Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 30
91%

30

A las ocho y media de la mañana del cuatro tenía la solución entera. Tres folios.

Folio dos: el calendario. Cuatro comidas al año.

Enero en Ventas, abril en casa de Sergio, que tiene terraza, julio en la cooperativa, que tiene zona común y barbacoa y a mi madre le harían ilusión, y octubre en Vallecas si Quique cambia de piso, y si no otra vez en Ventas.

Con quién cocina cada una. Con las cantidades base sacadas de la libreta de Begoña, corregidas por lo que sé yo de esta gente.

Folio tres: el montaje. La mesa de dos veinte se desmonta en cuarenta minutos si le pones tornillos de mariposa en vez de tirafondos, y de canto cabe en el pasillo de Ventas, que mide ciento diez de largo. Eso lo medí yo el dos de enero mientras llevaba unos táperes, sin decir para qué.

Lo tenía todo escrito a las diez menos veinte. Lo pasé al móvil, en un mensaje largo, en cinco párrafos, con las cifras.

Y a las once y cuarto seguía sin mandarlo.

Lo leí seis veces. Está bien. Es mejor que lo suyo. La mesa es más barata, el calendario reparte, el montaje resuelve el problema de un salón de tres ochenta que también es una oficina.

Y a la séptima vez me di cuenta de qué estaba leyendo.

Estaba leyendo el mismo documento que ella pegó en una pared el cinco de diciembre. Once casillas, tres condiciones, quién hace qué. Con mi letra.

Le dije que no el tres de enero porque no pienso ayudarla a ser la mujer que hace posible una familia y no la disfruta. Y al día siguiente, a las ocho y media de la mañana, le tenía montado el año entero.

No es que sea lo mismo. Es que es peor, porque el suyo al menos era suyo.

Borré el mensaje. No lo guardé en borradores. Lo borré.

La comida de vaciado fue a la una en el cuarto A.

Éramos nueve. Begoña, mi madre, Alicia, Noelia con Daniela, Sergio, Vicente, Iván y yo. Loli no pudo. Charo dijo que ya iría el día seis.

No quedaba nada. La mesa de dos veintidós seguía montada porque los tableros no se los llevaba Sergio hasta el día siete, y alrededor había trece sillas, y en la pared once cartulinas y una doce.

Comimos lo que quedaba en el congelador, que era mucho: dos fuentes de las mías del veintitrés, sin tocar, porque el veinticuatro no llegaron a salir.

Noelia se levantó a la una y veinte, cogió una fuente de la encimera, la metió en el horno, lo puso a ciento sesenta y sacó el móvil.

Nadie le dijo nada. Ni ella dijo nada.

Puso la alarma a veinticinco minutos y se quedó ahí, de pie, con la espalda contra el marco de la puerta de la cocina, que es donde se pone uno cuando vigila un horno en esa casa porque desde ahí se ve la mesa.

El veinticuatro se puso porque Alicia le dijo «Noelia, el horno». Yo estaba a metro y medio y lo oí.

El cuatro de enero no se lo dijo nadie.

Eso es la diferencia entera y no hace falta explicarla más.

A las dos y media, con el café, Noelia dejó el móvil en el centro de la mesa con un calendario compartido abierto.

—He puesto las cosas del año —dijo—. Los cumpleaños, la comunión de Dani en mayo, agosto, y he puesto dos fechas con mi nombre. El resto está vacío. El que pueda, que se ponga.

Y se volvió al horno.

No lo rellenó por nadie. Eso es lo que hizo: no lo rellenó por nadie, ni el de mi madre, ni el de Begoña, ni el de Vicente, que no tiene el móvil configurado para eso y que tuvo que pedirle a Sergio que le pusiera el nombre y le dijo exactamente en cuál.

El móvil dio la vuelta a la mesa. Cuando le llegó a Alicia, lo cogió con las dos manos y estuvo mirándolo un rato, más que nadie.

Y luego levantó la mano derecha, con el índice estirado, hacia la pantalla.

Y la bajó.

Dejó el móvil en la mesa y se lo pasó a Iván.

Eso es todo lo que vi. No sé qué había mirado. No sé si había un error, ni cuál, ni cuántos. Estuve a punto de cogerlo yo después para verlo y no lo cogí, porque cogerlo era exactamente lo que había estado haciendo toda la mañana con tres folios.

Mi madre se me acercó a las cuatro, cuando bajábamos las últimas cajas.

—El día seis lo digo yo —dijo.

—¿El qué?

—Lo de Begoña. En el roscón. Lo digo yo.

—Lo puedo decir yo.

Y se paró en el rellano del tercero con una caja en las manos y me miró como me mira desde que tengo seis años.

—Claro que puedes —dijo—. Y así yo no tengo que hacerlo.

—Mamá.

—Es que es lo que haces siempre, hijo.

Dejé la caja en el suelo del rellano.

—Ya lo sé —dije.

Y fue la primera vez que lo dije en voz alta delante de ella.

Que llevo desde crío arreglando cosas para no tener que decir ninguna.

Que es más fácil bajar una caja, mirar un extractor, colocar unas copas y cambiar de sitio un microondas que quedarse quieto en una cocina de Alcorcón y decir una palabra de siete letras delante de mi tía Charo.

—Ya lo sé —dije otra vez.

—Bueno —dijo ella—. Pues el seis lo digo yo y tú haz lo que te salga.

Hoja de servicio.

Nueve comensales. Dos fuentes del veintitrés, descongeladas y servidas once días tarde. Veinticinco minutos a ciento sesenta, vigilados por una persona a la que no se lo pidió nadie. Quedan cuatro fuentes en el congelador. El siete hay que sacarlas o se tiran.