Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 32
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El roscón lo comimos en el suelo porque el día seis ya no había sitio donde sentarse.

Los tableros seguían puestos, pero las trece sillas estaban apiladas en el pasillo desde el martes, cada una con un papelito pegado con cinta de pintor y el nombre de quien se la llevaba el día siete. Eso lo había hecho Alicia. Trece papelitos. Uno ponía «Óscar (lo recoge Noelia)».

Éramos once. Faltaba Quique, que trabajaba, porque el seis de enero por la tarde en atención al cliente hay turno.

Begoña se sentó en la única silla que quedó abierta, que era la de escay marrón del cuarto de los contadores, y nadie discutió eso.

Los demás en el suelo, con el abrigo puesto, con los platos en las rodillas y dos roscones comprados en la panadería de la esquina, que es donde los compraba Begoña, y uno de ellos con nata porque Daniela dijo que sin nata no es roscón.

Sergio se sentó en el radiador, que no calienta.

Charo trajo una botella de sidra y la abrió ella, y saltó el tapón y le dio a la pared del salón, justo debajo de uno de los rectángulos claros, y se rio más que nadie.

A la media hora, mi tía Charo preguntó cómo se apañaban en la cooperativa con una cocina tan pequeña.

—Nos apañamos —dijo mi madre—. Ella hace la compra y yo cocino, que es como lo hemos hecho siempre.

—Claro, claro.

—Begoña es mi pareja, Charo. Llevamos once años.

No lo dijo alto. Lo dijo en el mismo tono con el que había dicho lo de la compra, sin dejar el plato, mirando a Charo como se mira a alguien a quien le acabas de dar una dirección.

Se hizo un silencio de dos segundos.

Y Loli lo llenó, y lo llenó con todo el cariño del mundo, que es lo que hace que no tenga arreglo.

—Ay, hija, es que es una suerte —dijo—. Si es que vosotras habéis sido como hermanas toda la vida.

Y yo dije que no.

—No —dije—. Mi madre acaba de decir pareja.

Loli me miró sin entender nada. Tiene sesenta y ocho años y no lo decía con mala intención, y eso ya no importa. Miró a mi madre, y luego a Begoña, y luego otra vez a mí.

—Ah —dijo.

—Once años llevan —dijo Vicente desde el suelo, con el plato en las rodillas—. Desde el catorce. Yo les subía las bombonas.

Y siguió comiendo.

Vicente lleva cuarenta y tres años de portero y doce jubilado, y ha estado todo este tiempo abajo, en un mostrador con setenta y ocho llaves, sabiendo lo que en esa casa nadie quiso preguntar. Lo dijo como quien recuerda un dato del edificio, que es exactamente como lo sabía.

Charo miró el roscón.

—¿Queda de la parte de la fruta? —dijo Sergio—. Que alguien se ha comido toda la fruta.

Y no se había comido nadie la fruta, y lo dijo para eso, y estuvo bien.

Begoña, desde la silla, bajó la mano y la puso encima de la de mi madre, que estaba sentada en el suelo a su lado, y la dejó ahí un rato.

Eso es todo lo que pasó el seis de enero, y es lo que llevaba mi madre once años esperando, y duró cuatro segundos.

Yo me pasé las cuatro horas siguientes con una sensación rarísima en el pecho que no era orgullo. Era más bien la cuenta de las veces que no lo había dicho.

A las siete, Noelia sacó el móvil.

—Sergio puso noventa y cuatro euros del marisco el veintidós —dijo—. Entre once, porque Dani no paga, son ocho con cincuenta y cinco. Os lo mando por el grupo.

Nadie dijo nada de la lotería.

Alicia estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared de las fichas, y tenía la cuenta hecha. Lo sé porque la vi mover los labios cuando Noelia dijo noventa y cuatro, y porque a los dos segundos ya sabía que eran ocho con cincuenta y cinco.

No dijo la cifra. No corrigió nada. No dijo «son ocho con cincuenta y cinco» medio segundo antes que su hermana, que es lo que habría hecho el cinco de diciembre.

