24
Trece personas con pan a las nueve y cuarenta y cinco de la noche del veinticuatro es una cosa que se degrada muy rápido.
A los cuatro minutos Charo ya estaba con lo de los pisos de alquiler por días.
A los seis, Sergio había contado dos veces el mismo chiste.
A los ocho, Iván había empezado a mirar el móvil por debajo de la mesa y Quique, que llevaba veinticinco minutos ahí sentado después de salir de trabajar a las ocho y media, se había bebido dos cervezas sin comer nada.
Daniela le preguntó a su madre si se podía levantar y Noelia le dijo que no.
Yo tenía en la encimera de noventa centímetros doce platos de un primero frío, una fuente de guiso a temperatura ambiente, una bandeja de guarnición quemada por un lado y un asado tapado desde las nueve menos cinco que llevaba cincuenta minutos perdiendo calor.
Y tenía ocho fuentes de aluminio hechas en una cocina de convección de seis niveles, a la que entré diciendo dos veces una mentira, y de las que no había servido ni una.
Eso primero. Porque en la lista de lo que falló esa noche, lo mío está arriba del todo y no lo arregla nada.
Fui donde estaba ella.
Estaba de pie delante del horno otra vez, con la puerta abierta y la bandeja mala todavía dentro, mirándola.
—Alicia.
No se giró.
—Podemos sacarlo todo a la encimera —dije—. Ponerlo en fuentes, dejarlo ahí, y que cada uno se levante y se sirva.
—Eso no es una cena.
—Es la cena que hay.
—Eso es un cumpleaños infantil con bandejas.
—Alicia.
—He estado veintitrés días haciendo el plano de una mesa.
Y ahí se calló, y yo me callé, porque lo que había dicho era verdad y porque era lo primero verdadero que decía desde las nueve y veintisiete.
Se quedó mirando el horno abierto un rato. Luego se giró y miró la mesa.
Yo miré lo que miraba ella, que es lo que hago.
Miró a Quique, que llevaba dos cervezas y ningún plato.
Miró a Loli, que tiene sesenta y ocho años y a la que le habían cambiado el sitio hacía quince minutos.
Miró a Daniela, que estaba sentada entre su padre y su madre por primera vez desde marzo y llevaba cuarenta minutos con un trozo de pan en la mano.
Y miró a Begoña, en la cabecera de la ventana, con las manos en el regazo, esperando.
Treinta años.
Y entonces lo dijo. Una vez, en voz normal, sin levantarla, de pie en el paso de veintiocho centímetros, con las doce personas de la mesa oyéndolo perfectamente porque el salón mide tres sesenta por cuatro veinte.
—Al diablo con la Navidad de película.
Y abrió el horno del todo, sacó la bandeja, la dejó encima de la encimera y empezó a repartir trabajo.
—Noelia, el horno. Está a ciento noventa. Lo bajas a ciento sesenta y metes la fuente grande veinte minutos. Pon la alarma del móvil.
—Vale.
—Sergio, la mesa. Quita los platos del primero, ponlos en el centro y que cada uno se sirva.
—Vale.
—Iván, corta pan. Todo el pan.
—Vale.
—Quique, ven a la cocina. Necesito a alguien que sepa hacer dos cosas a la vez.
Y Quique se levantó de la esquina de la puerta y entró en la cocina.
Lo que pasó en los cuarenta minutos siguientes no se parecía en nada a un servicio y funcionó mejor que cualquier servicio que yo haya montado.
Trece personas de pie en un piso de setenta metros.
El paso de ochenta y cuatro dejó de existir porque todo el mundo iba por el pasillo y entraba en la cocina por la otra puerta, que llevaba veintitrés días cerrada con un perchero delante y que Vicente abrió en cuarenta segundos quitando el perchero.
Eso lo hizo él solo. Nadie se lo pidió. Lleva cuarenta y tres años en ese edificio y sabía que esa puerta se abre.
