Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 26
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La cocina de Begoña tenía cuarenta y un años de cosas y ocho grados de temperatura, y la vaciamos entre los dos en siete horas, y en el medio pasó lo que pasó.

Empezamos a las once por lo alto, que es como se vacía una cocina. Lo de arriba primero, porque si empiezas por abajo luego no puedes subirte a nada.

Ella en la escalera de tijera de Vicente, yo recibiendo.

Lo que hay en lo alto de la cocina de una señora de setenta y cuatro años que ha cocinado para doce personas treinta años seguidos: una olla de veinte litros, dos fuentes de barro de las que ya no se venden, un molde de flan de los de meterlo en agua, una batidora de mil novecientos noventa y uno que funciona, un rallador de cuatro caras con una cara sin usar, y una caja de cartón de galletas danesas, de las azules, llena de recambios de cosas que ya no existen.

En los armarios de en medio, cristalería para veinticuatro. Seis copas de vino, seis de agua, seis de licor y seis descabaladas de tres juegos distintos, que son las que han ido sustituyendo a las que se han roto en treinta Nochebuenas.

Eso es una cosa que se ve mucho y que a mí me gusta. Nadie compra un juego nuevo. Se va poniendo lo que hay.

En el cajón de los cubiertos, treinta y siete tenedores.

Los conté porque me dio por ahí. Treinta y siete tenedores para doce personas, de cinco modelos, y catorce cucharillas de café de esas que vienen con una promoción de un banco.

A la una y media bajamos catorce cajas al coche en tres viajes.

A las dos comimos de pie, un bocadillo cada uno, apoyados en la encimera, y ella se comió el suyo entero, cosa que no había hecho en ninguna de las veces que hemos comido juntos este mes.

—¿Qué hacemos con todo esto? —dijo.

—Lo de cocina se lo lleva mi madre a Alcorcón lo que le quepa. Lo demás, al punto limpio y a la parroquia.

—¿Y la olla de veinte litros?

—La olla de veinte litros no cabe en ningún sitio de este país.

Se quedó mirándola.

—Me la llevo yo —dijo.

—Tú tienes cuarenta y dos metros.

—Ya.

Está en su casa. Sigue en su casa, encima del armario del pasillo, y no la ha usado nunca.

A las tres y media abrimos el cajón de abajo del mueble de la esquina, que es el cajón donde todo el mundo mete lo que no tiene sitio.

Y había una libreta.

Era de cuadros, de las de toda la vida, con las tapas de cartón blandas y una goma. En la primera página ponía, con boli azul y letra de Begoña, «Nochebuenas».

Ella la abrió de rodillas en el suelo.

Treinta años.

No eran recuerdos. No había ni una frase. Eran cantidades.

«1996. 9 personas. Cordero 2,7 kg. Sobró poco».

«1999. 11 personas. Merluza 2 kg y cordero 2,4.

Sobró bastante merluza». «2003. 12 personas.

Comprar otra silla». «2004. 12 personas.

Bajar cordero a 2,2, que Loli ya no come tanto».

«2008. 10 personas. Año raro». «2011. 13 con el novio de Quique.

Poner dos sillas de la cocina». «2019. 12 personas. No poner el microondas con el horno».

Y al final de cada año, en el margen, una lista de nombres con un número al lado, y ese número era los gramos.

Estuvo pasando páginas de rodillas en el suelo de la cocina, sin decir nada, durante tres o cuatro minutos.

Yo estaba de pie con una caja en las manos y la dejé en el suelo y me puse de rodillas también, que no es una postura elegante para nadie.

—Mira 2017 —dijo.

2017. Doce personas. Y en la lista del margen, entre los nombres, ponía: «Charo: turrón yema, caja azul».

Ella cerró la libreta.

—Lo hacía igual —dijo.

—Sí.

—Con los gramos y todo.

—Sí.

—Y no se lo dijo a nadie en treinta años.

—No.

—¿Tú lo sabías?

—No.

Y era verdad. Yo llevo diez años entrando en esa cocina y he visto a Begoña sacar las cosas a su hora sin mirar un papel, y siempre pensé que era memoria.

Se quedó mirando la libreta cerrada encima de sus rodillas. Tenía las manos rojas de frío y las puntas de los dedos blancas, que es lo que le pasa a las tres y media en esa casa.

Y entonces levantó la cabeza y me miró, y yo estaba a cuarenta centímetros de ella de rodillas en el suelo de una cocina vacía, y no hubo ninguna frase.

No la hubo, de verdad. Llevo días intentando acordarme de si alguien dijo algo antes y no.

Ella dejó la libreta en el suelo, con cuidado, al lado de su rodilla, y eso fue todo.

Nos pasamos al dormitorio porque en la cocina el suelo son baldosas y porque en el dormitorio estaban las mantas de mudanza que dejó Sergio, seis, dobladas en un rincón, que es lo único blando que quedaba en toda la casa.

Ocho grados. No nos quitamos ni la mitad de la ropa y las dos veces que lo intentamos fue peor, y ella se rio con los dientes apretados y dijo que el abrigo se quedaba, y el abrigo se quedó.

Me preguntó si quería. Se lo pregunté yo. Los dos dijimos que sí en voz alta, que es una cosa que a los treinta y nueve años ya no da ninguna vergüenza y que a los veinte me la habría dado.

Se me quedó una rodilla clavada en el canto de una manta doblada durante un rato largo y no dije nada, y eso me pareció, en ese momento, lo más parecido que he tenido nunca a estar enamorado de alguien.

Después estuvimos un rato tumbados mirando el techo de una habitación vacía en la que se veía la marca de donde había estado la lámpara.

—Hay que terminar la cocina —dijo ella.

—Hay que terminar la cocina.

—Quedan los bajos y la despensa.

—Quedan los bajos y la despensa.

Ninguno de los dos se movió durante otros diez minutos.

Y luego, todavía tumbada, con el abrigo puesto y sin mirarme, dijo:

—Esto lo hablamos después de Reyes.

—Vale.

—El siete se entregan las llaves. Hasta el siete hay mil cosas.

—Vale.

—Y después de Reyes lo hablamos.

—Vale.

Los dos dijimos vale tres veces, que es el número de veces que se dice vale cuando nadie se está comprometiendo a nada.

Terminamos los bajos y la despensa a las siete y media. Cuatro cajas más.

En la despensa había veintidós botes de conserva y cuatro paquetes de arroz. De los veintidós botes, diecinueve estaban caducados, y de esos diecinueve, once eran de tomate frito de la misma marca, comprados de oferta en algún momento de 2022.

Eso también es Begoña.

A las ocho, mientras cerraba una caja con precinto, le pregunté:

—¿Qué tal las películas?

Estaba de espaldas, doblando una bolsa.

—Bien —dijo.

—¿Vas bien de plazos?

—Sí.

Y yo dije «vale» por cuarta vez.

Lo sabía. No sabía qué, pero sabía que no era «sí».

Lo llevo sabiendo desde el día veinte, cuando cerró el portátil en vez de bajar la pantalla.

Y no pregunté otra vez, y no pregunté otra vez porque acabábamos de pasar una hora en el suelo de un dormitorio vacío y porque me pareció que insistir era estropearlo.

Eso es lo que me dije. Que era por no estropearlo.

Hoja de servicio.

Cocina vaciada. Dieciocho cajas. Cuarenta y un años de cosas y treinta y siete tenedores para doce personas. Siete horas a ocho grados. No se quitó el abrigo en todo el día. Comió el bocadillo entero. Es la primera vez este mes.