Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 29
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El lunes tres a las ocho y media de la mañana miré la cuenta y seguían sin entrar los mil ciento cuarenta de Vertiz.

Y a las nueve me puse con «Segunda línea», que es lo único que tengo, porque los episodios seis y siete vencen el veinticuatro de enero y son trescientos siete euros que voy a cobrar en marzo.

Noelia subió a las diez con un metro de carpintero que había cogido de casa de Óscar cuando recogió a Daniela, y en cuanto vio el rectángulo dibujado a lápiz en el parqué dijo que era buena idea.

Eso hay que decirlo, porque lo que pasó después no se entiende si no se dice.

—Aquí caben doce —dijo—. Si quitas eso de ahí caben doce.

—Eso de ahí ya no está.

—¿Y el escritorio?

—En el dormitorio.

—¿Y trabajas dónde?

—En el borde de la cama.

Se quedó un segundo.

—Vale.

Y no dijo nada más, y se puso de rodillas a medir, que es lo que hace mi hermana en lugar de opinar.

Medimos el ancho entre la pared y el radiador, que es la medida que me preocupaba.

Dos con dieciocho. Con la mesa cerrada quedan sesenta y cuatro centímetros por detrás de las sillas de ese lado, que son cuatro menos de los que hacen falta para levantarse sin mover la silla del vecino, y eso lo apunté para resolverlo con la orientación.

Estábamos en eso cuando llamó Merche.

Merche lleva mi gestoría desde 2016 y llama tres veces al año. Esta era la del trimestre.

—Alicia, buenos días. Te llamo por el cuatro T. Necesito las facturas de diciembre antes del día diez, y quería confirmarte el repercutido, que con lo que me pasaste en noviembre me sale una previsión de mil cuatrocientos veinte a ingresar.

—Va a ser menos.

—¿Menos?

—Sí.

—¿Cuánto menos?

Y aquí es donde una tiene dos opciones y las dos son malas. Porque si le digo que menos y no le digo cuánto, me lo pregunta otra vez, y si le digo que ya se lo mando, me llama el jueves.

Noelia estaba a metro y medio, de rodillas, con el metro de carpintero extendido en el suelo.

—He perdido siete facturas de setecientos veinte —dije—. Cinco mil cuarenta euros de base que no van a entrar.

—Ostras. ¿Y eso?

—Un encargo que se reasignó. Incumplí una entrega.

—¿En diciembre?

—El veintitrés. A las doce.

Merche dijo lo que dicen los gestores, que fue que entonces mejor, que se paga menos, y que igualmente el repercutido de lo cobrado hay que ingresarlo y que no me lo gaste, que todos los años se lo tiene que decir a alguien. Le dije que vale. Le dije que le mandaba las facturas el jueves. Colgué.

Noelia había recogido el metro.

—El veintitrés por la mañana —dijo.

—Sí.

—¿Qué estabas haciendo el veintitrés por la mañana?

—Buscando una silla.

Se quedó un rato callada, sentada en el suelo de mi salón con la espalda contra la pared y el metro de carpintero en las manos, doblándolo y desdoblándolo.

Y no dijo nada más.

Eso es lo que hizo mi hermana: no dijo que lo sentía, no dijo que ella no lo sabía, no dijo que por qué no se lo había contado. Se quedó ahí quince segundos, dobló el metro del todo, lo dejó en el suelo y dijo que tenía que recoger a Daniela a las doce.

En la puerta, poniéndose el abrigo:

—¿Y esa mesa cuándo llega?

—El veinte.

—Vale.

Yo tampoco le dije nada. Que quede claro, porque me lo han preguntado después: yo no le puse ninguna factura encima de la mesa. Le contesté a una pregunta que me hizo ella. Cinco palabras.

Jaime llegó a las seis.

Le había escrito a la una: «¿Puedes subir esta tarde? Quiero hablar de una cosa».

Se lo dije de pie, en el salón vacío, con el rectángulo a lápiz entre los dos.

