Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 27
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El correo de Rocío entró a las nueve y quince del lunes veintisiete y lo leí de pie, en la cocina, con la cafetera puesta.

Lo leí tres veces. La tercera vez fue para buscar la palabra que no estaba.

Llamé a las nueve y veinte.

Rocío lo cogió. Eso hay que decirlo: lo cogió a la primera y me habló durante once minutos, y no fue antipática ni una sola vez, y por eso no había nada que hacer.

—El canal emite el uno de febrero, Alicia. Yo necesito los ocho másteres entregados el ocho de enero para pasarlos por control técnico. Con dos títulos con retraso y seis por entregar en diez días, yo no puedo garantizarlo.

—El tercero lo tengo el veintisiete. Hoy.

—Hoy es veintisiete.

—Lo tengo esta noche.

—Y el cuarto vencía hoy, y el quinto el miércoles.

Me quedé callada.

—Te lo dije el diecinueve —dijo—. Te dije que era un calendario difícil y me dijiste que te lo quedabas entero.

—Ya.

—Si me hubieras dicho el veintitrés que no llegabas, yo el veintitrés reasignaba cuatro y te dejaba tres. Me escribiste que lo tenías por la tarde.

Y ahí es donde se acabó, porque tenía razón.

Siete títulos por setecientos veinte euros.

Cinco mil cuarenta euros.

Lo tenía escrito en la libreta desde el veintiuno, con un círculo alrededor, y no me hizo falta calcular nada.

Lo que tengo: mil seiscientos ochenta menos lo que llevo gastado estos días, que son unos ciento cuarenta, más setecientos veinte del título dos que cobraré en enero, con suerte a finales.

El alquiler del uno de enero, ochocientos cinco.

El IVA del trimestre, mil trescientos y pico, a finales de enero.

Vertiz sigue debiéndome mil ciento cuarenta desde el dieciocho de diciembre.

Y ciento veintiún euros míos en una cena que salió mal.

Se lo conté a Jaime a las once y media, por teléfono, porque estaba en el comedor y porque quería contárselo antes de que me diera tiempo a decidir no contárselo.

—Me han quitado siete de las ocho películas.

—¿Cómo que te las han quitado?

—Que las han reasignado. No entregué el segundo el veintitrés a las doce.

Silencio.

—El veintitrés a las doce —dijo.

—A las doce.

Y sé lo que estaba haciendo en ese silencio, porque yo lo hice también: estaba poniendo el veintitrés a las doce al lado de lo que él estaba haciendo el veintitrés a las doce.

—¿Cuánto es?

—Cinco mil cuarenta.

—Joder.

—Ya.

—Alicia, cinco mil cuarenta euros.

—Ya lo sé, Jaime. Sé cuánto es. Lo he calculado ocho veces.

—¿Y qué vas a hacer?

—Trabajar.

Y colgué antes de que dijera nada más, no por él, sino porque en ese momento ya tenía la otra cosa en la cabeza y no quería que se me notara en la voz.

Porque la otra cosa llevaba ahí desde las nueve y veinte.

Voy a intentar explicarlo bien, porque desde fuera no se entiende y desde dentro es lo más razonable del mundo.

Cinco mil cuarenta euros son el precio de una cena. No de la cena entera: del veintitrés por la mañana. De cuatro horas buscando una silla que estaba en el cuarto de los contadores.

Y esa cena se rompió.

Entonces, o esos cinco mil cuarenta euros no valieron para nada, o valieron para algo.

Y si valieron para algo, tiene que haber una segunda.

Y si tiene que haber una segunda, tiene que haber un sitio, porque el sitio se entrega el siete de enero y la familia no tiene ningún otro, y porque el veinticuatro, a las diez y veinte de la noche, doce personas comieron de pie alrededor de una mesa y repitieron nueve.

Eso es lo que pensé. Está mal y sigo pensando que la primera mitad es verdad.

El lunes veintisiete por la tarde medí mi salón.

Tres ochenta por tres diez. Lo sabía desde que firmé. Lo volví a medir igual, dos veces, con el metro de carpintero que se había dejado Noelia en noviembre.

Una mesa de doce son dos veintidós por noventa. Con sesenta centímetros por detrás de cada silla para poder levantarse, hacen falta tres cuarenta y dos de largo y dos diez de ancho.

Cabe.

Cabe si no está el escritorio. Cabe si no está el sofá.

Lo dibujé en el suelo con un lápiz de carpintero, con escuadra, apoyando la regla en el rodapié. Tardé cuarenta minutos en dibujar un rectángulo y me quedé de pie mirándolo desde la puerta de la cocina con el abrigo todavía puesto.

El martes veintiocho por la mañana desmonté el escritorio.

Son dos caballetes y un tablero de dos metros por setenta y cinco que compré en 2019 por ciento cuarenta euros.

Lo primero es quitar los dos monitores, que van en un soporte de pinza que se atornilla al canto del tablero y que hay que aflojar con una llave allen que llevo cuatro años sin encontrar y que estaba, como siempre, en el cajón de los cables.

Después la regleta. Nueve enchufes y siete cables, y hay que ir uno a uno porque si los sacas todos de golpe luego no sabes cuál era el del monitor bueno.

Después el tablero.

El tablero no pasa por la puerta del dormitorio en horizontal. Mide setenta y cinco de fondo y la puerta setenta y dos. Hay que meterlo de canto, levantarlo, girarlo ya dentro de la habitación y bajarlo sin tocar el marco, y eso son dos personas.

