Al diablo con la Navidad de película (Al diablo con… 2) 25
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Me levanté a las nueve menos veinte del día de Navidad con la marca del teclado en el antebrazo, porque me había quedado dormida a las dos y media encima de la mesa.

Me faltaban ciento diez subtítulos de «Corazones en Bramble Creek».

Ciento diez. Los hice en dos horas y veinte minutos con un café y sin ducharme, sentada en la cama, con la manta por encima de las piernas y el portátil apoyado en las rodillas, y lo entregué a las once y cuarenta.

Dos días y veintitrés horas de retraso.

Cuando le di a enviar me quedé mirando la barra de progreso como si fuera a decirme algo. Subió al noventa y ocho, se quedó un segundo, y puso «completado».

El último subtítulo del episodio, el mil doscientos cuarenta, es la protagonista diciéndole a su madre que se queda en el pueblo. La plantilla lo había resuelto con «He decidido permanecer aquí de forma indefinida». Lo dejé en «Me quedo».

Nueve caracteres. Es mi trabajo y lo hago bien y son las once y cuarenta del veinticinco de diciembre.

El tercer título vencía ese mismo día a las doce.

No lo había abierto. Ni una vez. Estaba en la carpeta, con su nombre, «Luces en Harbor Point», noventa minutos, y yo no lo había abierto porque para abrirlo había que tener delante algo más que un archivo.

A las doce y dos minutos escribí a Rocío.

Borré cuatro versiones.

La primera decía la verdad completa: que el veintitrés me pasé la mañana buscando una silla y que anoche cené con doce personas y recogí hasta las tres. La segunda decía media verdad y pedía tres días. La tercera pedía perdón demasiado y usaba la palabra «familiar» dos veces.

La cuarta, que es la que mandé, decía:

«Hola, Rocío. Te acabo de entregar el segundo título. Con el tercero voy a necesitar margen: te lo entrego el veintisiete. El resto del calendario lo mantengo».

Lo mandé a las doce y once.

No contestó. Era Navidad. Nadie contesta el veinticinco de diciembre y yo lo sabía, y aun así miré el móvil once veces antes de las tres de la tarde, y sé que fueron once porque me sorprendí a mí misma la séptima y empecé a contar.

Salí a la calle a la una menos cuarto porque no tenía nada en casa.

El veinticinco de diciembre en Madrid, a esa hora, está todo cerrado menos un chino y una gasolinera. Anduve cuatro manzanas con el abrigo bueno, que es el fino, y no me crucé con nadie que no llevara una bandeja en la mano o un niño de la mano.

Compré un brik de leche y un paquete de galletas en el chino de la esquina de Marqués de Zafra y el hombre me deseó feliz Navidad en español y yo se la deseé en español, y fue la única conversación que tuve hasta la una y media.

Comí en casa de Noelia.

Daniela se había ido a las once con su padre. Lo habían hecho en el portal, sin subir nadie, como habían dicho el veinticuatro, y cuando llegué a la una y media mi hermana llevaba dos horas y media sola en un piso de sesenta metros con un árbol de plástico y tres platos sin recoger.

Estaba bien.

Eso es lo raro. Estaba bien de verdad. Había puesto la lavadora, había hecho una tortilla y estaba viendo una cosa de cocina en la tele con el sonido bajo.

—Esto es lo que hay ahora —dijo—. Un año la tengo yo y el siguiente la tiene él. Este año la tengo la Nochebuena y la Navidad me la como sola. El que viene, al revés.

—Podías haberme dicho algo.

—¿Para qué?

—Para no comer sola.

—No estoy comiendo sola. Estás tú.

—A la una y media.

—Ya. —Se rio—. Es que si aviso, la gente viene. Y si viene, es que me pasa algo.

Comimos tortilla y pan, y de postre el turrón del malo, el de la caja roja, porque el bueno se lo llevó Charo entero el veinticuatro a la una y media de la mañana sin que nadie le dijera nada.

El árbol de Noelia es de plástico, de metro veinte, y lleva tres bolas menos que el año pasado porque Daniela rompió dos y la tercera no aparece. Las luces están puestas solo en la mitad de delante. Eso lo hace ella desde que se separó y no es dejadez: es que la mitad de atrás da a la pared.

Hablamos de la cena. De Charo y la tarta de queso que hubo que meter en el alféizar. De que Loli había dicho que las patatas quemadas eran lo que más le había gustado. De Vicente, que se quedó hasta la una y cuarto y se fue andando.

No hablamos de Óscar. No hablamos del horno. No hablamos de lo que hizo Jaime.

A las cuatro, Quique mandó una foto al grupo. Era un táper abierto encima de una mesa de formica, medio vacío, con un tenedor dentro, y debajo ponía: «Esto estaba mejor hoy».

Nueve personas le pusieron un corazón. Yo también.

A las cinco Noelia me preguntó qué tal el trabajo.

—Bien —dije—. Liada.

—¿Mucho?

—Lo normal de diciembre.

Y mi hermana, que me conoce desde que nació, dijo «ya» y se levantó a por más turrón, y yo me quedé con las dos manos en la taza pensando en que acababa de mentirle a la única persona a la que no tenía ningún motivo para mentirle.

A las seis me acompañó al portal y me dijo que el lunes recogía a Dani a las once y que si quería quedábamos a comer.

—El lunes tengo que entregar una cosa.

—Vale.

—El martes.

—Vale.

Jaime me escribió a las siete y cuarto.

«¿Mañana vaciamos la cocina? Los de la mudanza no vienen, hay que meterlo en cajas nosotros».

Contesté a los cincuenta segundos, que ya no cuento porque ya no sirve de nada contarlo.

«Mañana. ¿A las once?».

«A las once».

Y ahí se quedó.

Ni él dijo nada y ni yo dije nada, y lo que había pasado en esa cocina a las dos y veinte de la madrugada del veinticinco se quedó donde estaba, que es en un sitio en el que las cosas no se quedan.

Me acuerdo de que tenía las manos mojadas y de que no me las sequé. Eso es lo único que me he permitido recordar en todo el día, y lo he recordado a propósito tres veces, que es distinto de acordarse.

No es que no quisiera hablarlo. Es que no sabía qué era.

Una cosa que ocurre a las dos y veinte de la mañana, después de dieciséis minutos de horno perdidos y de una silla plegable, entre dos personas que llevaban veintitrés días sin dormir, no tiene nombre todavía a las siete y cuarto del día siguiente.

Lo que hice fue lo que hago. Lo metí en una casilla.

La casilla se llamaba «después», y debajo puse, mentalmente, «después de Reyes», porque hasta el siete de enero hay un piso que entregar y ochocientos subtítulos por día y una liquidación de trimestre, y porque en esa casilla las cosas están a salvo.

A las once de la noche abrí «Luces en Harbor Point».

Mil trescientos veinte subtítulos. Una mujer que dirige un fondo de inversión y que hereda un faro.

Hice cuarenta.

Frase descartada.

«Es que si aviso, la gente viene. Y si viene, es que me pasa algo». Eso lo ha dicho ella. Yo llevo veinticinco días sin avisar de nada.