Pagaron nueve en los diez minutos siguientes. Vicente le dio a Sergio un billete de diez y no quiso el cambio, otra vez. Charo pagó la última, a las ocho menos cuarto, sin escribir nada en el grupo.

El siete de enero a las diez de la mañana empezamos a vaciar.

Trece sillas por unas escaleras con el ascensor hasta el tercero, que es el mismo trabajo del seis de diciembre pero al revés y con menos ganas.

Sergio bajó seis en dos viajes, con la furgoneta abajo en doble fila y Vicente aguantando el portal abierto y discutiendo con la del primero, que sigue sin querer que se quede abierto.

Loli se llevó la suya, que era la que trajo el catorce, y se paró en la puerta del salón con la silla en la mano y dijo que había estado muy bien todo. Nadie le contestó nada porque no hacía falta.

Iván se llevó la plegable del camping de su madre y dos táperes.

La de escay marrón volvió al cuarto de los contadores, donde llevaba desde 2009 y donde va a seguir.

Y la plegable de aluminio de rayas la bajó Noelia, porque Óscar le había escrito el martes que si se la podía guardar hasta el sábado. La plegó ella, la llevó al coche ella y la metió en el maletero ella, y no dijo ni una palabra en todo el proceso, y yo no le pregunté.

Los dos tableros a la furgoneta. Los caballetes también. La mesa de seis se quedó, porque a los compradores les venía bien y porque en la cooperativa no cabe.

Y la pared.

Alicia empezó por la izquierda y fue despegando las cartulinas una a una. La cinta de pintor no arrancó pintura, que es para lo que se compra la cinta de pintor. Debajo de cada una quedó el rectángulo claro, que llevaba allí desde octubre y que se quedaba allí.

Once. Y la doce.

La despegó, le dio la vuelta y se quedó quieta.

Yo estaba a cuatro metros con una caja en las manos. Llevaba trece días esperando eso y no había pensado ni una sola vez qué iba a decir.

Leyó lo que ponía. Silla: la de Vicente. Plato: el que le guarden. Confirmación: está aquí desde las cinco menos cuarto.

—¿Cuándo? —dijo.

—El veinticuatro. Mientras cenabais.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque no era para decírtelo.

Se quedó mirando la cartulina un rato más, con el brazo colgando.

No dijo nada más. Se guardó las doce en el bolsillo del abrigo, dobladas por la mitad, y siguió.

Los compradores llegaron a las doce.

Una pareja de treinta y pocos con un bebé en un carro y un cuaderno de esos de cuadros con medidas apuntadas. Él llevaba un metro en el bolsillo del pantalón, de los buenos, de los que se enrollan solos.

Vicente les dio las llaves abajo, en la portería, y les explicó tres cosas: que el ascensor llega al tercero, que el cuadro de la luz está en el pasillo y se abre empujando hacia arriba y no tirando, y que si van a subir muebles le avisen porque el portal se queda abierto y a la del primero no le gusta.

Subieron detrás de nosotros y se pusieron a medir el salón mientras nosotros bajábamos la última caja.

Él midió de pared a pared y dijo tres sesenta en voz alta. Ella apuntó.

Y entonces ella levantó la cabeza y miró la pared, y señaló con el boli.

—¿Y esto qué era?

Doce rectángulos más claros que la pintura, en fila desigual, a la altura de los ojos.

Alicia tenía la caja apoyada en la cadera.

—Fotos —dijo.

—Ah.

Y la chica volvió al cuaderno, y él dijo que si quitaban el gotelé había que pintar entero, y eso fue todo.

Subimos a por lo último a las doce y media. Un cubo, una fregona, la escalera de tijera de Vicente y cuatro fuentes del congelador.

Y ya no quedó nada.

Un salón de tres sesenta por cuatro veinte, con doce rectángulos más claros en la pared y sin una sola cartulina, y una mesa de seis contra la pared de la ventana.

—Bueno —dijo ella.

—Bueno.

Y entonces se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, en el paso de ochenta y cuatro centímetros, y se metió las manos en los bolsillos del abrigo, y se le notó en la cara que llevaba rato preparándolo.

—Jaime.

—Dime.

—No he anulado la mesa por ti.

—Ya lo sé.

