28
El sofá pesaba cuarenta y tantos kilos y bajamos cuatro pisos sin ascensor en dieciocho minutos, y yo no pregunté nada en los dieciocho minutos, que es una cosa que ahora me parece increíble.
Lo que hice fue lo que hago. Miré el rellano de cada piso para ver dónde girar, calculé que en el segundo había que sacarlo de canto por el tramo corto, le dije que fuera ella abajo porque abajo se carga menos peso, y le dije dónde poner las manos.
Se hizo bien. Un sofá de tres plazas por cuatro tramos de escalera con dos personas que se entienden es un trabajo agradable.
El comprador esperaba en el portal con una furgoneta de alquiler y un cuñado. Cien euros en efectivo, dos billetes de cincuenta, y ella se los metió en el bolsillo del pantalón sin contarlos.
Subí a por el abrigo.
Y en el salón de Alicia, a las once y veinte de la mañana del veintinueve de diciembre, había esto: nada.
Las cuatro marcas del sofá en el parqué. El hueco de la ventana donde estaba el escritorio, con dos tacos de plástico en el suelo y el cable de la regleta enrollado. Y en el parqué, dibujado a lápiz, con una línea fina y las esquinas hechas con escuadra, un rectángulo.
Lo medí con el pie, que mide treinta centímetros con la bota. Siete pies y algo de largo. Tres de ancho.
Dos veintidós por noventa.
Estaba todavía agachado cuando entró.
—Es una mesa —dijo.
—Ya veo que es una mesa.
—A medida. Roble. Extensible hasta dos ochenta.
—¿Cuánto?
—Mil cuatrocientos ochenta.
Me levanté.
—Alicia.
—He pagado la señal el martes. Seiscientos cincuenta.
—Que acabas de perder cinco mil cuarenta euros.
—Sí.
—Que tienes que pagar el alquiler el sábado.
—Ochocientos cinco. Ya está apartado.
—¿Y el IVA?
—El IVA es a finales de enero.
Y ahí me callé, y me callé porque no se me ocurrió nada que decir que no fuera una cifra, y porque llevo toda la vida creyendo que si a alguien le enseñas bien las cifras, entiende.
Lo que hice fue empezar a pensar cómo lo arreglaba.
Esto lo digo sabiendo exactamente lo que digo.
A las once y media de la mañana del veintinueve de diciembre, de pie en un salón vacío, mientras ella doblaba el cable de la regleta, yo ya estaba pensando en si Andrés, que trabajó conmigo en el catering y que ahora hace muebles en Getafe, podría hacerle una mesa por cuatrocientos.
Y en si el taller de Villaverde aceptaría cambiar la señal por un mueble más barato en vez de devolverla.
No le dije ni una cosa ni la otra. Me fui a trabajar.
Rivas me llamó a las cuatro y veinte de esa misma tarde.
—Jaime, mañana a las nueve pásate por oficina.
—¿Por?
—Mañana a las nueve.
El treinta a las nueve me sentaron delante de dos personas y un papel.
La oficina de Rivas es un entresuelo en Vicálvaro con tres mesas y un calendario de un proveedor de congelados. Estaban Merino, que es el jefe de operaciones, y una chica de recursos humanos que no me sé el nombre y que tenía un cuaderno.
El papel era un correo del colegio de Moratalaz, con fecha veintiocho de diciembre, con el registro de la alarma adjunto.
23/12. 12:10. Desarmado. Código 0417, F. Amraoui. 23/12. 17:52. Armado. Código 0417, F. Amraoui.
Y una frase del colegio que decía que el centro estaba cerrado por vacaciones, que no constaba autorización de uso de las instalaciones y que solicitaban explicaciones a la empresa adjudicataria del servicio.
—¿Entraste tú?
—Sí.
—¿Con autorización de quién?
—De nadie.
—¿Qué le dijiste a la de apertura?
Y ahí hay un segundo, de verdad, en el que se piensa una cosa muy fea, que es que Fátima me abrió porque quiso.