Sergio quitó los doce platos del primero y los puso en el centro de la mesa en dos torres, que es exactamente como no se ponen, y el jamón quedó al lado de Charo, que es el único sitio donde no tiene que estar el jamón.
Alicia lo vio.
Estaba a metro y medio, con una fuente en las manos, y lo vio, y no dijo nada, y siguió andando hacia la cocina.
Fue la primera vez en veintitrés días.
Iván cortó el pan en rebanadas de dos dedos, que para Loli es imposible, y Loli cogió una y la partió por la mitad con las manos y se comió el interior, y no dijo nada tampoco.
Quique resultó ser el mejor que he tenido en una cocina en cuatro años.
Le dije dos cosas y las hizo las dos, y luego hizo una tercera que no le había dicho, que era pasar un paño por la encimera entre fuente y fuente para que no se pegara nada.
A las once y media estaba comiendo de pie al lado de la nevera con un plato en la mano y una servilleta debajo, porque en esa cocina hay un solo sitio donde se puede estar de pie comiendo y es ese.
Marisa y Charo se pusieron a fregar sin hablarse. Eso duró veinte minutos y fue lo más raro de la noche.
Daniela repartió servilletas. Le dieron el trabajo para que hiciera algo y lo hizo mal a propósito, poniendo dos a unos y ninguna a otros, y se murió de risa ella sola.
Noelia se puso delante del horno. Bajó a ciento sesenta. Metió la fuente. Puso la alarma del móvil a veinte minutos y se quedó ahí, de pie, con la espalda contra el marco de la puerta, mirando el reloj del móvil cada poco.
No se movió en veinte minutos. Ni cuando Charo la llamó desde la mesa.
Y la silla plegable la movió ella.
Eso pasó a las diez menos cinco. Óscar estaba de pie sin saber dónde ponerse, porque cuando todo el mundo se levanta el que sobra es el que ya sobraba. Noelia salió de delante del horno, cogió la silla plegable de aluminio con una mano, la llevó al lado largo de la mesa, la abrió y dijo:
—Aquí. Al lado de Dani.
—Vale.
—Y el veinticinco a las once, en el portal. Como habíamos quedado.
—A las once.
—Ya está.
Y volvió al horno. Eso fue todo. No hubo nada más entre ellos en toda la noche, y quien esperara otra cosa es que no los conoce.
Yo estuve una hora emplatando y calentando y en algún momento de esa hora hice una cosa que no le he contado a nadie.
En la pared del salón hay doce rectángulos más claros y once fichas. La duodécima es la de abajo a la derecha y lleva vacía desde el cinco de diciembre.
Había un rotulador en la repisa, de los de ella. Cogí una cartulina de las que sobraron, escribí «Alicia», y debajo, en las tres casillas, puse «silla: la de Vicente», «plato: el que le guarden» y «confirmación: está aquí desde las cinco menos cuarto».
La pegué en el hueco.
Tardé cuarenta segundos y había trece personas en ese salón y no me vio ninguna, porque todo el mundo estaba de pie sirviéndose de una fuente puesta en el centro de la mesa.
Cenamos a las diez y veinte.
Mal servido, todo junto, el asado templado y el guiso caliente porque fue lo último que salió, y el marisco frío porque el marisco es lo único que estaba como tenía que estar.
Y comieron.
Eso es lo que hay que decir. Comieron todos, y repitieron nueve, y hubo que abrir la segunda barra de pan a las once menos cuarto porque la primera se acabó, cosa que no había pasado nunca en esa casa.
Loli estaba diciendo a las once y cuarto que la fuente de las patatas, la quemada, era lo que más le había gustado, y era mentira, y la gente que miente así merece que se lo agradezcan.
La fuente de Loli la había hecho con pasas, como todos los años.
En la reorganización alguien la puso al lado del guiso y alguien echó las dos cosas en el mismo plato, y a las once menos cuarto vi a Alicia, de pie, con un plato en la mano, comiéndose una cucharada de guiso con tres pasas dentro y sin enterarse.
No dije nada. Llevo diez años esperando ese momento y cuando llegó no dije nada.