—Quiero que te quede claro, porque el tres te dije una cosa fea y tenías razón en la mitad. La he anulado porque Elena me ofreció guardarme el dinero seis meses y me di cuenta de que en marzo volvía.

—Vale.

—Pero hay otra cosa y esa sí es para ti.

Se calló un segundo.

—Quiero que estés —dijo—. No el día que haya doce personas. Un martes. Cuando no haya nada que organizar, ni nadie a quien sentar, ni ninguna razón práctica. Eso es lo que quiero y no se me ocurre ninguna manera de justificarlo, y llevo dos días buscándola.

Y se quedó mirándome con las manos en los bolsillos.

Yo me pasé la vida entera preparándome para ese momento sin saberlo, y lo que tenía preparado era una lista. Tenía tres folios borrados el martes, un calendario de cuatro comidas al año y un presupuesto de Andrés de Getafe por trescientos ochenta euros.

No dije nada de eso.

—No quiero cocinarte —dije.

—Ya lo sé.

—Déjame terminar, que esto no se me da bien.

Dejé la caja en el suelo.

—No quiero cocinarte, ni subirte una mesa, ni resolverte nada, porque llevo doce años haciendo eso con todo el mundo y es lo que hago en vez de hablar. Lo que quiero es otra cosa y te la voy a decir entera.

—Vale.

—Quiero estar contigo. No a ver qué pasa: quiero estar contigo.

Quiero cenar contigo los viernes, que es el día que libro, y quiero que sepas qué hay en mi nevera y saber yo qué hay en la tuya.

Quiero que el veinticuatro que viene nos sentemos los dos, en la misma mesa, a la vez, en el sitio que nos toque.

Y quiero que esto sea una relación y que se llame así delante de tu hermana y de mi madre y de tu tía Charo.

Se le movió algo en la cara y no dijo nada durante tres segundos largos.

—Vale —dijo.

—¿Vale?

—Vale. Sí. Que sí.

Y luego, porque es ella:

—¿Los viernes?

—Los viernes.

—Este viernes es hoy.

—Este viernes es hoy.

Cerramos el cuarto A a la una menos veinte.

Le dimos la última llave a Vicente, que la metió en el armario de la entrada, en la letra correspondiente, con las otras setenta y siete, y nos dijo que nos pasáramos cuando quisiéramos, que él está abajo todos los días menos los jueves a partir de las ocho.

Fuimos a Ventas.

En su casa no hay sofá. Hay un escritorio junto a la ventana con dos monitores, dos sillas, una cama y un rectángulo dibujado a lápiz en el parqué del salón que se va a borrar solo con el tiempo.

Tardamos en llegar al dormitorio y no llegamos por el camino corto.

Hubo un rato largo de pie en el pasillo, con el abrigo de ella todavía en la mano de los dos, y otro rato sentados en el borde de la cama sin ninguna prisa, que es una cosa que a los treinta y nueve años se agradece más de lo que se cuenta.

Esta vez no había ocho grados, ni mantas de mudanza, ni un plazo dentro de doce horas.

Y esta vez pedimos las cosas en voz alta y contestamos en voz alta, y no fue más tierno: fue más lento, que es distinto. Ella me dijo dos cosas que quería y yo le dije una, y las tres pasaron, y hubo una que no salió bien y nos dio la risa, y seguimos.

Después nos quedamos un rato callados y ella se durmió veinte minutos con el brazo por fuera de la manta, y yo me quedé mirando el techo de una habitación que tiene un tablero de escritorio apoyado de canto detrás de la puerta.

En algún momento de la tarde me preguntó si tenía hambre y le dije que sí, y fue la primera vez en doce años que alguien me lo preguntaba antes de que yo hubiera dado de comer a nadie.

Cenamos a las nueve y media, sentados los dos, en la mesa de la cocina, que es de ochenta por ochenta y tiene dos sillas.

Hoja de servicio.

Dos comensales. Dos raciones. Una de ellas la mía. Veinte minutos de sartén, sin cronómetro y sin nadie esperando. Me han preguntado si tenía hambre antes de que sirviera. He dicho que sí y me he sentado.