Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 31
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El calendario de mi hermana tiene dos fechas repetidas, tres faltas de ortografía y una casilla sin responsable.

Las dos fechas repetidas son el cumpleaños de Begoña, que está el once de marzo y otra vez el doce, porque lo puso ella y luego lo puso Sergio.

Las faltas son «comunion» sin tilde, «agosto» con mayúscula en mitad de frase y «Vicent» sin la e, que ese lo escribió Sergio y que además está mal el nombre de una persona.

La casilla sin responsable es la de octubre. Dice «octubre?» y nada más.

Lo vi el martes a las dos y media, con el móvil en las manos, en una mesa con nueve personas.

Levanté el dedo para arreglar lo de Vicent, porque es un nombre y porque a un hombre de setenta y ocho años que lleva cuarenta y tres abriendo un portal no se le escribe mal el nombre en un calendario familiar.

Y lo bajé.

No lo corregí el martes, no lo corregí el martes por la noche y no lo he corregido hoy. Sigue poniendo Vicent. Va a seguir poniendo Vicent hasta que alguien que no sea yo se dé cuenta, y a lo mejor no se da cuenta nadie, y Vicente va a ir igual.

Esta mañana, antes de salir, he mirado el móvil. El mensaje del ocho de diciembre sigue con dos checks grises y sin contestar. Veintiocho días.

El taller de Villaverde abre a las nueve y media y está en un polígono al que se llega en Cercanías y quince minutos andando.

Llegué a las doce menos cinco. Había pedido cita para las doce.

Me esperaba una mujer que se llama Elena y que fue la que me atendió el veintiocho.

Tenía el pedido impreso encima del mostrador, con mi nombre, y la hoja de la financiación en una carpeta de plástico, y detrás, apoyado contra la pared, un tablero de roble de dos veintidós que era el mío y que estaba cortado.

Eso no me lo esperaba.

—El despiece lo hicimos el jueves —dijo—. Estábamos esperando la firma para montar.

—Elena, no voy a firmar.

Lo dije así, de pie, delante del mostrador, a las doce y dos minutos del cinco de enero.

Y hay que decirlo entero, porque yo había pensado que iba a ser un momento y fue quince minutos.

Me preguntó si era por el precio. Le dije que no. Me preguntó si prefería otro modelo. Le dije que no. Me explicó, muy amablemente, que la señal no se devuelve y que eso estaba firmado, y le dije que ya lo sabía, que lo había firmado yo y que lo había leído.

Y entonces me ofreció lo que me había dicho por teléfono el taller a otra persona sin saber que era a otra persona: que los seiscientos cincuenta se pueden aplicar a cualquier otro mueble del catálogo dentro de seis meses.

—Tenemos cómodas, mesillas, un aparador de ciento veinte que le puede…

—No.

—Es que si no, lo pierde.

—Ya.

—Seiscientos cincuenta euros.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué no se lo guarda?

Y le contesté la verdad, que es lo único que se me ocurrió, y que no le interesaba absolutamente nada.

—Porque si me lo guardo, en marzo vuelvo.

Elena me miró un segundo y luego cogió el pedido, le puso un sello que ponía ANULADO y escribió la fecha a mano.

Seiscientos cincuenta euros.

Salí del polígono andando hacia la estación y me senté quince minutos en un banco de la marquesina porque me temblaban las manos, y no era pena. Era otra cosa, más parecida a lo que pasa cuando sueltas algo pesado que llevabas rato sujetando y te das cuenta de que tenías el brazo agarrotado.

Llegué a casa a las tres.

Volver a montar un escritorio es lo mismo que desmontarlo pero al revés y con más cuidado, porque el tablero ya tiene una esquina tocada de la primera vez. Dos caballetes, un tablero de dos metros por setenta y cinco, meterlo de canto por la puerta del dormitorio y girarlo en el pasillo.

Cuarenta minutos. Los mismos.

A las cuatro menos cuarto estaba otra vez junto a la ventana, con los dos monitores encima y el teclado donde tiene que estar, y a las cuatro me senté y trabajé una hora en «Segunda línea», que es lo único que tengo, y era el mismo sitio de siempre y entraba la misma luz.

El rectángulo a lápiz sigue dibujado en el parqué, debajo de donde estaba el sofá. No lo he borrado. Se va a borrar solo.

Por la tarde fui a la cabalgata porque el veintitrés de diciembre le prometí a Daniela que iría, y esa es la única razón.

Las quedé en Goya y no las encontré, que es lo que pasa siempre.

Y a las siete menos diez, cruzando por la acera de enfrente para salir del tumulto, los vi a los tres.

Daniela iba encima de los hombros de Óscar. Noelia estaba al lado, no pegada: a un metro, con la bolsa de los caramelos y el abrigo de la niña debajo del brazo. En un momento dado Óscar le dijo algo, ella le pasó la bolsa, él se la colgó del hombro que quedaba libre y siguieron mirando la carroza.

Eso fue todo. Eso es exactamente todo lo que pasó.

No se cogieron de la mano, no se miraron, no hubo ninguna música. Dos personas separadas desde marzo turnándose una bolsa de caramelos para que su hija de siete años viera la cabalgata con los dos.

Me quedé en la acera de enfrente.

No crucé, y no crucé porque si cruzaba tenía que hacer algo: preguntar si estaban bien, ofrecerme a llevar algo, decirle a Noelia que ya me quedaba yo con la niña un rato si querían tomar algo. Y no hacía ninguna falta.

Daniela me vio desde arriba y levantó la mano y yo levanté la mía, y luego pasó una carroza y ya no me vio más.

Frase descartada.

«Si no lo hago yo, no lo hace nadie». Llevo veinte años diciéndomelo y hoy lo he comprobado desde la acera de enfrente.