Dura un segundo y hay que decirla para que se sepa que estuvo.
—Le dije que estaba hablado con vosotros.
—¿Y estaba hablado?
—No.
La chica lo escribió.
Merino me preguntó qué había cocinado. Se lo dije. Me preguntó si había usado género de Rivas. Le dije que no, que el género era mío y que tengo los tiques. Me preguntó si lo había hecho alguna otra vez.
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
Y es verdad, y no me sirvió de nada, y tampoco tenía que servirme.
Falta grave por uso no autorizado de instalaciones del cliente. Carta de amonestación, que me dieron ahí mismo, en mano, con una copia para firmar el recibí. Y suspensión de la asignación de servicios extraordinarios durante el periodo de festivos.
Cuatro turnos. El de la noche del treinta y uno, el del uno, el del cinco y el del seis. A ciento cincuenta brutos cada uno.
Seiscientos euros brutos.
Firmé el recibí y pregunté por Fátima.
—Eso es del colegio, no nuestro.
—Ya, pero ¿qué le van a hacer?
—Eso es del colegio.
Salí a las nueve y cuarenta y me senté en el coche en el aparcamiento de Rivas durante veinte minutos.
Fátima lleva dieciocho años abriendo ese centro.
Tiene cincuenta y dos años y un código de cuatro cifras que es suyo y que la identifica cada vez que lo teclea.
Lo tecleó a las doce y diez del veintitrés de diciembre porque un cocinero al que conoce desde hace doce años le dijo dos veces que estaba hablado.
Fui a Moratalaz.
No la llamé antes. Aparqué en su calle y esperé en el portal, que es lo que hace alguien que ha decidido no darle a la otra persona la oportunidad de decir que no quiere verle, y eso también hay que apuntarlo.
Bajó a las doce menos cuarto con un carro de la compra.
Me vio desde el ascensor y no puso ninguna cara. Eso fue lo peor de toda la mañana. Ni sorpresa, ni enfado. Abrió el portal, salió y se quedó parada con el carro delante.
—Ya he hablado con el colegio —dijo.
—Fátima.
—El siete tengo reunión con la directora y con el del ayuntamiento.
—Yo he dicho esta mañana en Rivas que…
—Ya sé lo que has dicho en Rivas. Me ha llamado Merino a las diez.
Se apoyó en el carro.
—Yo lo único que quiero saber es una cosa, Jaime. ¿Tú sabías que no estaba hablado?
—Sí.
—Vale.
—Fátima, escúchame…
—No, si te estoy escuchando. Es que ya está. Ya sé lo que quería saber.
Y se quedó ahí, mirándome, con el carro de la compra entre los dos, y no se fue, que es lo que hace la gente decente cuando te está dando la oportunidad de decir algo mejor.
Y yo hice lo que hago.
Le dije que hablaba yo con la directora.
Le dije que conozco al del ayuntamiento del concurso de hace dos años y que le llamaba esa misma tarde.
Le dije que el siete iba yo a la reunión con ella.
Le dije que tengo los tiques del género, que se puede demostrar que no toqué nada del centro, que la cámara la dejé como estaba, que barrí.
Fátima me dejó terminar.
—Dieciocho años llevo abriendo yo esa puerta —dijo—. A las siete menos cuarto. Y el código es mío. Y tú vas a ir a la reunión a decirle a mi directora que yo soy tonta y que tú me engañaste.
—No.
—Es lo que estás diciendo.
—No es lo que quiero decir.
—Pues es lo que sale.
Me quedé callado.
—A mí no me arregles nada —dijo—. A mí lo que me hace falta es un papel.
—¿Un papel?
—Un papel firmado por ti, con tu nombre, que diga qué me dijiste. Y con eso yo voy el siete y lo pongo encima de la mesa. Lo demás no me sirve, porque lo demás eres tú hablando y tú ya me hablaste una vez.
Y eso fue todo. Cogió el carro y se fue a la compra, y yo me quedé en un portal de Moratalaz un miércoles por la mañana.