—La mesa llega el veinte. La suben ellos hasta el portal y de ahí hay cuatro pisos.

—Ya.

—Y quiero hacer la primera el domingo treinta. No una Nochebuena. Una comida. Los doce.

—¿Y?

—Y yo pongo la casa y tú cocinas.

Lo dije así. Lo había ensayado tres veces mientras me duchaba y las tres veces me salió igual, y las tres veces sonó bien.

Jaime se quedó quieto donde estaba, que era en el marco de la puerta, con el abrigo todavía puesto.

—No —dijo.

—No es todos los meses. Es cuatro o cinco veces al año.

—No.

—Jaime, es una comida.

—Que no, Alicia.

Y entonces se soltó, y no gritó, y eso fue lo peor.

—Llevo doce años dando de comer a gente que no me ha preguntado nunca si yo había comido —dijo—.

Ni una vez. Ni en un comedor ni en un catering ni en la cocina de tu tía.

Y el seis de diciembre me llamaste tú desde un tren para decirme que bajara en Chamartín a comer algo, y fue la primera vez en doce años.

—Vale.

—Y ahora me estás pidiendo que te ayude a ser la persona a la que nadie le pregunta eso.

—Te estoy pidiendo que cocines.

—Me estás pidiendo que te monte la casa donde vas a estar tú los próximos veinte años de pie mientras doce personas se sientan. —Se apoyó en el marco—. Yo eso no lo hago. Ni contigo ni con nadie, y menos contigo.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Ya.

—No. No digas «ya» —dije—. Contéstame. Si yo no lo hago, ¿quién lo hace?

Y no me contestó.

Se quedó ahí de pie y no me contestó, y eso es exactamente lo que yo quería enseñarle, y por eso seguí.

—Porque tú puedes decir que no —dije—. Tú dices que no y te vas a tu casa y el veinticuatro que viene te sientas donde te sienten.

La opción que tú estás defendiendo no es que nadie se agote.

La opción que tú estás defendiendo es que Quique cene solo en un piso compartido de Vallecas.

Y Vicente. Y mi hermana un año de cada dos.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sí.

—Pues entonces no me digas que no colaboras. Dime qué haces tú.

Tardó en contestar y cuando contestó no me sirvió.

—No lo sé —dijo—. No sé quién lo hace. No tengo ni idea.

—Pues ya está.

—Pero sé lo que le pasa al que lo hace.

Y dijo un nombre, y con eso se acabó la discusión, porque es el único argumento que tenía y era bueno.

—Treinta años —dijo—. Treinta. Y el veinticuatro, cuando por fin se sentó, no se levantó ni una vez, ni para coger el turrón, y tú lo viste igual que yo.

Y yo le iba a contestar que Begoña está encantada y que tiene una terraza y a Marisa y a un señor que toca la armónica.

Y no se lo contesté, porque las dos cosas son verdad a la vez, y porque en esa frase suya había una parte que no se arreglaba diciéndole que se equivocaba.

Estuvimos callados como veinte segundos, que en una casa sin sofá y sin cortinas es un ruido enorme.

—Me voy —dijo.

—Vale.

—No me voy enfadado.

—Ya lo sé. Yo tampoco.

Y era verdad. Eso es lo que no sabía cómo iba a ser.

Yo creía que cuando alguien te dice que no a algo que necesitas, te enfadas.

Y lo que pasó fue que le entendí perfectamente, palabra por palabra, y que seguía sin estar de acuerdo, y que las dos cosas cabían a la vez dentro de mí sin hacerse daño, que es lo más incómodo que me ha pasado en mucho tiempo.

Bajó las escaleras. Oí los cuatro tramos enteros porque en este edificio se oyen, y oí el portal, y volví al salón.

Me quedé de pie con un rectángulo a lápiz en el suelo y una mesa pagada que llegaba el veinte.

Frase descartada.

«Entonces quédate y dime que no todos los días». Tengo treinta y siete años y le he pedido a un hombre que cocine.