Vicente se levantó a las once y le ofreció su silla. Ella dijo que no, que estaba mejor de pie, que es lo que dice siempre. Él se levantó igual, la dejó vacía a un metro de la puerta de la cocina y se fue a la otra punta a hablar con Sergio.
La silla se quedó ahí toda la noche.
En ningún momento de esa cena hubo trece personas sentadas a la vez. Había trece sillas. Las conté a la una menos veinte porque me dio por ahí, y estaban las trece, y en la mesa había once personas.
Sergio, a las doce y media, con el roscón todavía a trece días de distancia y una copa de más, levantó la mano y dijo que esta no se la apuntaba a nadie.
—Esta es empate —dijo.
—Esta no es empate —dijo Alicia desde la cocina—. Esta es que hemos perdido los dos.
—Pues eso.
Begoña no se movió de la cabecera de la ventana en toda la noche.
Marisa intentó levantarla dos veces, una para ayudar con los platos y otra para el turrón, y las dos veces Begoña le puso la mano en el brazo y se quedó donde estaba. La segunda vez le dijo algo al oído que no oyó nadie y Marisa se sentó.
Le sirvieron Iván y Daniela, a medias. Iván llevó el plato y Daniela los cubiertos, y llegaron los dos a la vez, y fue el primer plato de la noche que salió de esa cocina.
Begoña se lo comió entero, despacio, y no dijo ni una palabra sobre cómo se hacía antes.
A mí me miró una vez, cuando le llevé el agua, y me dijo gracias, y ya está. Llevo diez años cocinando en esa casa y es la primera vez que le doy de comer sentada.
El turrón lo saqué yo al final, como estaba dicho. La caja azul oscura. Charo cogió dos trozos y no dijo nada y nadie le dijo nada, y a la una y media se fue la primera, como todos los años.
A la una y cuarenta se fueron Loli y Sergio con dos táperes. A las dos menos cuarto, Quique, con tres, porque sobró media fuente de merluza de los dos kilos y alguien dijo que eso no se podía tirar.
Vicente bajó a las dos menos diez y apagó la luz de la escalera al llegar abajo, por costumbre, y nos dejó a oscuras el rellano.
A las dos y veinte quedábamos dos.
El fregadero estaba lleno hasta arriba. En el descansillo había tres bolsas de basura que había que bajar y ninguno de los dos las había bajado. La mesa seguía montada, dos veintidós por noventa, con trece sitios y la silla plegable de aluminio todavía abierta al lado de la de Daniela.
Ella estaba de espaldas, fregando, con las mangas del jersey subidas, y dijo, sin volverse:
—La guarnición se quemó porque me fui del horno.
—Ya.
—Y me fui del horno porque llegó una silla.
—Ya.
—Y la silla llegó porque tú lo llamaste.
—Sí.
Cerró el grifo.
Se giró con las manos mojadas y no se las secó, y yo estaba a un metro porque en esa cocina no se puede estar a más de un metro, y ninguno de los dos dijo nada durante un rato bastante largo.
Y luego fui yo.
No hubo nadie mirando. No hubo mesa, ni doce personas, ni marcador, ni nadie a quien demostrarle nada, porque ya no quedaba nadie en esa casa a quien se le pudiera demostrar nada.
Duró lo que duró. En algún momento ella se apoyó con una mano en la encimera, detrás de sí, y tiró un vaso al fregadero, y no se rompió, y ninguno de los dos se movió a mirarlo.
Bajamos las tres bolsas a las tres y diez, una ella y dos yo, y en el portal Vicente no estaba porque a esas horas Vicente no está.
Hoja de servicio.
Trece comensales. Cenaron trece. Repitieron nueve.
Dos barras de pan, que es una más que nunca.
Ocho fuentes hechas en cinco horas en una cocina que no me correspondía.
No salvaron la cena. La cena se salvó cuando alguien dejó de servirla.
Trece sillas y en ningún momento trece personas sentadas.
La que sobró estaba a un metro de la puerta de la cocina y la puso Vicente.