Epílogo
Vertiz me pagó el jueves trece a las siete y cuarenta de la tarde, veintiséis días después del vencimiento, sin decir nada.
Mil ciento cuarenta euros. Entraron mientras yo estaba haciendo el modelo trescientos tres en la cocina, con el portátil encima de la mesa de ochenta por ochenta, y lo primero que hice fue meter la cifra en la casilla que llevaba tres semanas en rojo y ver cómo se ponía negra.
Novecientos ochenta a ingresar a finales de mes. Con lo de Vertiz, sale.
Sale. No sobra. Sale, que es una palabra que he usado mucho este mes y que sigue significando exactamente lo mismo que en diciembre, solo que ahora la digo sin que se me cierre la garganta.
Sonia me escribió el viernes a las nueve y cinco para ofrecerme los episodios ocho y nueve de «Segunda línea», a tres con veinte el minuto, con plantilla automática y para el siete de febrero.
Dije que sí. Ese es el trabajo. No ha cambiado nada y no va a cambiar en marzo.
Bajé a las once a llevar un paquete a Correos y las luces de la calle Alcalá seguían puestas.
Apagadas desde el siete, pero puestas. Los cables cruzando de fachada a fachada, con los bombillos colgando, grises a la luz del día, esperando a que venga una cuadrilla en algún momento de las próximas tres semanas a descolgarlos.
Es lo más de enero que hay en Madrid. Durante veinte días la ciudad está llena de cables tendidos por encima de la gente sin ninguna función, y nadie los mira, y siguen ahí.
Metí las manos en los bolsillos del abrigo y encontré las cartulinas.
Doce, dobladas por la mitad, desde el siete de enero. Llevaba una semana con ellas ahí y no me había dado cuenta, porque este abrigo es el fino y el fino solo me lo pongo si no llueve.
Las miré en la puerta de Correos, de pie, con la cola detrás.
Begoña, silla propia, ensaladilla, nueve y media. Vicente, silla del cuarto de los contadores, vino, nueve. Quique, hielo y bolsas, nueve y veinte. Loli, lo de siempre, ocho y media.
Tiré once en la papelera de la esquina.
La mía la volví a doblar y la volví a meter en el bolsillo, y sigue ahí, y no la voy a pegar en ninguna pared porque en mi casa no hay marcas de nada. Está en el bolsillo del abrigo fino con una letra que no es la mía, poniendo que había una persona en esa cena desde las cinco menos cuarto.
Jaime llegó a las ocho y diez con una bolsa.
Dentro traía una fuente de aluminio de las de tapa de cartón, de las que le sobraron a Begoña del congelador el siete de enero, y que él se llevó cuatro a su casa porque si no se tiraban.
—Es el guiso —dijo.
—¿El del veintitrés?
—El del veintitrés.
Lo puso en la encimera.
—Este lo hice en una cocina en la que no tenía que estar —dijo—. Me ha costado seiscientos euros y una carta. Como lo tires te mato.
—No lo voy a tirar.
—Queda una fuente más y me la como yo el domingo.
No dijo nada más del asunto y yo tampoco pregunté, porque esa carta está en una carpeta de Rivas y va a seguir estando ahí, y lo de Fátima se resolvió con una reunión el siete en la que no pasó nada porque él había mandado una declaración con su nombre y su DNI, y todo eso ya está y no se arregla contándolo otra vez en una cocina un viernes.
Calentó el guiso mientras yo terminaba un bloque de subtítulos en el salón.
Esto es lo que ha pasado dos viernes seguidos y me niego a llamarlo costumbre todavía: él cocina, yo trabajo, y cuando está me avisa. No es un reparto. No lo hemos hablado. No hay ninguna ficha.
Cenamos a las nueve menos cuarto en la mesa de la cocina, que mide ochenta por ochenta y tiene dos sillas, y que es la única mesa de esta casa desde que anulé la otra.
A los diez minutos me llamó Noelia.
Me levanté con el móvil y me fui al salón, porque la cocina son cuatro metros y no se puede hablar por teléfono delante de alguien que está comiendo.
Era por lo del treinta.