Escribí la declaración esa tarde, a mano primero y luego a ordenador, y me llevó cuatro horas porque la empecé cinco veces.
La primera versión explicaba el problema del horno de Prosperidad y los noventa y cinco minutos. La segunda decía que Fátima había actuado de buena fe, que es una manera elegante de seguir hablando de ella. La tercera pedía perdón en el segundo párrafo. La cuarta la borré entera sin leerla.
La versión que firmé decía tres cosas y ninguna más.
Que solicité el acceso yo. Que afirmé ante la responsable de apertura que contaba con autorización de la empresa. Que dicha autorización no existía y que yo lo sabía en el momento de afirmarlo.
Firmada, con mi nombre, mi DNI y la fecha.
La mandé al colegio y a Rivas el treinta y uno por la mañana, y una copia en papel se la metí a Fátima en el buzón, porque no quise volver a llamar al telefonillo.
Nunca he tenido que hacer eso. Llevo doce años arreglando cosas y la gracia de arreglarlas como las arreglo yo es precisamente que después no queda nada escrito. Se soluciona, se sirve, se recoge y nadie sabe qué pasó a las siete y media en la cocina.
Esto es un papel con mi nombre que va a estar en una carpeta de Rivas mientras yo trabaje ahí.
La Nochevieja la pasé en Alcorcón, porque no tenía turno.
Cenamos los tres. Mi madre hizo besugo y yo no la dejé hacer nada más, que era exactamente lo que no tenía que hacer. Le quité la bandeja de las manos en la puerta del horno y me dijo que ya podía ella, y se la quité igual.
Se lo conté a los postres, con Begoña delante.
—¿Y por qué lo hiciste? —dijo mi madre.
—Porque el horno de aquí no daba.
—Eso no es por qué.
—Porque no se lo quise decir a Alicia.
—Eso tampoco.
Y me quedé con el tenedor en la mano y no supe seguir, y mi madre no me ayudó, y eso fue lo mejor que hizo en toda la noche.
Begoña, que llevaba callada desde el segundo plato, dijo:
—El cuadro se abre empujando hacia arriba.
—¿Qué?
—Nada —dijo—. Que llevo treinta años sin que se me fuera la luz un veinticuatro. Dale las gracias a la chica.
Y se levantó a por el turrón ella sola, y fue la única vez que la vi levantarse por algo en toda la noche.
Las uvas las tomamos con la tele puesta y con el volumen bajo, y a la quinta campanada mi madre le cogió la mano a Begoña encima del mantel y la dejó ahí hasta la doce, y yo las vi y no dije nada, y en enero pensé bastante en eso.
El uno y el dos estuve buscando mesas.
Andrés, el de Getafe, me contestó el dos por la tarde: puede hacer una de dos veinte en pino, sin extensible, por trescientos ochenta.
El taller de Villaverde me dijo por teléfono, sin que yo dijera de parte de quién llamaba, que la señal no se devuelve pero que se puede aplicar a otro mueble del catálogo dentro de los seis meses siguientes.
Apunté las dos cosas en el móvil. Hice una lista con tres opciones y un calendario para desmontar la mesa de doce después de cada cena y guardarla de canto en el pasillo.
No se lo mandé.
El dos por la tarde subí a Ventas a llevarle unos táperes que sobraron de Alcorcón.
Estaba trabajando sentada en el borde de la cama, con los dos monitores en la mesilla de noche y el portátil encima de una caja de libros del revés, con el cuello torcido hacia la izquierda.
El salón estaba vacío, con el rectángulo a lápiz en el suelo, y la luz de la ventana entraba entera y no le daba a nadie.
Servicio cancelado.
Cuatro turnos de festivo retirados: treinta y uno, uno, cinco y seis. Seiscientos euros brutos. Carta de amonestación por falta grave, en mano, con recibí firmado. La noche del treinta y uno sirvió otro y salieron las mismas raciones. Lo único que ha cambiado de sitio es un papel con mi nombre.