que quiso fue besarlo.
Alzó la barbilla y entreabrió los labios. Él captó la indirecta, inclinó la cabeza y se apoderó de su boca. Se besaron, y el placer le recorrió a Sade el cuerpo entero. Aranion debió de sentirlo también, porque estrechó el abrazo y empezó a caminar hacia atrás, arrastrándola consigo.
—Mejor hagámoslo en la bañera —dijo Aranion, y su aliento le hizo cosquillas en los labios.
Sade estaba demasiado embriagada de deseo para darse cuenta de cómo habían llegado al segundo piso —¿era una escalera de caracol?
—, pero ni siquiera en aquella neblina de deseo pudo evitar quedarse boquiabierta cuando por fin entraron en el cuarto de baño.
La estancia quedaba cerrada por un grueso muro de enredaderas y ramas entrelazadas.
Algunas enredaderas desprendían un resplandor cálido y etéreo que bañaba la habitación en una luz acogedora.
¿Cómo había conseguido Meldigur encajar una bañera de hidromasaje entera dentro de un árbol? Sade no tenía ni idea, pero la madera lisa y reluciente y la tentadora piscina de agua humeante la llamaban.
Se quitó rápidamente la ropa sucia y la dejó amontonada en el suelo de madera ensamblada. Aranion hizo lo mismo.
A un lado de la bañera había dos grandes cuencos de madera.
—Es tradición lavarnos primero, antes de entrar —explicó Aranion.
Se arrodilló junto a la piscina y cogió uno de los cuencos. Lo sujetó con ambas manos, lo sumergió en el agua hasta llenarlo y se vertió el contenido sobre la cabeza. El agua le resbaló por el rostro, el pelo y los hombros, y lo hizo brillar con una belleza feérica.
Sade ansiaba recorrer con los dedos los regueros que había dejado el agua, explorar con la lengua los huecos y los valles de su cuerpo.
Aranion levantó la vista hacia ella. Los iris se le contrajeron hasta quedar reducidos a un anillo azul tormenta.
—Ven a mí —dijo.
Su mirada era feroz, posesiva, y Sade se dejó atraer por ella. Acortó la distancia que los separaba y se arrodilló a su lado.
Alzó las manos por encima de la cabeza para deshacerse la trenza, pero Aranion se las apartó.
—Déjame a mí —dijo él.
Se movió hasta quedar arrodillado detrás de ella. Le recorrió las sienes con las manos, las deslizó hacia atrás, le levantó la trenza y le dejó un beso tierno en la nuca. Luego, con dedos hábiles, le deshizo la trenza.
Con lo enredado que tenía el pelo, debería habérsele engarzado algún dedo en un nudo y haberle tirado del cuero cabelludo, pero no ocurrió nada parecido. El pelo se soltó y le cayó en ondas desiguales sobre los hombros.
Aranion lo recogió, lo echó hacia atrás y le besó el cuello con fiereza. Sade se estremeció. Contra el trasero notaba cómo crecía la fuerza de su deseo. El vapor de la bañera —la más grande que había visto en su vida—, unido al calor que él desprendía, le daba vértigo.
El peligro de su situación se le apareció de pronto con una nitidez afilada.
En aquella habitación tan hermosa era fácil olvidarlo, pero seguían estando en un aprieto demasiado peligroso.
¿Y si aun así obligaban a Aranion a casarse, a pesar del vínculo de almas que lo unía a ella?
O, peor aún, ¿y si los demás elfos descubrían que Aranion había cruzado la frontera hacia su mundo y lo condenaban a una muerte horrible?