El treinta de enero hay comida. Doce personas, en casa de Sergio, que tiene terraza cubierta y una mesa de ocho y dice que pone un tablero. Está en el calendario desde el cuatro, con el nombre de Noelia en la casilla, porque ella puso dos y esa era una.
Me llamaba para preguntarme cuánta ensaladilla hacía para doce.
—Dos kilos y medio de patata —dije—. Y que Jaime te diga lo del huevo, que yo siempre me quedo corta.
—Vale.
—Y si viene Iván, acuérdate de que no come…
—Ya lo sé, Alicia.
—Vale.
—Que ya lo sé.
—Vale. Perdona.
Y ahí se acabó la llamada, que duró cuatro minutos, y en esos cuatro minutos no me pidió que fuera antes, ni que llevara nada más que lo que me toca, ni que hiciera el plano de la mesa.
En el calendario compartido, la casilla de octubre tiene un nombre desde el once de enero. Lo puso Quique. No sé dónde piensa meter a doce personas en un piso compartido de Vallecas y no se lo he preguntado, porque preguntárselo es empezar a resolvérselo.
Y donde ponía «Vicent» ahora pone Vicente. Lo arregló Iván el viernes pasado. Lo vi el mismo día y estuve un rato mirándolo, que es una tontería, pero es que llevaba desde el cuatro sabiendo que estaba mal.
Volví a la cocina a los cinco minutos.
Mi plato estaba tapado con otro plato encima.
No es que lo hubiera apartado ni que lo hubiera metido en el microondas. Había cogido un plato llano del escurridor y me lo había puesto encima del mío, boca abajo, que es lo que se hace para que una cosa no se enfríe cuando no hay nada mejor a mano, y había seguido cenando él.
No lo dijo. No levantó la vista cuando me senté. No me preguntó si estaba caliente.
Quité el plato de arriba, lo dejé en el escurridor y me comí el guiso, que estaba caliente.
Después de cenar recogimos los dos, que en una cocina de cuatro metros es un baile bastante ridículo, y a las diez y cuarto nos sentamos en el suelo del salón porque en esta casa no hay dónde sentarse que no sea una silla de trabajo o la cama.
Lo del sofá lo hemos hablado dos veces. Un sofá de tres plazas decente son cuatrocientos euros y yo tengo que pagar novecientos ochenta a finales de mes, así que el sofá es en marzo o es en abril, y mientras tanto hay dos cojines de las sillas de la cocina en el suelo, apoyados contra la pared, debajo de donde estaba el rectángulo a lápiz.
El rectángulo se ve todavía, pero menos. Lo he barrido ocho veces y va perdiendo esquinas.
Estuvimos ahí hasta las once y pico sin hacer nada de particular.
Él tenía la cabeza apoyada en el borde del cojín y los pies en el otro extremo del salón, porque mide uno ochenta y cinco y el salón mide tres diez, y en algún momento se quedó medio dormido con el móvil en el pecho y yo le quité el móvil y lo dejé en el suelo.
Y entonces me di cuenta de una cosa.
En diciembre yo medía el tiempo que tardaba en contestarle. Cuarenta segundos el nueve. Veintiséis minutos el diecisiete. Diecinueve minutos esa misma noche, y me pareció una mejora del veintisiete por ciento, y lo pensé así, con el porcentaje.
Esta semana me ha escrito ocho o nueve veces y no tengo ni idea de cuánto he tardado en contestar a ninguna.
No es que haya dejado de contar. Es que no me acuerdo de haber empezado.
Y a las once y veinte, con él medio dormido en el suelo de un salón sin sofá, dije una cosa que llevaba dos días dentro y que no había ensayado, cosa rarísima en mí.
Y la dije mal, y la dije sin justificarla, y no la acompañé de ningún motivo, y esa fue la parte difícil.
Él abrió un ojo.
—¿Hasta el domingo?
—Hasta el domingo.
—Es que el domingo yo tengo que comerme la última fuente.
—Te la comes aquí.
—Vale.
Y volvió a cerrar el ojo, y a los dos minutos dijo, sin abrirlo:
—Tengo que ir a por ropa.
—Mañana.
—Mañana.
Frase aceptada.
«Quédate hasta el domingo». Sin motivo, sin tarea y sin que haga falta. Tardé dos días en decidirme y once segundos en decirla.