Lo hice sola. Tardé cuarenta minutos, me di dos golpes en la misma espinilla y arranqué una esquina de pintura del marco que me van a descontar de la fianza el día que me vaya.

En el dormitorio no cabe el tablero con los caballetes puestos. Lo apoyé contra la pared, de canto, detrás de la puerta, donde estorba pero no se ve. Los caballetes los metí debajo de la cama.

Los dos monitores los puse encima de la mesilla de noche, uno delante y otro de lado, con el de lado apoyado en la pared porque el soporte de pinza no agarra en una mesilla de treinta y ocho centímetros. El portátil, encima de una caja de libros puesta del revés.

Trabajé así el martes por la mañana, sentada en el borde de la cama, con el cuello torcido hacia la izquierda.

Y no era horrible. Era peor que eso: era perfectamente posible.

A las cinco fui al taller.

Está en un polígono de Villaverde, entre un almacén de azulejos y una empresa de rótulos, y se llega en Cercanías hasta una estación que huele a serrín y luego quince minutos andando por una acera que se acaba dos veces.

Dentro hay un mostrador, una máquina de café y cuatro mesas expuestas encima de tarimas, con carteles de cartón pinzados a una esquina.

Me atendió una mujer de unos cincuenta que se llama Elena y que llevaba una bata azul con serrín en los puños.

—Buenas. ¿Qué buscas?

—Una mesa de comedor. Extensible.

—¿Medida?

—Dos veintidós cerrada.

Levantó la vista del mostrador.

—Esa es una medida muy concreta.

—Es que tengo el sitio medido.

Me enseñó tres. La primera era de pino y se movía si apoyabas el codo.

La segunda era de roble pero con las patas hacia dentro, que en una mesa de doce es un problema, porque el que se sienta en la esquina se pasa la noche con la rodilla contra una pata.

La tercera era de roble macizo, con las patas en las cuatro esquinas, guía central de aluminio y dos alas abatibles que la llevan a dos ochenta.

Mil cuatrocientos ochenta euros.

Pasé la mano por el canto. Estaba lijado de verdad, no con papel de ciento veinte y a correr, y eso se nota con las yemas de los dedos aunque no sepas nada de madera.

—¿Para cuánta gente? —dijo Elena.

—Doce.

—¿Doce comensales sentados?

—Doce.

Se apoyó en el mostrador.

—Porque con dos veintidós cerrada y las alas puestas te van doce, pero tienes que tener tres cuarenta de pared a pared. Y tres cuarenta es un comedor de verdad, no un salón.

—Tengo tres ochenta.

—¿Tres ochenta de salón?

—Sí.

—¿Y por el otro lado?

—Tres diez.

Elena hizo la misma cuenta que había hecho yo el lunes, en voz alta, y le salió lo mismo, y luego se quedó un segundo más de lo necesario.

—Cabe —dijo.

—Cabe.

—Si no tienes nada más en ese salón.

—No voy a tener nada más en ese salón.

Y no me preguntó nada más, que se lo agradezco, porque si me llega a preguntar por qué no iba a saber contestarle.

La financiación era a doce meses, con una señal del cuarenta y cuatro por ciento para arrancar la fabricación y el resto al retirar.

Seiscientos cincuenta euros.

Elena me puso delante una hoja con el pedido, las medidas escritas a mano en el margen, el plazo de tres semanas y, en la parte de abajo, un párrafo en letra pequeña.

—Esto lo tienes que leer —dijo—. Y te lo digo yo en voz alta también, porque luego hay líos: la señal no se devuelve. Si te echas atrás la pierdes entera.

—Vale.

—No, léelo.

Lo leí. Estaba en tres líneas y decía exactamente lo que ella había dicho.

—¿Lo has leído?

—Lo he leído.

Firmé a las cinco y dieciocho y pagué con tarjeta a las cinco y veinte.

Tenía en la cuenta mil quinientos cuarenta. Después de pagar, ochocientos noventa. El alquiler del uno de enero son ochocientos cinco.

Me quedaban ochenta y cinco euros.

Elena me dio la copia doblada en tres y me dijo que me llamaban en tres semanas para la entrega y que la subida al cuarto piso no entra en el precio.

—¿Tienes ascensor?

—No.

—Pues eso son dos personas y hora y media.

Volví a casa en el metro con la copia en el bolsillo del abrigo, y a las siete y media publiqué el sofá en Wallapop. Tres plazas, gris, ocho años, «impecable, se vende por cambio de mobiliario».

Ciento veinte euros.

En cuarenta minutos me escribieron cuatro personas. El primero preguntó si lo dejaba en cien. Le dije que sí. Quedamos el miércoles veintinueve a las once.

Y después de cerrar esa conversación me quedé sentada en el sofá que acababa de vender, en un salón sin escritorio, mirando el hueco de la ventana donde había estado el sitio con luz.

Llamé a Jaime a las nueve.

—¿Me puedes echar una mano el miércoles a las once? Hay que bajar una cosa.

—¿Qué cosa?

—Un sofá.

—¿Un sofá?

—Es un cuarto sin ascensor.

—Ya sé que es un cuarto sin ascensor —dijo—. ¿Por qué bajas un sofá?

—Porque lo he vendido.

Y no dijo nada, y yo no dije nada más, y quedamos a las once.

Frase descartada.

«Voy a ser yo la que haga esto todos los años». He dicho que he vendido un sofá.